jueves, 17 de febrero de 2011

Desayuno francés

Leonard despertó a las siete de la noche en su cama. Estaba sólo y se sintió ligeramente triste porque él no estaba ahí. Hacía cinco horas que lo había dejado en su departamento después de haber pasado la noche juntos y casi toda la mañana abrazados. Jean-Paul era su nombre. Un chico francés de su edad que quizá no se asemejaba mucho a los estándares estéticos del eurocentrismo, sin embargo, el punto aquí se refería a que Jean-Paul era diferente.
Mitad francés y mitad español, más orgulloso de su parte francesa, el chico estudiaba derecho, era ávido en la manipulación de la ley, los libros y los hombres. No podía negarse, la primera vez que Leonard lo vio pensó que era un francés poco agraciado, sin embargo cuando empezó a hablar con él se dio cuenta que era muy culto y bastante inteligente. No le importó que estuviera ligeramente pasado de peso o que su estilo no fuera el más indicado para vestir, lo único que le intrigaba se refería a si Jean-Paul era gay.


Leonard compartía su departamento con un par de chicas, una de ellas era francesa de nombre Chloe, su amigo era Jean-Paul. Desde la primera noche en que fueron presentados Leonard se percató que a Jean-Paul no le agrada, sencillamente porque era latino, un chico de tercer mundo y seguramente una persona bastante ignorante. Al platicar juntos ambos chicos se quitaron un par de prejuicios, aunque eso no significaba mucho. Todo se relajó cuando Leonard asistió a una fiesta en el departamento de Jean-Paul, y después, algo ebrios los dos, se acostaron.
Fue una noche bastante activa, y de alguna manera, la mañana fue aún mejor.
-¿Te molesta si fumo?- dijo Jean-Paul con un español poco elaborado pero entendible.
-No hay problema- contestó Leonard. La verdad es que sí lo había, pero estaba demasiado encantado con la compañía del chico francés que poco le importó.
-¿Te gustaría desayunar? Quiero café… necesito café- el chico francés no sólo era algo adicto a la nicotina, sino también a la cafeína, igual que Leonard.
-Me conformo con desayunarte a ti- Leonard se sonrió y después no pararon de besarse. Disfrutaba mucho el estar entrelazado con Jean-Paul. Le daba una calma que no había experimentado en meses.
Esa mañana, abrazados los dos, hablaron de Simone de Beauvoir, Moliere, Napoleón, Luis XIV, madame de Pompadour, de que los franceses no querían mucho a María Antonieta porque igual no era francesa, de Voltaire, de Goethe, Enrique II de Francia, de la dinastía Tudor, de muchos temas de forma somera, de los poetas que conocían y les agradaban, de la música, de Mylene Farmer y que de alguna manera bastante bizarra Jean-Paul amaba a Madona y Lady Gaga. Empezaron a construir el día los dos juntos.
-He vivido mucho tiempo en París, no soy de ahí pero tengo muchos amigos en París… te gustaría ir, bueno, más porque estudias arte.
-¿Te gustaría ir conmigo?
-Sí, podemos ir los dos juntos a París, conozco la ciudad muy bien. Cuando conoces París ya nada es igual, todas las demás ciudades son malas. Esta ciudad es mala.
-A mí me gusta mucho esta ciudad- si supiera, pensó Leonard, cómo son las ciudades de donde yo vengo.
-Ya verás París- Jean-Paul lo rodeó y lo besó hasta la saciedad.
Desde hacía tanto tiempo que Leonard no se sentía tan tranquilo y feliz al lado de un hombre. No quería soltarlo, temía que si lo dejaba en ese momento, entonces el chico francés se iría y desaparecería como todas sus anteriores conquistas sexuales. Pero él lo sabía, Leonard lo sentía, esta no era una típica conquista sexual. Sí, el sexo había sido estupendo, quizá esperaba mayor experiencia en el chico, pero la culpa la tenía Leonard por haber compartido la cama con tantos hombres mayores.

Cuando Leonard se levantó el encantó se rompió. Jean-Paul siguió fumando y le ignoró fríamente, después de terminar su cigarro le dijo:
-Tengo que ir a comprar más cigarros.
-Claro… quiero bañarme, después creo que me voy.
-Como quieras- dijo Jean-Paul sin mayor sentimiento, no con indiferencia o desagrado, tampoco con ganas de retener a Leonard, sencillamente era un amplio “como quieras” en todo el sentido de la expresión.

-Como quieras- bufó Leonard en su habitación algo cabizbajo porque se había dicho que no estaba dispuesto a querer o interesarse en nadie una vez que estuviera en Europa, pero ahí estaba Jean-Paul y no veía la hora de volver a estar con él.

domingo, 13 de febrero de 2011

El viejo pensamiento en el viejo mundo

No se podía competir… aunque el asunto en el viejo mundo no se tratara de competencia, sencillamente no se podía competir. Los americanos tenían una noción distinta del mundo, y los latinoamericanos aún más distinta que los americanos, por lo tanto, estando del otro lado del mundo, Leonard no lograba una completa adaptación con los europeos. Eso no significaba que su vida en aquella nueva ciudad fuera mala, es más, sentía cada emoción con una nueva autenticidad, recién nacido, recién sacado el ovillo intelectual, ahí, Leonard, el chico snob y cuasi citadino, el mismo que había tenido época de esplendor y después de derrota, ese Leonard no existía. Leonard era nada, un vacío, no contundente, más bien un vacío que evocaba levedad y pureza, un vacío decidido a llenarse con un nuevo contenido, de eso se había dado cuenta en las primeras semanas cuando intentó tontamente seguir su ritmo de vida anterior.

