martes, 3 de enero de 2012
Rehabilitación
Sexo con extraños, sexo después de la primera cita o la tercera, sexo por el sexo, la soltería le pega bien a cualquiera que tenga el tiempo suficiente no sólo para buscar sino también para encontrar, así como tener el sitio adecuado para salir en una ciudad tan pequeña sin tener la noción de un deja-vu o lo que es peor, encontrarte con tu cita anterior. Aún cuando sólo se busque sexo, si no se tiene un departamento propio y se vive con los padres, la tarea se convierte en una labor titánica de conquista situacional, porque ante todo las cosas debían planearse. La obtención de un territorio primero se daba en la mente y después, con mucha suerte, se decantaba en una cama… que en su mayoría se quedaban algo cortas según las expectativas, como la del muchacho del automóvil azul. Su cama ni siquiera era individual, pues al mozo, quién era un total snob proclive a las nuevas tendencias minimalistas, terminó por decorar su habitación con la noción de “menos es más”, pero cuando Leonard entró aquel cuarto amueblado casi en su totalidad con tonos entre blanco y azul, pensó que menos era menos. Menos estantes para colocar libros, menos espacio para sentarse, cama mínimal de menor tamaño, muy mona claro, pero proclive a la inutilidad o a la fuerza de gravedad, sí, porque mientras tenían sexo en más de una ocasión Leonard casi se cae de la cama.
¿Dónde habían quedado esas kingsize que solía acaparar? Siempre tendría en mente al hombre de casi cuarenta años que en un bar de Valencia le dijo “Y tengo cama kinsize”, y eso que ni siquiera habían charlado durante quince minutos, por supuesto, la cama una delicia y la compañía bastante especializada. Pero al volver a México en su pequeña ciudad de provincia donde apenas llegaban a los ciento setenta y cinco habitantes, comparada con Valencia, no era ni siquiera una golosina, era más bien un dulce caduco. Por ello había dicho sí al chico de nariz prominente, automóvil azul y cama pequeña, aunque seguía sin entender su economía del espacio, puesto que su casa era de dos pisos, pero ¡claro! él también vivía con sus padres, al menos por el momento.
-Tengo un departamento en CV- dijo el chico de la nariz grande, CV era la ciudad donde había estudiado Leonard- pero ahora tenemos tiempo, después me voy al antro.
-Ya, entiendo, pues ¿qué es lo que te gusta hacer?- Leonard se sentía en forma una vez más, desde que había llegado a México apenas había tenido tiempo en reparar que tenía una fuerza palpitante en la entrepierna. Entre los malos trabajos de medio tiempo, las prácticas sociales en la editorial en la que ahora laboraba, así como concluir un par de créditos para la universidad, no veía el sentido de gastar tiempo y espacio en buscar algo que no encontraría: el tonto y cursi amor, porque si lo había tenido en Valencia sería justo reencontrarlo de regreso, en este lado del hemisferio. Pero no, no, no, con todas las dificultades que el sexo imponía (como la persona, el sitio, la hora y toda la planeación) el acto sexual se presentaba como una acción infinitamente más sencilla que tener una cita decente, el tiempo, siempre el tiempo.
-Pues lo que tú quieras- le dijo el chico narizón. Leonard no podía negar su encanto, tenía cierta altanería que cubría sus facciones poco agraciadas, su piel más bien descuidada pero impávidamente reparada por los mil productos químicos (que sin saber dañaban más su piel), así como su ropa y el acto de quitársela, le daban al chico un aire bastante apetecible.
-Mira, a mí me gusta que me dominen- Leo se acercó seductoramente hacia el muchacho, como una curiosa mezcla de femme fatale transexual, ni hombre ni mujer, era un chico afeminado, eso jamás se lo quitaría de encima, pero por su reciente incremento de masa corporal carecía de sus facciones del afamado toy boy que alguna vez fue, ahora tenía veintidós años, casi los veintitrés, y como alguna vez enmarcó el famoso escritor Yukio Mishima, los jóvenes comienzan a perder su frescura al pasar los veintidós, su mejor momento sea quizá de los diecisiete a los veinte, después comienzan a decaer paulatinamente. Leonard bien lo sabía cuando se veía al espejo, ya no pertenecía al mercado de los hombres de cuarenta años o más, al menos no de la forma en que alguna vez lo llevó por medio de la prostitución. Al contrario ahora, al sobrepasar esa primera primavera, podía gozar con los de su misma especie, los jóvenes de veinte y treinta años.
La variedad siempre había estado en él, pero quería dejar de parecerse el personaje principal de la película “Sleeping Beauty” de Julia Leigh, una puta que ni siente placer porque se droga todas las noches para quedarse dormida mientras la penetran. Nada, la dominación debía ser consciente, o sino quién domina llegaría a la violación, el dominado siempre tiene el control de la situación, al menos en el sexo.
-Si cariñito, pero no beso, es que… soy sincerotengonovio- la última frase la había dicho tan rápido que parecía una sola palabra.
-No me importa, sólo estamos aquí para follar.
-Pues sí, es la primera vez que le hago esto de ponerle los cuernos.
-Pero no…
-Y le acabo de decir que estoy contigo y no me deja de molestar por la blackberry, que cómo me choca pero no puedo vivir sin este aparatito- y era verdad, desde el momento en que el chico narizón le dijo “hola”, no soltaba su teléfono celular, o mecanismo de comunicación, anejanación, plataforma hipertextual, aparato que provoca artritis. Leonard daba gracias a las diosas que nada de eso le interesara.
