Cual mal personaje de “Breakfast at Tiffany's”, se estaba cansando de ser, o la mujer arribista que va de fiesta en fiesta, o en su caso, el mal escritor con un amante influyente; pero en su caso no podía ser Holly ya que escapaba del prototipo de mujer arribista, y a la vez, tampoco podía ser Paul pues amantes e influencias le faltaban, lo único que le quedaba eran la familia y los amigos –Y el arte- pensó Leonard. Así que procedió a pensar qué podía pasar con aquella mezcla tan cotidiana como trillada, pasó de página y se imaginó como un Truman Capote, su cigarrito en mano y una voz chillona: “Sí, recuerdo el 98% de mis charlas, es algo que tengo muy presente”, decía él en una biografía. Por ello era un maldito, claro que nadie se atrevía a puntualizarlo en voz alta, pero por supuesto que era un maldito genio.
Volvió a cambiar la página, ahí estaba “In cold blood”, ¿quién era más sanguinario, los protagonistas del libro o el mismo Capote por extraer su historia de las vivencias ajenas? – ¿Pero acaso no son así todos los escritores?, por ello el querido Truman recordaba el 98% de sus conversaciones, y seguro no tenía en mente únicamente lo dicho, sino también lo expresado, el modo y el tono, los ademanes, todo aquello que se avecina como “signo secundario”, porque el hablar y el actuar se encuentran finamente hilados en una conversación- Leonard se detuvo, no estaba prestado mucha atención al libro. Lo había comprado hacía meses, pero apenas se dignaba a quitarle el plástico protector y no podía terminar de leerlo, sería mejor regresar a las tramas que sabía podía digerir con mayor ligereza, como aquella novela sobre Lydia Cassatt y su hermana la pintora, Mary Cassatt –Aunque no fue muy sencilla, no en cuanto a la estructura sino según el sentimiento, nadie se puede tragar a la muerte con total soltura, los pensamientos de Lydia se presumían ligeros pero al contrario, la mujer era una gran pensadora, como una alabanza a la levedad del ser.
Leonard suspiró, cerró el libro y prefirió observar por la ventana a las personas que pasaban, la gente -...el triunfo y el tintineo y el extraño cantar agudo de algún aeroplano sobrevolando, era lo que amaba; la vida; Londres; este momento de Junio- pensaba y repensaba, ¿por qué no podía dejar a Virginia Woolf de una vez por todas?, ¿y el monólogo interior?, pensar en cosas inespecíficas le sumergían en espirales específicos. Él no quería ser como la Woolf, no podría, su intelecto le fallaba, pero al menos ser como Michael Cunningham, fresco, orgulloso de sí mismo y con un par de novelas publicadas. Pero no, se encontraba en un café viendo llover, leyendo a Capote y culpándolo por ser un genio innato. La vida no tenía porque ser una competencia constante con el reflejo del día anterior, podía dejar su ser pensante en la cama, ponerse el saco del ignorante de su propia ignorancia y caminar, sin pensar en si la privatización de los bienes nacionales terminarán por joderle la existencia y si acaso eso le interesaba en lo más mínimo, o que no había efectuado nada edificante en el día, nada que pudiera clasificarse como “útil”, pues tomar oxígeno y convertirlo en dióxido de carbono era un actividad necesaria y obligada, eso no podía llamarse “algo productivo”. No se permitía llegar a la cama sin haber aprendido algo nuevo en el día, contando el conocimiento, la astucia o la inteligencia humana, así como los movimientos sociales, el desinterés vivencial, hasta la conducta de algún coetáneo –Para el escritor todo significa, aunque me sigo preguntando si serviré para la tarea- prendió un cigarro y dejó de lado las historias amargas, había decidido que después de esta novela que estaba escribiendo sobre la decepción en el matrimonio, escribiría algo juvenil y ligeramente alocado, se desbocaría en la vida pueril y dejaría de lado lo que amaba, la vida y el mentado Londres, porque no estaba en Londres, porque no podía seguir fingiendo que sus ideas eran un desastre, y su vida, y sus historias.
-Me parece un poco ofensivo- la había dicho Petter la semana anterior en el pasillo de la facultad.
-¿Qué?- preguntaba Leonard aún sabiendo que hablaba sobre sus textos en la web, porque tenía entendido que había conseguido el sitio por alguien de “confianza”.
-Que escribas sobre mí en la web, es ofensivo.
-Bueno, es que ese no eres tú, es sólo un personaje.
-No es cierto Leonard, soy yo, no me mientas.
-Cada personaje tiene algo de cada persona. Los escritores lo hacen todo el tiempo, toman a personas y la modifican, se ayudan del entorno.
-No creo que todos los escritores lo hagan, además, siempre me haces lucir drogado en tus escritos. Yo voy a escribir sobre ti en la web, te llamarás Leombardo.
-¿Como el pueblo germano?, pero qué imaginativo.
-Pues no se puede decir mucho de ti.
-¿Realmente se te hace ofensivo?
-Sí, bueno… sólo cuando lo leo.
-Pues entonces deja de leerlo.
-Seguro esto lo vas a poner también en la web.
-No Pette, no soy tan tautológico.
Leonard había sido poco cortés, pero era que el matiz se le estaba acabando, la realidad estaba superando a la ficción y la cosa presentaba cada vez más tautológica, él no era Candance Brusnell proyectándose en Carrie Bradshaw, él era Leonard en otro Leonard, hasta el mentado Luka de su tutora era más atractivo que su aparente “alter ego” de la web.
Antes no era así -¿O sí?- las mujeres de su novela eran distintas a él- ¿O no?- tendría que revisar la novela antes de darle punto final, los últimos capítulos estaban por gestarse y quizá les diera la oportunidad de tomar elecciones que antes no tenía planeadas para ellas. – ¡Cuán maravilloso sería que ellas mismas tomaran voz propia y escribieran finamente su historia!- Leonard echó una risotada- Entonces ellas serían las escritoras y no yo, o yo sería ellas al final, porque los dos escribimos la misma historia. Al final es lo mismo, toda novela tiene algo del escritor y todo escrito demanda algo de quién lo elabora, y no algo de técnica sino de sentimiento y esencia, es como dividir el alma en pequeños pedazos, uno aquí, otro allá, uno en cada palabra, después el alma rueda por los confines del universo, se mezcla y evapora, entra por los ojos ajenos perteneciéndole a quién lee el alama del escritor.
-¿Por eso le parece ofensivo a Petter?, ¿de cierto modo robé pedazos de su alama?, ¿por ello no quiere leerse, es un reflejo de su propia esencia?- agitó su cigarro al lado de su cara -¡Nadie!- masculló -¡Pero en verdad nadie puede captar el alma de otro ser humano mediante la literatura!, es mórbido, por no decir infantil, porque no son ellos, soy yo, es la reinterpretación que le doy a las cosas; si es bajo ese punto, entonces sé por qué le parece ofensivo, que mi visión de él no sea tan complaciente como la que tiene de sí mismo, ahí yace el insulto.
Succionó frenéticamente la nicotina que contenía su cigarro, intentaba asfixiarse a sí mismo, parecía que por ello fumaba. Tosió un poco. -¡Carajo!- vociferó –¡carajo!- se le hacía tarde para ver Nicole y después a Orlando. Apagó su cigarro y se dijo que dejaría de fragmentar su pobre alma, pero sobre todo la de los demás, al menos por un tiempo.
domingo 22 de noviembre de 2009
lunes 16 de noviembre de 2009
Queridísima… ¿queridísimo?
A Leonard le encantaba ser el anfitrión perfecto, por ello tenía un gran vinculo con la Señora Dalloway, por ello amaba al personaje de Marcia Cross en “Desperate housewives”, cuando había empezado a ver la serie hacía cinco años atrás, le habían dicho “Leonard, eres Bree en hombre”, y eso no le molestaba. No porque fuera bueno haciendo muffins o alaciara su cabello hasta quedar perfecto. Al contrario, Leonard era mal cocinero y no podía peinarse con el menor decoro, pero ahí yacía toda la jugada social, porque en su afán de ocultar sus deficiencias se iba perfeccionado cada vez más, teniendo gustos aparentemente sofisticados, jugando a organizar todo lo que se pudiera organizar, entregando sus trabajos de manera impecable, dando exposiciones con una voz serena y el conjunto de un rutilante material informativo, cuidando niños con decoro, poniendo mesas, comprando flores, dando “grandes” opiniones sobre “grandes” autores, expresando su gran gusto por Proust y tachando de misógino Nietzsche, se había aburguesado de la forma más femenina posible, sólo le faltaba repetir aquella charla que había leído en la primera novela de Virginia Woolf (“Fin de viaje”) sobre la importancia de Jane Austen en la literatura inglesa.
De eso ya habían pasado cinco años, cuando por mero interés había abierto su ejemplar de “Cartas a mujeres de Virginia Woolf” y se descubrió enviando algunos correos a su tía en el extranjero con la mismo tono altanero que podía adquirir la Woolf según su pluma bajo el rango epistolar… “Queridísima… las cosas aquí no van muy bien, papá ha dicho que el trabajo no le deja más que pesares, y mamá se agota cada vez más, yo no puedo dejar de pensar en mí, ¡maldita sea mi vena de escritor!, no puedo crear una buena historia porque no conozco a le gente necesaria, me falta ver el mundo y poderlo descifrar para después volverlo a codificar y ponerlo en el papel… pero ya sabes querida tía, que yo no puedo salir de mi habitación, la sociedad me consterna, me encierro y escribo esa absurda novela que dejaré a medias tintas, no lo vale, no vale tanto desvelo, si después de todo ¿no se deduce que escribía para desfogar mi existencia y tener uno modo catártico de sobrevivir a la sociedad actual?, ¿por qué tiendo a dogmatizar cada forma de expresión?, ¿por qué quiero tomar tan enserio a las palabras si sólo son la proyección de un vano sentimiento?, espero tu respuesta, no espero que me des la verdad absoluta… sólo quiero ánimos. ¡Qué ególatra!, pero igual me quieres ¿verdad?, no veo la hora de irme a vivir contigo, quiero a todos aquí, pero mi vida por estos lares es sólo un grillete existencial: agradable, decoroso, pero sin la vibrante experiencia de la juventud”.
-Cuando mantenía correspondencia con ella, hace cinco años- pensaba Leonard mientras acomodaba un gran mantel color beige sobre la mesa de su comedor, y acomodaba las rosas rojas que le habían regalado a su madre. Era el cumpleaños de ella, y su hijo (tan preocupado por sí mismo) no le había comprado nada- No me fui como mi tía porque no se podía, era eso y ya- igual acomodaba los platos, las servilletas, sacaba los cubiertos, colocaba las sillas para que todos pudieran tener un lugar adecuado, seleccionaba los vasos, veía las bebidas, prepara café… era una cena muy ligera con su familia y eso siempre le ponía de buen humor. Porque veía a sus primos, pero más allá, hablaba con sus tíos… sus tías (para ser más exacto), su abuela, su madre, siempre se metía en su círculo con una taza de café en la mano y reían de cualquier cosa que pasara por la lengua de los comensales: que si una anécdota laboral, una ocurrencia de algún hijo, que si las compras, los malos maridos, los buenos momentos con los maridos, la falta de comunicación dentro de una relación… ¿sabían ellas que tomaba mucho en cuenta sus opiniones?, sobre las nuevas tecnologías que apoyaban o detestaban, los tratos políticos, los trastos sobre el fregadero, a Leonard todo le importaba, porque de ahí sacaba sus ideas. Su primera novela era sobre las mujeres contemporáneas atrapadas en un mundo globalizado, bajo tres situaciones distintas (porque sus mujeres eran tres) las protagonistas tomaban una decisión más que necesaria para continuar o terminar con su matrimonio. La historia se llevaba a cabo en un solo día… “Y en ese día, la vida de una mujer” (diría la Woolf), también era herencia de su escritora favorita eso de retratar a la mujer. Si la Woolf lo había hecho en la época moderna, ahora él lo intentaría con el postmodernismo como mecenas temporal.
En parte de que no había podido huir con su tía, también se había replanteado la situación actual. No necesitaba conocer más gente, no por el momento, pues le bastaba con lo poco a lo que tenía acceso: personas joviales, enteramente dedicadas a su familia y trabajo, dentro de ciertos estatutos sociales, que no tenían la vida fácil pero siempre lograban sonreír e incluso provocar más de una risotada a su compañero de charla, hablando de todo y nada, viviendo el momento porque si se preocupaban del futuro (dentro de una fiesta como lo era aquella) entonces decaían un poco sus ánimos –Después de todo las cosas funcionan igual en todas las fiestas, con los amigos, la familia o los desconocidos, las fiestas son para concentrarse en el momento, “este momento” que nos puede hacer felices, no en el después, sino en el ahora y la compañía”
Se dirigió al estéreo de su casa, revisó la lista de reproducción que tenía programada en su iPod, nada alocado, nada fuera de tono, sólo música que le gustara a su madre y que los comensales pudieran soportar, algunas cosas de los años ochenta, otras canciones noventeras, algunas más clásicas y otras meramente instrumentales.
Revisó los sillones, hizo voluminosos los cojines, sacó a uno de los perros falderos porque siempre estaba encima de los invitados, mientras el otro perro se refugiaba en su habitación porque le abrumaban las visitas. Regresó al comedor y se sentó tranquilamente, tal vez todo eso no le traía tanto énfasis o interés como antes, ya nada le llenaba –Ni la gente, ni la literatura, ni el cine, ni la música, ni acomodar los objetos inanimados con el fin de recrear a los hombres animados- tenía una especie de laxante emocional, seguía vacío… y el dejar a Cecelia con Oliver le había dolido más de la cuenta. Fue por ella que se volvió más sofisticado –O fue por mí, la madurez se refiere precisamente a ello, aceptar que las cosas se hacen por uno mismo, que las decisiones las tomamos nosotros como personas y no inculpar a otros por nuestros actos, porque al final se debe tener potestad sobre las consecuencias de nuestros actos. Y si cambié no fue por Cecelia, sino por mí, por querer tenerla aún más cerca… debería superarlo- el timbre de su casa sonó, se levantó de la silla, quitó su cara triste cuasi inexpresiva y la cambió por una radiante sonrisa que con mayor inclinación a la alegría podría haberse presentido fingida, pero si algo sabía Leonard, era aparentar, y en ese momento que no era su noche, debía aparentar que estaba tranquilo, feliz, ser ligero y volátil, moverse con su taza de café en mano y reír cuando fuera necesario, callar y asentir con soltura. Sabía que podía lograrlo, siempre lo hacía y nadie notaba que al momento fingía.
Entonces abrió la puerta y recibió a los primeros invitados de la noche.
