lunes, 2 de noviembre de 2009

Cherry Lips (¿puticherry lips?)

Leonard había llegado a la putifuesta al lado de Morgause, quién sin ser la persona más fuerte con la cual podía haber asistido, era la más decidida y leal que conocía al respecto de Petter, porque el chico cuasi escritor de provincia se sentía ligeramente interesado por la tal loca adoradora de Kitty –Lo estoy denigrando, lo estoy denigrando- pensaba Leonard mientras cambiaba su concepto de Petter, sin embargo no sabía nada de él, sólo que le gustaba “Girl interrupted”, Kitty (la gata, no la protagonista de “El velo pintado”) y la moda –¡Y lo hombres!, que no se te olviden los hombres- se repetía en su cabeza.

-Ay Leonard, no sé porqué estamos aquí, no lo sé en verdad- Morgause era la personificación de la honestidad. Ahí vestida con sus sandalias tan regionales, su cabello desteñido y su ropa ligera (ligero no sólo en el concepto de lo etéreo sino también dentro de lo humilde pero con decoro) sin duda alguna Leonard la amaba mucho, pero sobretodo la estimaba y admiraba, por seguir con su vida, porque aunque la mierda les había caído a los dos por montones, seguían parados entre tanta porquería y al final había sido ella quién le enseñó que el arte puede cambiar al mundo.
-Pues tú estás aquí porque me quieres y me estás apoyando, yo estoy aquí porque necesito distraerme, eso de las revoluciones y el guión me está matando, ya estoy cansado de pasarme las horas encerrado en aquel departamento.
-Visita a tu familia, ve con ella- decía Morgause sin sarcasmo o ironía, realmente lo decía porque creía que eso era lo que necesitaba su amigo.
-Veinte años al lado de mi familia, estoy aburrido de ellos, todos ellos con su gran recato, sus diversiones de diván y su vida ordenada, por eso soy un maldito ordenado de mierda.
-Bien Leo, ya entendí que estás un poco sobrexcitado.
-Es eso o la música… “go baby, go go”- canturreo él
-Creo que a Petter le gusta el grupo de música…
-Ese dónde canta la pelirroja.
-Hay Leonard, si no es Mozart no sabes nada de música ¿verdad?, es “Garbage”, se llama “Garbage” el grupo.
-Pues sí, no sé nada, y aún con Mozart soy un snob, no sé nada sobre él, sólo disfruto su música y doy gracias a Dios porque existiera un compositor tan prodigioso. Pero también amo a Philip Glass, y el sentimiento que tengo hacia él no es sólo cuestión de esnobismo.
-Lo dices para justificarte, soy snob ¿y? has algo al respecto.
-Me gusta ser un snob, me gusta mucho Mozart y Philip Glass, si el precio que debo pagar es que me llamen snob, pues muy dispuesto estoy a pagarlo.
-Ya, ya Leo, esto es “go-go, no cry-cry”
-¿Crees que pongan música gogo y yo baile como Rose McGowan en “Planet Terror”, sexy y lloroso?
-Te estás pasando de pesado Leo- rió Morgause- te estás pasando- no le interesaba que su acompañante se pasara de cínico, le preocupaba que se volviera a deprimir.

La música sonaba a todo lo que el oído estaba dispuesto a escuchar, quizá a unos decibeles más allá de lo indicado, pero si algo sabía Leonard, era que Petter era poco indicado, quizá moralmente incorrecto, socialmente indecoroso, pero recelosamente interesante. Por eso estaba ahí, para saber más.
La querida vocalista de “Garbage” hablaba del chico delicado inmerso en un mundo histérico, y justo así se sintió Leonard cuando vio, no la putifiesta, sino la orgifiesta, estaba seguro que en el baño se estaban practicando cosas más obscenas de lo imaginable, así que intentaba no forzar mucho su imaginación si de cualquier modo no lograría acertar ni mínimamente en el asunto.
Pudo ver al tal Armando, delicado y débil por su el exceso etílico en la sangre, al parecer no había notado que su bebida (si es que así se le podía llamar) era una especie de jugo de uva con alcohol y muchas colillas de cigarro.

-El tipo no tiene el menor decoro- susurró Leonard.
-¿Qué?-preguntó Morgause.
-Que aquí viene…
-¡LEO HIJO DE PUTA CABRONCETE DE MIERDA!- apareció Tina con su séquito, Marcie y Fer le acompañaban, ¿qué diablos hacían ahí? –con que no vienes a mi fiesta de verano maldito engendro, pero asistes a las putifiestas del puto este.
-Suena muy despectivo.
-A la mierda Leo, A LA MIERDA Y NO ME JODAS, yo sé que no eres tan correcto, ya me enteré que andas publicando textos por ahí en la Web- Tina se acercó un poco más- y no me jodas, NO ME JODAS que no soy la única que lo sabe, yo que tú me cuidaba antes de que te digan “snob prepotente”- Tina echó a reír con un frenesí infernal, un fuego que consume, quema y aturde, cualquier similitud con el lago de lava hirviente (el bíblico) no era mera coincidencia. Seguro el infierno tenía algo que ver con la compañía de Tina, pensó Leonard.
-¿Con que ventilas la vida ajena?- preguntó Marcie.
-No, todo lo que escribo suele ser ficción, las personas sólo me dan ápice para hablar sobre ellas.
-No puedes culpar el escritor- dijo Fer con infinita seriedad- las personas existen, no puede evitar existir.
-PUTA FER, si no fueras tan serio te juro que te jodía, TE JODÍA, decirle eso a Leonard, es fantástico, FANTASTICO Y A LA MIERDAD SI NO ES CORRECTO.
-Perdón tenemos que saludar- dijo Leonard como si realmente tuvieran que saludar a alguien especial… o si la fiesta fuera de esas que debes “saludar” por cortesía. Tomó de la mano a Morgause y avanzaron entre la multitud hasta que un grupito de chicos de otros semestres de arte (más jóvenes, más ilusionados) se cruzaron con ellos.

-Morg, me gustan tanto tus grabados- le dijo un muchachín algo ebrio.
-¿Qué pasa con esta gente?- vociferó Leonard- ¿es que llegamos tan tarde que ya todos están ebrios?
-¿Qué?, ¿no le puede gustar a alguien mi trabajo si no está ebrio?- una vez más Morgause no estaba ni irritada o cansada, sólo bromeaba- ay, mi trabajo de grabado no es bueno, ¿te dije que el profesor me dijo que soy una floja y que no puedo hablar y actuar a la vez?
-Sí, me lo dijiste, y es un asno.