-Lo hace adrede- Leonard se cerró la bragueta- Mira, si tienes tiempo y si quieres lo podemos dejar aquí, pero sería una pena, la verdad me pareces lindo- Mentiras, se dijo por dentro Leo, le sorprendía lo fácil que salían las falacias de su boca con tal de tener un buen acostón, ¿al menos un acostón en meses?, ¡diablos! Odiaba tener tantas ocupaciones y que ninguna le llevara a nada o le diera tanta satisfacción como tener sexo con hombres. Lo aceptaba, era un ninfómano.
-No cariñín… ¿cómo se llama esa canción?- en la habitación, que contenía pocas cosas, se podía apreciar un enorme televisor con algún video de Jennifer Lopez meneando sus seguramente nuevos implantes de glúteo.
-Ni idea.
-¿Cómo, no sabes nada de música? Muy mal niño.
-¿Entonces?- Leonard sonrío poco convencido de su propia actuación.
-También me pareces lindo.
Se acostaron y el chico narizón logró en Leonard una culminación, nada más, un breve orgasmo contenido. Había pasado lo que tanto le auspició Karen, una de sus más experimentadas amigas, “Algún día ya no tendrás orgasmos con todos los que te acuestes, sólo empezarás a tener… culminaciones, seguro termina y ya, eyacularás pero no sentirás nada… naaaaadaaaa”, ¿cómo podía no equivocarse alguien que no tenía pene? El final el chico tuvo su orgasmo y dijo “Que rico”. Tardó más de media hora en decidir qué se pondría para salir de antro y Leo sólo deseaba salir de aquella casa. Cuando lo logró fue gracias a que su acompañante se apiadó de él y le sacó a la carretera más cercana, después de todo la situación no dejaba de tener un aire de puta.
-Fue un placer conoce…
-Claro, claro- dijo Leonard sin ponerle atención y se bajó del automóvil azul.
¿Existían dos opciones en esa ciudad? Chicos con los que se puede ligar, salir de fiesta, cena o algo de atrevimiento sin llegar a más, incluso un par de besos desganados; o los muchachos que se usan como pañuelos de papel desechables, “úsese y tírese” –Córrase sobre ellos y después póngalos en el bote de basura- pensó Leonard. A su parecer se esquematizaban en gran medida las relaciones. Los chicos esperaban algo serio o en su defecto una experiencia sexual complaciente pero ligera en todos los aspectos, en resumidas cuentas, un pene, un culo, pero sin darle nombre o personalidad al sexo, ¿por qué a la gente se le complicaba tener sexo y después de eso seguir siendo amigos?, ¿tan difícil era conseguir un folla-amigo?
Era momento de rehabilitarse, ¿pero rehabilitación?, ¿de qué manera y en qué sentido? Si se refería a que dejaría todo lo que ya era por el simple hecho de haber realizado un viaje, pues no, no, no, algunas cosas se reafirmaban y como Amy Winehouse había cantado alguna vez, no tenía tiempo qué desperdiciar, si eso iba a ser una rehabilitación significaba que volvería a ser una persona que entra nuevamente al ruedo.
lunes, 8 de agosto de 2011
El tiempo pasa
Su estancia en España había culminado. Los últimos dos meses corrieron cual caballos desbocados. El tiempo pasó tan rápido con el simple hecho de que las últimas horas ahí, sentado, transcurrieran más lento. –Lo vale- se dijo Leonard mientras suspiraba con aire de autosuficiencia. Le parecía curiosa la sucesión de los eventos, cual argumento succionado por la tinta de algún autor amateur a quien al final todo le salía bien o medianamente aceptable.
Recordó los viajes, las malas clases, las buenas clases, los artistas inexistentes, se recordó a sí mismo cuando pisó tierra europea, ¿era distinta a la otra tierra? No, ahora lo sabía, no sabía si realmente la gente era del todo distinta o si quizá los escritores más amargados (de aquellos que tanto le gustaban) tenían la razón sobre la naturaleza humana y su triste similitud en los bordes de la maldad y la bondad. Esos bordes dicotómicos –Pero eso no pertenecen a mis autoras, ni de esos escritores amargados, eso es mío- era suyo y lo atesoraba. Creía en la carencia de los bordes dicotómicos y se daba cuenta, que aunque humano el mismo, jamás entendería a su propia raza porque apenas reconocía su dedo pulgar de la mano derecha, ¿era ese el mismo dedo que le había acompañado durante toda su vida?, ¿había mutado? Había crecido.
Como los dedos pulgares (fueran de la mano o los pies) realmente no notaba cuando crecían. Como él… ¿era el mismo o había crecido? Tenía unas fervientes ganas de sacudir Víctor y preguntarle si notaba alguna diferencia en él, ¿pero cómo podría decírselo? Apenas se conocían un par de semanas atrás y el chico de tez clara y ojos azules poco podía saber sobre Leonard, cualquier Leonard (si es que todos los que había sido él eran uno y ese uno eran todos), no deseaba recapitular mentalmente todas las tonterías en las que había incurrido antes de llegar a Valencia y mucho menos las que cometió en los últimos meses.
No tenía otra concepción de la vida (y el mundo) que él extrañando a Víctor y el tiempo que pasaron juntos. Se sentía tan egoísta y al mismo tiempo ofendido por el mundo (y la vida) por haberlo creado de esa manera, que el contexto influyera tanto en su persona.