De eso ya habían pasado cinco años, cuando por mero interés había abierto su ejemplar de “Cartas a mujeres de Virginia Woolf” y se descubrió enviando algunos correos a su tía en el extranjero con la mismo tono altanero que podía adquirir la Woolf según su pluma bajo el rango epistolar… “Queridísima… las cosas aquí no van muy bien, papá ha dicho que el trabajo no le deja más que pesares, y mamá se agota cada vez más, yo no puedo dejar de pensar en mí, ¡maldita sea mi vena de escritor!, no puedo crear una buena historia porque no conozco a le gente necesaria, me falta ver el mundo y poderlo descifrar para después volverlo a codificar y ponerlo en el papel… pero ya sabes querida tía, que yo no puedo salir de mi habitación, la sociedad me consterna, me encierro y escribo esa absurda novela que dejaré a medias tintas, no lo vale, no vale tanto desvelo, si después de todo ¿no se deduce que escribía para desfogar mi existencia y tener uno modo catártico de sobrevivir a la sociedad actual?, ¿por qué tiendo a dogmatizar cada forma de expresión?, ¿por qué quiero tomar tan enserio a las palabras si sólo son la proyección de un vano sentimiento?, espero tu respuesta, no espero que me des la verdad absoluta… sólo quiero ánimos. ¡Qué ególatra!, pero igual me quieres ¿verdad?, no veo la hora de irme a vivir contigo, quiero a todos aquí, pero mi vida por estos lares es sólo un grillete existencial: agradable, decoroso, pero sin la vibrante experiencia de la juventud”.
-Cuando mantenía correspondencia con ella, hace cinco años- pensaba Leonard mientras acomodaba un gran mantel color beige sobre la mesa de su comedor, y acomodaba las rosas rojas que le habían regalado a su madre. Era el cumpleaños de ella, y su hijo (tan preocupado por sí mismo) no le había comprado nada- No me fui como mi tía porque no se podía, era eso y ya- igual acomodaba los platos, las servilletas, sacaba los cubiertos, colocaba las sillas para que todos pudieran tener un lugar adecuado, seleccionaba los vasos, veía las bebidas, prepara café… era una cena muy ligera con su familia y eso siempre le ponía de buen humor. Porque veía a sus primos, pero más allá, hablaba con sus tíos… sus tías (para ser más exacto), su abuela, su madre, siempre se metía en su círculo con una taza de café en la mano y reían de cualquier cosa que pasara por la lengua de los comensales: que si una anécdota laboral, una ocurrencia de algún hijo, que si las compras, los malos maridos, los buenos momentos con los maridos, la falta de comunicación dentro de una relación… ¿sabían ellas que tomaba mucho en cuenta sus opiniones?, sobre las nuevas tecnologías que apoyaban o detestaban, los tratos políticos, los trastos sobre el fregadero, a Leonard todo le importaba, porque de ahí sacaba sus ideas. Su primera novela era sobre las mujeres contemporáneas atrapadas en un mundo globalizado, bajo tres situaciones distintas (porque sus mujeres eran tres) las protagonistas tomaban una decisión más que necesaria para continuar o terminar con su matrimonio. La historia se llevaba a cabo en un solo día… “Y en ese día, la vida de una mujer” (diría la Woolf), también era herencia de su escritora favorita eso de retratar a la mujer. Si la Woolf lo había hecho en la época moderna, ahora él lo intentaría con el postmodernismo como mecenas temporal.
En parte de que no había podido huir con su tía, también se había replanteado la situación actual. No necesitaba conocer más gente, no por el momento, pues le bastaba con lo poco a lo que tenía acceso: personas joviales, enteramente dedicadas a su familia y trabajo, dentro de ciertos estatutos sociales, que no tenían la vida fácil pero siempre lograban sonreír e incluso provocar más de una risotada a su compañero de charla, hablando de todo y nada, viviendo el momento porque si se preocupaban del futuro (dentro de una fiesta como lo era aquella) entonces decaían un poco sus ánimos –Después de todo las cosas funcionan igual en todas las fiestas, con los amigos, la familia o los desconocidos, las fiestas son para concentrarse en el momento, “este momento” que nos puede hacer felices, no en el después, sino en el ahora y la compañía”
Se dirigió al estéreo de su casa, revisó la lista de reproducción que tenía programada en su iPod, nada alocado, nada fuera de tono, sólo música que le gustara a su madre y que los comensales pudieran soportar, algunas cosas de los años ochenta, otras canciones noventeras, algunas más clásicas y otras meramente instrumentales.
Revisó los sillones, hizo voluminosos los cojines, sacó a uno de los perros falderos porque siempre estaba encima de los invitados, mientras el otro perro se refugiaba en su habitación porque le abrumaban las visitas. Regresó al comedor y se sentó tranquilamente, tal vez todo eso no le traía tanto énfasis o interés como antes, ya nada le llenaba –Ni la gente, ni la literatura, ni el cine, ni la música, ni acomodar los objetos inanimados con el fin de recrear a los hombres animados- tenía una especie de laxante emocional, seguía vacío… y el dejar a Cecelia con Oliver le había dolido más de la cuenta. Fue por ella que se volvió más sofisticado –O fue por mí, la madurez se refiere precisamente a ello, aceptar que las cosas se hacen por uno mismo, que las decisiones las tomamos nosotros como personas y no inculpar a otros por nuestros actos, porque al final se debe tener potestad sobre las consecuencias de nuestros actos. Y si cambié no fue por Cecelia, sino por mí, por querer tenerla aún más cerca… debería superarlo- el timbre de su casa sonó, se levantó de la silla, quitó su cara triste cuasi inexpresiva y la cambió por una radiante sonrisa que con mayor inclinación a la alegría podría haberse presentido fingida, pero si algo sabía Leonard, era aparentar, y en ese momento que no era su noche, debía aparentar que estaba tranquilo, feliz, ser ligero y volátil, moverse con su taza de café en mano y reír cuando fuera necesario, callar y asentir con soltura. Sabía que podía lograrlo, siempre lo hacía y nadie notaba que al momento fingía.
Entonces abrió la puerta y recibió a los primeros invitados de la noche.
lunes 9 de noviembre de 2009
Cee, you and tea
Vacío, Leonard estaba vacío, y tenía aún muchas cosas por hacer, siempre ocupado, siempre con actividades constantes para cubrir el silencio. No le preocupaba mucho sus malas notas en el semestre, ni su carente desempeño en él, el problema eran los hombres en su vida, ya tenía muchos y debía colocarlos, ¿codificarlos?, ¡qué desalmado!, se reprendía.
Era un reprendido, la contención se le daba muy bien, pero cuando se trataba de pulsión, -¡Válgame que las cosas salen mal!- Leonard se había despertado a la semana siguiente con un poco de pánico en su cabeza. Orlando ahora estaba en su vida y no podía negarlo, también se encontraba Edgard, tenía la obtusa intriga por Petter y él, como escritor mal parido, no sabía qué hacer con todos ellos –Es como querer darles su lugar en mi vida, el problema es que eso apenas me deja lugar para mí- tomaba una de sus mejores playeras, ya había postergado mucho el asunto, tenía que ir a ver a su ex pareja, de agonía exquisita, llamada Cecelia.
Una mujer en su vida que no pertenecía a la literatura, que podía palpar sin problema, que le había roto el corazón e insistía en verlo porque deseaba pedirle una disculpa. ¿Y ahora qué le diría?, le preguntaría: ¿bateas para todos lados Leonard?, ¿sales con otro chico, chica, chico o ya, no es chica? Y él sólo querría decir: Estoy tratando de derrotar a un amigo que ya no es amigo, de conquistar a un hombre al que no le intereso y proteger a otro que me quiere pero que yo no deseo, sólo no quiero que mi ex amigo no lo torture… más que yo, porque hicimos una declaración de guerra.
-Podría resultar, ¿por qué no?- Leonard empezó a reír frente al espejo. Algo tenía tanta faramalla de usar sus mejores ropas sin lucir muy interesado, era la connotación del interés si la plena demostración del mismo, todo se remitía al matiz, la apariencia –“La pose”, diría Edgard- se quedó callado con la mirada perdida en su reflejo. Percibió a un chico cansado, muy ojeroso y despeinado, somnoliento, con mucho acné y un cutis maltratado. Replanteó las cosas, regresó a sus casillas, la autocrítica se desplazaba del exterior al interior con los ojos cual interfaz- No importa la ropa, no importa el peinado, extraño mi amistad con Edgard, pero no regresará, quisiera que Petter se interesara en mí, pero no sucederá, y ojalá Orlando ni se hubiera fijado en mí, porque a la par no tengo nada de atractivo, ni visual… y justo ahora, no tengo nada de intelectual, sólo una melena desordenada y una respingona nariz llena de acné- rió ligeramente con el intento de enviarle alguna señal de alegría a su cerebro. No soportaría por mucho tiempo a Cecelia, seguro se destrozaría y lloraría frente a ella, estaba muy débil. Los fines de semestre lo dejaban tan cansado, y las vacaciones le deprimían tanto, la actividad era excesiva, la inactividad aún más horrorosa.
Llegó al café donde habían quedado de verse. Uno muy lindo, con un gran sillón en la esquina, que se presumía pertenecer a “Alicia en el país de las maravillas” –Y yo seré el sombrerero loco, le diré a Cecelia: “Y cuando termines, te callas”- seguía riendo con poco interés, seguía vacío. Recordó cuando estuvieron los dos todo un día entero en la casa de ella. Cecelia, como buena hija de un político, contaba con una gran casa que a la vez tenía una gran piscina, una gran sala con un gran televisor, y muchas cosas eran grandes en aquella casa la vez que estuvieron solos, la pasión de Leonard y la frialdad de Cecelia. Nadaron, juguetearon, tontearon, se rieron como un par de amigos absurdos, pero nada más, así se comportaba Cecelia, como una amiga, y una muy mala que prefiere ilusionar a su amigo, cuando a lo que se refería es que tenían un noviazgo, pero ella no mostraba mucho interés por él o la relación, ella lo disfrutaba y se la pasaba bien dentro de esa torcida relación de novios poco cimentada, nada concretada, mientras Leonard no le decía nada por temor a perderla –Igual la perdí- recordaba cómo después se habían recostado en los grandes sillones a ver una tonta película de suspenso (que a ella le encantaban) y él colocaba su cabeza sobre las piernas de ella. Mientras la mujer jugaba con el cabello y el rostro de él, ¿eso era amor? –Era una vil atracción, tan vil que me gustaba sentir sus dedos en mi cabello y no me importaba esperar a que ella diera el siguiente paso, porque si yo lo daba entonces ella retrocedía- ya sentado con el total decoro y diciéndole a la mesera que estaba esperando a alguien, siguió con sus pensamientos –las relaciones son una necesidad física y anímica, no hay nada de honesto en ellas, son sólo indicativos de nuestras penurias, si tan sólo lográramos amarnos más a nosotros mismos- volvió a reír, recordó a su amiga Natalia.
-Debemos amarnos más Leonard, tenemos que amarnos más para después poder amar a los demás, sino somos víctimas de nuestras inseguridades. Tenemos que acortar distancias, ser más concretos y pensar a futuro, pero ser más inmediatos- le había dicho Natalia en aquel mismo café justo cuando Cecelia lo había dejado a él y el novio de Natalia a ella. “Junta de corazones rotos”, la habían titulado. Lo recordaba porque a los dos los habían ilusionado tanto y después sus parejas les habían dejado.
-Yo sólo quiero alguien que me quiera- le decía Leonard mientras sollozaba un poco, nada de lágrimas, nada de dolor profundo, en aquel entonces no dejaba sus emociones tan al descubierto.
-Pero no tienes que esperar a que alguien te dé el amor que te falta Leo, no puede ser así, no puedes esperar ser el mundo para alguien.
-Ha de ser hermoso ¿no?, saber que tú eres el mundo para alguien, así como ese alguien es el mundo para ti.
-Es hermoso- dijo Natalie con tono serio y algo rudo- pero no podemos seguir amando a las personas más de lo que ellos nos aman a nosotros, es destructivo. Yo maté mi relación, siempre le estaba preguntando si me quería, si me extrañaba, lo cansé y corrió.
-Pero yo le di a Cecelia todo el espacio que ella quisiera, yo le di la oportunidad, no me molestó ser paciente…
-No, no, Leonard, es que en mi caso fue producto de mi inseguridad, en el tuyo también. Queríamos que nos quisieran como nosotros deseábamos.
-Eso no es cierto. Natalie, tú sólo querías una especie de recepción, era como mandar un mensaje y esperar a que fuera respondido. En mi caso la esperé todo el tiempo que ella deseara, y su deseo fue dejarme por Akenatón…
-Tu mejor amigo, lo sé.
-¡No domas a un caballo para que alguien más lo monte!
-¡Leonard!
-No me refiero a que tenga sexo con ella. Digo que ella era muy conservadora, hostil y callada. Fui yo quién le ayudó a soltarse, quién le dio confianza, y entonces llega Akenatón y se aprovecha de lo que yo logré con ella… que no fue mucho…
-Fue mucho Leonard, fue mucho. Pero también fue tu culpa, ya sabías que entre ellos existía una especie de pasión, pero la ignoraste y preferiste seguir con ella sin importar el daño.
-Y ahora tengo que ser fuerte ¿no?
-Yo lo corté, yo corté con él, debo ser fuerte también.
-Natalie, si tanto te duele ¿por qué no le pides regresar?
-Ya lo perdí para siempre, se va a ir de viaje, del país, no lo voy a volver a ver. Lo corté porque dejó de mostrar interés… pero si tan siquiera lo hubiera esperado…
-Entonces tu mejor amiga hubiera montado tu caballo.
Ambos sonrieron tímidamente. La única certidumbre en las relaciones era que siempre existiría la incertidumbre.
-¿Leo?, ¿Leo?- una voz sofisticada le llamaba, lo sacaron de su único escape: los recuerdos que pueden ser algo satisfactorios porque crees que ya lo superaste, pero entonces te cae la realidad encima. Era Cecelia quién venía acompañada de su ex novio del bachillerato: Oliver.
-Cee, ¡qué gusto que llegaste!- dijo muy fingidamente- Oliver, qué gusto también verte- dijo aún más fingido.
-Leonardo, tanto tiempo que no te veía, ¿dos años?
-Casi tres, pero ¿quién los cuenta?- Leonard los contaba, ya tenía casi tres años que Cecelia había dejado a Olvier, entonces ¿qué hacía con él ahí?
-Perdón que no te informara de la presencia de Oliver, pero quería que fuera una sorpresa.
-Estoy algo sorprendido, debo confesarlo.
-Bueno, lo logramos Cee- dijo Oliver con tono enteramente varonil y confianzudo.
-Seguro que sí- canturreó Leonard. Su voz no era como la de Oliver, no se asemejaba en lo más mínimo. Siempre le habían dicho que su voz era distinta pues tenía un tonito entre altanero y sarcástico, así como sofisticado y esnobista, pero después de todo algo aniñado.