Se empezó a escuchar la canción “I Can’t be with you” the Cranberries

-Esa sí la conozco- dijo Leonard mientras se apartaban de los chicos ebrios, como si eso fuera posible, ya que todos estaban ebrios.
-Y sin ser Mozart.
-Mozart es tan aburriiiiiidoooooo- dijo una voz detrás de Morgause.
-No lo es, Mozart es un genio- contestó con aire triunfante Leonard. Era Petter quién hablaba a espaldas de su amiga.
-Yo no puedo vivir sin una batería, una guitarra eléctrica, sin el ruido.
-O el alcohol- le retó Leonard.
-Eh Leo, voy por algo para tomar, ya sabes, para estar en sintonía- y se escurrió Morgause entre el resto de los invitados.
-Creo que las personas te incomodan, la sociedad te molesta ¿verdad?- dijo Petter con tono tranquilo y armónico, aún cuando The Cranberries tocaban “Zombie”
-No es la sociedad, es que ya no confío en mucha gente.
-Lo supe desde que te conocí, siempre estás a la defensiva, como si te hubieran hecho algo malo.
-Bueno, es que me han hecho mucho daño, pero sé que no es pretexto.
-Pues no, siempre debes volver a confiar.

¿Cómo era que todo aquello se estaba convirtiendo en una escena barata de diálogos baratos entre dos personas que no se consideraban baratas? Parecía un capítulo de “7th Heaven”, cuando Leonard quería que fuera muy “Sex and the city” o ¿era sólo su imaginación?

-No me gusta tomarme muy en serio- bufó Leonard con total hipocresía.
-Muy al contrario, creo que te tomas muy en serio y por eso eres muy selectivo con las personas.
-Tienes algo de razón, no me gusta ser una mota de polvo que la gente se pueda sacudir o deshacer con un soplido.
-Yo creo que eres un poco reprimido ¿no?, con todas esas cosas de en quién confiar y no confiar.
-Me ofendes enteramente- Leonard se medía a cada instante, con cada palmo, estaba frente a Petter y se sentía como Elizabeth Bennet diciéndole a Lady Catherine de Bourgh: “Me ha ofendido de todas las formas posibles”, pero Petter no lo entendía, porque finalmente no estaban al mismo nivel o en la misma sintonía de analogía.
-Pues no creo que sea ofensivo, perdón si te ofendí, puede ser que tú te ofendas muy fácil o yo soy muy grosero.
-Podrían ser ambas cosas.
-Te tomas todo muy en serio.
-Y tú todo muy a la ligera.
-Mi vida es así, no tiene límites.
-Felicidades- las cejas de Leonard se curvaron denotando enojo, era un tic que había adquirido de su padre pero que en contadas ocasiones salía a relucir. Se movió sigilosamente, no como una Ana Bolena sino como una Catalina Howard, tranquilo, jovial y seductor, pero Petter lo vio con cara de inexpresiva, como si no entendiera nada de lo que estaba pasando.
Efectivamente Leonard estaba interesando, realmente intrigado en aquel muchacho, y ese pobre hombre no lo notaba ni en lo más mínimo ¿qué estaba fallando? Era obvio que no era un Nick Hollinghurst, a este no le gustaban los juegos, no le interesaba sentir que estaba en la novela de “Las amistades peligrosas” de Pierre, a este no le habían educado en alguna corte made in The Tudors, a este no le interesaban los códigos sociales, a este le valía poco la mascarada social –Este es diferente- pensó Leonard, y se sintió aún más interesado.

Continúa en la siguiente entrada, la putifiesta aún no termina… la noche es joven.

martes, 27 de octubre de 2009

Je m’ennuie

¿Y cuanto desprecio más estaría dispuesto a soportar?, ¿cuántas frustraciones? Después de todo plasmar sus fobias y filias sobre el papel no le estaba funcionando, Leonard se estaba secando, se recordaba al escritor ebrio de “Barton Fink”: Cuando no escribo bebo, decía él, mientras Leonard pensaba que cuando no podía escribir se deprimía, pero si se deprimía mucho entonces podía escribir, era como un bucle existencial al cual estaba atado de por vida, ¿era la edad? Todo se presumía demasiado circunstancial, excesivamente rutinario y a la vez arbitrario, no tenía una razón estable de ser, como si fuera la insoportable levedad del ser, estaba en un vaivén y eso le estaba cansando, pero ¿cuándo no estaba cansado? “Siempre tienes flojera”, le decía Carlota, y Carlota no mentía.
Leonard sí, él mentía todo el tiempo aunque no fuera del todo consciente de su propia falsedad, se había propuesto ser honesto y transparente, pero al parecer cuando lo hizo no hubo más que destrucción en cuanto a su experiencia, le quedaba volverlo a intentar una y otra vez hasta que muriera, le quedaba hacerlo por el resto de su vida para poderlo sobrellevar. Estaba en una etapa estúpida de su vida, todo el mundo luchaba por sobrevivir en una recesión mundial mientras él tomaba la historia de la Revolución Francesa en sus manos y la leía con entero asombro, pero hasta ahí, no había nada más, ¿no era suficiente? Cada libro que leía le dejaba algo en particular, pero él gastaba mucho en libros cuando apenas tenía para el almuerzo, gastaba mucho tiempo pensando en su habitación que si somos las palabras de nuestra propia historia y si acaso existía muchos puntos y comas a favor, después se disolvía en un suspiro para pensar en las fiestas, los eventos y saltar de corte en corte social para satisfacer sus fascinaciones por sus coetáneos. Era basura, él se percataba de que su vida se asemejaba a una complaciente basura.
Allá en su ciudad provinciana sus padres hacían todo lo posible para que él viviera bien, tuviera su departamento y todo lo necesario para la subsistencia, él también hacía unos trabajillos aquí y allá, pero hasta el momento no tenía autosuficiencia, la mayor autonomía a la que podía aspirar era la que se encontraba en su cerebro, por eso se remitía a ella, por ello se encerraba largas horas fumando y bebiendo café como vil enajenado, pero aún así, dentro de todos esos placeres que suprimen a los vicios (o que bien los alimentan) él no tenía el completo control de su mente, del cerebro ¿quién lo tenía realmente? Por un momento leía sobre los estados generales en la Francia a finales del 1700 y después su mente volaba hacia sus seres queridos, a las personas que no veía desde hacía un par de semanas, de Susana, Samantha o Elizabeth, de sus traumas, se aferraba mucho a sus traumas, y ahí en plena discusión sobre quienes tienen o no para comprar pan en la revolución, él se iba por quienes tiene afecto en la actualidad. No, no podía controlar su mente, era patética la demostración de su falta de control.
Después, cuando lograba enfocarse no podía concluir la idea, cerrar el círculo, ¡existía un bache!, ¡había un surco que le evitaba llegar al clímax de la reflexión!, y el surco era su ignorancia. ¿Tenía que ser más culto?, el ambiente se lo pedía, las circunstancias lo ameritaban, pero él no quería arriesgar más el pellejo existencial. La masa gris se arremolinaba fugazmente intentando crear una forma concreta, decir: ¡Aquí está la razón del ser, del estudiar, la plenitud de la vida, tómala y hazla tuya, ponle las manos encima!
Ni los nombres de Foubert, Rousseau y Montesquieu le decían algo, ahí estaban todos ellos en el libro sobre la Revolución Francesa, sus frases e ideas, pero de Leonard no salía nada, apenas había leído frases sobre ellos, pero ningún libro, adoraba a Rousseau, pero no era especialmente docto en su vida, quizá por ello el círculo seguía sin completarse, quizá él mismo estaba aburguesado y debía salir de su habitación, de sus tontas fiestas y enfrentarse al mundo de verdad, pero una vez más ¿cuál era ese?
Una nota se deslizó por debajo de su puerta. Leonard notó el pequeño sonido que lo sacó de su trance involuntario. Tardó en pararse de su silla e ir en busca de aquel papelito absurdo y doblado. Desdobló el papel, la nota decía: “T.Q.M!”. ¿Qué significaba aquello?... ¿tenía alguno? Abrió la puerta pero no vio a nadie. Entró en su departamento, arrugó la nota y la tiró en el cesto de la basura, sólo eran letras vanas que evidentemente significaban algo (te quiero mucho ¿podría ser?) pero el emisor no tenía el coraje para expresarlo abiertamente. Alguien más no podía llegar al clímax existencial. En otro momento le hubiera parecido interesante, intrigante o romántico, pero en ese momento le pareció sin sentido y muy cobarde el asunto. Si era una declaración de amor, era una declaración muy mezquina.
Y de la misma forma en que María Antonieta había arrugado y quemado la nota enviada por el cardenal de Rohan (aclarando el caso de un carísimo collar para la reina), Leonard olvidó de inmediato la existencia de aquella nota y volvió a su libro.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Pre aviso en pro de la putifiesta