Parecía ser que los alumnos de intercambio escolar no estudiaban. La mayoría del tiempo permanecía al lado de otros jóvenes de intercambio dentro de Europa, el viejo mundo, todos encantadores aunque no siempre pensantes. Quizá el prejuicio de que todos los europeos eran pensantes debía ser el mayor lastre en la cabeza de Leonard (que eso le sirviera para respetar más a sus contemporáneos latinos), su panorama no se abría hacia el mundo, sino a la introspectiva, sobre sus raíces, estaba empezando a valorar más sus orígenes y eso, aunque irónico, le daba un toque de satisfacción a su vida.
Con un par de materias (no había tomado muchas asignaturas) se sentía un poco relajado para completar el curso sin mayor problema, estaba finalizando la carrera, el último suspiro, la cúspide de la montaña… ¿o sólo el principio de la escalada? Seguramente podría ponerse a divagar por horas sobre la importancia de terminar etapas en la vida y que sin mayor problema se inicia otra etapa, por la simple razón de que una cosa sucede a la otra, nada más, no existe estatismo sino es hasta la muerte, y Leonard no estaba ni remotamente muerto.

Intentando regresar al estilo de vida de cuando se encontraba solo y tenía su propio departamento (hacía un par de años en la ciudad que estudiaba), salió las primeras semanas de bar en bar, un par de discotecas y un par de hombres también, ahí la oportunidad de tener sexo internacional era bastante accesible, sin embargo eso no le satisfacía, ¿había un problema ahora con el concepto de eurocentrismo?, ¿Que los chicos, y no tan chicos, de tez blanca, ojo claro, pelo rubio y uno que otro con pectorales marcados, perforaciones corporales y acento para él extraño, ya no le satisfacían? Eso pertenecía al pasado, el pasado en el presente. Le escandalizó, primero, que el haber cambiado de ambiente sólo le trajera una adicción por el pasado, lo seguro en algunos aspectos y peligroso en otros tantos (el VIH siempre estaba ahí como una escalofriante amenaza); después le pareció chistoso que “el viejo mundo” le trajera viejas experiencias. No obstante era momento de cambiar, ¿de qué manera? No lo sabía, pero estaba seguro, que aunque no dejaría el sexo continuo, preferiría ser menos impulsivo cuando conociera a un chico; también se relajaría dentro de los estudios, su último semestre debía ser tranquilo, era el paso previo a la realidad laboral, después de su estancia en el extranjero regresaría a su país para buscar trabajo, intentar hacer una maestría y quizá al fin consagrarse como el homosexual que deseaba ser, una propuesta estable para una relación amorosa, madurar un poco más a sus próximos veintidós años, ingresar al mundo real y… se sentía como una nena de quince años haciendo esa lista mental.
Volvía a la no-existencia, sin embargo esta no le frustraba, parte de él estaba como recién ingresado al instituto, era absurdo, pero así se sentía, con quince años otra vez… sí, estaba como una pequeña nena de quince años, o peor aún, como un niño de doce años que acaba de descubrir la sexualidad, pues no podía dejar de ver a los extranjeros y desearlos.
-Aquí todos son atractivos- pensaba Leonard- estoy algo cansado de que hasta el hombre que entrega el periódico sea sexy –se quedó pensativo por un momento, tontamente pensativo- no… creo que no me cansa que todos sean guapos y de cuerpo ardiente. Todos son apetecibles, ¿cómo contenerme ante eso?

Se le estaba haciendo una costumbre sentarse en la terraza de su departamento a tomar café y fumar durante un par de minutos los fines de semana, cuando los chicos europeos entraban, unos, al gimnasio que se encontraba al lado derecho de su departamento, y otros, a la piscina que se encontraba al lado izquierdo. Era una pena que a lo único que fuera adicto (además de los hombres) fuera la cafeína y la nicotina (estaba dejando de lado la escritura y la lectura, se estaba relajando demasiado), aún así ahora conocía a franceses mucho más adictos y no sabía a ciencia cierta si eso le satisfacía o irritaba, pero algo era verdad, no le era indiferente. La inteligencia de Leonard, al igual que sus adicciones, se diluía entre sus presentes compañeros de aula. Todos ahí eran muy inteligentes y cultos, no rozaban la creación, pero de una u otra manera la alta cultura se encontraba en sus cerebros, eso no implicaba el total razonamiento de dicha cultura, solía ser que algunos de sus compañeros pensaban que el único fin del arte era la comercialización. Le sorprendía el alto conocimiento que tenían sobre el arte europeo de siglos anteriores, desde la prehistoria hasta el neoclásico; sin embargo les fallaban las vanguardias, pero su gran deficiencia se encontraba en el arte contemporáneo, la mayoría no conocía ni siquiera a Santiago Sierra.
-El problema es del sistema educativo- les dijo frente al grupo uno de sus profesores de arte vanguardista- claro, también es suyo, pero sobre todo a la educación que han recibido.
El profesor tenía más de los cincuenta años, quizá casi sesenta. Él mismo decía dar clase por mero pasatiempo, aunque era una “Verdadera pavada que ustedes no se interesen en el arte contemporáneo”, decía él.
Leonard lo amó desde el momento en que citó a la educación contextual, puesto que él pensaba igual que el profesor “Todo depende de la educación”. Se dijo a sí mismo, después de salir de su primera clase con aquel hombre, que estaba enamorado una vez más de un vejete.
Un chico francés que conoció con anterioridad (la primera semana de su estancia en Europa), llamado Jean-Paul, le había dicho “Por lo que veo te dejas sorprender por los hombres grandes y más cultos, supongo que debes tener cuidado con eso”. Jean-Paul tenía, al igual que Leonard, veintiún años, era mitad francés y mitad español, pero vivía en Francia, un chico muy altivo pero con un aire indescriptiblemente seductor. Para Leonard era una tautología, pues con ese comentario que había hecho Jean-Paul sobre los hombres “más cultos”, el chico francés demostraba cierta experiencia como intento de seducción. El seductor joven con adulta dentro de la subversión. Leonard se preguntaba si acaso era gay.