-¿Ya pediste algo Leonard?, aquí viene la mesera. Yo quiero un té helado de limón con miel, algo sencillo- le dijo Cecelia a la mesera- ¿Sabes?- se dirigió a Leonard- estoy intentando mantener la línea.
-Bien, qué bien… en verdad- Leonard agitó la cabeza ligeramente, con gracilidad y encanto, pero no existía nada encantador en todo eso.
-Sigue preocupada por todo lo que comió cuando salimos del país- dijo Oliver con ese tonito que desquiciaba a Leonard: el tono de los amantes desenvueltos que no temen ventilar su vida frente a los demás.
-¿Fueron de viaje? Bien- Leonard volvió a agitar su cabeza y después se dirigió a la mesera- Yo quiero una malteada de fresa y un pastel de chocolate.
-Yo chocolate caliente, pero que sea bajo en grasa y con leche deslactosada, por favor-concluyó seductoramente Oliver.
-Y bien Cee, ¿cuál es la sorpresa?, ¿van a tener un hijo o algo así?
Cecelia rió –No. Pero quizá algún día. No te había dicho, pero Oliver y yo regresamos hace poco y él me llevó de viaje por un encargo que tenía su padre. Nada del otro mundo.
-Sólo nuestro reencuentro.
-Sí, sí, se nota- Leonard agitaba una y otra vez su cabeza con un recato desesperado.
-Bueno, es que Oliver escribió una antología de cuentos, muy buena, deberías leerla ya que sabes mucho de literatura Leonard, es apreciable con la reducción, la síntesis, los cuentos son muy difíciles de escribir, como tú lo dijiste, por la cohesión de un inicio, un nudo y un desenlace. No como la novela que se puede jugar más con la estructura…
-Sí, Cee, sé lo que digo, bueno, no siempre- rió una vez más Leonard, tenía que enviar mensajes de “tranquilidad” a su cerebro- pero no sabía que escribías Oliver.
-Siempre lo había querido hacer, pero no tenía las palabras. Cee fue quién me ayudó a encontrarlas.
-Pero que bello Cee, eres un magnífico diccionario.
-Oh calla Leonard, fui su musa, eso es todo.
-Sí, musas, los creadores necesita musas e inspiración, algunos otros escritores sólo necesitan vocación y dedicación- aseveró Leonard.
-Lo mismo creo yo Leo, por eso venimos a verte…- Cecelia le tocó la mano a Oliver y este se calló para dejarla hablar.
-Leonard…
-Oh mira, ya llegó la comida. ¡Yum!- fingió con entusiasmo Leonard- es como María Antonieta, un gran postre de fresa con intenso colorante, y un pastel enorme de chocolate, una rebanada enorme.
-¿María quién?- preguntó Oliver.
-Olvídalo- Leonard tomó su tenedor y lo clavó en el pastel para poder engullir un gran pedazo. Eso era una bomba de azúcar. El pastel estaba dulcísimo y la malteada aún más.
-Oliver está muy entusiasmado por tu trabajo, supo que obtuviste la beca para escribir esa antología de cuentos, y que tu tutora es una gran escritora, una cuentista.
-Sí, ahora escribió una novela ¿la han leído? Es interesantísima, quizá hasta te veas retratada en ella Cee.
-No la hemos leído. Pero Oliver y yo nos preguntábamos si podrías presentarnos a la autora, para un pequeño prólogo, porque es lo que pide la editorial, un prólogo de alguien conocido.
Leonard, cual niño chiquito, estaba engullendo su pastel y su malteada de forma frenética. Recordó a Julia Robets en “America´s Sweethearts”, donde le hace de asistente y es llamada Kiky. Siempre recurrían a ella cuando necesitaban algo, entonces Kiky se enfada tanto que se va a comer mucha, mucha mantequilla, y se queja con el manager de su hermana (caracterizada por Catherine Zeta-Jones) sobre lo mal que la tratan: “OHHHHH ella es tan malvada, siempre está mandando… ¡¡¡¡¡¡Kikyyyy Kikikikyyyyyyyy!!!!!, ¿alguien está fumando? Odio que la gente fume ¿alguien está fumando a cuatro kilómetros de mí? ¡Detenlos Kikyyy, detenlos!”.
- ¿Entonces quieres que le diga a mi ex tutora que le prologue a tu ex novio, que ahora es tu actual amante, su antología de cuentos que ni he leído?, ¿qué recomiende el trabajo de alguien que ni conozco, admiro o estimo?
-Leonard, qué egoísta de tu parte, tú no eras así- se escandalizó un poco Cecelia.
-No, no era así, pero tú siempre has sido así. Así de mandona, malvada y oportunista. Y no puedo creer que viniera a este lugar creyendo que hablaríamos de algo que no fueras tú, tú, y sólo tú.
-Esto no es por mí, es por Oliver.
-¡Es jodidamente lo mismo!, es sobre algo que te incumbe a ti, que te interesa a ti. Todo es siempre sobre ti.
-Estás enfadado porque no te he pedido disculpas. Bien, perdóname por ser tan grosera la última vez que nos vimos. Hasta le di tu dirección al niño ese, pensé que te gustaría tenerlo cerca.
-¿Niño ese?, ¿cuál niño?- a Leonard le cruzó un escalofrío- ¡Orlando!, conoces a Orlando.
-¿Eres gay Leonard?- dijo Oliver algo sorprendido.
-¿Te incumbe?- lo retó Leonard
-Y yo todo este tiempo sintiendo algo de celos por ti y tu relación con Cee.
-No tienes porqué sentir nada, entre Cee y yo no hay nada, ni una ligera amistad. ¿Tú pagas verdad Cee? Un gusto que sigan juntos- Leonard había engullido su último pedazo de pastel, se levantó y se dirigió a Oliver- María Antonieta, la última reina de Francia ¡Idiota!- después volteó a ver Cecelia- seguro que él no ha leído a Shakespeare. Nos vemos. No me llames.
Leonard tomó su mochila y su chamarra para salir de aquel lugar. Tenía que amarse más, y darse el permiso de despreciar un poco a las personas que le hacían tanto daño.
Era un reprendido, la contención se le daba muy bien, pero cuando se trataba de pulsión, -¡Válgame que las cosas salen mal!- Leonard se había despertado a la semana siguiente con un poco de pánico en su cabeza. Orlando ahora estaba en su vida y no podía negarlo, también se encontraba Edgard, tenía la obtusa intriga por Petter y él, como escritor mal parido, no sabía qué hacer con todos ellos –Es como querer darles su lugar en mi vida, el problema es que eso apenas me deja lugar para mí- tomaba una de sus mejores playeras, ya había postergado mucho el asunto, tenía que ir a ver a su ex pareja, de agonía exquisita, llamada Cecelia.
Una mujer en su vida que no pertenecía a la literatura, que podía palpar sin problema, que le había roto el corazón e insistía en verlo porque deseaba pedirle una disculpa. ¿Y ahora qué le diría?, le preguntaría: ¿bateas para todos lados Leonard?, ¿sales con otro chico, chica, chico o ya, no es chica? Y él sólo querría decir: Estoy tratando de derrotar a un amigo que ya no es amigo, de conquistar a un hombre al que no le intereso y proteger a otro que me quiere pero que yo no deseo, sólo no quiero que mi ex amigo no lo torture… más que yo, porque hicimos una declaración de guerra.
-Podría resultar, ¿por qué no?- Leonard empezó a reír frente al espejo. Algo tenía tanta faramalla de usar sus mejores ropas sin lucir muy interesado, era la connotación del interés si la plena demostración del mismo, todo se remitía al matiz, la apariencia –“La pose”, diría Edgard- se quedó callado con la mirada perdida en su reflejo. Percibió a un chico cansado, muy ojeroso y despeinado, somnoliento, con mucho acné y un cutis maltratado. Replanteó las cosas, regresó a sus casillas, la autocrítica se desplazaba del exterior al interior con los ojos cual interfaz- No importa la ropa, no importa el peinado, extraño mi amistad con Edgard, pero no regresará, quisiera que Petter se interesara en mí, pero no sucederá, y ojalá Orlando ni se hubiera fijado en mí, porque a la par no tengo nada de atractivo, ni visual… y justo ahora, no tengo nada de intelectual, sólo una melena desordenada y una respingona nariz llena de acné- rió ligeramente con el intento de enviarle alguna señal de alegría a su cerebro. No soportaría por mucho tiempo a Cecelia, seguro se destrozaría y lloraría frente a ella, estaba muy débil. Los fines de semestre lo dejaban tan cansado, y las vacaciones le deprimían tanto, la actividad era excesiva, la inactividad aún más horrorosa.
Llegó al café donde habían quedado de verse. Uno muy lindo, con un gran sillón en la esquina, que se presumía pertenecer a “Alicia en el país de las maravillas” –Y yo seré el sombrerero loco, le diré a Cecelia: “Y cuando termines, te callas”- seguía riendo con poco interés, seguía vacío. Recordó cuando estuvieron los dos todo un día entero en la casa de ella. Cecelia, como buena hija de un político, contaba con una gran casa que a la vez tenía una gran piscina, una gran sala con un gran televisor, y muchas cosas eran grandes en aquella casa la vez que estuvieron solos, la pasión de Leonard y la frialdad de Cecelia. Nadaron, juguetearon, tontearon, se rieron como un par de amigos absurdos, pero nada más, así se comportaba Cecelia, como una amiga, y una muy mala que prefiere ilusionar a su amigo, cuando a lo que se refería es que tenían un noviazgo, pero ella no mostraba mucho interés por él o la relación, ella lo disfrutaba y se la pasaba bien dentro de esa torcida relación de novios poco cimentada, nada concretada, mientras Leonard no le decía nada por temor a perderla –Igual la perdí- recordaba cómo después se habían recostado en los grandes sillones a ver una tonta película de suspenso (que a ella le encantaban) y él colocaba su cabeza sobre las piernas de ella. Mientras la mujer jugaba con el cabello y el rostro de él, ¿eso era amor? –Era una vil atracción, tan vil que me gustaba sentir sus dedos en mi cabello y no me importaba esperar a que ella diera el siguiente paso, porque si yo lo daba entonces ella retrocedía- ya sentado con el total decoro y diciéndole a la mesera que estaba esperando a alguien, siguió con sus pensamientos –las relaciones son una necesidad física y anímica, no hay nada de honesto en ellas, son sólo indicativos de nuestras penurias, si tan sólo lográramos amarnos más a nosotros mismos- volvió a reír, recordó a su amiga Natalia.
-Debemos amarnos más Leonard, tenemos que amarnos más para después poder amar a los demás, sino somos víctimas de nuestras inseguridades. Tenemos que acortar distancias, ser más concretos y pensar a futuro, pero ser más inmediatos- le había dicho Natalia en aquel mismo café justo cuando Cecelia lo había dejado a él y el novio de Natalia a ella. “Junta de corazones rotos”, la habían titulado. Lo recordaba porque a los dos los habían ilusionado tanto y después sus parejas les habían dejado.
-Yo sólo quiero alguien que me quiera- le decía Leonard mientras sollozaba un poco, nada de lágrimas, nada de dolor profundo, en aquel entonces no dejaba sus emociones tan al descubierto.
-Pero no tienes que esperar a que alguien te dé el amor que te falta Leo, no puede ser así, no puedes esperar ser el mundo para alguien.
-Ha de ser hermoso ¿no?, saber que tú eres el mundo para alguien, así como ese alguien es el mundo para ti.
-Es hermoso- dijo Natalie con tono serio y algo rudo- pero no podemos seguir amando a las personas más de lo que ellos nos aman a nosotros, es destructivo. Yo maté mi relación, siempre le estaba preguntando si me quería, si me extrañaba, lo cansé y corrió.
-Pero yo le di a Cecelia todo el espacio que ella quisiera, yo le di la oportunidad, no me molestó ser paciente…
-No, no, Leonard, es que en mi caso fue producto de mi inseguridad, en el tuyo también. Queríamos que nos quisieran como nosotros deseábamos.
-Eso no es cierto. Natalie, tú sólo querías una especie de recepción, era como mandar un mensaje y esperar a que fuera respondido. En mi caso la esperé todo el tiempo que ella deseara, y su deseo fue dejarme por Akenatón…
-Tu mejor amigo, lo sé.
-¡No domas a un caballo para que alguien más lo monte!
-¡Leonard!
-No me refiero a que tenga sexo con ella. Digo que ella era muy conservadora, hostil y callada. Fui yo quién le ayudó a soltarse, quién le dio confianza, y entonces llega Akenatón y se aprovecha de lo que yo logré con ella… que no fue mucho…
-Fue mucho Leonard, fue mucho. Pero también fue tu culpa, ya sabías que entre ellos existía una especie de pasión, pero la ignoraste y preferiste seguir con ella sin importar el daño.
-Y ahora tengo que ser fuerte ¿no?
-Yo lo corté, yo corté con él, debo ser fuerte también.
-Natalie, si tanto te duele ¿por qué no le pides regresar?
-Ya lo perdí para siempre, se va a ir de viaje, del país, no lo voy a volver a ver. Lo corté porque dejó de mostrar interés… pero si tan siquiera lo hubiera esperado…
-Entonces tu mejor amiga hubiera montado tu caballo.
Ambos sonrieron tímidamente. La única certidumbre en las relaciones era que siempre existiría la incertidumbre.
-¿Leo?, ¿Leo?- una voz sofisticada le llamaba, lo sacaron de su único escape: los recuerdos que pueden ser algo satisfactorios porque crees que ya lo superaste, pero entonces te cae la realidad encima. Era Cecelia quién venía acompañada de su ex novio del bachillerato: Oliver.
-Cee, ¡qué gusto que llegaste!- dijo muy fingidamente- Oliver, qué gusto también verte- dijo aún más fingido.
-Leonardo, tanto tiempo que no te veía, ¿dos años?
-Casi tres, pero ¿quién los cuenta?- Leonard los contaba, ya tenía casi tres años que Cecelia había dejado a Olvier, entonces ¿qué hacía con él ahí?
-Perdón que no te informara de la presencia de Oliver, pero quería que fuera una sorpresa.
-Estoy algo sorprendido, debo confesarlo.
-Bueno, lo logramos Cee- dijo Oliver con tono enteramente varonil y confianzudo.
-Seguro que sí- canturreó Leonard. Su voz no era como la de Oliver, no se asemejaba en lo más mínimo. Siempre le habían dicho que su voz era distinta pues tenía un tonito entre altanero y sarcástico, así como sofisticado y esnobista, pero después de todo algo aniñado.
-¿Ya pediste algo Leonard?, aquí viene la mesera. Yo quiero un té helado de limón con miel, algo sencillo- le dijo Cecelia a la mesera- ¿Sabes?- se dirigió a Leonard- estoy intentando mantener la línea.
-Bien, qué bien… en verdad- Leonard agitó la cabeza ligeramente, con gracilidad y encanto, pero no existía nada encantador en todo eso.