La cosa se había dado más bien de una forma muy rara, aparentemente circunstancial pero totalmente brutal.
Leonard conocía a Lola, aunque todos le decían Lolita en la misma facultad de artes, ambos habían intercambiado un par de ideas, diálogos y algunos monólogos sobre cosas simples: la ropa y la moda, y aunque Leonard sabía poco o nada, Lolita siempre lo ilustraba con algo sorprendente e inaudito, quizá todo le parecía más inaudito porque no tenía conocimiento del tema, sin embargo Leonard la escuchaba con atención y cada vez que se veían él se acercaba a su grupo social y decía: “Pero si aquí está la gente bonita”, un comentario que al parecer llevaría a Leonard a una especie de calvario social. Ya que al ir diciendo eso por el pasillo (adjuntado al barullo de su retrato en una Bienal pro acoso sexual) la sexualidad de Leonard estaba siendo cuestionada a cada palmo, pero eso a él ya no le interesaba… hasta que llegó Petter.
Petter era pura pulsión, un chico de intercambio (como solían ser las torturas de Leonard) que curiosamente había conocido en las vacaciones sin siquiera saber que se volverían a encontrar.

-Leonard- dijo Lolita un día de aquellos que ni son soleados y ni realmente nublados, siempre existía la tentativa de una tenue llovizna.
-Lo-li-ta- fragmentó Leonard el nombre haciendo alusión a Alizée- pero si aquí está la gente bonita- recitó él con total naturalidad.
Lolita sonrió ampliamente, tanto que daba un poco de miedo, algo se traía entre dientes.
-Te presento a Petter- y como si hubiera salido de su trasero apareció el mismo chico ni negro, ni blanco, ni muy regional, ni local, ni desconocido, era el chico borderline, o así se había definido él mismo la vez anterior, de eso ya más de tres meses –Petter, él es Leonard.
Petter sonrió sagazmente, frescos y audaces sus labios se curvearon con total encanto, la cacería al parecer había iniciado.
-Ya lo conozco- dijo Petter alegremente.
-¡Ah!, pero si conoces a todos los hombres del mundo- Lolita parecía un poco decepcionada – ¿de dónde lo conoces?
-De un viaje- Petter se mordió el labio inferior – es piscis y es un depresivo.
-¿Siempre ha sido tan halagador el muchacho?- inquirió Leonard fingiendo que no existía Petter al dirigirse únicamente a Lolita.
-Pero ahora no te ves triste- Petter meneó la cabeza como si quisiera mostrar una amplia cabellera, lo cual era absurdo, pues tenía el cabello corto peinado estilo ¿mohicano? ¿Mal samaritano?
-Eso es porque no lo estoy- y no lo estaba, en ese momento le entraron ganas de vomitar, no única y exclusivamente por Petter, sino por todo lo que conllevaba el asunto de volverlo a ver, de recordar el viaje, lo que había pasado antes del viaje, sus ganas de tirarse por la ventana, la molestia del fin de semestre, la constante autoflagelación, era como si aquel chico viniera a recordarle todo aquello que estaba intentando olvidar pero que se negaba a ser borrado de su memoria.
-Ahora eres cool- Petter parecía drogado, un chico borderline cool ligeramente drogado pero sin pudor por demostrar su aparente desubicación temporal/espacial, fue cuando volvió a reaccionar- ¡oh, oh!, va a ser mi fiesta, tienes que ir a mi fiesta, todos irán a mi fiesta, Dolores irá a mi fiesta, la putifiesta del nuevo siglo de los nuevos putos y no putos.
Leonard alzó su mano izquierda y se acomodó el mechón de cabello que colgaba en su frente, el asunto de la putifiesta era algo excesivo, pero en fin ¿qué podría pasar?

-De todo Leo, ay, ay, de todo- decía Morgause, una chica con la cual Leonard podía hablar cada vez que deseaba enunciar la frase “Siento que actúo frente a todo el mundo”, después de todo entre Morgause y Leonard existía un vínculo maniacodepresivo, ambos tenían sus periodos de locura- mi psiquiatra dice que ahora mismo me encuentro en mis cuatro meses de manía- dijo Morgause- si quieres te acompaño a la putifiesta, porque ay Leo, una vez, unas de las amigas lesbianas de Petter me contaron… olvídalo, te va a dar asco, sólo te digo que no comas del mismo plato porque nunca sabes dónde han estado sus manos o sus dedos.
Leonard puso cara de asco -¿Conocías a Petter?, ¿de dónde?
-De una putifiesta, bueno, algo así, de una putiexcursión… ay ese hombre le agrega “puti” a todo lo que puede. Le presté mi sudadera no recuerdo porque, y me la regresó toda sudada- el tono de voz que empleaba Morgause denotaba horror, al parecer la experiencia le había parecido no sólo desagradable sino también aterradora- húmeda Leo, totalmente húmeda, ¿por qué tenía que sudar mi sudadera? Entiendo que las sudaderas sean para sudar, pero no sudas una sudadera ajena, no como la sudó Pette.
-Suena desagradable…
-Fue desagradable, parecía que la sumergió en un estanque o algo así… creo que la sudó cuando se perdió en los matorrales con ese chico de biología… no sé cómo se llame pero también es amigo de Lolita y era novio de Pette.
Leonard hizo una mueca –O sea que el propósito de Lolita era ¿emparentarme con Pette?
-Yo creo, con eso del Nick y que le dices “aquí está la gente bonita”, pues tal vez pensó que te interesaría conocer…
-¿Gente igual de folclórica?- le interrumpió Leonard.
-Tú no eres folk Leo, eres… ay no sé lo que eres, pero similar a Pette no eres.
-Pues es curioso que lo digas, le pregunté a Lolita las intenciones que tenía cuando me presentó a Pette y dijo: “Ay son tan idénticos”.
-Sobre todo- dijo Morgause irónicamente- la diferencia es que tú agregas la palabra “Woolf” a todo, y el “puti”.
- Como voy a Woolferar
-No, eso sería más de él, sería voy a putigolfear.
-No puede ser tan malo.
-No es malo, no es nada malo Leo, es un chico muy agradable y contento, y fugaz, pero eso no quita que haya sudado mi sudadera.