Tiempo atrás había dejado a Pedro, como dejó a Jean-Paul, como dejó al otro y al otro antes de ellos dos, ¿existía otro? Siempre podría haber otro, de eso estaba consciente. No podía dramatizar más las relaciones. Todos se iban pero él permanecía con una visión más clara de sí mismo frente a la actitud con la que debía afrontar las relaciones. Él existía y no precisamente porque se hubiera elegido, como tanto le habría encantado difamar, sino porque existía con todo lo demás como conjunto. Existía con la conciencia propia, ni dudarlo, pero de la misma manera permanecía dicha conciencia gracias a la vida yacente en el mundo. Contaba los sucesos que le habían llevado hasta ahí. Las huídas desesperadas, las rupturas, las ansias de tener un poco de éxito, estudiar más, saberlo todo y descubrir la nada dentro del conocimiento. Y al finalizar la estancia (que si no dramatizaba las relaciones al menos estaba dramatizando un poco ese momento, las horas longevas) sólo le quedaba Víctor, y no porque fuera la última opción, el relleno dentro del tiempo… Víctor era todo lo contrario, era la única razón por la cual se quedaría en Valencia.
Deseaba sacudirlo una vez más con total pasión, devorarlo en un beso y llevárselo en las entrañas o abrazarlo y fundirse en su piel, perdiéndose para siempre dentro de él y al final ¿dónde estaría Leonard?, ¿sería igual que todos los hombres dentro del suelo mexicano o español?, ¿sería él algo distinto como para merecer a un chico tan estupendo?
Leonard sería una persona dentro de otra, sin importar que él fuera mexicano y Víctor español, las almas se fundirían y sin dar a luz un hijo, dos hombres podrían ser uno sin rozar la obviedad de sus nacionalidades, no existiría territorio geográfico, ni un océano entre ellos; no tendría que preocuparse porque le llamaran una vez más snob sólo porque amaba a su chico de ojos azules, europeo, de tez clara e intelectual; no habría de preocuparse por las normas derridianas de si se ama a lo “qué es la persona… y por qué la persona es así” antes de amar a “la persona con entereza”; en la fusión de los cuerpos no le interesaría nada de eso porque entonces él sería parte de Víctor y no sólo lo amaría a él, sino también a sí mismo. Uno solo caminaría como el ser sin patria, de costumbres híbridas y algo extrañas. Ni una cosa ni otra nada más que el ser humano buscando los límites, exactos de la conjugación con otros seres para hablar, comer, mirar… sin nacionalidad, sólo usos y costumbres, todo era cultural pero carente de institución como tal.
¿Por qué si sabía su corazón se encontraría con Víctor… al final el resto de su cuerpo terminaría por extrañarlo?, ¿por qué en la teoría, con toda esa plenitud emocional e igualdad como ser humano sin más, era tan difícil la práctica?, ¿por qué el espacio afectaba tanto aún cuando el tiempo parecía determinado a favorecerlos?
Pero lo recordó. -¡Ah las horas!- pensó- estas horas caprichosas que me dejan estar a su lado y sentir que son días, semanas, quizá meses. Pero una vez concluidas estas horas, todo equivaldrá a una muerte paulatinamente dolorosa. Con el fin de las horas vendrá la separación, mi muerte. Me iré yo. Por primera vez el que se va soy yo. Y otra vida empezará y como un gato he de tener que aprovechar las vidas restantes, ¿serán mis otras vidas tan fuertes como para poder soportar que Víctor esté tan lejos… y aún más allá de eso, saber que pasará mucho tiempo antes de que lo vuelva a ver?- El tiempo, se percató, no siempre estaría de su lado. Cuando supo eso instantáneamente abrazó a Víctor, sentados en la banca del parque lo abrazó y cerró los ojos como un niño pequeño quién cree que con su pequeña rabieta podrá frenar lo inevitable. –Le diré, le diré que lo amo, le diré lo que pienso, le diré que preferiría abandonar todo y estar a su lado. Pero no puedo- se contuvo, se detuvo, no sólo porque sabía que a su chico de ojos azules no le gustaban las lágrimas o los pensamientos dramáticos, sino porque parte de él le decía que en su otra vida, después de las horas, él tendría que madurar más rápido y utilizar toda la prudencia con la que ahora cargaba, utilizar la prudencia de las otras vidas.
Ser maduro o prudente nunca había sido la especialidad de Leonard, pero entendía que lo más sano era disfrutar ese momento y… ¿y después?... su prudencia no se lo permitía decírselo, pero después, ya el tiempo lo diría.
miércoles, 1 de junio de 2011
Zero
Leonard se sentía en una especie de vacua representación del filme “The dreamers” de Bertolucci. A él siempre le había parecido que la película era pobre en cuanto a la época social/revolucionaria donde se establecía la acción: El mayo del 68. Una representación de los hechos inocua. Estos mayos del 68, ¿qué pensar de ellos?, ¿qué podía saber de ellos? Sólo recientemente, de unos años a la fecha, se había dedicado a instruirse en los acontecimientos de aquel año en distintos países, sobre todo en México. La investigación no sólo le entristeció al enterarse de todas las atrocidades cometidas en su país frente al movimiento estudiantil, sino el fuerte oleaje de indiferencia que se desprendía frente a las nuevas generaciones. En su caso particular, al pertenecer a una familia que se consideraba “tranquila” y ajena a todas esas acciones contestatarias, había vivido en la total ignorancia. Ni sus padres, abuelos, escuelas, profesores de primaria, secundaria o bachillerato le habían enseñado nada sobre el tema, fue hasta la universidad, donde todos parecían saber del movimiento del 68, cuando Leonard se dispuso a investigar el asunto. ¿Cómo había podido vivir así? Sin lugar a dudas por ello, en ocasiones, el mundo le parecía aburrido o poco atrayente, pues ignoraba todo lo que sucedía en el exterior.