Estaba ligeramente frustrado, se preguntaba si todo este asunto de que sus compañeros no supieran de arte contemporáneo no era más que la muestra de una mala elección de universidad. Como siempre quizá Leonard se equivocaba de rumbo, ¿y por qué? Por mera cobardía. Había escuchado por boca de otros estudiantes de intercambio, que la escuela de Bellas Artes (muy cercana a su escuela de Historia de Arte) tenía un nivel práctico muy por encima de otras escuelas europeas. Leonard optó la teoría antes de la práctica porque no se sentía a un buen nivel creador… pero ¿cómo llegar a un mejor nivel si no se propone tener un nuevo reto, uno verdaderamente difícil? Era el viejo sentimiento: el de inferioridad, y eso no debía apocarlo. Se alzaría como Juana de Arco pidiendo por más, mostraría su obra con seguridad y después intentaría exponer, aunque fuera, en una galería cercana. Era el reto dentro de su viaje. Exponer. Un chico del nuevo mundo mostrando nuevo arte. Sí, ser pomposo con eso de “les daré una muestra de arte contemporáneo”, egocéntrico, pero por el bien común prefería pensar en Hal Foster con el artista como etnógrafo. No impondría nada, ni diría cuál era su verdad. Sólo daría muestra de lo que sabía hacer. Todo con humildad. Pedía a Dios, a la vida misma o quién rigiera al mundo más humildad... después se reprimió al pensar que Simone de Beauvoir diría que eso no era muy existencialista.
Pero ¡qué absurdo!- rió Leonard- igual, el pensar en Simone de Beauvoir como regidora de mi pensamiento existencialista tiene poca concordancia, es sólo el apego a una ideología... es seguir a otra cosa, un pensamiento ajeno y no independiente, es regresar a lo viejo- se sonrió. Ahí, donde se encontraba, esos tontos pensamientos no le afectaban, sólo le daban gracia. Debía llevar su vida sin dramas. Eso sí que sería una novedad.

miércoles, 2 de febrero de 2011

El cisne blanco

Sentado en la terraza de su nuevo departamento en el extranjero, Leonard tomaba su café en espera de su próxima clase. El departamento quedaba a veinte minutos caminando de la escuela. Sentía un ferviente terror en las venas. Eran aproximadamente las tres de la tarde y ese era su mejor día según el cambio climático, pues estaba la temperatura a 14 °C, era perfecto, tomando en cuenta que él, como joven latino estaba acostumbrado a los 24 °C. Ahora los 14 °C eran el apóstrofe de la magnificencia. -¡Qué sublime!- pensó –Mejor que cualquier clase, mejor que cualquier compañero del aula…- Leonard se encontraba algo deprimido. La universidad que había seleccionado dependía exclusivamente de la teoría del arte y no sobre la creación. Ahí la gente hablaba de textos, conocimiento, pero no de una construcción de juicio.

El conocimiento, en aquella universidad a la que asistía, era obligado, sin embargo el uso de dicho conocimiento era más bien ignorado. A los estudiantes de su presente universidad les faltaba una conciencia de la creación tanto como la discusión y el debate del arte contemporáneo, ¿significaba que ahora Leonard sentía una abolición del arte clásico?, ¿Qué era bueno estudiarlo pero no tanto, que mejor sería crear, hacer, meterse de lleno y devorarse las materias desde una visión creativa?. Se volvía a sentir como pez fuera del agua. En algún momento, cuando entró a la universidad de su país, se sintió inadaptado, él venía de una escuela cuadrada sobre medicina; ahora en el extranjero su escuela era de teoría del arte, el problema era que él venía de una escuela de creación, aún cuando su especialidad fuera la teoría, no podía dejar de sentirse incómodo. ¿Por qué no había pensado en una escuela de Bellas Artes?, ¿cuál había sido la razón para huir?