De regreso en la facultad, pensando en cosas supuestamente más trascendentes que la putifiesta, Leonard salía de su clase de Semiología con ideas sobre el eterno lenguaje social y todos sus códigos, los conjuntos de signos y sobre todo, que el signo era ante el mundo un estímulo.
-Leonardo- dijo una voz a su espalda. Leonard dio la vuelta y vio a su ya antiguo amigo Edgard.
-Edgardo- canturreó Leonard con abierta desfachatez.
-¡Petter!- gritó Edgard- ¿Qué se cree?, ¿la nueva diva de la escuela? Decirle puti a una fiesta sólo porque es una fiesta organizada por un gay, ni siquiera van a ir puros gays, está invitando a todo el que se le cruza, seguro te invitó.
-Sí, fue justo cuando nos presentó Lolita.
Y ahí, en plena palabra Leonard sintió que se abría una escena de “Las mujeres” de George Cukor, él era Norma Shearer mientras Edgard interpretaba a la estupenda Rosalind Russell.
-Nooooooooooo- dijo Edgard- qué tragedia, no puedo creerlo, todos saben que Lolita presenta amigos con amigos para que se junten como si se creyera un Cupido, como si funcionaran las relaciones que ella junta en pro de lo que sea.
-Pues sí, algo así supe.
-¿Qué vas hacer?- Edgard se encorvó ligeramente como si no quisiera que su voz llegara más allá de un par de centímetros a la redonda.
-Nada.
-Deberías ir a la putifiesta, yo te acompaño, que vea que no estás sólo después de lo de Nick, casi todo mundo lo sabe, pero no te preocupes por eso, me enteré que Petter estaba con Armando, un chico de biología ¡de esta misma universidad! ¿puedes creerlo?, es de intercambio el muchacho, tiene a su amiga Lolita aquí como de interfaz con los hombres de nuestra localidad, que sepa Petter viene de una escuela muy cercana, cercanísima, venía para pasar más tiempo con su novio, pero todo salió mal y rompieron, por eso te lo presentaron, eres el sustituto.
-No lo creo, realmente soy la diversión…
-Ahí va, mira, el putiex- Edgard señaló a un chico de tez morena pero carente de aliciente, era delgado, casi famélico, con un cabello enmarañado, muy chino y con tinte cuasi rubio, el chico tenía cara de desconcierto -yo me ofendería si me tomaran como el sustituto de eso- enmarcó Edgard.
-¿Estás seguro que lo ofensivo para ti, no es haber sido el sustituto?- Leonard dudaba que aquel fuera Armando, o siquiera existiera el tal Armando, la verdad, intentaba que Petter no se le metiera a la cabeza, porque si no intentaría sacarle provecho como al anterior chico de intercambio, y a la vez, también intentaba sacar a Edgard de su vida.
-Di lo que quieras Leonardo, pero no me gustaría ser el segundón de “eso”.
La verdad era que el chico que había señalado Edgard no era muy agraciado… quizá nada agraciado, pero Leonard no lo era tampoco, ni siquiera se sentía ligeramente atractivo, así que mejor dejar la discusión para otro día.
-Bueno Edgardo, los “esos” y los “aquellos” no son mi tipo, ni mi estilo. Te dejo, pero quién sabe, quizá nos veamos en la putifiesta, no sé si asista.
-Yo si voy, no me pierdo esa vulgar locura ni por asomo.

Se despidieron y Leonard se preguntaba cómo se había deteriorado la amistad entre ellos. Antes Edgard le llamaba por teléfono y le alentaba a seguir adelante, ahora le tendía trampas muy al estilo de Rosalind Russell en “Las mujeres”, pero aquí, era cosa de hombres.

lunes, 12 de octubre de 2009

Kid please try harder

Leonard estaba teniendo su momento de serie norteamericana sobrevalorada; de esos donde el personaje (principal, secundario o de mínima importancia) se queda con la mirada fija en pro de algún pensamiento supuestamente “profundo” mientras una canción del algún intérprete independiente o poco conocido suena de fondo.
Aquí Leonard tomaba café frente al computador mientras el grupo australiano Faker tocaba “Kid please try harder”, ahí estaba su escena sobrevalorada, como toda la vida de cualquier persona, cada momento se puede infravalorar o sobreestimar, todo dependía del autoestima de cada uno. Se dignaba a editar una pequeña animación en la cual, al parecer no le había quedado tan mal, evidentemente podía ser mejor, pero también era evidente que no tenía tanto tiempo como para mejorarla. Entonces postró la mirada sobre los pequeños botones bajo el monitor y pensó en el tiempo, la producción y la obra, sobre el frenético nivel de producción que podía llevarse a cabo en su escuela de arte, en el número de alumnos todos ellos con grandes y buenas ideas… bueno, muchas ideas en un mismo edificio lleno de sintonías mentales que colapsan en el papel, cartón, yeso, tela, fotografía, video o lo que fuera, realmente ¿cuántas piezas se producían al año? Y lo que le consternaba un poco ¿cuántas de esas piezas estaban bien realizadas y no sólo sustentadas en buenos impulsos asesinados por la falta de tiempo?
Él tenía cuatro animaciones que hacer, dos programas de televisión por producir, una exposición sobre la escultura del neoclásico, a la vez un ensayo sobre la misma escultura durante la Revolución Francesa, a parte debía grabarse los códigos sociales y le guión, que no se le olvidara el guión… no es que fueran muchas actividades, pero quería hacerlas bien, sin embargo el tiempo no lo permitía ¿cómo lo lograban otros chicos?, sabía de aquellos que hacían 50 pinturas para final de curso e infinidad de fotografías, revelados o que producían escultura basada en un gran proyecto, que grababan videos, buenos cortometrajes y después por si no fuera suficiente, se iban a bailar y embriagarse, ponerse como una cuba y levantarse al día siguiente para pintar un óleo a favor del action painting, y Leonard se estaba muriendo con unos cuantos libros sobre la Revolución Francesa, la Revolución Industrial y la Revolución Masónica, al parecer su vida dispuesta a ser revolucionada, el problema es que los cambios llevaban tiempo y dolor, se repetía en su cabeza -¿No había sido suficiente con el verano?