Ahora, bien informado gracias a sus amados libros, que si algo les agradecía a sus padres era esa falta de censura, admiraba como los estudiantes españoles, la mayoría de ellos blancos, hermosos y algo sucios (porque así debía ser su imagen contestataria) se manifestaban frente a las plazas principales de aquella ciudad. Era verdad, no se encontraba en la capital de España y los chicos no tenían la culpa de su gran herencia europea en los rostros, los cuerpos, los ojos, pero sí de una identidad caduca, una donde se interesaba más por la mistificación del evento sin realmente proponer algo nuevo y mirar a su entorno. Si hubieran visto a su alrededor se habría percatado de la joven latina que daba panfletos para el partido socialista, o de la chica con gafas y acné que entregaba la propaganda del partido de derecha, si se hubieran volteado a ver eso se darían cuenta de lo estereotipado que es el planeta, de lo prototípico que puede llegar a ser España. De lo “lindo” de una sociedad sujeta a acciones que ayudan a la sublimación de su indignación, porque así eran llamados, estos alumnos, grandes, mayores, burgueses que salían a la calle, no tan burgueses, gente bonita y no tan bonita, pero la mayoría sin ser realmente inmigrante (al menos en la ciudad donde estaba Leonard), porque los inmigrantes no tienen voto, muchos son ilegales y la mentalidad de algunos citadinos de ahí era que los inmigrantes sólo sirven para recoger la mierda de sus perros. Estos activistas eran llamados, “los indignados” -¿Honestamente de qué estaban indignados? Y dicha indignación ¿a qué se refería?, ¿en qué desembocaba?- se preguntaba Leonard -¿y su monarquía?...
“No creas que nuestra monarquía es rica y vive tan bien como la inglesa”, le habían dicho algunos españoles nativos de aquella ciudad, “el rey, en su momento evitó un golpe de estado”, el franquismo pesaba, la historia y la desunificación de España también, “los reyes viven de pensión”… y el toro negro pesa más como imagen unificadora que la bandera roja y amarilla. Lo único que tenía en mente Leonard es que él no entendía nada de eso. Le preguntó a Pedro, su novio, pero este tampoco se interesaba demasiado en la política, todo lo que no fuera filosofía no valía mucho la pena para él, aunque lo irónico de la ecuación es que se especializaba en filósofos griegos y por ende, también en la democracia. Leonard sabía que Pedro le mentía porque no quería que tuvieran diferencias, ambos eran de carácter fuerte, el artista siendo volátil, el filósofo tajante, existía el diálogo, pero como se sabían cortos de tiempo, aunque se amaban tenían muy presente la partida de Leonard en un par de meses, preferían no complicar su relación más allá de la falta de tiempo, el fin del cuatrimestre les complicaba mucho sus agendas, sobre todo la de Pedro. Sin embargo, en la mente de Leonard, toda esta falta de tiempo le parecía sólo un pretexto para no hablar claro sobre el tema, sobre cualquier tema, su relación merecía ser analizada desde varias perspectivas.
Las elecciones pasaron y el partido conservador ganó un auge temible, España había perdido la confianza en los partidos socialistas y de izquierda. En las escuelas los alumnos había sido reabsorbidos por sus tareas, exámenes, trabajos. Los alumnos habían dejado de existir como entes pensantes y creativos para al final pertenecer al sistema opresor que les hacía leer cuatro libros en un mes, memorizarlos sin analizar, hacer un control de lectura sobre el activismo en la red y al final se podían encontrar dentro del examen con preguntas totalmente ajenas al activismo, apegadas a datos superfluos como fechas, nombres, cuestiones circunstanciales. Los estudiantes estaban ahí, indignados de pertenecer a un sistema que los exprimía en tiempo y espacio, pero no en intelecto o activismo, ahí en el país del aparente eterno confort ¿qué podía esperar Leonard? No tenía futuro, ¿en México lo tendría? Seguramente tampoco.
Mayo había terminado.
martes, 3 de mayo de 2011
No sueltes a los gatos
-Psss, pssss- se escuchaba en el fondo de la habitación, lo escuchaba Leonard –psss, hey… ¡hey! Tú… tú… despierta- la voz resonaba nuevamente cada vez más cerca, pero él no despertaba, ¿realmente estaba durmiendo? Pero si analizaba justo antes que la vida era un sueño, entonces todo era vida, la única forma de despertar se vinculaba con la muerte y Leonard tenía tanto tiempo que no deseaba morir. Quería vivir –psss ya tío, por favor, ¿estás bien?- le insistía la voz. La habitación se hacía cada vez más grande, al menos así lo presentía de forma sonora, y los murmullos, existían los murmullos. Como si fuera el país de las hadas o un bello lago dentro del pantano, un lago a media noche… salió el cisne en su sueño, ¿o era la realidad?, bailaba como Natalie Portman en “Black Swan”, era Odile, era Odette, era Odile, era Odette, era su reproductor de música con el soundtrack de la película y Clint Mansell revoloteándole en la cabeza.
-¿Está bien?- se escuchó de manera más clara la voz de una mujer- ¿tío, estás bien?- dijo la muchacha al quitarle el auricular del oído. Leonard se levantó en un respingo y con sobresalto.
-Sí, sí, sí, ¡no sueltes a los gatos!- gritó muy angustiado.
-Bueno hombre, ¿de qué hablas?- dijo el chico.
Leonard se había quedado dormido en la biblioteca, sobre una pila de libros dedicados a Luis Buñuel. Su estudio sobre el director aragonés lo estaba matando.