Antes de partir de la casa de su abuelo, se había acostado con Sebastián un par de veces. El jardinero, aunque discreto, había resultado un gay bastante fogoso, incluso Leonard pensó que se enamoraría no de él, sino de su manera de tener sexo con él. Al final tuvieron que separarse, ninguno de los dos pretendía poner en peligro su situación frente al abuelo de Leonard; primero porque Sebastián era su alumno predilecto, así como su tutorado, por lo tanto dependía enteramente de Don Leonard; en segundo lugar, porque Leonard necesitaba el dinero para su viaje, dinero que consiguió. Así que la solución fue tener sexo un par de veces y después separarse el uno del otro sin mayor interés. Pero claramente eso no significaba que Sebastián estuviera de acuerdo. “Parece que siempre estás huyendo”, le había dicho a Leonard, “Siempre estás corriendo de un lugar a otro”, y era verdad. Estaba justo ahí, en la terraza, huyendo de todo. De su hipocresía frente a su familia, de Orlando y los proyectos que tenía con él, de su deficiencia de escritor… en pocas palabras: de lo mismo de siempre.

Estar en el extranjero debía ser una nueva experiencia, no un rencuentro con sus entidades anteriores. Se sentía débil, asustadizo, como el cisne blanco del “Lago de los cisnes”, un cisne que en varias ocasiones se ve derrotado por el cisne negro. Leonard deseaba ser el cisne negro, anhelaba con toda su alma poder convertirse en la deseada ave seductora, libre de todo pensamiento aparentemente intelectualoide, presto a las bajas pasiones y seguro de sí mismo, sin embargo parecía no obtener nada si no estaba en la zona segura, una llena de confort.

viernes, 7 de enero de 2011

Sebastián

La casa se encontraba finamente situada en un vecindario modesto pero de honrada reputación. Los habitantes de la región eran en su mayoría jubilados algo adinerados que cumplían la función de no dejarse morir. Con una aparente avenida principal repleta de árboles inusitadamente verdes así como pascuas sembradas de forma obligatoria en las parcelas, se podría decir que la localidad se definía a sí misma como región para gente anacrónicamente acomodada. La vida en aquel lugar era como una película antigua con el chico del periódico entregado el diario a primera hora, el lechero con embases de cristal, el cartero asistiendo dos veces a la semana entregando el correo.
El señor Leonard recibía mucha correspondencia de un sin número de amigos de distintos lugares del mundo, que curiosamente le escribían muy seguido, algo contradictorio a sus amistades y familiares cercanos, que ni le visitaban muy a menudo y mucho menos le escribían. La gente lo consideraba una persona inteligente pero de tajante opinión; no se podía intimidar con Don Leonard, porque entonces comenzaba la manipulación de ideas, las largas charlas de té y café en su casa, los métodos para crear nuevos sistemas de enseñanza, las pláticas por sus jardines y cuasi hortalizas, sobre la importancia de la agricultura, el repudio hacia lo transgénico, la creciente falta de agua, el eminente caos mundial frente a la guerra, el libre comercio, la presidencia nacional y extranjera, la decadente educación juvenil, que los nuevos chicos no leen ni escriben, las nuevas redes sociales que tanto le excitaban, sobre su sitio web donde se podía descargar y solicitar distintos tipos estrategias para la educación, sobre todo la redacción de textos críticos. También le preocupaba la triste realidad del gobierno nacional, los diputados, las escuelas… nadie le seguía el ritmo al anciano que, de anciano, apenas tenía la cabeza blanca.
Don Leonard, a sus setenta años, tenía una complexión ligeramente robusta, cabello blanco y unos dientes postizos, de ahí en fuera nada le distanciaba de un hombre de cuarenta años, pues tenía más fuerza y vitalidad que esos “hombres de oficina”, como solía decir él. Estaba a punto de dejar, para alivio de sus colegas, la presidencia dentro de uno de los tantos sectores dedicados a la educación nacional. Con más de cuarenta años de servicio, viudo y siete hijos “sacados adelante”, en sus propias palabras, estaba pensando en jubilarse y dedicarse al fin a una de sus grandes aficiones: la jardinería.
Sus vecinos le respetaban por su gran desempeño en el sector educativo, contrario a sus colegas que deseaban tenerlo lejos por su facilidad para complicar los trámites y querer cambiar “el sistema”. Como presidente de un importante sector, problematizar era su especialidad, y eso enfadaba a sus compañeros y subordinados de trabajo, aunque no por ello dejaban de respetarle, por un lado era prácticamente intocable. En su localidad de vivienda se le conocía por su pequeña escuela de jardinería, por la que prácticamente no cobraba pero sólo los más osados sobrevivían el nivel que imponía. Oportunamente los habitantes de aquella acomodada comunidad se preguntaron ¿Cuál es la necesidad de Don Leonard al poner una escuela de jardinería?, ¿cómo es que tiene tiempo después de su demandante trabajo?, ¿se requiere aprender jardinería?, ¿quiénes querrán hacerlo?
La verdad se remitía a que el Señor Leonard no quería quedarse sin actividades, por eso abrió la escuela; también la jardinería era de su gusto y el compartir siempre había sido un gusto aún mayor, por lo que abrió sus puertas a cualquiera que quisiera aprender todo lo que él ya sabía, cosas que constaban netamente a la jardinería de modo funcional, paisajismo ornamental o agricultura para tener un pequeño huerto en casa. Al inicio varios jóvenes obligados por sus madres (deseosas de deshacerse de sus hijos malcriados) asistían a las clases con Don Leonard, pero pocos sobrevivían a las arduas jornadas, sólo los más decididos persistían, Don Leonard no era complaciente y tenía un carácter práctico, lo que se define en: dar las indicaciones correctas y sin tacto, precisión en las instrucciones, la paciencia correcta sin más, si alguien cometía un error le instruía con mano firme y obligaba a sus estudiantes a ser resolutivos, igual fue con sus hijos, de la misma manera lo era con sus nietos.
De entre todos sus estudiantes resaltaba un joven bastante humilde, dedicado, respetuoso, quizá no muy docto pero solvente, sabía tomar las decisiones correctas y pensaba antes de hablar. Se llamaba Sebastián y asistía a una escuela de agronomía de poco calibre y él siempre decía que aprendía más con Don Leonard que en la escuela, la habría dejado de no ser porque el anciano le obligaba (y financiaba) los estudios, pues en el mundo actual “Un papel vale más que el conocimiento” decía el Señor Leonard con mucho sarcasmo. Era su pupilo y lo quería tanto como si fuera uno de sus nietos, quienes muy rara vez la visitaban salvo el nieto que llevaba su mismo nombre.