-Te gusta ser un ñoño- le había dicho Alfi –da hueva, a mí me da hueva- dijo aquel chico poniendo cara de asco cuando Leonard le comentó sobre la mentada Revolución Francesa.
-Soy un snob, leí la Revolución por parte de María Antonieta, la reina mártir no era el pueblo, no me sé la historia del pueblo.
-Seguro vas a terminar odiándola después de leer la versión del pueblo.
-Lo dudo, la amo demasiado.
-Bueno, los aristócratas nacen, los burgueses se hacen, no te queda más que hacerte… como una vieja estirada o algo parecido.
-Una vieja estirada que hace animaciones a las tres de la madrugada.
-Ya wey, una vieja estirada insomne que hace animaciones a las tres de la madrugada, ¿o prefieres frígida?

-Alfi- pensó Leonard en ese momento que daba un sorbo a su café- hace tiempo que no sé nada de él- se preguntaba si al menos se sentía cómodo en el medio artístico y sus bizarras exigencias, aunque podía ser que sólo a Leonard le parecía bizarro el asunto del arte, un asunto elitista, bizarro, carroñero e hipócrita -¡Ahí está el tiempo!- gritó.
Después se percató que había pasado demasiado tiempo buscando tener alguna clase de participación con los chicos ebrios, colgados, de Bienales, buena onda, eruditos, ermitaños, músicos, enciclopedias andantes, escritoras, guionistas, existencialistas, al parecer seguía buscando un núcleo de poderío social, seguía sin bastarle su propia cabeza y como buen ser gregario necesitaba asociarse, pero cuando se sumergía más allá de lo deseado, las cosas perdían el interés, lo superficial parecía mantener el misterioso encanto de la sorpresa, el no develar ni destrozar a una persona de un solo tajo, de no desmembrar tres revoluciones seguidas en menos de dos meses, de no animar por animar y ver como los objetos cobran “vida”, de no vivir al estilo acción/reacción, como el martillazo que da el doctor en la rodilla para medir los reflejos, podía ser que los reflejos de sus compañeros y de él mismo estuvieran siempre activos, el problema era que sólo les llevaba a tirar una patada al aire, de golpear, partir lo inmaterial y sucumbir ante la nada.
¿Entonces dónde estaba la respuesta?, ¿dormir menos, pensar más, intentar lo que fuera con mayor energía, ser más letrado?, ¿de qué servía tanto conocimiento, de qué servía si no se podía mantener el ritmo? Justo en ese momento se sentía obsoleto, Leonard tomaba su taza con café y sentía que el postmodernismo le dictaba un futuro obsoleto, sin importar el tiempo, las ganas y el esfuerzo era probable que no lograra nada.
Entonces lo entendió, como había de ser, el final no era precisamente la meta, sino esos momentos tanto profundos como superficiales de alto contenido reconfortante, poder desflorar sus libros y leer: “Entonces la Revolución Francesa se hizo así…”, entonces correrían las letras y sentiría el éxtasis, después se relajaría haciendo que las cosas cobraran vida en el monitor o se regodearía en el estrés de la realización en televisión, porque vivía por la experiencia, no por el conocimiento.

Efectivamente, estaba teniendo su momento de serie norteamericana sobrevalorada. “Faker” terminó de cantar.

martes, 6 de octubre de 2009

Tú eres importante, yo soy importante, ellos son importantes, pero no todos podemos ser importantes

Al fin, una aureola de aceptación llegó a su correo electrónico- Patético- la oportunidad de acceder a algo nuevo y bueno, a Leonard le había llegado la invitación a una presentación del libro cuya autora conocía –patético- el libro hablaba sobre la seguridad interna del estudiante promedio –patético- en un medio tan aguerrido como lo era el arte –patético- la persona que escribía todo era su antigua tutora que al parecer había tomado gran parte de las charlas con su tutorando –el patético de Leonard- para escribir un nuevo relato corto –patético- con tintes “enteramente” reales.
-Es patético- seguía pensando Leonard en su cabeza, alguien se le estaba adelantando… ¿o era que ya estaba severamente adelantada para su edad? Porque su tutora era joven, tenía al menos unos quince años más que él pero muchísimo más ingenio, producto de todos esos años de trabajo como editora, sin embargo no era justo que lograra obtener su tema, SU TEMA, el tema de Leonard ¿tan quejica había sido con su tutora que ahora tenía el material suficiente para crear una historia? –Bueno, bueno, es escritora, dale crédito- se reprendió Leonard- se puede decir que por toda su trayectoria puede inventar lo que le venga en gana, relatar lo que sea a la hora que sea… a diferencia de mí.
Llegó al evento después de un largo día de trabajo, ahora estaba avanzando en su guión al tomar un poco de la vida de todos aquellos que la habían trastornado la existencia, decidió omitir a Nick, ya le había dado demasiada importancia, también a Cecelia a quién decidiría erradicar de su vida, había hecho una cita con ella para la siguiente semana, la tenía esperando desde hacía un par de días, el punto sería decirle: “Púdrete, sigue con tu vida y yo con la mía”. Claro que no se podría hacer tal acotación, pero disfrutaba paladear el pensamiento.

Y con todo eso, después de pasar todo un día de ocho de la mañana a las ocho de la noche en la escuela, emprendió hacia la presentación del libro que iniciaba a las ocho y media, y estando ahí descubrió que no conocía a nadie, que nadie le hablaba, que era insignificante dentro del bla, bla, bla…
-Leo, bien que viniste- dijo su ex tutora que se apropiaba de la vida de su ex tutorado.
-Pensé que llegaría tarde.
-Ya es tarde pero estamos por iniciar, voy a la mesa de allá, voy al centro.
-Qué bien- Leonard no sabía qué decir, estaba perdiendo la poca elocuencia que tenía; si no se cuidaba terminaría como el pútrido personaje de Stephanie Meyer, autora del churro crepusculiano, cual adulto/¿adolescente? Subdesarrollado, tímido y sin una gota de seguridad en sí mismo.

La mujer quince años mayor que él subió a la mesilla encontrada ante el público, el salón era relativamente pequeño para tanta audiencia, sin embargo lo importante era el fastuoso jardín de las afueras donde se encontraba el vino, bocadillos y los libros a vender, pues todos debían tomar uno. Con la autora se encontraban tres hombres y una mujer, quién inauguró el asunto, presentando a las altísimas serenísimas representaciones de la mesilla: uno era especialista en sociología, el otro un político de la localidad, el tercero un escritor, autor de varios dramas políticos, también pedagogo.
Uno por uno fueron dando su opinión sobre el libro, que más allá de opinión eran halagos prefabricados y muy elocuentes a favor de la compra del libro; a Leonard no le incomodaba el asunto, la cosa era vender ¿pero acaso no podían hacerlo de forma más dinámica? Toda esa palabrería insulsa sólo para culminar en: La generación de ahora ¿la generación del vacío?