-Era un sueño ¿he machote?- dijo la chica –exámenes finales, siempre son iguales, más para los extranjeros- dijo al dirigirse al otro chico- vale, te cuidas y no horrorices a los demás, que estamos estudiando.
-Sí, claro… emm, claro- pestañeó Leonard. “Los extranjeros”, pensó, “no nos quitamos la mala fama de ERASMUS”.
Apagó el reproductor de música. El ensayo ya casi estaba terminado después de casi comer, cagar, follar, mear y dormir con Buñuel, por más escatológica que se tornara la cuestión (en cualquier sentido, religioso o de mierda), ya nada tenía sentido en su cabeza, no bajo los lineamientos de la realidad, pero sí dentro de una extemporánea fantasía.
-¿Y que si fuera yo una fantasía?- pensó Leonard mientras recogía su ejemplar de la novela “Belle de Jour” escrita por Kessel- que se escribiera una historia sobre mí y que esa historia fuera mi vida, una especie de fascículos, capítulos bastante mórbidos de aventuras frívolas con hombres, sin hombres, sobre el arte y la teoría del arte. Sería muy interesante, ¿por qué no? Ser el alter ego de un escritor que desea exponer sus pensamientos por medio de la ficción, pues la realidad le pesa demasiado… ser… ser un remedo de la realidad con elipsis poco convenientes, una historia que sólo conozca mi pensamiento puesto que el mío es el del escritor, quién no conoce el de nadie más, apenas el suyo, y por ello lo pone en papel, externándolo todo como una fantasía, un sueño, lo onírico, y así no tendría que matarse o matar a nadie, no tendría que erradicar su vida o su sueño, pues podría hacerlo conmigo. Yo podría ser todo o nada en un segundo, yo podría ser la creación de un dios bajo su propio universo atemporal o el accidente del destino, la válvula de escape… podría no existir en realidad.
Su estudio le estaba atrofiando las ideas, aún cuando dormía más, mucho más que en México tenía regresiones a los antiguos amores, las antiguas amistades, lo que estaba dejando dentro de su identidad. La sociedad opresora que ahora le cambiaba… Leonard siempre se amoldaba a las nuevas circunstancias, era una puta de corazón, pero no una por placer, como Sévérine, la protagonista de “Belle de Jour”, sino una por necesitad, te adaptas o mueres.
Recogió sus pertenencias y salió de la biblioteca aún un poco adormilado. Eran casi las nueve de la noche y allí, en aquella ciudad de España todo lucía tan tranquilo y conveniente, parecía un sueño, pero uno de esos rosáceos muy absurdos que se venden en las películas hollydoodenses, no un sueño provocativo, onírico como película de vanguardia creada por Buñuel. Normalmente su vida parecía un cúmulo de sueños tormentosos. Se sumergía en su vena más surrealista sin siquiera saberlo o intentarlo. Al repasar sus últimos dos años de vida podía decir que efectivamente su vida era una fantasía no democrática que le convenía sólo a él. No involucraba en ningún sentido a nadie más, incluso los que se creían retratados en su piel, en su escrito personal al que llamaba existencia, los que se habían ofendido, los que le hubieron insultado, todo eso quedaba atrás y lo recordaba con una sonrisa. Eran malos entendidos y parte de él se arrepentía por carecer de una facilidad de entendimiento. Para darse a entender, para entender mejor las cosas. La interpretación de los otros sobre su vida.
Leonard era demasiado abierto, hablaba con mucha gente y decía mucho más con acciones que con palabras. La escritura de su propia vida era el máximo ejemplo, esa fantasía que corría por sus venas y discurría entre los pixeles. Incluso alguna profesora utilizó el conocimiento personal que tenía para criticar su obra, pero él se lo buscó, quién se expone peligra por la simple razón de existir de una manera u otra. Leonard existía como personaje de su propia historia, eso le hacía feliz, pues aunque parecía sufrir más de lo que gozaba; cuando lograba la estabilidad emocional, analizaba que toda esa experiencia valía en gran manera… aunque fuera un sueño.
¿Qué tenían los espectadores contra el sueño, contra su sueño como Leonard? ¿Por qué les parecía fácil juzgarlo? “Porque estaba ahí”, pensó Leonard, quien no lo desea, lo quita, se calla, deja de soñar y muere, muere con toda su creación frente a la crítica oportuna. Morir también podía ser un arte, y como todo dentro de la ficción, podía hacerlo bien o muy mal.
Se contoneó por las calles españolas, llegó a su departamento e instaló los cinco libros que llevaba en la mochila. Buñuel a reventar, estaba enbuñuelado, el buen buñuelo, dulce y grasoso. Dentro de esa dulzura se encontraba su vida, de la mano de la grasa se hallaba la satisfacción. ¿Por qué se encontraba repentinamente feliz? El teléfono móvil sonó… era él, no pudo dejar de sonreír. Un mes se había pasado en un suspiro, el mes al lado del nuevo amante y siempre le llamaba, todos los días pues se encontraban en el primer ardor.
-Hola guapo- dijo Leonard al contestar.
-¿Cómo estás mi amor?- dijo una voz muy varonil al otro lado del auricular.
-He tenido un día de lo más extraño, pero también vivificante… claro, si a eso le atribuyo el hecho de que ahora creo que el sueño es la vida y el despertar la muerte.
-¿Quieres decir que estás soñando justo ahora? Porque, guapo, estamos hablando y yo estoy consciente de eso, o inconsciente, ¿sabes lo que significa? Que estamos soñando juntos- el hombre al otro lado empezó a reír.
-Siempre lo pillas ¿eh?, ¿cómo es que lograste seducirme tan pronto, tan rápido?
-Sólo es que congeniamos muy bien, eso es todo mi amor.