-Sigue preocupada por todo lo que comió cuando salimos del país- dijo Oliver con ese tonito que desquiciaba a Leonard: el tono de los amantes desenvueltos que no temen ventilar su vida frente a los demás.
-¿Fueron de viaje? Bien- Leonard volvió a agitar su cabeza y después se dirigió a la mesera- Yo quiero una malteada de fresa y un pastel de chocolate.
-Yo chocolate caliente, pero que sea bajo en grasa y con leche deslactosada, por favor-concluyó seductoramente Oliver.
-Y bien Cee, ¿cuál es la sorpresa?, ¿van a tener un hijo o algo así?
Cecelia rió –No. Pero quizá algún día. No te había dicho, pero Oliver y yo regresamos hace poco y él me llevó de viaje por un encargo que tenía su padre. Nada del otro mundo.
-Sólo nuestro reencuentro.
-Sí, sí, se nota- Leonard agitaba una y otra vez su cabeza con un recato desesperado.
-Bueno, es que Oliver escribió una antología de cuentos, muy buena, deberías leerla ya que sabes mucho de literatura Leonard, es apreciable con la reducción, la síntesis, los cuentos son muy difíciles de escribir, como tú lo dijiste, por la cohesión de un inicio, un nudo y un desenlace. No como la novela que se puede jugar más con la estructura…
-Sí, Cee, sé lo que digo, bueno, no siempre- rió una vez más Leonard, tenía que enviar mensajes de “tranquilidad” a su cerebro- pero no sabía que escribías Oliver.
-Siempre lo había querido hacer, pero no tenía las palabras. Cee fue quién me ayudó a encontrarlas.
-Pero que bello Cee, eres un magnífico diccionario.
-Oh calla Leonard, fui su musa, eso es todo.
-Sí, musas, los creadores necesita musas e inspiración, algunos otros escritores sólo necesitan vocación y dedicación- aseveró Leonard.
-Lo mismo creo yo Leo, por eso venimos a verte…- Cecelia le tocó la mano a Oliver y este se calló para dejarla hablar.
-Leonard…
-Oh mira, ya llegó la comida. ¡Yum!- fingió con entusiasmo Leonard- es como María Antonieta, un gran postre de fresa con intenso colorante, y un pastel enorme de chocolate, una rebanada enorme.
-¿María quién?- preguntó Oliver.
-Olvídalo- Leonard tomó su tenedor y lo clavó en el pastel para poder engullir un gran pedazo. Eso era una bomba de azúcar. El pastel estaba dulcísimo y la malteada aún más.
-Oliver está muy entusiasmado por tu trabajo, supo que obtuviste la beca para escribir esa antología de cuentos, y que tu tutora es una gran escritora, una cuentista.
-Sí, ahora escribió una novela ¿la han leído? Es interesantísima, quizá hasta te veas retratada en ella Cee.
-No la hemos leído. Pero Oliver y yo nos preguntábamos si podrías presentarnos a la autora, para un pequeño prólogo, porque es lo que pide la editorial, un prólogo de alguien conocido.
Leonard, cual niño chiquito, estaba engullendo su pastel y su malteada de forma frenética. Recordó a Julia Robets en “America´s Sweethearts”, donde le hace de asistente y es llamada Kiky. Siempre recurrían a ella cuando necesitaban algo, entonces Kiky se enfada tanto que se va a comer mucha, mucha mantequilla, y se queja con el manager de su hermana (caracterizada por Catherine Zeta-Jones) sobre lo mal que la tratan: “OHHHHH ella es tan malvada, siempre está mandando… ¡¡¡¡¡¡Kikyyyy Kikikikyyyyyyyy!!!!!, ¿alguien está fumando? Odio que la gente fume ¿alguien está fumando a cuatro kilómetros de mí? ¡Detenlos Kikyyy, detenlos!”.
- ¿Entonces quieres que le diga a mi ex tutora que le prologue a tu ex novio, que ahora es tu actual amante, su antología de cuentos que ni he leído?, ¿qué recomiende el trabajo de alguien que ni conozco, admiro o estimo?
-Leonard, qué egoísta de tu parte, tú no eras así- se escandalizó un poco Cecelia.
-No, no era así, pero tú siempre has sido así. Así de mandona, malvada y oportunista. Y no puedo creer que viniera a este lugar creyendo que hablaríamos de algo que no fueras tú, tú, y sólo tú.
-Esto no es por mí, es por Oliver.
-¡Es jodidamente lo mismo!, es sobre algo que te incumbe a ti, que te interesa a ti. Todo es siempre sobre ti.
-Estás enfadado porque no te he pedido disculpas. Bien, perdóname por ser tan grosera la última vez que nos vimos. Hasta le di tu dirección al niño ese, pensé que te gustaría tenerlo cerca.
-¿Niño ese?, ¿cuál niño?- a Leonard le cruzó un escalofrío- ¡Orlando!, conoces a Orlando.
-¿Eres gay Leonard?- dijo Oliver algo sorprendido.
-¿Te incumbe?- lo retó Leonard
-Y yo todo este tiempo sintiendo algo de celos por ti y tu relación con Cee.
-No tienes porqué sentir nada, entre Cee y yo no hay nada, ni una ligera amistad. ¿Tú pagas verdad Cee? Un gusto que sigan juntos- Leonard había engullido su último pedazo de pastel, se levantó y se dirigió a Oliver- María Antonieta, la última reina de Francia ¡Idiota!- después volteó a ver Cecelia- seguro que él no ha leído a Shakespeare. Nos vemos. No me llames.
Leonard tomó su mochila y su chamarra para salir de aquel lugar. Tenía que amarse más, y darse el permiso de despreciar un poco a las personas que le hacían tanto daño.
viernes 6 de noviembre de 2009
La Marquesa de Merteuil vs Vizconde de Valmont
Leonard iba camino a su departamento, el fin de semana había llegado y acababa de asistir a una fiesta que como siempre le traían malas rachas de pensamientos compungidos y aprisionados, ya era tarde.
En el taxi y con Morgause durmiendo a su lado, él tenía sus ojos puestos en el cielo, pero qué bello le parecía el cielo estrellado y la claridad del mismo, con la ventanilla abajo, el viento soplándole con total rigor, ¡qué relajante, qué zambullida!, ojalá no hubiera hecho esa ¿apuesta? Mejor dicho: ojalá no le hubiera declarado la guerra a Edgard, ojalá no fueran un par de niños pequeños por querer obtener el pleno poder de la situación y las cosas, que se dejaran ver con naturalidad, sin pereza, ¿dónde había quedado su amistad?
Después de hablar con Petter, Leonard se bamboleó por el lugar con total desinterés, la cosa ya estaba hecha, ¿qué más podría sacarle al chico y a la fiesta?, ¿qué Mozart era aburrido y el alcohol divertido?, ¿qué Lady Catherine de Bourgh estaría muy decepcionado de él?, al diablo con de Bourgh, necesitaba aire, sería mejor que saliera a tomar el clásico aire nocturno en el cual se sumergen las ideas frustradas, y no por ser incompletas, sino por caer en las vanas expectativas ¿qué creía que pasaría si realmente no encajaba ahí o en cualquier otra parte?
-Estaba mejor entre lo clínico- se decía- entre lo estratificado y sin salida, o mejor dicho, sin conciencia de aquella escapatoria que se presiente necesaria.
Se encontraba en una especie de balcón donde ninguna luz llegaba a iluminar más de lo necesario. En la misma plataforma había un jardincito que emanaba humedad por cada estoma de cada planta. Sacó un cigarro, lo encendió. Sintió que alguien lo observaba así que volteó como quién quiere seducir a una sombra inexistente por la falta de luz, porque nada podría proyectarse ahí en plena oscuridad.
-¿Te asusté?- dijo una voz delicada, proveniente de la salida del balcón.
-No, pero me empezará a dar miedo si no sales de la espesura.
La voz rió tenuemente, algo avergonzada, algo trunca, al parecer no esperaba tener aquella respuesta.
-¿De qué te ríes?- Leonard preguntó con un poco de ironía- Ahora sí estoy asustado.
-“La espesura”- dijo la voz con un tono que intentaba ser seductor- estamos en la oscuridad, nada más, mejor sal tú de la oscuridad, estás en la espesura.
Leonard dio un par de pasos hacia la nada, veía la iluminación proveniente de la puerta, pero carecía de cualquier otra información visual, y entonces se lo topó, un pedazo de carne con forma humana.
-Llegaste- dijo la voz sin más- ¿recibiste mi mensaje?- el tono, aquel tono lo conocía, sabía que sus oídos ya lo habían escuchado con anterioridad. Era una mezcla de nerviosismo y seducción, especie de falsa seguridad.
-Sí, llegué- comentó decidido Leonard.
-Bien, ¿y mi mensaje?
-¿Cuál mensaje?
-¿No lo recibiste?
-¿Cómo voy saber cuál mensaje, sobre qué persona?, ni siquiera sé quién eres- a Leonard se le estaban desbocando las neuronas, ¿por qué no podía disfrutar del rato?, ¿tan incómodo era que un extraño fingiera ser una voz seductora? Y por eso salía su histeria.
-La que decía que te quería.
Leonard empezó a reír de forma brutal. Cínica y cruelmente contestó:
-No sé de qué me hablas.
-Una nota- dijo la voz algo consternada- una nota.
-Mira niño neonato, ya entendí lo de la nota, que según tú me mandaste una nota, seguro me estás confundiendo, soy Leonard- y tendió la mano hacia la oscuridad.
-Sé quién eres. Yo soy Orlando- y el tipo lo tocó con la mano suavemente.
-Muy bien Orlando, vamos por partes ¿vale?- Leonard le quitó la mano- según tú ¿quién soy yo?
-Leonard, amigo de Edgar, Emily, Steve y Tina, ex novio de Nick…
-¡Wo, wo, wo, wo!- exclamó Leonard algo aturdido- yo no soy la definición selectiva de aquellos con quién me relaciono…
-Pensé que las cosas en el arte así son.
-No, no lo son, los artistas… que igual no soy uno, pero en fin- suspiró- los artistas son mucho más que un conjunto de relaciones compenetradas, no son conectes existenciales.
-¿Entonces porqué pregonas que es necesario ir a fiestas y hacer el socialité?
-Yo nunca dije eso… no que lo recuerde.
La voz se quedó callada.
-¿Lo he dicho?- tragó saliva Leonard.
-Lo haces, siempre lo dices, lo dijiste cuando nos conocimos.
Leonard estaba aturdido, conocía a la voz, pero no recordaba a ningún Orlando, evidentemente recordaría si acaso conocía a algún Orlando.
-¿De dónde nos conocemos?
-Una ponencia, diste una ponencia.
Leonard rió de nerviosismo, ¡¿una ponencia?! Pero si él no daba ponencias, ¿quién creía que era él?, evidentemente lo estaba confundiendo.
-Yo no doy ponencias.
-La de inicio de cursos, nos diste una introducción a los de primer semestre, hablaste de la importancia del artista como…
-… una tilde en la humanidad, aquel que nos dice hacia dónde mirar- terminó la frase Leonard- igual no conocí a nadie ahí, igual no fue una ponencia, igual fue algo sin importancia.
-Igual ahí te conocí.
-Ya está, me conociste, yo no te conocí.
-¿Siempre intentas ser tan correcto?
-¿Qué tiene la gente en esa fiesta? Si no está ebria, entones desborda retórica como si fuera el nuevo siglo de las luces.
-¿El siglo de las luces?
-Salgamos de aquí, vamos a la luz.
-No, no…
Leonard tomó de la mano a Orlando y lo llevó a la luz. Entonces pudo verlo, Orlando era una visión, una muy rara. Era delgadísimo ¿cómo no lo había notado al tocar su mano? Su piel era pálida, no era un blanco transparente, sino un gris mortandad, más allá de lo cetrino que podría asemejarse a lo mórbido, Orlando parecía muerto, un lindo cadáver de facciones delicadas y bien acomodadas, tenía atractivo… para un necrófilo. Como siempre, Leonard estaba denigrando a las personas.
-No te reconozco.
-Yo a ti sí.
-Pero qué galante- Leonard empezó a reír, siempre reía cuando no tenía algo interesante que decir, siempre, siempre esa risa tonta, de cualquier modo nunca tenía algo realmente interesante que decir.
-No te rías, por favor- dijo Orlando algo avergonzado.
-Perdona, no era mi intención hacerte sentir mal- Leonard recupero su tono normal de voz- no debes dejarte llevar por risas absurdas de gente absurda.
-La nota decía que te quería, no eres absurdo para mí. Yo te quiero.
-¿Y en qué sustentas ese sentimiento?
-Leonard, los sentimientos no se sustentan, sólo se viven.
-Pues eres muy valiente al venir a decírmelo, yo no podría.
-¿Entonces como saliste con Nick?
Leonard volvió a reír -¿Qué nadie lo va a olvidar?
-No las personas que te quieren.
-Chico, vas muy rápido, yo no estoy para relaciones, no ahora- Leonard notó que la cara de aquel infante empezaba a emanar tristeza, si antes era un cadáver encantador, ahora era uno que daba algo de lástima- pero podemos bailar.
El infante sonrió bobamente y salieron a bailar un extraño mix que combinaba las canciones de “Hong Kong Garden” y “Killer queen”. Después se separó de él para ir por algo para tomar.
-Leo, Leo, Leo- dijo otra voz, que era irónica y mucho más cruel de lo común.
-Edard, Edgard, Edgard
-¿Bailando con cadáveres?, lo haces adrede ¿verdad?
-En verdad Edgard, que me gustaría que estuvieras ebrio para así poder compadecerme de ti, sería más sencillo.
-Ya sabes que no pierdo la pose.
-Para ser tú quién lo dice, esa frase es pura pose.
-Y ya tuya también. Y tu bailecito con Orlando también.
-¿Lo conoces?
-Intento hacerlo mío.
-¿Cómo un objeto sexual que se posee y se desecha?
-Y como un reto. Es tan débil, tan frágil físicamente, pero muy obstinado según sus sentimientos, dime ¿cuándo te propusiste conquistarlo Leonard?, ¿cuándo quisiste quitármelo?, ¿cómo te enteraste que yo lo deseaba?
- No eres el centro del universo mi estimado Edgard, pero no voy a dejar que traumes a un pobre chico como lo es Orlando.
-¿Pobre? Ya es mayorcito de edad, déjalo elegir.
-Ya eligió, y no fue a ti- Leonard sonrió sagazmente.
-Pero qué soez de tu parte, ¿me estás retando?...
-Para ti todo es un reto, una competencia, entiende Edgard que no puedes competir con todos y no puedes logar todo tú solo.
-Pero aquí es entre dos. Déjalo Leonard, tú no lo quieres, no más que como un perrito que puedes consentir.
-Y tú como un perro que puedes coger, ¡maldito zoofílico!- gritó Leonard.