– ¿Quiénes se creen Gilles Lipovetsky?- pensaba él.
El sociólogo dijo que era real y palpable los retratos de jóvenes que van más allá de los supuestos placeres carnales, que ahora la lucha es interna ya que no existe nada papable de lo cual se puedan sostener esta nueva generación de artistas irónicos pero nada punzantes, sólo les quedaba reírse de la sociedad pues no existía esperanza alguna para ellos.
-Menos mal que somos pocos los de mi generación- seguía pensando Leonard- no sea que propicie algún suicidio.
El político leyó un texto que se presentía redactado por alguien más, pero por desgracia tampoco era un gran pensador. Laraleó y laraleó sílaba por sílaba sin llegar más allá de una breve conclusión sobre el deber de ayudar a la nueva generación que va en picada.
El escritor recomendó enteramente el libro que deja los sermones y el aleccionamiento de todo por el todo para darnos una visión hiriente, mas no por ello menos verídica, de ciertos puntos de la juventud actual que llora por dentro y finge por fuera.

Antes de que cualquiera de ellos hablara fue presentado con su extenso currículum de dónde trabajaron, en qué habían participado, con quién colaborado, sólo faltaba enunciar con quién tuvieron un acercamiento amoroso.
Entonces la moderadora dijo: “Oh, bueno, pero al señor (aquí el nombre del reputado escritor) lo conocí en París, cuando tomé mi seminario de (aquí el nombre de algo pomposo).
-Ah sí, claro- dijo el escritor- el seminario (pomposo) también lo impartí en Berlín y Kiev, pero no vuelvo a dar algo así, es muy cansado.
-También estuvo en Milán, ¿no es así?- dijo el sociólogo.
-Claro, pero no por el seminario (pomposo) sino por la presentación de mi último libro.
-Estuve ahí, Milán es hermosa pero no tanto como Venecia, unos estudios me llevaron por esos rumbos.
-Claro, claro- dijo la moderadora- yo estuve con usted en Venecia…
-¿Cómo olvidarlo?- contestó el sociólogo – hizo excelentes apuntes sobre las máscaras del festival Veneciano.
-Son hermosas- dijo la autora del libro, ya algo incómoda por la desviación del tema.
-No lo dudo, pero ahora el vino- dijo el politiquillo.
-Pero qué cliché- pensó Leonard.

Ya afuera en la sala del vino y los bocadillos, Leonard sentía que no encajaba, no tenía ningún pretexto para estar ahí, porque para todos él era la representación de la generación del vacío.
Mientras caminaba entre tan reputadas personalidades de la escritura, el arte, la sociología y la política, no dejaba de escuchar comentarios tales como: “Fantástico”, “Interesante ¿no te parece?”, “Algo previsible pero así puede ser en verdad”, “¿En quién se habrá basado el personaje principal?”, “¿Será verdadero?”. Leonard tomó uno de los libros que estaba en exhibición y leyó para sí:

“La historia de Luka, un joven que se traslada de su pequeño condado a una ciudad ligeramente más preponderante donde pululará entre los menesteres hasta ahora prohibidos en su anterior círculo social. La estructura vivencial de Luka se viene abajo cuando conoce a gente que considera interesante y peligrosa, comienza a perder sus valores hasta llegar a un clímax existencial en el cual se convierte en un snob citadino…”

Leonard detuvo su prematura lectura sobre aquel prematuro libro, era obvio que Luka no era él, pero también había algo de él en Luka. Compró el libro, ni qué hacerle, la antología de Sylvia Plath y el mismísimo Mishima tendrían que esperar, y con ellos todas sus tendencias suicidas. Leería el libro y después juzgaría a su ex tutora.
Se escondió en una esquina del jardín para poder fumar, algo bueno tenía que sacar después de tanto ajetreo, aún estaba apesadumbrado, así se quedó en la esquina, sólo con su cigarro en una mano y el posible plagio de su vida en la otra.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Nadie es culpable, según el señor Maugham

Después de las fiestas patrias, donde Leonard comía todo lo que no estaba dispuesto a comer y que además introducía grasa a su organismo en vez de alcohol, se despertó en su cama, su verdadera cama de su verdadera casa (al menos hasta que sus padres lo corrieran de ella) con náuseas y mareos, una vez más sintió que se estaba tensionando por nada.
Desde que había empezado el semestre la cosa de Nick, Cecelia y todos aquellos dramas existenciales le estaban hartando pero no podía desprenderse de ellos, comprendió que de alguna forma estaba entrando a una tortuosa etapa de su vida en donde lo inmaterial tenía más poder sobre él que todo aquello material que pudiera obtener. Las presiones y el ahogamiento que sentía en ese momento no era un vil producto de todo lo que había comido la noche anterior, sino de todas las cosas mentales que le faltaban por digerir; ni la escuela, ni los trabajos, ni las presiones de aprenderse toda la escultura del mundo (porque tenía historia de la escultura) eran ya un verdadero problema, desde su educación secundaria había aprendido a someterse a un sinfín de presiones y salir con una sonrisa campante, claro que con ferviente anterioridad lloraba por los rincones y se cacheteaba la cara con su propia mano muy al estilo de Annette Bening en “Belleza americana”, aquella escena donde ella se golpeaba y decía: “¡NO LLORES COMO UNA BEBÉ!”. La diferencia era que Leonard se golpeaba y de igual forma lloraba con un bebé.
¿Pero qué sucedía con aquel semestre?, en el verano se percató de su insustancial uso del tiempo, cuando no se encontraba presionado se deprimía, y cuando se deprimía pues no avanzaba en nada. Sin embargo se deducía que ahora sí estaba avanzando porque estaba presionado, cual tabla de equivalencias calóricas su nivel de estrés era directamente proporcional a su felicidad –Pero qué nefasto- se dijo Leonard al pararse de la cama, era más allá de medio día y su cabello se parecía al de María Antonieta: altísimo, voluminoso pero sin caché. De hecho cuando Carlota lo vio le dijo exactamente lo que el hermano de María Antonieta le comentó cuando la vio por primera vez en muchos años: “¿Llevas el cabello lo suficientemente alto hoy?”
Sin peinarse y con un día lluvioso por delante recapituló que todo estaba donde debía estar, tenía los trabajos resueltos para finalizar la semana sin ningún problema, también tenía ropa limpia, adelantos de otros trabajos, estaba por terminar el libro que desde hacía tiempo deseaba leer, había ganado un poco de dinero por un trabajillo mal pagado y ahora podía ir a comprarse su primer libro de Mishima, tenía planeada su próxima salida de compras y nada le hacía más feliz que ir de compras, pero algo faltaba -¡JO!- musitó Leonard –y entonces la Señora Dalloway se dio cuenta que no le faltaba ni riqueza ni belleza, sino algo que lo impregnara todo… pero hoy no me siento como la Dalloway, más bien- volteó a ver su ventana fielmente cubierta por unas cortinas rojas muy oscuras que le ayudaban a que la luz del sol no entrara y poder ver sus películas en la completa oscuridad que él deseara- hoy me siento como un personaje de William Somerset Maugham, cualquiera que sea.
Se trasladó a Hong Kong, con toda esa lluvia, aprisionado en su habitación, con frío, mucho frío mezclado con la humedad y ninguna obligación específica qué cumplir, lo tenía, era Kitty Fame de “El velo pintado”… ¡¿por qué no podía ser Walter?! –Porque si fuera Walter tendría que estar allá afuera haciendo algo productivo para la humanidad en lugar de estar en mi habitación conmiserándome de mi pobre existencia ególatra, aunque Walter no era un santo, se lleva Kitty, su esposa, a la localidad donde hay cólera para ver si ella muere comiendo algo que no se encuentre desinfectado- Leonard se quedó pensativo- pero ella tampoco es inocente… no del todo, sólo era alegre, tonta y vulgar, todo según la educaron sus padres… pero mis padres no me educaron para ser sólo alegre tonto y vulgar- el chico bufó y se vistió como si fuera verano, una playera muy delgada y con bermudas- según el señor Maugham nadie es culpable porque vivimos en el contexto social que nos tocó, y aunque seamos detestables somos gran parte de lo que el entorno demanda… ¡al diablo!, que esté encerrado sin poder hacer nada en un país que nada aporta, con un entorno que me mata, con unas sandalias baratas, el cabello de María Antonieta y la lluvia afuera, sólo falta que den alerta de influenza para sustituir el asunto del cólera, no quiere decir que soy Kitty Fame, ¡MALDICIÓN!, soy Julia Lambert, protagonista de una obra teatral de Maugham.
Entonces Leonard empezó a recitar de memoria uno de sus diálogos favoritos de aquella mujer que era actriz, tenía cuarenta años y se encontraba en la crisis de su vida, la cosa iba así: “¡No estoy actuando! ¡Estoy al borde del colapso! Siento que mi vida llegó a su fin. En este momento estoy en un estado extraño. Es como si la cortina callera en el primer acto, pero no tuviera idea de lo que pasa en el segundo. Estoy en una especie de limbo esperando que algo suceda, pero ¿qué?, ¡¿QUÉ?!”
Al terminar Leonard echó a reír, recordó que al final del filme Julia aprende que no hay mejor cosa que ser uno mismo –Así que ni soy Walter, Kitty o Julia, pero estoy seguro que si Somerset Maugham me hubiera conocido estaría encantado de retratarme en una novela –volvió a reír- tan ególatra el sentimiento de mi parte
Leonard decidió que debía terminal aquel libro que hablaba sobre conjuras y necios para posteriormente dedicarse a otros asuntos, aunque no supiera realmente cuales eran.