-Eso es todo. El congeniar…
-En el momento adecuado y en la instancia perfecta, nada más. Si sostienes que vives en un sueño… no, no, que la vida es un sueño, entonces cada instante es un episodio, un nuevo sueño, como las películas que tanto te gustan ver en el cine. Cada momento segmentado es una nueva escena que representa un nuevo sueño. Así que vivamos nuestro sueño dentro de la escena ¿vale? Siempre y cuando todo dure.
-Durará lo que tenga que durar, y después… quizá la muerte.
-Y después a seguir soñando mi amor. Bueno, te tengo que dejar, estaba en receso, debo regresar a dar clase.
-No tortures demasiado a tus alumnos, no todos mueren por ser filósofos.
-No- volvió a reír la voz- no mueren, porque viven en la filosofía y aquí nos la pasamos soñando, mi vida.
-Pues mientras no sueñes tanto con tus alumnos…
-No seas celoso. Soy muy estricto.
-Y yo sé que no debo envidiar a tus alumnos, tengo la mejor parte de ti.
-Tienes la mejor escena y el mejor sueño.
-Te quiero- dijo Leonard.
-Te amo- contestó la voz. Esa voz. Pero Leonard no podía contestarle que lo amaba, pues no era así- nos vemos esta noche, ¿te parece?
-Siempre estoy a tu disposición- cuando se escuchó decir aquella oración, Leonard se dio cuenta que nuevamente era una puta que se adapta, pero ahora sí, dentro de ese sueño era una puta por placer. Quería demasiado Pedro, su nuevo hombre.
domingo, 27 de marzo de 2011
Lo otro
Pensar ya en México como el país de la otredad le preocupaba un poco a Leonard. Esa noche antes de dormir llamó a sus padres y en la conversación no pudo dejar de describir a México como su país de origen pero al cual ya no pertenecía, la verdad se escondía bajo la irremediable verdad de que Leonard se había quedado sin patria.
Acusado constantemente de un esnobismo bastante recalcitrante, por colocar a Europa sobre América, y creer que el primer mundo era mejor (“primer mundo” en términos muy áridos, ya que toda nación tiene su primer y tercer mundo integrado), Leonard tuvo que cruzar un océano para darse cuenta que el nivel educativo no era mejor, que los chicos europeos tampoco lo eran, que los franceses no sabían lo que querían y que los españoles no bailaban en las discotecas para homosexuales; la fantasía se destruyó, el idilio, Europa no era mejor, sin embargo no moría por regresar a México, en todo momento repetía “No quiero volver a México”, pero otra parte de él se enfurruñaba al pensar que allí tampoco tenía muchas posibilidades. Estaba cansado de las ligeras discriminaciones a su persona, de tener siempre que anteponer su intelecto para ser respetado, ser ufano respecto a su nivel cultural, odiaba estar a la defensiva, aunque existían momentos donde se preguntaba la razón de hacerlo todo el tiempo.
Para la gente europea existían problemas que debían ser tratados con urgencia, como explotación al continente africano, el gobierno no democrático de algunos líderes en la Unión Europea y la creciente aglomeración turística, un arma de doble filo. Cuando estas preocupaciones surcaban los oídos de Leonard, no dejaba de pensar que en México las cosas estaban peor, mucho peor que en cualquier país de la Unión Europea, y que en efecto, la mayoría de los europeos que conocía no habían sufrido ni una piza de lo que la gente en México sufría, no para los jóvenes que se quedaban sin educación, o que si se educaban, no tenían muchas oportunidades laborales, no es que fuera muy distinto en España, donde sabía de jóvenes que tenían dos carreras y aún así no lograban colocarse en algún empleo, pero sencillamente ahí las cosas eran distintas, los pepenadores en ocasiones hasta vestían mejor que él.
Regresar a México se refería a que tendría que estudiar una especialidad que aún no tenía ni la más remota idea de cuál sería, pensaba que probablemente iría a esa máxima casa de estudios para probar suerte en Historia del Arte, pero ahora que estaba en España y paladeaba la visión de los historiadores respecto al arte la única reacción que podía tener era el llanto. Conocía chicos que desde su bachillerato estudiaban historia del arte, “Desde los quince años estoy estudiando arte” le dijo su compañera francesa, “Es mi tercer año en la carrera”, dijo su compañero español, y aún así ninguno de los dos conocía bien la obra de Duchamp, leído sobre Kosuth o escuchado sobre Beuys, sin embargo tenían un amplio conocimiento frente al renacimiento y el barroco.
No sabía si en México la educación respecto a la historia del arte sería igual que en Europa, era completamente improbable, pero al estar ahí en sus clases teóricas de escultura para dummies, le remitía a sus tiempos en el bachillerato cuando debía teñir las bacterias para verlas al microscopio… así de excitante, pero para eso estaban los gustos de las personas.