Lo primero que vio Leonard al llegar a casa de su abuelo fue a Sebastián en una escena que rozaba lo erótico, tanto que se sonrojó y luego avergonzó el sentir eso en la casa de su venerable abuelo. Al bajar del taxi su maleta y entrar por la reja principal vio a un muchacho de tez muy morena, cabello excesivamente negro y algo corto, complexión ligeramente delgada pero de marcada musculatura en los brazos, producto del trabajo excesivo. Sin camisa, el muchacho bañado en sudor paleaba la tierra para poder sembrar un pequeño árbol, y al descansar de su labor se secó el sudor de la frente y vio a Leonard que estaba embobado viéndole.
Leonard, como era normal en él, sintió una ráfaga de emociones: primero excitación, después vergüenza y al final gracia, pues la escena que había presenciado parecía extraída de una novela barata dedicada a mujeres urgidas. El muchacho se acercó.
-Hola. Tú debes ser Leonardo- el muchacho le tendió la mano a Leonard, quién le veía a la cara, tenía un poco de barba (descuido temporal), unos ojos negros bastante seductores y labios ni muy ligeros ni muy carnosos, sus facciones eran imponentes, nada de delicadezas ni barbillas afiladas, tenía una presencia bastante varonil.
-Sí, pero puedes decirme Leonard, igual que mi abuelo. ¿Y tú eres?- Leonard tomó la sudorosa mano de aquel joven.
-Sebastián. Estudio y trabajo con tu abuelo desde hace un par de años. Me ha contado mucho sobre ti.
-¿Sí?- se sorprendió Leonard, no pensaba que su abuelo, ese hombre siempre tan ocupado, pudiera dedicarle un poco de su tiempo aunque fuera en el pensamiento. Nadie le visitaba porque se sumergía demasiado en sus proyectos personales a tal grado que desplazaba a su familia y amigos más cercanos. Pero Leonard estaba ahí por razones personales.
-Me dijo que eres escritor y estudias arte, ¿Qué tal es eso?
-Bien, las dos cosas muy bien.
-Y que ahora te vas de viaje. Pero, perdón, no te entretengo más, tu abuelo muere por verte y le emociona mucho el que pases la navidad y el año nuevo con él.
-Seguro- musitó Leonard.
Y esa fue su primera impresión en casa de su abuelo. Nunca había visto a Sebastián antes, pero la verdad es que las visitas a su abuelo no eran muy constantes o largas, esta era su primera larga estancia después de la muerte de su abuela, y la razón era el dinero, eso sí le avergonzaba y no tenía remedio.