martes, 22 de septiembre de 2009

Frustración, frustración por el guión

“Hoy es uno de esos días de la cama infinita y el café oxidado de ayer… restos de una cena, una botella vacía y una nota en el mantel… ¡como siempreeeeeee, inolvidableeeeee, otra noche tan bonita como túuuuuuuu!” –Cantaba Leonard mientras se colocaba frente a su monitor, una hoja en blanco, de un blanco tan inmenso que ni la nieve de Polonia (nunca había estado ahí pero se la imaginaba… como mal escritor que era) podía comparársele, pues la hoja en el computador era digital y a eso se refería Kristof Kieslowski en su película “Blanco”: “Todos sufrimos” –Sólo que aquí TODOS los escritores sufrimos por el blanco de la página, lo que nos da una tremenda igualdad ¿no era eso lo que querías Kieslowski?- vociferó Leonard en dirección al techo de su pequeño y desaseado departamento- que todos somos iguales, que todos sufrimos igual y que todos, todos, todos los escritores deben enfrentarse a su bloqueo del escritor, JODETE Kieslowski, te AMO pero jódete- seguía gritando como un maniático, sentía que no debía haber tomado aquel expreso vespertino.
-Eh chico- escuchó Leonard desde la puerta. Era su vecina, una mujer con más de sesenta años y cuyos familiares, sospechaba Leonard, le habían abandonado- podrías dejar de gritar.
A lo cual Leonard contestó con un tono muy a la Julia Lambert (diva del teatro):
-¡Ah, váyase al infierno vieja quejica!- sí que estaba enfadado, pero la vecina no tenía la culpa.
-¡Pelado!- le gritó la mujer.
-Eso no le quita lo quejica.
-No, pero con comprueba que eres un grosero.
Leonard se paró de un salto y llegó con otro salto a la puerta y la abrió.
-No me siento bien, no estoy bien.
-Nadie está bien, no te sientas tan especial jovencito- la vecina estaba severamente enfadada, pero por desgracia para ella no sabía hasta qué punto Leonard podía estallar. Él siempre tan sarcástico y cínico intentaba sonreír de modo malicioso o amable, pero cuando se enfadaba no existía mayor remedio que sacarlo, como una especie de vómito visceral.
-No es que me sienta especial… ¿sabe cómo me siento?, me siento como si el primer acto se hubiera terminado, el telón está por subir porque va a iniciar el segundo acto ¡y yo no tengo ni puta idea de lo que viene a continuación! ¡Se me olvidaron los diálogos! ¡Se me olvidó cómo ser brillante!
-Tu madre debe estar muy avergonzada de ti.
-¡CLARO! Estaría avergonzada si supiera que su hijo, por quién aún no se ha jubilado, está perdiendo el tiempo en ideas infructíferas para un guión infructífero.
-Mira muchachito, tu madre puede estar avergonzada porque parece que has perdido todos los modales.
-¡Eh perdido todo!, por estar en cama todas las vacaciones y deprimiéndome como un estúpido ahora no puedo ni escribir un e-mail.
-¡Ah ya! Deja de quejarte niñito mimado, te pagan el departamento, no veo que hagas más que ir a la escuela y a tus eventitos sociales, así que deja de lacerarte tú mismo.
-¡Deje de espiarme!
-Deja de gritar.
-¡PUEDO GRITAR TODO LO QUE MI CAJA TORÁCICA ME PERMITA!
-Eso o hasta que llame a la policía.
-¡Oh!, vamos, llámele y así pondré mi canción de “Momentum” a todo volumen para sentirme Melora Walters de “Magnolia” ¡pero sin la droga!
-¿Estás drogado muchacho? Pobre de tu madre.
-¡NO!, pobre de usted- Leonard le cerró la puerta en la cara a la mujer “sesentona” (como la clasificó en su cabeza)