Edgard rió como el cliché de la maldad más manido y aburrido del mundo.
-Tú también lo tratas como un objeto. Déjalo ya o prepárate para estar en guerra.
-Bien- dijo Leonard con tranquilidad- guerra.
Las facciones faciales de Edgard se endurecieron hasta la completa seriedad.
-Muy bien marquesa de Merteuil, aquí está su vizconde de Valmont, y ambos lucharemos por madame de Tourvel.
-No digas eso Edgard, ¿quieres terminar tan mal como ellos?
Edgard le sonrió cínicamente y se retiró, lo vio desplazarse hacia la puerta principal… era lo mismo que con Petter, ¿creía que ya había obtenido todo de una situación, de una charla, de una persona?, ¿qué no había porqué quedarse a la fiesta?
-Es sólo una fiesta, y en las fiestas la gente se divierte, ahora tengo a Orlando para pasar el rato- pensó Leonard y se lanzó otra vez a vorágine existencial, con personas interconectadas esperando tener algo más que un único baile.
-Morgause- le dijo Leonard ya una vez en su departamento- sólo recuéstate.
-¿Leo, con quién bailabas?
-Con nadie.
-Ah, me duele la cabeza.
-Y a mí el corazón- susurró él- por eso no me gustan las fiestas.
En el taxi y con Morgause durmiendo a su lado, él tenía sus ojos puestos en el cielo, pero qué bello le parecía el cielo estrellado y la claridad del mismo, con la ventanilla abajo, el viento soplándole con total rigor, ¡qué relajante, qué zambullida!, ojalá no hubiera hecho esa ¿apuesta? Mejor dicho: ojalá no le hubiera declarado la guerra a Edgard, ojalá no fueran un par de niños pequeños por querer obtener el pleno poder de la situación y las cosas, que se dejaran ver con naturalidad, sin pereza, ¿dónde había quedado su amistad?
Después de hablar con Petter, Leonard se bamboleó por el lugar con total desinterés, la cosa ya estaba hecha, ¿qué más podría sacarle al chico y a la fiesta?, ¿qué Mozart era aburrido y el alcohol divertido?, ¿qué Lady Catherine de Bourgh estaría muy decepcionado de él?, al diablo con de Bourgh, necesitaba aire, sería mejor que saliera a tomar el clásico aire nocturno en el cual se sumergen las ideas frustradas, y no por ser incompletas, sino por caer en las vanas expectativas ¿qué creía que pasaría si realmente no encajaba ahí o en cualquier otra parte?
-Estaba mejor entre lo clínico- se decía- entre lo estratificado y sin salida, o mejor dicho, sin conciencia de aquella escapatoria que se presiente necesaria.
Se encontraba en una especie de balcón donde ninguna luz llegaba a iluminar más de lo necesario. En la misma plataforma había un jardincito que emanaba humedad por cada estoma de cada planta. Sacó un cigarro, lo encendió. Sintió que alguien lo observaba así que volteó como quién quiere seducir a una sombra inexistente por la falta de luz, porque nada podría proyectarse ahí en plena oscuridad.
-¿Te asusté?- dijo una voz delicada, proveniente de la salida del balcón.
-No, pero me empezará a dar miedo si no sales de la espesura.
La voz rió tenuemente, algo avergonzada, algo trunca, al parecer no esperaba tener aquella respuesta.
-¿De qué te ríes?- Leonard preguntó con un poco de ironía- Ahora sí estoy asustado.
-“La espesura”- dijo la voz con un tono que intentaba ser seductor- estamos en la oscuridad, nada más, mejor sal tú de la oscuridad, estás en la espesura.
Leonard dio un par de pasos hacia la nada, veía la iluminación proveniente de la puerta, pero carecía de cualquier otra información visual, y entonces se lo topó, un pedazo de carne con forma humana.
-Llegaste- dijo la voz sin más- ¿recibiste mi mensaje?- el tono, aquel tono lo conocía, sabía que sus oídos ya lo habían escuchado con anterioridad. Era una mezcla de nerviosismo y seducción, especie de falsa seguridad.
-Sí, llegué- comentó decidido Leonard.
-Bien, ¿y mi mensaje?
-¿Cuál mensaje?
-¿No lo recibiste?
-¿Cómo voy saber cuál mensaje, sobre qué persona?, ni siquiera sé quién eres- a Leonard se le estaban desbocando las neuronas, ¿por qué no podía disfrutar del rato?, ¿tan incómodo era que un extraño fingiera ser una voz seductora? Y por eso salía su histeria.
-La que decía que te quería.
Leonard empezó a reír de forma brutal. Cínica y cruelmente contestó:
-No sé de qué me hablas.
-Una nota- dijo la voz algo consternada- una nota.
-Mira niño neonato, ya entendí lo de la nota, que según tú me mandaste una nota, seguro me estás confundiendo, soy Leonard- y tendió la mano hacia la oscuridad.
-Sé quién eres. Yo soy Orlando- y el tipo lo tocó con la mano suavemente.
-Muy bien Orlando, vamos por partes ¿vale?- Leonard le quitó la mano- según tú ¿quién soy yo?
-Leonard, amigo de Edgar, Emily, Steve y Tina, ex novio de Nick…
-¡Wo, wo, wo, wo!- exclamó Leonard algo aturdido- yo no soy la definición selectiva de aquellos con quién me relaciono…
-Pensé que las cosas en el arte así son.
-No, no lo son, los artistas… que igual no soy uno, pero en fin- suspiró- los artistas son mucho más que un conjunto de relaciones compenetradas, no son conectes existenciales.
-¿Entonces porqué pregonas que es necesario ir a fiestas y hacer el socialité?
-Yo nunca dije eso… no que lo recuerde.
La voz se quedó callada.
-¿Lo he dicho?- tragó saliva Leonard.
-Lo haces, siempre lo dices, lo dijiste cuando nos conocimos.
Leonard estaba aturdido, conocía a la voz, pero no recordaba a ningún Orlando, evidentemente recordaría si acaso conocía a algún Orlando.
-¿De dónde nos conocemos?
-Una ponencia, diste una ponencia.
Leonard rió de nerviosismo, ¡¿una ponencia?! Pero si él no daba ponencias, ¿quién creía que era él?, evidentemente lo estaba confundiendo.
-Yo no doy ponencias.
-La de inicio de cursos, nos diste una introducción a los de primer semestre, hablaste de la importancia del artista como…
-… una tilde en la humanidad, aquel que nos dice hacia dónde mirar- terminó la frase Leonard- igual no conocí a nadie ahí, igual no fue una ponencia, igual fue algo sin importancia.
-Igual ahí te conocí.
-Ya está, me conociste, yo no te conocí.
-¿Siempre intentas ser tan correcto?
-¿Qué tiene la gente en esa fiesta? Si no está ebria, entones desborda retórica como si fuera el nuevo siglo de las luces.
-¿El siglo de las luces?
-Salgamos de aquí, vamos a la luz.
-No, no…
Leonard tomó de la mano a Orlando y lo llevó a la luz. Entonces pudo verlo, Orlando era una visión, una muy rara. Era delgadísimo ¿cómo no lo había notado al tocar su mano? Su piel era pálida, no era un blanco transparente, sino un gris mortandad, más allá de lo cetrino que podría asemejarse a lo mórbido, Orlando parecía muerto, un lindo cadáver de facciones delicadas y bien acomodadas, tenía atractivo… para un necrófilo. Como siempre, Leonard estaba denigrando a las personas.
-No te reconozco.
-Yo a ti sí.
-Pero qué galante- Leonard empezó a reír, siempre reía cuando no tenía algo interesante que decir, siempre, siempre esa risa tonta, de cualquier modo nunca tenía algo realmente interesante que decir.
-No te rías, por favor- dijo Orlando algo avergonzado.
-Perdona, no era mi intención hacerte sentir mal- Leonard recupero su tono normal de voz- no debes dejarte llevar por risas absurdas de gente absurda.
-La nota decía que te quería, no eres absurdo para mí. Yo te quiero.
-¿Y en qué sustentas ese sentimiento?
-Leonard, los sentimientos no se sustentan, sólo se viven.
-Pues eres muy valiente al venir a decírmelo, yo no podría.
-¿Entonces como saliste con Nick?
Leonard volvió a reír -¿Qué nadie lo va a olvidar?
-No las personas que te quieren.
-Chico, vas muy rápido, yo no estoy para relaciones, no ahora- Leonard notó que la cara de aquel infante empezaba a emanar tristeza, si antes era un cadáver encantador, ahora era uno que daba algo de lástima- pero podemos bailar.
El infante sonrió bobamente y salieron a bailar un extraño mix que combinaba las canciones de “Hong Kong Garden” y “Killer queen”. Después se separó de él para ir por algo para tomar.
-Leo, Leo, Leo- dijo otra voz, que era irónica y mucho más cruel de lo común.
-Edard, Edgard, Edgard
-¿Bailando con cadáveres?, lo haces adrede ¿verdad?
-En verdad Edgard, que me gustaría que estuvieras ebrio para así poder compadecerme de ti, sería más sencillo.
-Ya sabes que no pierdo la pose.
-Para ser tú quién lo dice, esa frase es pura pose.
-Y ya tuya también. Y tu bailecito con Orlando también.
-¿Lo conoces?
-Intento hacerlo mío.
-¿Cómo un objeto sexual que se posee y se desecha?
-Y como un reto. Es tan débil, tan frágil físicamente, pero muy obstinado según sus sentimientos, dime ¿cuándo te propusiste conquistarlo Leonard?, ¿cuándo quisiste quitármelo?, ¿cómo te enteraste que yo lo deseaba?
- No eres el centro del universo mi estimado Edgard, pero no voy a dejar que traumes a un pobre chico como lo es Orlando.
-¿Pobre? Ya es mayorcito de edad, déjalo elegir.
-Ya eligió, y no fue a ti- Leonard sonrió sagazmente.
-Pero qué soez de tu parte, ¿me estás retando?...
-Para ti todo es un reto, una competencia, entiende Edgard que no puedes competir con todos y no puedes logar todo tú solo.
-Pero aquí es entre dos. Déjalo Leonard, tú no lo quieres, no más que como un perrito que puedes consentir.
-Y tú como un perro que puedes coger, ¡maldito zoofílico!- gritó Leonard.
Edgard rió como el cliché de la maldad más manido y aburrido del mundo.
-Tú también lo tratas como un objeto. Déjalo ya o prepárate para estar en guerra.
-Bien- dijo Leonard con tranquilidad- guerra.
Las facciones faciales de Edgard se endurecieron hasta la completa seriedad.
-Muy bien marquesa de Merteuil, aquí está su vizconde de Valmont, y ambos lucharemos por madame de Tourvel.
-No digas eso Edgard, ¿quieres terminar tan mal como ellos?
Edgard le sonrió cínicamente y se retiró, lo vio desplazarse hacia la puerta principal… era lo mismo que con Petter, ¿creía que ya había obtenido todo de una situación, de una charla, de una persona?, ¿qué no había porqué quedarse a la fiesta?
-Es sólo una fiesta, y en las fiestas la gente se divierte, ahora tengo a Orlando para pasar el rato- pensó Leonard y se lanzó otra vez a vorágine existencial, con personas interconectadas esperando tener algo más que un único baile.
-Morgause- le dijo Leonard ya una vez en su departamento- sólo recuéstate.
-¿Leo, con quién bailabas?
-Con nadie.
-Ah, me duele la cabeza.
-Y a mí el corazón- susurró él- por eso no me gustan las fiestas.
lunes 2 de noviembre de 2009
Cherry Lips (¿puticherry lips?)
Leonard había llegado a la putifuesta al lado de Morgause, quién sin ser la persona más fuerte con la cual podía haber asistido, era la más decidida y leal que conocía al respecto de Petter, porque el chico cuasi escritor de provincia se sentía ligeramente interesado por la tal loca adoradora de Kitty –Lo estoy denigrando, lo estoy denigrando- pensaba Leonard mientras cambiaba su concepto de Petter, sin embargo no sabía nada de él, sólo que le gustaba “Girl interrupted”, Kitty (la gata, no la protagonista de “El velo pintado”) y la moda –¡Y lo hombres!, que no se te olviden los hombres- se repetía en su cabeza.
-Ay Leonard, no sé porqué estamos aquí, no lo sé en verdad- Morgause era la personificación de la honestidad. Ahí vestida con sus sandalias tan regionales, su cabello desteñido y su ropa ligera (ligero no sólo en el concepto de lo etéreo sino también dentro de lo humilde pero con decoro) sin duda alguna Leonard la amaba mucho, pero sobretodo la estimaba y admiraba, por seguir con su vida, porque aunque la mierda les había caído a los dos por montones, seguían parados entre tanta porquería y al final había sido ella quién le enseñó que el arte puede cambiar al mundo.
-Pues tú estás aquí porque me quieres y me estás apoyando, yo estoy aquí porque necesito distraerme, eso de las revoluciones y el guión me está matando, ya estoy cansado de pasarme las horas encerrado en aquel departamento.
-Visita a tu familia, ve con ella- decía Morgause sin sarcasmo o ironía, realmente lo decía porque creía que eso era lo que necesitaba su amigo.
-Veinte años al lado de mi familia, estoy aburrido de ellos, todos ellos con su gran recato, sus diversiones de diván y su vida ordenada, por eso soy un maldito ordenado de mierda.
-Bien Leo, ya entendí que estás un poco sobrexcitado.
-Es eso o la música… “go baby, go go”- canturreo él
-Creo que a Petter le gusta el grupo de música…
-Ese dónde canta la pelirroja.
-Hay Leonard, si no es Mozart no sabes nada de música ¿verdad?, es “Garbage”, se llama “Garbage” el grupo.
-Pues sí, no sé nada, y aún con Mozart soy un snob, no sé nada sobre él, sólo disfruto su música y doy gracias a Dios porque existiera un compositor tan prodigioso. Pero también amo a Philip Glass, y el sentimiento que tengo hacia él no es sólo cuestión de esnobismo.
-Lo dices para justificarte, soy snob ¿y? has algo al respecto.
-Me gusta ser un snob, me gusta mucho Mozart y Philip Glass, si el precio que debo pagar es que me llamen snob, pues muy dispuesto estoy a pagarlo.
-Ya, ya Leo, esto es “go-go, no cry-cry”
-¿Crees que pongan música gogo y yo baile como Rose McGowan en “Planet Terror”, sexy y lloroso?
-Te estás pasando de pesado Leo- rió Morgause- te estás pasando- no le interesaba que su acompañante se pasara de cínico, le preocupaba que se volviera a deprimir.
La música sonaba a todo lo que el oído estaba dispuesto a escuchar, quizá a unos decibeles más allá de lo indicado, pero si algo sabía Leonard, era que Petter era poco indicado, quizá moralmente incorrecto, socialmente indecoroso, pero recelosamente interesante. Por eso estaba ahí, para saber más.