Todo empezó la última semana de clases en su facultad, cuando estaba dispuesto a salir de vacaciones, Roco, el respetadísimo crítico de arte, historiador de cine y profesor de su facultad, le citó en su oficina.
-Me parece ya nos conocemos joven- dijo Roco mientras encendía un cigarro e invitaba a Leonard a tomar asiento.
Leonard no sabía qué pensar, ¿por qué le había citado aquel hombre que nunca se involucraba con sus alumnos?
-Claro, fue en una ponencia y alguna vez me dio clase.
-Sí, sí, tu ensayo fue… ¿cómo decirlo? Intrincado, tienes una facilidad para encontrar referentes algo difíciles de conectar, Rulfo, Deleuze, Woolf, Freud, Beauvoir y algo de Brontë, me costó un poco de trabajo entender al primero y a la última, pero igual te fue bien ¿no?- Roco parecía poco interesado en ello.
-Bastante bien, saqué la mejor nota.
-Claro, claro- abaniqueo un poco con la mano para difuminar el humo – pues bien, soy Roberto Cortés, mejor conocido como Roco, me conocen con ese nombre porque así firmo mis textos.
-Leí varios, me agradó mucho el que escribió sobre el cine danés… aunque sobre sus escritos críticos no estoy de acuerdo con su texto acerca de la película “Las horas”.
-Lo supongo, adoras a Virginia Woolf y seguro comprarías lo que fuera que tuviera su nombre, lo entiendo, lo entiendo. Pero siendo directos Leonard, tú tampoco fuiste muy justo con algunas películas de Haneke.
-¿Ha leído alguno de mis textos?- eso sí era una sorpresa.
-Tienes talento, pero la verdad la palabra no me gusta, es como decir que tienes un don o algo así; no, no, la verdad es que eres un chico trabajador y ya, tienes habilidad para escribir y te has cultivado. Tienes una irrevocable inclinación por los textos de la burguesía y la aristocracia, pero eso no es un crimen, por lo mismo te gustan tanto las películas de época, supongo… y Virginia Woolf también. En fin, estás aquí porque la doctora Gi y yo creemos vale la pena mandarte de viaje a estudiar- Roco guardó silencio y le dio la espalda a Leonard.
-¿Perdón?- Leonard no creía lo que le decían.
-Lo que escuchaste- Roco dio una gran bocanada de humo y volteó a ver a Leonard a la cara- la Doctora Gi te tiene un gran aprecio, la verdad no lo entendía hasta que identifiqué tu ensayo y leí otras cosas tuyas, te falta pulirte mucho en tantos aspectos que me sería imposible enunciarlos justo ahora, pero la verdad vale la pena que la universidad invierta en alguien como tú. Te queremos mandar de movilidad estudiantil al extranjero, son muchos trámites de los cuales no estoy muy consciente, eso tendrás que hablarlo con la secretaria académica, pero el nexo con la universidad ya está hecho gracias a la Doctora y a mí, sólo tendrás que ver varias cosas y la visa, claro está.
-Pero… es… que… -Leonard no sabía si estar agradecido o algo ofendido por ni siquiera consultarle. Él no tenía mucho dinero para irse de viaje, además ¿a dónde sería el viaje?
-Es la Universidad de V… en el país de E... bajo la especialidad de Historia del Arte, cruzarás el atlántico, ¿no es lo que un señorito snob como tú desea?
-Pero…- Leonard seguía sin palabras.
-Dime si aceptas o no. Ya me dijeron que rechazaste otra oferta y se la diste a un chico llamado Orlando, que si no me equivoco es tu amigo, sólo porque te pareció truncaba tu último semestre, pues te digo que te ofrecemos un último semestre en el extranjero, pero también te advierto que ésta oportunidad no la puedes traspasar con total indiferencia y mucho menos recibirás otra.
-Encantado la acepto.
-Así me gusta- Roco sonrió- tienes esta semana antes de salir de clases y dos antes de que sea navidad para hacer todos tus trámites. Previo a salir de vacaciones quiero que me presentes una lista con las materias que deseas tomar allá, esas las dejamos a tu disposición, y claro se te dará una ayuda económica, no es mucho, lo demás correrá por tu cuenta, los trámites, el boleto de avión, etc. Leonard, quiero ver que aprendes allá y quiero presenciar resultados.

No quedaba más remedio que buscar los medios económicos para asistir, y él, cual personaje de William Makepeace Thackeray extraído de “La feria de las vanidades”, acudió a su padre para ver qué podía hacer, no como escalador, sino cual montañista social frente a su precaria situación económica.
-Sabes que te podemos pagar el viaje, la estancia y varios gastos. Pero también sabes que no tendrías mucho dinero para moverte- el padre de Leonard, quién también se llamaba Leonard, terminaba su cigarro mientras cerraba uno de sus tantos libros sobre administración de empresas y comercio- ir a otro continente no es sólo… por estudio, también podrías ir a distintos países estando del otro lado, viajar algo, no mucho, ¿por qué no le pides dinero a tu abuelo? Te quiere mucho.
-De una forma muy extraña, sabes jamás aceptó que estudiara arte y que me dedicara a la escritura.
-Sólo porque él también es escritor y sabe que las cosas no están muy bien en el medio. Podrías pasar la navidad y el año nuevo con él. No tiene mucha compañía, aunque dudo eso le afecte demasiado, se mantiene todo el tiempo ocupado y supongo que ahora en vacaciones seguirá laborando en su escuela de jardinería. Pídele ayuda, él jamás te la negaría, sobre todo si es por cuestiones de estudio, a mí nunca me la negó.
-Papá, eso es distinto, tú eres su adoración, siempre has sido lo que un hombre debe ser según sus estatutos, yo no soy ni mínimamente eso.
-Ve, habla, eres bueno en eso, aprende varias cosas de su modo de vida, trabaja con él si es necesario y también tómate un descanso, estuviste muy tenso el último semestre. La zona donde vive es muy aburguesada pero cerca de ahí existe una gran parte de campos de cultivo, quizá puedas acompañarlo en sus viajes y paseos, además, si alguien puede seguirle el ritmo sobre sus temas de conversación, ese eres tú.
-Lo haré, aunque me habría gustado pasar la navidad con ustedes… y el año nuevo y todo eso.
-Siempre lo haces, tanto que el año pasado estabas tan desanimado y te quedaste en ese hotel ¿recuerdas?, no parecías muy apegado. Te dará un aire fresco y nuevo.