Eso le llevaba a buscar una especie de consuelo o excitación en los rincones más banales de España, el alcohol, un poco de drogas (porque ya no le sentaban bien ¿se hacía viejo?), los hombres, sobre todas las cosas los hombres y el sexo. El buen sexo, el mal sexo, el sexo con desconocidos, el sexo con conocidos, el no-sexo con los conocidos porque las cosas terminaron mal, como con Jean-Paul a quién seguía viendo pero sólo le dedicaba una fría mirada, siempre se decía “Los franceses no saben lo que quieren”, ¿pero la homosexualidad en aquella ciudad española sabía lo que querían? Todos en la discoteca vestían similar, con sus playeras de cuellos muy grandes y mostraban la palidez de sus pectorales, otros usaban bronceados irreales, casi todos tenían el mismo peinado donde el cabello de los lados y el de atrás estaba muy corto, mientras la melena superior se encontraba peinada hacia atrás con laca, crema para moldear o sólo mucho lubricante… eso Leonard no lo averiguó porque no se acostó, beso y sobre todo, tocó el cabello de alguno de ellos. Esos lugares le ponían nervioso, no encajaba, no era guapo, no era europeo (más que en el pensamiento, lo que ahora le avergonzaba ínfimamente y hasta no podía tomar un libro de Jane Austen sin sentir un poco de remordimiento intelectual), no era alto, delgado, su tez demasiado latina, su cabello sólo parecía gustar a las mujeres de ahí, aún así se divirtió demasiado, ¿la razón?, esa discoteca, salvo que nadie bailaba, era igual que en México, los chicos eran muy similares, en México las jotonas querían ser muy europeas, mientras en España las jotonas sencillamente eran muy europeas. Se dio cuenta que él era igual, al menos en el pensamiento. Que al igual que los europeos de ahí, sabía muy bien lo que quería, pero el deseo de la vanidad (ya fuera vanidad por verse bien o sencillamente frente a la cultura y el intelecto) lo llevaba a una frustración inherente. ¿A quién engañaba? Debía ser lo que era, un chico latino, un chico de México, y lo era, su naturaleza salía por inercia, pero jamás en su vida había deseado tanto hablar de forma coloquial y tener el sentido de sobrevivencia del buen mexicano. Justo en ese momento se sentía sin patria, no se creía un verdadero mexicano y cuando su compañera de piso francesa le dijo “Eres europeo de corazón”, no pudo más que estremecerse con un poco de terror, la chica francesa lo dijo de la mejor manera, pero Leonard lo tomó como una estocada, él no quería ser europeo, pero tampoco mexicano… ¿latinoamericano le quedaba mejor?, ¿le serviría mejor viajar a otro continente? De cualquier forma existían tres más.
La cuestión no era seguir huyendo, eso lo llevaba haciendo desde que tuvo su relación con Nick, el chico inglés, la gran muestra de su esnobismo, y huyó de él, ahí cuando quería huir de su homosexualidad, pero aún así no se podía escapar de lo que se llevaba en la sangre. Era igual con todo lo demás, aunque quisiera huir de los problemas en México siempre encontraría dificultades en otros países, aunque creyera que los homosexuales en aquella ciudad de España tenían una vida más liberal, lo único de lo que podía percatarse es que las cosas estaban peor ahí, pues sólo encontraba hombres que seguían el patrón imperialista de la homosexualidad, sin conciencia propia, sin identidad; aunque pensara que estaban mejor en la educación sobre el arte, la verdad es que los alumnos ahí eran unos autómatas sin opinión sobre el arte contemporáneo. Europa no era un mundo mejor, no era el primer mundo que sus arduas lecturas y sus grandes estudios le habían vendido, Europa era un cúmulo de gente orgullosa que le podía discriminar a la menor provocación, Europa era un viento irreversible de indiferencia que se levantaba frente a la homosexualidad y la mentalidad queer, Europa era un continente donde no podía conseguir un zumo (jugo) de frutas fresco o un poco de piña en su comida. Pero, Dios, ¡cuánto amaba Europa! No quería regresar a México, porque al final no quería volver a casa. Al estar ahí en su mini departamento compartido y de gran ventanal, lo mejor que sentía era la libertad solventada, dinero, departamento, libertad para salir cuando quisiera y acostarse con quien quisiera; muy similar cuando tenía su departamento en la ciudad donde estudiaba, la diferencia ahora es que tenía otra mentalidad, antes sólo le interesaban los círculos culturales e intelectuales, ahora que todo eso le había decepcionado prefería la feria de las vanidades, al menos esa se compraba y se vendía bajo la misma imagen, no como el mundo del arte que se decía muy intelectual y al final sólo era una reverenda mierda.
A la única conclusión que podía llegar era que al regresar a México tendría que independizarse al por mayor, tener su propio espacio, y que ese momento en España no se volvería a repetir, no a sus veintidós años, no con esa mentalidad, más le valía dejar de pensar que su viaje a Europa era una experiencia improductiva, al menos ahora no podía envidiar a nada ni a nadie, Europa no era envidiable, México tampoco, nada le era envidiable dentro de las culturas establecidas o el pensamiento contemporáneo de dichas culturas, era un extranjero en el mundo, Utopía no existía, al menos en los dos países donde había estado no eran su Utopía artístico homosexual. Debía buscar otra cosa, la otredad, “lo otro”, al menos en su mentalidad.
viernes, 25 de marzo de 2011
Sexo por el sexo
Ese día recibió la llamada de José, un hombre terriblemente atractivo de treinta años, no había estado con un hombre más sexy, más ardoroso y más… casado. Le tuvo que decir “No”, al teléfono le dijo “Hoy no puedo, tengo mucho trabajo”, mentira, la verdad es que deseaba no volver a verlo, temía involucrarse, había sido agradable la semana, pero que se quedara en LA semana, ¿cómo respondían sus principios ante ello?, él se decía feminista y gay salido del clóset, decía tantas cosas y hacía otras tantas. Esa mañana se levantó con una idea en la cabeza “La mujer que es engañada”, la esposa de José que seguro ya sabía las manías homosexuales de su esposo pero prefería no hacerlas evidentes, una mujer enclaustrada, olvidada ¿tenían hijos?