La querida vocalista de “Garbage” hablaba del chico delicado inmerso en un mundo histérico, y justo así se sintió Leonard cuando vio, no la putifiesta, sino la orgifiesta, estaba seguro que en el baño se estaban practicando cosas más obscenas de lo imaginable, así que intentaba no forzar mucho su imaginación si de cualquier modo no lograría acertar ni mínimamente en el asunto.
Pudo ver al tal Armando, delicado y débil por su el exceso etílico en la sangre, al parecer no había notado que su bebida (si es que así se le podía llamar) era una especie de jugo de uva con alcohol y muchas colillas de cigarro.
-El tipo no tiene el menor decoro- susurró Leonard.
-¿Qué?-preguntó Morgause.
-Que aquí viene…
-¡LEO HIJO DE PUTA CABRONCETE DE MIERDA!- apareció Tina con su séquito, Marcie y Fer le acompañaban, ¿qué diablos hacían ahí? –con que no vienes a mi fiesta de verano maldito engendro, pero asistes a las putifiestas del puto este.
-Suena muy despectivo.
-A la mierda Leo, A LA MIERDA Y NO ME JODAS, yo sé que no eres tan correcto, ya me enteré que andas publicando textos por ahí en la Web- Tina se acercó un poco más- y no me jodas, NO ME JODAS que no soy la única que lo sabe, yo que tú me cuidaba antes de que te digan “snob prepotente”- Tina echó a reír con un frenesí infernal, un fuego que consume, quema y aturde, cualquier similitud con el lago de lava hirviente (el bíblico) no era mera coincidencia. Seguro el infierno tenía algo que ver con la compañía de Tina, pensó Leonard.
-¿Con que ventilas la vida ajena?- preguntó Marcie.
-No, todo lo que escribo suele ser ficción, las personas sólo me dan ápice para hablar sobre ellas.
-No puedes culpar el escritor- dijo Fer con infinita seriedad- las personas existen, no puede evitar existir.
-PUTA FER, si no fueras tan serio te juro que te jodía, TE JODÍA, decirle eso a Leonard, es fantástico, FANTASTICO Y A LA MIERDAD SI NO ES CORRECTO.
-Perdón tenemos que saludar- dijo Leonard como si realmente tuvieran que saludar a alguien especial… o si la fiesta fuera de esas que debes “saludar” por cortesía. Tomó de la mano a Morgause y avanzaron entre la multitud hasta que un grupito de chicos de otros semestres de arte (más jóvenes, más ilusionados) se cruzaron con ellos.
-Morg, me gustan tanto tus grabados- le dijo un muchachín algo ebrio.
-¿Qué pasa con esta gente?- vociferó Leonard- ¿es que llegamos tan tarde que ya todos están ebrios?
-¿Qué?, ¿no le puede gustar a alguien mi trabajo si no está ebrio?- una vez más Morgause no estaba ni irritada o cansada, sólo bromeaba- ay, mi trabajo de grabado no es bueno, ¿te dije que el profesor me dijo que soy una floja y que no puedo hablar y actuar a la vez?
-Sí, me lo dijiste, y es un asno.
Se empezó a escuchar la canción “I Can’t be with you” the Cranberries
-Esa sí la conozco- dijo Leonard mientras se apartaban de los chicos ebrios, como si eso fuera posible, ya que todos estaban ebrios.
-Y sin ser Mozart.
-Mozart es tan aburriiiiiidoooooo- dijo una voz detrás de Morgause.
-No lo es, Mozart es un genio- contestó con aire triunfante Leonard. Era Petter quién hablaba a espaldas de su amiga.
-Yo no puedo vivir sin una batería, una guitarra eléctrica, sin el ruido.
-O el alcohol- le retó Leonard.
-Eh Leo, voy por algo para tomar, ya sabes, para estar en sintonía- y se escurrió Morgause entre el resto de los invitados.
-Creo que las personas te incomodan, la sociedad te molesta ¿verdad?- dijo Petter con tono tranquilo y armónico, aún cuando The Cranberries tocaban “Zombie”
-No es la sociedad, es que ya no confío en mucha gente.
-Lo supe desde que te conocí, siempre estás a la defensiva, como si te hubieran hecho algo malo.
-Bueno, es que me han hecho mucho daño, pero sé que no es pretexto.
-Pues no, siempre debes volver a confiar.
¿Cómo era que todo aquello se estaba convirtiendo en una escena barata de diálogos baratos entre dos personas que no se consideraban baratas? Parecía un capítulo de “7th Heaven”, cuando Leonard quería que fuera muy “Sex and the city” o ¿era sólo su imaginación?
-No me gusta tomarme muy en serio- bufó Leonard con total hipocresía.
-Muy al contrario, creo que te tomas muy en serio y por eso eres muy selectivo con las personas.
-Tienes algo de razón, no me gusta ser una mota de polvo que la gente se pueda sacudir o deshacer con un soplido.
-Yo creo que eres un poco reprimido ¿no?, con todas esas cosas de en quién confiar y no confiar.
-Me ofendes enteramente- Leonard se medía a cada instante, con cada palmo, estaba frente a Petter y se sentía como Elizabeth Bennet diciéndole a Lady Catherine de Bourgh: “Me ha ofendido de todas las formas posibles”, pero Petter no lo entendía, porque finalmente no estaban al mismo nivel o en la misma sintonía de analogía.
-Pues no creo que sea ofensivo, perdón si te ofendí, puede ser que tú te ofendas muy fácil o yo soy muy grosero.
-Podrían ser ambas cosas.
-Te tomas todo muy en serio.
-Y tú todo muy a la ligera.
-Mi vida es así, no tiene límites.
-Felicidades- las cejas de Leonard se curvaron denotando enojo, era un tic que había adquirido de su padre pero que en contadas ocasiones salía a relucir. Se movió sigilosamente, no como una Ana Bolena sino como una Catalina Howard, tranquilo, jovial y seductor, pero Petter lo vio con cara de inexpresiva, como si no entendiera nada de lo que estaba pasando.
Efectivamente Leonard estaba interesando, realmente intrigado en aquel muchacho, y ese pobre hombre no lo notaba ni en lo más mínimo ¿qué estaba fallando? Era obvio que no era un Nick Hollinghurst, a este no le gustaban los juegos, no le interesaba sentir que estaba en la novela de “Las amistades peligrosas” de Pierre, a este no le habían educado en alguna corte made in The Tudors, a este no le interesaban los códigos sociales, a este le valía poco la mascarada social –Este es diferente- pensó Leonard, y se sintió aún más interesado.
Continúa en la siguiente entrada, la putifiesta aún no termina… la noche es joven.
-Ay Leonard, no sé porqué estamos aquí, no lo sé en verdad- Morgause era la personificación de la honestidad. Ahí vestida con sus sandalias tan regionales, su cabello desteñido y su ropa ligera (ligero no sólo en el concepto de lo etéreo sino también dentro de lo humilde pero con decoro) sin duda alguna Leonard la amaba mucho, pero sobretodo la estimaba y admiraba, por seguir con su vida, porque aunque la mierda les había caído a los dos por montones, seguían parados entre tanta porquería y al final había sido ella quién le enseñó que el arte puede cambiar al mundo.
-Pues tú estás aquí porque me quieres y me estás apoyando, yo estoy aquí porque necesito distraerme, eso de las revoluciones y el guión me está matando, ya estoy cansado de pasarme las horas encerrado en aquel departamento.
-Visita a tu familia, ve con ella- decía Morgause sin sarcasmo o ironía, realmente lo decía porque creía que eso era lo que necesitaba su amigo.
-Veinte años al lado de mi familia, estoy aburrido de ellos, todos ellos con su gran recato, sus diversiones de diván y su vida ordenada, por eso soy un maldito ordenado de mierda.
-Bien Leo, ya entendí que estás un poco sobrexcitado.
-Es eso o la música… “go baby, go go”- canturreo él
-Creo que a Petter le gusta el grupo de música…
-Ese dónde canta la pelirroja.
-Hay Leonard, si no es Mozart no sabes nada de música ¿verdad?, es “Garbage”, se llama “Garbage” el grupo.
-Pues sí, no sé nada, y aún con Mozart soy un snob, no sé nada sobre él, sólo disfruto su música y doy gracias a Dios porque existiera un compositor tan prodigioso. Pero también amo a Philip Glass, y el sentimiento que tengo hacia él no es sólo cuestión de esnobismo.
-Lo dices para justificarte, soy snob ¿y? has algo al respecto.
-Me gusta ser un snob, me gusta mucho Mozart y Philip Glass, si el precio que debo pagar es que me llamen snob, pues muy dispuesto estoy a pagarlo.
-Ya, ya Leo, esto es “go-go, no cry-cry”
-¿Crees que pongan música gogo y yo baile como Rose McGowan en “Planet Terror”, sexy y lloroso?
-Te estás pasando de pesado Leo- rió Morgause- te estás pasando- no le interesaba que su acompañante se pasara de cínico, le preocupaba que se volviera a deprimir.
La música sonaba a todo lo que el oído estaba dispuesto a escuchar, quizá a unos decibeles más allá de lo indicado, pero si algo sabía Leonard, era que Petter era poco indicado, quizá moralmente incorrecto, socialmente indecoroso, pero recelosamente interesante. Por eso estaba ahí, para saber más.
La querida vocalista de “Garbage” hablaba del chico delicado inmerso en un mundo histérico, y justo así se sintió Leonard cuando vio, no la putifiesta, sino la orgifiesta, estaba seguro que en el baño se estaban practicando cosas más obscenas de lo imaginable, así que intentaba no forzar mucho su imaginación si de cualquier modo no lograría acertar ni mínimamente en el asunto.
Pudo ver al tal Armando, delicado y débil por su el exceso etílico en la sangre, al parecer no había notado que su bebida (si es que así se le podía llamar) era una especie de jugo de uva con alcohol y muchas colillas de cigarro.
-El tipo no tiene el menor decoro- susurró Leonard.
-¿Qué?-preguntó Morgause.
-Que aquí viene…
-¡LEO HIJO DE PUTA CABRONCETE DE MIERDA!- apareció Tina con su séquito, Marcie y Fer le acompañaban, ¿qué diablos hacían ahí? –con que no vienes a mi fiesta de verano maldito engendro, pero asistes a las putifiestas del puto este.
-Suena muy despectivo.
-A la mierda Leo, A LA MIERDA Y NO ME JODAS, yo sé que no eres tan correcto, ya me enteré que andas publicando textos por ahí en la Web- Tina se acercó un poco más- y no me jodas, NO ME JODAS que no soy la única que lo sabe, yo que tú me cuidaba antes de que te digan “snob prepotente”- Tina echó a reír con un frenesí infernal, un fuego que consume, quema y aturde, cualquier similitud con el lago de lava hirviente (el bíblico) no era mera coincidencia. Seguro el infierno tenía algo que ver con la compañía de Tina, pensó Leonard.
-¿Con que ventilas la vida ajena?- preguntó Marcie.
-No, todo lo que escribo suele ser ficción, las personas sólo me dan ápice para hablar sobre ellas.
-No puedes culpar el escritor- dijo Fer con infinita seriedad- las personas existen, no puede evitar existir.
-PUTA FER, si no fueras tan serio te juro que te jodía, TE JODÍA, decirle eso a Leonard, es fantástico, FANTASTICO Y A LA MIERDAD SI NO ES CORRECTO.
-Perdón tenemos que saludar- dijo Leonard como si realmente tuvieran que saludar a alguien especial… o si la fiesta fuera de esas que debes “saludar” por cortesía. Tomó de la mano a Morgause y avanzaron entre la multitud hasta que un grupito de chicos de otros semestres de arte (más jóvenes, más ilusionados) se cruzaron con ellos.
-Morg, me gustan tanto tus grabados- le dijo un muchachín algo ebrio.
-¿Qué pasa con esta gente?- vociferó Leonard- ¿es que llegamos tan tarde que ya todos están ebrios?
-¿Qué?, ¿no le puede gustar a alguien mi trabajo si no está ebrio?- una vez más Morgause no estaba ni irritada o cansada, sólo bromeaba- ay, mi trabajo de grabado no es bueno, ¿te dije que el profesor me dijo que soy una floja y que no puedo hablar y actuar a la vez?
-Sí, me lo dijiste, y es un asno.
Se empezó a escuchar la canción “I Can’t be with you” the Cranberries
-Esa sí la conozco- dijo Leonard mientras se apartaban de los chicos ebrios, como si eso fuera posible, ya que todos estaban ebrios.
-Y sin ser Mozart.
-Mozart es tan aburriiiiiidoooooo- dijo una voz detrás de Morgause.
-No lo es, Mozart es un genio- contestó con aire triunfante Leonard. Era Petter quién hablaba a espaldas de su amiga.
-Yo no puedo vivir sin una batería, una guitarra eléctrica, sin el ruido.
-O el alcohol- le retó Leonard.
-Eh Leo, voy por algo para tomar, ya sabes, para estar en sintonía- y se escurrió Morgause entre el resto de los invitados.
-Creo que las personas te incomodan, la sociedad te molesta ¿verdad?- dijo Petter con tono tranquilo y armónico, aún cuando The Cranberries tocaban “Zombie”
-No es la sociedad, es que ya no confío en mucha gente.
-Lo supe desde que te conocí, siempre estás a la defensiva, como si te hubieran hecho algo malo.
-Bueno, es que me han hecho mucho daño, pero sé que no es pretexto.
-Pues no, siempre debes volver a confiar.
¿Cómo era que todo aquello se estaba convirtiendo en una escena barata de diálogos baratos entre dos personas que no se consideraban baratas? Parecía un capítulo de “7th Heaven”, cuando Leonard quería que fuera muy “Sex and the city” o ¿era sólo su imaginación?
-No me gusta tomarme muy en serio- bufó Leonard con total hipocresía.
-Muy al contrario, creo que te tomas muy en serio y por eso eres muy selectivo con las personas.
-Tienes algo de razón, no me gusta ser una mota de polvo que la gente se pueda sacudir o deshacer con un soplido.
-Yo creo que eres un poco reprimido ¿no?, con todas esas cosas de en quién confiar y no confiar.
-Me ofendes enteramente- Leonard se medía a cada instante, con cada palmo, estaba frente a Petter y se sentía como Elizabeth Bennet diciéndole a Lady Catherine de Bourgh: “Me ha ofendido de todas las formas posibles”, pero Petter no lo entendía, porque finalmente no estaban al mismo nivel o en la misma sintonía de analogía.
-Pues no creo que sea ofensivo, perdón si te ofendí, puede ser que tú te ofendas muy fácil o yo soy muy grosero.
-Podrían ser ambas cosas.
-Te tomas todo muy en serio.
-Y tú todo muy a la ligera.
-Mi vida es así, no tiene límites.