Y sí que había sido un aire fresco y nuevo. El primer día, al instalarse en la casa de su abuelo, quién curiosamente le recibió apresuradamente pues tenía que salir a realizar unas compras, conoció a Sebastián y charló un rato con él.
-Te dejo por unas horas hijito- dijo su abuelo. A Leonard siempre le desconcertaba que un hombre tan imponente le llamara hijito- me llevo a Clotilde- la ama de llaves- pero te quedas con Sebastián, él te puede ayudar a instalarte.
-Claro abuelo, yo veo.
-Nada de abuelo.
-Abuelito- Leonard sonrió ante la exigencia de su abuelo. No por vergüenza sino más bien por sorpresa, era su forma de decirle que los formalismos no tendrían que presentarse entre ellos.
-Bueno hijito, me voy, confía en Sebastián, es buen muchacho.
Una vez que su abuelo se había ido, Sebastián condujo a Leonard a la habitación que le habían asignado. La casa de su abuelo no era muy grande en comparación con su “aparente” ingreso económico, sin embargo era lo suficientemente amplia para una pequeña familia, y tomando en cuenta que sólo serían ellos dos, Leonard sintió que tendría la intimidad suficiente para leer o escribir, hasta cierto punto era todo un sueño burgués, muy usual en él.
-¿Te gusta la habitación?- le preguntó Sebastián, quién se había limpiado escuetamente el sudor, puesto una playera y cargado sus maletas.
-Me agrada- la habitación era espaciosa, sabía muy bien, porque conocía la casa de antemano, era una de las más grandes. Contaba con una cama matrimonial, un buró de un lado y del otro una mesita de noche, una pequeña vitrina bastante añeja, un amplio clóset, un escritorio de madera, un ropero rústico, una ventana más grande de lo usual y al lado de ella se encontraban dos sillones personales y una mesa de centro en medio de ambos sillones. La ventana daba al jardín trasero, de donde podía ver muy bien la habitación de su abuelo. Curiosamente el estudio y la habitación de su abuelo constaban de una construcción separada de la casa, estaba situada un poco más allá del jardín trasero –lo que siempre me sorprende de esta casa es que los jardines sean mucho más grandes y bonitos que la casa en sí.
-A Don Leonard le gustan las plantas.
-Lo sé. Me consterna que viva en un par de habitaciones en la parte trasera, deja la casa sola.
-Clotilde se la pasa todo el día por aquí, ya la conocías ¿verdad?
-Por supuesto, desde que era muy pequeño. Nos desconfío en lo más mínimo de ella, pero no me agrada que pase tanto tiempo solo.
-Bueno, tú familia podría venir más seguido.
-Quizá, gracias por la recomendación.
-No era para que te ofendieras.
-Lo sé, pero supongo tenemos que ser los malos de la historia frente a Clotilde y sus alumnos de jardinería ¿no?, la familia que nunca lo visita.
-Pues algunos lo entienden, saben que Don Leonard es muy exigente, pero por cómo te trató antes de irse, supongo te quiere mucho.
-Teme… teme de alguna manera quedarse solo. Aunque te tiene a ti, jamás había escuchado decir sobre uno de sus subordinados que es buena persona, en tu caso, buen muchacho.
-No soy su subordinado, soy su alumno.
-Aún peor, yo he visto como trata a sus compañeros de trabajo, es exigente si considera que no tienen el nivel; con sus alumnos no sólo es exigente, sino también cruel.
-Supe granjearme su respeto.
-Bravo- dijo Leonard no sin sarcasmo.
-Seguiré afuera trabajando- Sebastián se retiró con cara de incomprensión, de alguna manera no sabía qué pensar sobre la familia de su tutor, pero de cualquier manera, aquel nieto tenía un aire anacrónico bastante desubicado.
-Como gustes.
Cuando Sebastián se encontraba en el jardín delantero, Leonard buscó una ventana que pudiera darle una buena imagen del mozo trabajador, y pensó para sí que la navidad, el año nuevo y toda su estancia ahí, podía ser… increíble.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Sofismos