Esa mañana, cuando todos esos pensamientos llegaron a su cabeza, Leonard supo que era momento de terminar los encuentros. José era agradable, apasionado, pero con él no se podía más que entender el concepto de lo efímero, sí, como todas las relaciones, pero aquí no podía engañarse, por más que José le dijera “Chico guapo, chico rico”, eso sólo significaba que quería más sexo, más libertad y placer, y dentro de los estándares de un gay en el clóset, casado de treinta años, sólo significaba que los chicos latinos de veintidós años eran para pasar un buen rato, no más.
La sorprendió darse cuenta que ahora sí le importaban todas las mujeres engañadas por sus maridos homosexuales, que las había en todo el mundo, tanto México como España. Ahí, mujeres viendo el televisor en la noche o sentadas en la salita leyendo un mal libro romanticón, eso o quizá (siento muy optimistas) mujeres que también tenían un amante para pasarla bien… fuera el caso, ahora a Leonard le importaba, ¿por qué, si cuando se prostituía, las cosas eran muy similares? Hombres con los que quedaba para tener sexo, hombres que le pagaban, hombres de treinta, cuarenta, ocasionalmente de cincuenta años que seguramente eran casados, él no preguntaba pues necesitaba el dinero, distinto a la actualidad donde estaba con un hombre casado por gusto, tenía sexo sin dinero, sexo sin emociones, sexo sin compromisos, era sexo por el sexo.
-Qué vacío- pensó Leonard al prepararse para la fiesta, sin embargo se sentía muy optimista, ¿el negarse a un hombre así era la señal de estar avanzando, o el haber estado con él sólo significaba que estaba aún más en decadencia?
lunes, 7 de marzo de 2011
Insuficiencia y saciedad
¿Pero por qué estaba en ello?, se volvía Leonard hacia el chico con rastas que se encontraba a su lado, ¿quién era?, era un italiano que conoció en una junta marxista y resultó que los dos eran un par de gays que no encajaban ahí. Cervezas y porros, le prometió el italiano. Pero nada de sexo, apuntaló Leonard. Ya todo le parecía barato, frugal; las clases, los alumnos españoles, los del intercambio, el alcohol a un euro, los hombres en su cama, el francés que golpeó y después le llamó sólo para decirle “Leonard, a ti te gusta la violencia gratuita. Yo no hice nada malo”. Nada malo. La maldad y la bondad estaban erradicadas en ese momento, pero ¿le gustaba la violencia gratuita?... recapacitó, que, la afección por el drama no era más que una muestra de ajetreo irracional, el abandono ante las emociones, sí, le gustaba la violencia, le encantaba violentarse a sí mismo y detestaba la felicidad, por eso estaba ahí, tirado en el sofá de un completo desconocido, quizá el italiano menos atractivo que haya visto en su vida, ¿o era la droga lo que le hacía verlo feo?, era su reflejo, la violencia, el tormento, otra vez… la infelicidad.
¿Pensó que al cambiar de continente cambiaría la situación?, l-a-s-i-t-u-a-c-i-ó-n, no me levanté para esto, estuvo a punto de gritarle al sustituto de su amada profesora de cine. ¡No me levanté para que me quiera explicar Hitchcock una vez más!, ¡no viaje para hacerme adicto al sexo sin escrúpulos con un francés que se encuentra totalmente negado!, ¡no me cultivé para esto, para desintegrar mis neuronas en honor a Italia y sus perfectos y masculinos habitantes!(porque sí, el italiano ahora le parecía muy atractivo), ¿le interesaría eso al profesor suplente?, ¿le interesaría la vida de Leonard a alguien que no fuera Leonard?, empezó a reír, era una pregunta demasiado autoindulgente. No había cambiado en nada, él no había cambiado en nada, seguía siendo igual de severo consigo mismo y al mismo tiempo patético. Estaba saciado, lo tenía todo, toda esa levedad, estaba cansado, ya había sido en su momento la misma perfección, ¿qué quedaba?, ¿vivir?, ahí se sentía insuficiente... el italiano empezó a tocarlo.
Basta, quería decirle, basta que no quiero que me toque un hombre como tú. Eres guapo, le diría, eres la promesa del buen sexo, el buen cuerpo, los porros y la cerveza, pero por más vulgar que se entienda… ¡YA NO ME ENTRA MÁS!, ni el sexo, ni los porros, ni la cerveza, ni los italianos, ahora me quedan tan justos que me evitan el respirar… ¿lo entiendes?
El italiano no parecía haberle escuchado y seguía tocándolo. Es más, empezó a creer que no lo escuchó porque él no había proferido palabra alguna. Era como una especie de Iris Murdoch afectado por su propio alzhéimer sintético. Las palabras lo abandonaban, sólo le quedaba la comunicación del cuerpo, ¿negarse?, ¿al placer?, ¡pero ni que fuera frígido! Sin embargo era como comer de un plato delicioso, llenarse la boca de dicho platillo aún cuando no queda espacio en el estómago. Eso era el sexo con el italiano.
De la vida no tenía ni la remota idea. La existencia se le había olvidado. Se sentía insuficiente, no encontraba artistas en aquel continente, no hacía ni una sola amistad con la que pudiera hablar sobre el arte, no había expuesto nada, ni publicado… tienes mucha sensibilidad, sientes demasiado, le había dicho su amiga de República Checa. Pero no era verdad. Leonard no sentía nada, estaba vacío dentro de su propia saciedad. Lleno de basura. Insensible como toda la sociedad “globalizada” y ya era momento de soltarse, dejarse llevar a nuevos estrados que no fuera la dicotomía. Ni la perfección, ni el caos (aunque el caos bien pertenece a la perfección). Ni insuficiencia, ni saciedad, sólo todo lo contrario.