-Felicidades- las cejas de Leonard se curvaron denotando enojo, era un tic que había adquirido de su padre pero que en contadas ocasiones salía a relucir. Se movió sigilosamente, no como una Ana Bolena sino como una Catalina Howard, tranquilo, jovial y seductor, pero Petter lo vio con cara de inexpresiva, como si no entendiera nada de lo que estaba pasando.
Efectivamente Leonard estaba interesando, realmente intrigado en aquel muchacho, y ese pobre hombre no lo notaba ni en lo más mínimo ¿qué estaba fallando? Era obvio que no era un Nick Hollinghurst, a este no le gustaban los juegos, no le interesaba sentir que estaba en la novela de “Las amistades peligrosas” de Pierre, a este no le habían educado en alguna corte made in The Tudors, a este no le interesaban los códigos sociales, a este le valía poco la mascarada social –Este es diferente- pensó Leonard, y se sintió aún más interesado.
Continúa en la siguiente entrada, la putifiesta aún no termina… la noche es joven.
martes 27 de octubre de 2009
Je m’ennuie
¿Y cuanto desprecio más estaría dispuesto a soportar?, ¿cuántas frustraciones? Después de todo plasmar sus fobias y filias sobre el papel no le estaba funcionando, Leonard se estaba secando, se recordaba al escritor ebrio de “Barton Fink”: Cuando no escribo bebo, decía él, mientras Leonard pensaba que cuando no podía escribir se deprimía, pero si se deprimía mucho entonces podía escribir, era como un bucle existencial al cual estaba atado de por vida, ¿era la edad? Todo se presumía demasiado circunstancial, excesivamente rutinario y a la vez arbitrario, no tenía una razón estable de ser, como si fuera la insoportable levedad del ser, estaba en un vaivén y eso le estaba cansando, pero ¿cuándo no estaba cansado? “Siempre tienes flojera”, le decía Carlota, y Carlota no mentía.
Leonard sí, él mentía todo el tiempo aunque no fuera del todo consciente de su propia falsedad, se había propuesto ser honesto y transparente, pero al parecer cuando lo hizo no hubo más que destrucción en cuanto a su experiencia, le quedaba volverlo a intentar una y otra vez hasta que muriera, le quedaba hacerlo por el resto de su vida para poderlo sobrellevar. Estaba en una etapa estúpida de su vida, todo el mundo luchaba por sobrevivir en una recesión mundial mientras él tomaba la historia de la Revolución Francesa en sus manos y la leía con entero asombro, pero hasta ahí, no había nada más, ¿no era suficiente? Cada libro que leía le dejaba algo en particular, pero él gastaba mucho en libros cuando apenas tenía para el almuerzo, gastaba mucho tiempo pensando en su habitación que si somos las palabras de nuestra propia historia y si acaso existía muchos puntos y comas a favor, después se disolvía en un suspiro para pensar en las fiestas, los eventos y saltar de corte en corte social para satisfacer sus fascinaciones por sus coetáneos. Era basura, él se percataba de que su vida se asemejaba a una complaciente basura.
Allá en su ciudad provinciana sus padres hacían todo lo posible para que él viviera bien, tuviera su departamento y todo lo necesario para la subsistencia, él también hacía unos trabajillos aquí y allá, pero hasta el momento no tenía autosuficiencia, la mayor autonomía a la que podía aspirar era la que se encontraba en su cerebro, por eso se remitía a ella, por ello se encerraba largas horas fumando y bebiendo café como vil enajenado, pero aún así, dentro de todos esos placeres que suprimen a los vicios (o que bien los alimentan) él no tenía el completo control de su mente, del cerebro ¿quién lo tenía realmente? Por un momento leía sobre los estados generales en la Francia a finales del 1700 y después su mente volaba hacia sus seres queridos, a las personas que no veía desde hacía un par de semanas, de Susana, Samantha o Elizabeth, de sus traumas, se aferraba mucho a sus traumas, y ahí en plena discusión sobre quienes tienen o no para comprar pan en la revolución, él se iba por quienes tiene afecto en la actualidad. No, no podía controlar su mente, era patética la demostración de su falta de control.
Después, cuando lograba enfocarse no podía concluir la idea, cerrar el círculo, ¡existía un bache!, ¡había un surco que le evitaba llegar al clímax de la reflexión!, y el surco era su ignorancia. ¿Tenía que ser más culto?, el ambiente se lo pedía, las circunstancias lo ameritaban, pero él no quería arriesgar más el pellejo existencial. La masa gris se arremolinaba fugazmente intentando crear una forma concreta, decir: ¡Aquí está la razón del ser, del estudiar, la plenitud de la vida, tómala y hazla tuya, ponle las manos encima!
Ni los nombres de Foubert, Rousseau y Montesquieu le decían algo, ahí estaban todos ellos en el libro sobre la Revolución Francesa, sus frases e ideas, pero de Leonard no salía nada, apenas había leído frases sobre ellos, pero ningún libro, adoraba a Rousseau, pero no era especialmente docto en su vida, quizá por ello el círculo seguía sin completarse, quizá él mismo estaba aburguesado y debía salir de su habitación, de sus tontas fiestas y enfrentarse al mundo de verdad, pero una vez más ¿cuál era ese?
Una nota se deslizó por debajo de su puerta. Leonard notó el pequeño sonido que lo sacó de su trance involuntario. Tardó en pararse de su silla e ir en busca de aquel papelito absurdo y doblado. Desdobló el papel, la nota decía: “T.Q.M!”. ¿Qué significaba aquello?... ¿tenía alguno? Abrió la puerta pero no vio a nadie. Entró en su departamento, arrugó la nota y la tiró en el cesto de la basura, sólo eran letras vanas que evidentemente significaban algo (te quiero mucho ¿podría ser?) pero el emisor no tenía el coraje para expresarlo abiertamente. Alguien más no podía llegar al clímax existencial. En otro momento le hubiera parecido interesante, intrigante o romántico, pero en ese momento le pareció sin sentido y muy cobarde el asunto. Si era una declaración de amor, era una declaración muy mezquina.
Y de la misma forma en que María Antonieta había arrugado y quemado la nota enviada por el cardenal de Rohan (aclarando el caso de un carísimo collar para la reina), Leonard olvidó de inmediato la existencia de aquella nota y volvió a su libro.
Leonard sí, él mentía todo el tiempo aunque no fuera del todo consciente de su propia falsedad, se había propuesto ser honesto y transparente, pero al parecer cuando lo hizo no hubo más que destrucción en cuanto a su experiencia, le quedaba volverlo a intentar una y otra vez hasta que muriera, le quedaba hacerlo por el resto de su vida para poderlo sobrellevar. Estaba en una etapa estúpida de su vida, todo el mundo luchaba por sobrevivir en una recesión mundial mientras él tomaba la historia de la Revolución Francesa en sus manos y la leía con entero asombro, pero hasta ahí, no había nada más, ¿no era suficiente? Cada libro que leía le dejaba algo en particular, pero él gastaba mucho en libros cuando apenas tenía para el almuerzo, gastaba mucho tiempo pensando en su habitación que si somos las palabras de nuestra propia historia y si acaso existía muchos puntos y comas a favor, después se disolvía en un suspiro para pensar en las fiestas, los eventos y saltar de corte en corte social para satisfacer sus fascinaciones por sus coetáneos. Era basura, él se percataba de que su vida se asemejaba a una complaciente basura.
Allá en su ciudad provinciana sus padres hacían todo lo posible para que él viviera bien, tuviera su departamento y todo lo necesario para la subsistencia, él también hacía unos trabajillos aquí y allá, pero hasta el momento no tenía autosuficiencia, la mayor autonomía a la que podía aspirar era la que se encontraba en su cerebro, por eso se remitía a ella, por ello se encerraba largas horas fumando y bebiendo café como vil enajenado, pero aún así, dentro de todos esos placeres que suprimen a los vicios (o que bien los alimentan) él no tenía el completo control de su mente, del cerebro ¿quién lo tenía realmente? Por un momento leía sobre los estados generales en la Francia a finales del 1700 y después su mente volaba hacia sus seres queridos, a las personas que no veía desde hacía un par de semanas, de Susana, Samantha o Elizabeth, de sus traumas, se aferraba mucho a sus traumas, y ahí en plena discusión sobre quienes tienen o no para comprar pan en la revolución, él se iba por quienes tiene afecto en la actualidad. No, no podía controlar su mente, era patética la demostración de su falta de control.
Después, cuando lograba enfocarse no podía concluir la idea, cerrar el círculo, ¡existía un bache!, ¡había un surco que le evitaba llegar al clímax de la reflexión!, y el surco era su ignorancia. ¿Tenía que ser más culto?, el ambiente se lo pedía, las circunstancias lo ameritaban, pero él no quería arriesgar más el pellejo existencial. La masa gris se arremolinaba fugazmente intentando crear una forma concreta, decir: ¡Aquí está la razón del ser, del estudiar, la plenitud de la vida, tómala y hazla tuya, ponle las manos encima!
Ni los nombres de Foubert, Rousseau y Montesquieu le decían algo, ahí estaban todos ellos en el libro sobre la Revolución Francesa, sus frases e ideas, pero de Leonard no salía nada, apenas había leído frases sobre ellos, pero ningún libro, adoraba a Rousseau, pero no era especialmente docto en su vida, quizá por ello el círculo seguía sin completarse, quizá él mismo estaba aburguesado y debía salir de su habitación, de sus tontas fiestas y enfrentarse al mundo de verdad, pero una vez más ¿cuál era ese?
Una nota se deslizó por debajo de su puerta. Leonard notó el pequeño sonido que lo sacó de su trance involuntario. Tardó en pararse de su silla e ir en busca de aquel papelito absurdo y doblado. Desdobló el papel, la nota decía: “T.Q.M!”. ¿Qué significaba aquello?... ¿tenía alguno? Abrió la puerta pero no vio a nadie. Entró en su departamento, arrugó la nota y la tiró en el cesto de la basura, sólo eran letras vanas que evidentemente significaban algo (te quiero mucho ¿podría ser?) pero el emisor no tenía el coraje para expresarlo abiertamente. Alguien más no podía llegar al clímax existencial. En otro momento le hubiera parecido interesante, intrigante o romántico, pero en ese momento le pareció sin sentido y muy cobarde el asunto. Si era una declaración de amor, era una declaración muy mezquina.
Y de la misma forma en que María Antonieta había arrugado y quemado la nota enviada por el cardenal de Rohan (aclarando el caso de un carísimo collar para la reina), Leonard olvidó de inmediato la existencia de aquella nota y volvió a su libro.
miércoles 21 de octubre de 2009
Pre aviso en pro de la putifiesta
La cosa se había dado más bien de una forma muy rara, aparentemente circunstancial pero totalmente brutal.
Leonard conocía a Lola, aunque todos le decían Lolita en la misma facultad de artes, ambos habían intercambiado un par de ideas, diálogos y algunos monólogos sobre cosas simples: la ropa y la moda, y aunque Leonard sabía poco o nada, Lolita siempre lo ilustraba con algo sorprendente e inaudito, quizá todo le parecía más inaudito porque no tenía conocimiento del tema, sin embargo Leonard la escuchaba con atención y cada vez que se veían él se acercaba a su grupo social y decía: “Pero si aquí está la gente bonita”, un comentario que al parecer llevaría a Leonard a una especie de calvario social. Ya que al ir diciendo eso por el pasillo (adjuntado al barullo de su retrato en una Bienal pro acoso sexual) la sexualidad de Leonard estaba siendo cuestionada a cada palmo, pero eso a él ya no le interesaba… hasta que llegó Petter.
Petter era pura pulsión, un chico de intercambio (como solían ser las torturas de Leonard) que curiosamente había conocido en las vacaciones sin siquiera saber que se volverían a encontrar.
-Leonard- dijo Lolita un día de aquellos que ni son soleados y ni realmente nublados, siempre existía la tentativa de una tenue llovizna.
-Lo-li-ta- fragmentó Leonard el nombre haciendo alusión a Alizée- pero si aquí está la gente bonita- recitó él con total naturalidad.
Lolita sonrió ampliamente, tanto que daba un poco de miedo, algo se traía entre dientes.
-Te presento a Petter- y como si hubiera salido de su trasero apareció el mismo chico ni negro, ni blanco, ni muy regional, ni local, ni desconocido, era el chico borderline, o así se había definido él mismo la vez anterior, de eso ya más de tres meses –Petter, él es Leonard.
Petter sonrió sagazmente, frescos y audaces sus labios se curvearon con total encanto, la cacería al parecer había iniciado.
-Ya lo conozco- dijo Petter alegremente.
-¡Ah!, pero si conoces a todos los hombres del mundo- Lolita parecía un poco decepcionada – ¿de dónde lo conoces?
-De un viaje- Petter se mordió el labio inferior – es piscis y es un depresivo.
-¿Siempre ha sido tan halagador el muchacho?- inquirió Leonard fingiendo que no existía Petter al dirigirse únicamente a Lolita.
-Pero ahora no te ves triste- Petter meneó la cabeza como si quisiera mostrar una amplia cabellera, lo cual era absurdo, pues tenía el cabello corto peinado estilo ¿mohicano? ¿Mal samaritano?
-Eso es porque no lo estoy- y no lo estaba, en ese momento le entraron ganas de vomitar, no única y exclusivamente por Petter, sino por todo lo que conllevaba el asunto de volverlo a ver, de recordar el viaje, lo que había pasado antes del viaje, sus ganas de tirarse por la ventana, la molestia del fin de semestre, la constante autoflagelación, era como si aquel chico viniera a recordarle todo aquello que estaba intentando olvidar pero que se negaba a ser borrado de su memoria.
-Ahora eres cool- Petter parecía drogado, un chico borderline cool ligeramente drogado pero sin pudor por demostrar su aparente desubicación temporal/espacial, fue cuando volvió a reaccionar- ¡oh, oh!, va a ser mi fiesta, tienes que ir a mi fiesta, todos irán a mi fiesta, Dolores irá a mi fiesta, la putifiesta del nuevo siglo de los nuevos putos y no putos.
Leonard alzó su mano izquierda y se acomodó el mechón de cabello que colgaba en su frente, el asunto de la putifiesta era algo excesivo, pero en fin ¿qué podría pasar?
-De todo Leo, ay, ay, de todo- decía Morgause, una chica con la cual Leonard podía hablar cada vez que deseaba enunciar la frase “Siento que actúo frente a todo el mundo”, después de todo entre Morgause y Leonard existía un vínculo maniacodepresivo, ambos tenían sus periodos de locura- mi psiquiatra dice que ahora mismo me encuentro en mis cuatro meses de manía- dijo Morgause- si quieres te acompaño a la putifiesta, porque ay Leo, una vez, unas de las amigas lesbianas de Petter me contaron… olvídalo, te va a dar asco, sólo te digo que no comas del mismo plato porque nunca sabes dónde han estado sus manos o sus dedos.
Leonard puso cara de asco -¿Conocías a Petter?, ¿de dónde?