Ahora sí que la había hecho en grande, le había gritado a una mujer que en efecto era “una pobre mujer” sin culpa alguna por su falta de creatividad al momento de escribir. Su instructora del taller de guión le había dicho que tenía bien pensados a los personajes pero penosamente no tenía un conflicto. Cuando eso surgió de su boca sintió que el mundo se venía abajo. No sólo era un comentario muy acertado de aquella mujer, sino que Leonard se había dado cuenta que no tenía una historia que contar –En verdad que voy a terminar como la tal Gigi Levangie, escribiendo de mí, para mí y sobre mí- la cosa se complicaba porque había escrito una serie de cuentos y con eso en mente él creía poder escribir un guión –No es que los cuentos y los guiones sean lo mismo, pero la creación literaria está ahí ¿no?, se deduce que no te abandona… ¡A MENOS QUE NUNCA LA HAYA TENIDO!, ¡JODER, JODER, JODER!,!NO TENGO TALENTO!- justo después de vociferar la palabra “talento”, su computador empezó a cantar “Money, Money, Money” en voz de Meryl Streep.
-¡Sí MERYL, seguro es divertido el mundo de los RICOS!- la canción era del musical cinematográfico “Mamma Mía!” basado en el musical de Broadway del grupo ABBA, pero eso a él no le ayudaba, es más, lo ponía histérico cuando Meryl decía: “Todo lo que podría hacer si tuviera un poco de dinero…”. Entonces Leonard pateó un par de libros que tenía en el suelo (algo que estando cuerdo no se hubiera permitido) y con ello se dio cuenta que su departamento estaba hecho una porquería. La cama no se había tendido en semanas, desde que había iniciado el curso lo único que hacía era restirar las sábanas y meterse en ella, no la sacudía ni nada que pudiera ayudar a la higiene personal de cualquier ser humano. Una enorme capa de polvo cubría su despertador de noche y que tenía un sinfín de bolsas de “Gandhi” y “Mixup” tiradas por todo el suelo, también unos libros de arte, los capítulos impresos que estaba corrigiendo de su primer intento de escribir una novela, ropa por todos los rincones, abrigos sobre todo, no sabía por qué se había empeñado en comprar chamarras, abrigos y suéteres, también estaban los zapatos fuera de sus cajas, la guillotina para papel que había traído desde su casa, así como una docena de hojas con anotaciones sobre una pequeña animación que estaba por hacer. La escena lo puso fúrico.
-¡CON UN DEMONIO!, ¡CON UN DEMONIO LEONARDO! ¿EN DÓNDE HAS ESTADO? – inmediatamente corrió hacia la puerta, sacó un cigarro y empezó a fumar, inhalo, exhaló, hizo lo que siempre hacía pero la cosa no le bastaba, tenía que resolver el asunto en ese mismo instante, así que volvió a entrar, tomó una de las playeras que se ponía cuando “pintaba” y la rasgó e hizo un trapo con ella, después la enjuagó frenéticamente en el baño hasta comprobar que la pintura estaba seca e impregnada a la tela y lo único que salía era un poco de mugre. Con su playera rota como arma -¿Quién diría que la moda podía ser tan agresiva?- empezó por limpiar el despertador, después apiló los libros, recogió los abrigos, guardó los zapatos, juntó los primeros diez capítulos de su novela y los esquemas de la animación, destendió la cama, la golpeo con las sábanas con el fin de sacudir el colchón y después metió las sábanas de una bolsa negra de basura. Arrojó los papeles al lado de su cama, pescó todas y cada una de las bolsitas de las tiendas de sus ex - frenéticas compras y las echó a la basura. Limpió su escritorio al percatarse que estaba repleto de ceniza de cigarro y se tumbó boca abajo en busca de cada una de las colillas de cigarro, encontró ocho. Y fueron seis los bolígrafos que encontró entre toda esa maraña, también recogió tres vasos desechables con agua en su interior y dos tazas de café, una vacía y otra con un asiento acaramelado con miles de millones de hormigas intentando obtener el alimento preciado para el invierno.
Leonard tomó la taza con hormigas y la echó al lavabo con el fin de ahogar a las hormigas –Mueran malditas, mueran- decía mientras sentía como al menos una quinta parte de las hormigas le subían por el brazo. Así con la otra mano se sacudió el hormigueo y terminó por mutilarlas.
Mientras tanto en el computador cantaba el grupo australiano Faker la canción “Huricane” y después Mylene Farmer “Je te rends ton amour”, al pasar el tiempo Vanessa Mae tocó “The storm”, Yann Tiersen “La Noyée”, Edit Piaf “Padam, padam”, Gotan Project “Una música brutal”, Muse “The time is running out”, Philip Glass “Runway Horses”, Katy Perry “One on the boys”, John Williams “Chiyo´s Prayer”, Madona “Vogue”, The Strokers “What Ever Happened”, Charles Trenet “Boum!”, The Cranberries “Promises”, Bethoven la “Obertura de Egmont”, Nora Jones “The story”, Alexandre Desplat “Cholera”, Queen “The show must go on”, A-Ha “Take on me”, Gang of four “Natural´s not in it”, bond “Homecoming”, The Beatles “Because” , Siouxie and the Banshees “Face to face”, Vivaldi “Concerto in G”, The ting tings “Great DJ”, A.R. Rahman “Liquid Dance” y La oreja de Van Gogh “La primera versió” (entre otras cosas más que Leonard no captó).
Y cuando la nueva vocalista del grupo español decía: “Ya hace un año que no estás, hace un año que yo pienso en ti, cada segundo en ti, cada suspiro en ti es un latido en mí, si no te tengo a ti para poder vivir, sólo en el silencioooo de los siglos dormiré feliz..”. Leonard se sintió muy cansado y le vino a la mente la disociación, que al parecer se había ocultado a sí mismo esa parte desquiciante de su personalidad, la que enloquecía cada cuanto no tenía nada más “creativo” en qué ocupar el tiempo. Así vino un nombre a sus labios: Petter. El nuevo chico de intercambio se llamaba Petter, el chico que había conocido en sus vacaciones se llamaba Petter ¿eran acaso el mismo Petter? Todo parecía terriblemente conveniente, ya sabría algo si el tal Petter estaba ahí, Edgard ya se lo habría dicho… pero últimamente Edgard no le dirigía la palabra muy a menudo, de hecho nadie lo hacía, el atisbo de ser el supuesto amante de Nick había manchado su reputación, ahora era lo que siempre había temido: El arribista descubierto y desdeñado por utilizar a sus coetáneos. Todo mundo lo hacía, sin embargo aún en el mundo del arte dicho conocimiento se maquillaba en pro de la hipocresía, y lo peor a un hipócrita era un hipócrita desenmascarado.
Leonard se sintió muy cansado, y mientras The Cranberries cantaban “Animal Instinct” profesando que los instintos animales nunca los habían hecho llorar, Leonard cayó en el llanto, ya no sabía si era aquella vida la que deseaba o requería para “ser feliz”, si era acaso un trecho, una mala recha de inspiración, exceso de trabajo y falta de energías para subsanarlo, la muerte de Dalí y las ganas que tenía el hombre de seguir viviendo mientras él había querido morirse cuando el profesor agonizaba, o quizá había sido Cecelia que le había llamado la semana pasada para pedirle disculpas por su reacción en el funeral, ahora deseaba ir a tomar un café con él ¿y qué le diría?, ¿de qué hablarían?, ¿por qué siempre deseaba decodificar cada acción humana?, Edgard lo evitaba y sus dos amigas estaban fuera de la ciudad, se sentía sólo y se estremeció ante la idea de que la situación posiblemente no cambiaría.
Se arrastró hasta el colchó y se tiró sobre él con su playera desgarrada en la mano. Al instante quedó dormido.