-De una putifiesta, bueno, algo así, de una putiexcursión… ay ese hombre le agrega “puti” a todo lo que puede. Le presté mi sudadera no recuerdo porque, y me la regresó toda sudada- el tono de voz que empleaba Morgause denotaba horror, al parecer la experiencia le había parecido no sólo desagradable sino también aterradora- húmeda Leo, totalmente húmeda, ¿por qué tenía que sudar mi sudadera? Entiendo que las sudaderas sean para sudar, pero no sudas una sudadera ajena, no como la sudó Pette.
-Suena desagradable…
-Fue desagradable, parecía que la sumergió en un estanque o algo así… creo que la sudó cuando se perdió en los matorrales con ese chico de biología… no sé cómo se llame pero también es amigo de Lolita y era novio de Pette.
Leonard hizo una mueca –O sea que el propósito de Lolita era ¿emparentarme con Pette?
-Yo creo, con eso del Nick y que le dices “aquí está la gente bonita”, pues tal vez pensó que te interesaría conocer…
-¿Gente igual de folclórica?- le interrumpió Leonard.
-Tú no eres folk Leo, eres… ay no sé lo que eres, pero similar a Pette no eres.
-Pues es curioso que lo digas, le pregunté a Lolita las intenciones que tenía cuando me presentó a Pette y dijo: “Ay son tan idénticos”.
-Sobre todo- dijo Morgause irónicamente- la diferencia es que tú agregas la palabra “Woolf” a todo, y el “puti”.
- Como voy a Woolferar
-No, eso sería más de él, sería voy a putigolfear.
-No puede ser tan malo.
-No es malo, no es nada malo Leo, es un chico muy agradable y contento, y fugaz, pero eso no quita que haya sudado mi sudadera.
De regreso en la facultad, pensando en cosas supuestamente más trascendentes que la putifiesta, Leonard salía de su clase de Semiología con ideas sobre el eterno lenguaje social y todos sus códigos, los conjuntos de signos y sobre todo, que el signo era ante el mundo un estímulo.
-Leonardo- dijo una voz a su espalda. Leonard dio la vuelta y vio a su ya antiguo amigo Edgard.
-Edgardo- canturreó Leonard con abierta desfachatez.
-¡Petter!- gritó Edgard- ¿Qué se cree?, ¿la nueva diva de la escuela? Decirle puti a una fiesta sólo porque es una fiesta organizada por un gay, ni siquiera van a ir puros gays, está invitando a todo el que se le cruza, seguro te invitó.
-Sí, fue justo cuando nos presentó Lolita.
Y ahí, en plena palabra Leonard sintió que se abría una escena de “Las mujeres” de George Cukor, él era Norma Shearer mientras Edgard interpretaba a la estupenda Rosalind Russell.
-Nooooooooooo- dijo Edgard- qué tragedia, no puedo creerlo, todos saben que Lolita presenta amigos con amigos para que se junten como si se creyera un Cupido, como si funcionaran las relaciones que ella junta en pro de lo que sea.
-Pues sí, algo así supe.
-¿Qué vas hacer?- Edgard se encorvó ligeramente como si no quisiera que su voz llegara más allá de un par de centímetros a la redonda.
-Nada.
-Deberías ir a la putifiesta, yo te acompaño, que vea que no estás sólo después de lo de Nick, casi todo mundo lo sabe, pero no te preocupes por eso, me enteré que Petter estaba con Armando, un chico de biología ¡de esta misma universidad! ¿puedes creerlo?, es de intercambio el muchacho, tiene a su amiga Lolita aquí como de interfaz con los hombres de nuestra localidad, que sepa Petter viene de una escuela muy cercana, cercanísima, venía para pasar más tiempo con su novio, pero todo salió mal y rompieron, por eso te lo presentaron, eres el sustituto.
-No lo creo, realmente soy la diversión…
-Ahí va, mira, el putiex- Edgard señaló a un chico de tez morena pero carente de aliciente, era delgado, casi famélico, con un cabello enmarañado, muy chino y con tinte cuasi rubio, el chico tenía cara de desconcierto -yo me ofendería si me tomaran como el sustituto de eso- enmarcó Edgard.
-¿Estás seguro que lo ofensivo para ti, no es haber sido el sustituto?- Leonard dudaba que aquel fuera Armando, o siquiera existiera el tal Armando, la verdad, intentaba que Petter no se le metiera a la cabeza, porque si no intentaría sacarle provecho como al anterior chico de intercambio, y a la vez, también intentaba sacar a Edgard de su vida.
-Di lo que quieras Leonardo, pero no me gustaría ser el segundón de “eso”.
La verdad era que el chico que había señalado Edgard no era muy agraciado… quizá nada agraciado, pero Leonard no lo era tampoco, ni siquiera se sentía ligeramente atractivo, así que mejor dejar la discusión para otro día.
-Bueno Edgardo, los “esos” y los “aquellos” no son mi tipo, ni mi estilo. Te dejo, pero quién sabe, quizá nos veamos en la putifiesta, no sé si asista.
-Yo si voy, no me pierdo esa vulgar locura ni por asomo.
Se despidieron y Leonard se preguntaba cómo se había deteriorado la amistad entre ellos. Antes Edgard le llamaba por teléfono y le alentaba a seguir adelante, ahora le tendía trampas muy al estilo de Rosalind Russell en “Las mujeres”, pero aquí, era cosa de hombres.
Leonard conocía a Lola, aunque todos le decían Lolita en la misma facultad de artes, ambos habían intercambiado un par de ideas, diálogos y algunos monólogos sobre cosas simples: la ropa y la moda, y aunque Leonard sabía poco o nada, Lolita siempre lo ilustraba con algo sorprendente e inaudito, quizá todo le parecía más inaudito porque no tenía conocimiento del tema, sin embargo Leonard la escuchaba con atención y cada vez que se veían él se acercaba a su grupo social y decía: “Pero si aquí está la gente bonita”, un comentario que al parecer llevaría a Leonard a una especie de calvario social. Ya que al ir diciendo eso por el pasillo (adjuntado al barullo de su retrato en una Bienal pro acoso sexual) la sexualidad de Leonard estaba siendo cuestionada a cada palmo, pero eso a él ya no le interesaba… hasta que llegó Petter.
Petter era pura pulsión, un chico de intercambio (como solían ser las torturas de Leonard) que curiosamente había conocido en las vacaciones sin siquiera saber que se volverían a encontrar.
-Leonard- dijo Lolita un día de aquellos que ni son soleados y ni realmente nublados, siempre existía la tentativa de una tenue llovizna.
-Lo-li-ta- fragmentó Leonard el nombre haciendo alusión a Alizée- pero si aquí está la gente bonita- recitó él con total naturalidad.
Lolita sonrió ampliamente, tanto que daba un poco de miedo, algo se traía entre dientes.
-Te presento a Petter- y como si hubiera salido de su trasero apareció el mismo chico ni negro, ni blanco, ni muy regional, ni local, ni desconocido, era el chico borderline, o así se había definido él mismo la vez anterior, de eso ya más de tres meses –Petter, él es Leonard.
Petter sonrió sagazmente, frescos y audaces sus labios se curvearon con total encanto, la cacería al parecer había iniciado.
-Ya lo conozco- dijo Petter alegremente.
-¡Ah!, pero si conoces a todos los hombres del mundo- Lolita parecía un poco decepcionada – ¿de dónde lo conoces?
-De un viaje- Petter se mordió el labio inferior – es piscis y es un depresivo.
-¿Siempre ha sido tan halagador el muchacho?- inquirió Leonard fingiendo que no existía Petter al dirigirse únicamente a Lolita.
-Pero ahora no te ves triste- Petter meneó la cabeza como si quisiera mostrar una amplia cabellera, lo cual era absurdo, pues tenía el cabello corto peinado estilo ¿mohicano? ¿Mal samaritano?
-Eso es porque no lo estoy- y no lo estaba, en ese momento le entraron ganas de vomitar, no única y exclusivamente por Petter, sino por todo lo que conllevaba el asunto de volverlo a ver, de recordar el viaje, lo que había pasado antes del viaje, sus ganas de tirarse por la ventana, la molestia del fin de semestre, la constante autoflagelación, era como si aquel chico viniera a recordarle todo aquello que estaba intentando olvidar pero que se negaba a ser borrado de su memoria.
-Ahora eres cool- Petter parecía drogado, un chico borderline cool ligeramente drogado pero sin pudor por demostrar su aparente desubicación temporal/espacial, fue cuando volvió a reaccionar- ¡oh, oh!, va a ser mi fiesta, tienes que ir a mi fiesta, todos irán a mi fiesta, Dolores irá a mi fiesta, la putifiesta del nuevo siglo de los nuevos putos y no putos.
Leonard alzó su mano izquierda y se acomodó el mechón de cabello que colgaba en su frente, el asunto de la putifiesta era algo excesivo, pero en fin ¿qué podría pasar?
-De todo Leo, ay, ay, de todo- decía Morgause, una chica con la cual Leonard podía hablar cada vez que deseaba enunciar la frase “Siento que actúo frente a todo el mundo”, después de todo entre Morgause y Leonard existía un vínculo maniacodepresivo, ambos tenían sus periodos de locura- mi psiquiatra dice que ahora mismo me encuentro en mis cuatro meses de manía- dijo Morgause- si quieres te acompaño a la putifiesta, porque ay Leo, una vez, unas de las amigas lesbianas de Petter me contaron… olvídalo, te va a dar asco, sólo te digo que no comas del mismo plato porque nunca sabes dónde han estado sus manos o sus dedos.
Leonard puso cara de asco -¿Conocías a Petter?, ¿de dónde?
-De una putifiesta, bueno, algo así, de una putiexcursión… ay ese hombre le agrega “puti” a todo lo que puede. Le presté mi sudadera no recuerdo porque, y me la regresó toda sudada- el tono de voz que empleaba Morgause denotaba horror, al parecer la experiencia le había parecido no sólo desagradable sino también aterradora- húmeda Leo, totalmente húmeda, ¿por qué tenía que sudar mi sudadera? Entiendo que las sudaderas sean para sudar, pero no sudas una sudadera ajena, no como la sudó Pette.
-Suena desagradable…
-Fue desagradable, parecía que la sumergió en un estanque o algo así… creo que la sudó cuando se perdió en los matorrales con ese chico de biología… no sé cómo se llame pero también es amigo de Lolita y era novio de Pette.
Leonard hizo una mueca –O sea que el propósito de Lolita era ¿emparentarme con Pette?
-Yo creo, con eso del Nick y que le dices “aquí está la gente bonita”, pues tal vez pensó que te interesaría conocer…
-¿Gente igual de folclórica?- le interrumpió Leonard.
-Tú no eres folk Leo, eres… ay no sé lo que eres, pero similar a Pette no eres.
-Pues es curioso que lo digas, le pregunté a Lolita las intenciones que tenía cuando me presentó a Pette y dijo: “Ay son tan idénticos”.
-Sobre todo- dijo Morgause irónicamente- la diferencia es que tú agregas la palabra “Woolf” a todo, y el “puti”.
- Como voy a Woolferar
-No, eso sería más de él, sería voy a putigolfear.
-No puede ser tan malo.
-No es malo, no es nada malo Leo, es un chico muy agradable y contento, y fugaz, pero eso no quita que haya sudado mi sudadera.
De regreso en la facultad, pensando en cosas supuestamente más trascendentes que la putifiesta, Leonard salía de su clase de Semiología con ideas sobre el eterno lenguaje social y todos sus códigos, los conjuntos de signos y sobre todo, que el signo era ante el mundo un estímulo.
-Leonardo- dijo una voz a su espalda. Leonard dio la vuelta y vio a su ya antiguo amigo Edgard.
-Edgardo- canturreó Leonard con abierta desfachatez.
-¡Petter!- gritó Edgard- ¿Qué se cree?, ¿la nueva diva de la escuela? Decirle puti a una fiesta sólo porque es una fiesta organizada por un gay, ni siquiera van a ir puros gays, está invitando a todo el que se le cruza, seguro te invitó.
-Sí, fue justo cuando nos presentó Lolita.
Y ahí, en plena palabra Leonard sintió que se abría una escena de “Las mujeres” de George Cukor, él era Norma Shearer mientras Edgard interpretaba a la estupenda Rosalind Russell.
-Nooooooooooo- dijo Edgard- qué tragedia, no puedo creerlo, todos saben que Lolita presenta amigos con amigos para que se junten como si se creyera un Cupido, como si funcionaran las relaciones que ella junta en pro de lo que sea.
-Pues sí, algo así supe.
-¿Qué vas hacer?- Edgard se encorvó ligeramente como si no quisiera que su voz llegara más allá de un par de centímetros a la redonda.
-Nada.
-Deberías ir a la putifiesta, yo te acompaño, que vea que no estás sólo después de lo de Nick, casi todo mundo lo sabe, pero no te preocupes por eso, me enteré que Petter estaba con Armando, un chico de biología ¡de esta misma universidad! ¿puedes creerlo?, es de intercambio el muchacho, tiene a su amiga Lolita aquí como de interfaz con los hombres de nuestra localidad, que sepa Petter viene de una escuela muy cercana, cercanísima, venía para pasar más tiempo con su novio, pero todo salió mal y rompieron, por eso te lo presentaron, eres el sustituto.
-No lo creo, realmente soy la diversión…
-Ahí va, mira, el putiex- Edgard señaló a un chico de tez morena pero carente de aliciente, era delgado, casi famélico, con un cabello enmarañado, muy chino y con tinte cuasi rubio, el chico tenía cara de desconcierto -yo me ofendería si me tomaran como el sustituto de eso- enmarcó Edgard.
-¿Estás seguro que lo ofensivo para ti, no es haber sido el sustituto?- Leonard dudaba que aquel fuera Armando, o siquiera existiera el tal Armando, la verdad, intentaba que Petter no se le metiera a la cabeza, porque si no intentaría sacarle provecho como al anterior chico de intercambio, y a la vez, también intentaba sacar a Edgard de su vida.
-Di lo que quieras Leonardo, pero no me gustaría ser el segundón de “eso”.
La verdad era que el chico que había señalado Edgard no era muy agraciado… quizá nada agraciado, pero Leonard no lo era tampoco, ni siquiera se sentía ligeramente atractivo, así que mejor dejar la discusión para otro día.
-Bueno Edgardo, los “esos” y los “aquellos” no son mi tipo, ni mi estilo. Te dejo, pero quién sabe, quizá nos veamos en la putifiesta, no sé si asista.
-Yo si voy, no me pierdo esa vulgar locura ni por asomo.
Se despidieron y Leonard se preguntaba cómo se había deteriorado la amistad entre ellos. Antes Edgard le llamaba por teléfono y le alentaba a seguir adelante, ahora le tendía trampas muy al estilo de Rosalind Russell en “Las mujeres”, pero aquí, era cosa de hombres.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