Cuando se vieron Edgard no hizo más que abrazar a Leonard, quién a modo de aceptación le devolvió el abrazo, se quedaron prendados el uno del otro por un par segundos.
-Nada viene a mi… cabeza- balbuceó Leonard aún cuando estaban abrazados.
-Gracias por venir- le dijo al oído Edgard, después se separaron. Otra cita sabatina, otro momento de café, caminata y más planes por efectuar.
-Me extrañó muchísimo el recibir tu llamada.
-Tengo que admitirlo… me tardé en hacerla- dijo Edgard no sin mostrar una cara algo apenada.
Leonard conocía a Edgard desde tres años atrás, habían sido amigos íntimos hasta que Orlando, el ex novio y hasta ahora única ex pareja de Leonard, se acostó con Edgard. Después rompieron con su amistad. Leonard continuó estudiando en la universidad mientras Edgard probaba suerte como asistente en una galería de la capital. Sin saber nada sobre Edgard, Leonard se preguntaba si su amigo había conseguido el ascenso deseado, pero la verdad es que sólo había pasado un año que no se hablaban bien, y siendo más precisos, sólo unos cuatro meses que Edgard estaba de asistente en la capital, una corta cantidad de tiempo pero a él le parecía toda una vida.
-No es tu culpa, yo tampoco te llamé- Leonard no quería admitirlo, pero pensó que jamás se volverían a relacionar de alguna manera- ¿Cómo te ha ido? ¿Lograste todo lo que querías? Te ves… igual, sólo que un poco más delgado.
-Y tú subiste de peso… también sigues con lo glamuroso.
-Bajé de peso y volví a subir. Tengo un aspecto rollizo pero rozagante ¿no te parece? Y el glamur lo aprendí de ti, recuerda que yo no tenía sentido del buen vestir.
-Mejoraste- Edgard sonrió tenuemente- no me ha ido muy bien, el mundo del arte es una tontería, una mierda, más desde el punto de visa burocrático, económico y de sentido netamente subjetivo. Se da lo vendible, los que tienen conexiones o los que se saben mover. Aquellos que convencen con sus discursos aparentemente honestos, humildes y hasta supuestamente espirituales, pero la verdad es que no hay sustancia en sus propuestas, nada más allá de una pose bien elaborada. ¡Ay Leo! Si supieras el número de obra que llega hecha por pseudoartistas que no mide el alcance de sus piezas. Muchas son aceptables, el galerista debe mistificarlas si acaso quiere venderlas.
-No suena muy justo el asunto.
-La universidad es una hermosa burbuja.
-¿No pretendes regresar para terminar la carrera?
-Sólo me falta un año, claro que quiero regresar. A ti te falta un semestre, si no me equivoco.
-El semestre que sigue- suspiró- y termino los estudios, pero no estoy muy entusiasmado con nada en particular. Ni en continuar ni en terminar. Supongo que el ambiente de la escuela de arte no se compara a las galerías, pero digamos que allá tampoco hay mucha justicia. Cualquiera entrega una basura como trabajo final y el profesor le da un significado garrafal. Todo puede tener trascendencia, se mistifica a la obra de una manera inaudita.
-No te creas Leo. Todo inicia en las estúpidas escuelas de arte y su pensamiento conductista.
-¿A qué te refieres?
-De algún modo se inclina al público y alumno al pensamiento social. Eh asistido a otras escuelas como asistente de galería para buscar a algunos artistas que también son profesores. En ocasiones los espero hasta que terminen sus clases y no dista mucho de nuestra facultad. Incitan a sus alumnos a seguir un cauce de ayuda más bien social, pública, cultura y nacional. Los que trabajan a la introspección son mal vistos por clavarse en sus gustos personales, los profesores gritan, rezan y susurran porque sus alumnos sigan sus pasos, provoquen, inciten, hagan rupturas, hagan acto de presencia. Después, si algo sale mal, el profesor no sabe dónde meter la cabeza, el alumno tomó un camino inducido que crea frustración en él… es… bueno, hasta diría que es lo políticamente correcto en el arte.
-Te entiendo. Políticamente correcto pensar en los temas sociales y la transgresión. Involucrarse con los temas que se consideran “serios” de alguna manera- Leonard parecía muy seguro de sí mismo. Le agradaba que Edgard y él se entendieran tan bien.
-Encontrar una voz propia no es difícil, el mantenerla, ahí se encuentra la verdadera dificultad.
-No tanto por la calificación en la escuela de arte, sino por la visión que se tiene de uno mismo- Leonard se quedó en silencio por un momento- Edgard, este semestre me cuestioné de alguna manera el ser egoísta. De un modo en que en mis trabajos y piezas no hablé de nada más que gustos personales, que curiosamente- apuntó con sarcasmo- no conllevan a un referente social de fácil accesibilidad…
-No te entiendo- Edgard se detuvo en seco y lo volteó a ver.
-Que mi obra no tiene fondo social o cultural, es sólo una fantasía superficial de mis ideas egocéntricas.
-¿Quién te dijo eso?- a Edgard parecía que la idea le daba mucha gracia. Acercó una de sus manos al rostro de Leonard, le acomodó uno de sus tantos rulos para poderle ver bien a los ojos y esperó una respuesta.
-La mitad de los docentes y la otra mitad de los alumnos, ellos creen que soy un posador- la voz de Leonard se asemejaba a la de un niño acusando a su hermano ante la madre que puede efectuar alguna clase de castigo. Ante eso Edgard empezó a reír.
-Pero Leo- siguió riendo y se sentó en uno de los pórticos perteneciente a la gran avenida que caminaban- todos en esa facultad son unos posadores, al menos la gran mayoría, aquellos que te dicen posador es porque ellos también lo son. Los que te ven con naturalidad, esos te puedo asegurar que no son así- Edgard le besó una mejilla. No se lo esperaba- Y los profesores, ¿sabes cuántos de ellos deben fingir ser rudos, prudentes o tan siquiera pensantes porque creen tener la misión de hacer pensar a sus alumnos? El problema es que tú ya piensas, tienes una opinión y aún así te gusta ser banal. No me lo tomes a mal, tu banalidad es algo que disfrutas pero también piensas. Los últimos meses que te vi dentro de toda esta aparente superficialidad, fue cuando me di cuenta que estabas cansado de tomarte todo tan en serio, incluso a ti mismo. Eres un depresivo Leonard- volvió a reír- y siendo banal es la única manera en que no te deprimes en tu aire existencialista. Dime la verdad ¿prefieres ser una especie de Virginia Woolf dispuesta a tirarse al río, o una María Antonieta en sus mejores años de derroche?- Edgard le sonreía con una pureza casi insana en él. Leonard no lo había visto, hasta ahora, con un auge tan limpio y rozagante, incluso algo añejo pero orgulloso de su experiencia.- No tienes que contestarme Leonard. Es más, no tienes que ser nadie más que tú. Tus gustos son tuyos y nada más. Lo que ha de consternar a algunos de tus profesores es que tengas tanto conocimiento y sensibilidad, pero que lo reduzcas a una labor meramente entrópica y fantasiosa. Pero así eres tú. Estudias lo que te gusta, repeles lo que se te impone.
-Parece que me conoces de hace años.
-Tres, para ser preciso- Edgard guardó silencio, agachó la cabeza y al levantarla prosiguió- quería disculparme por todo lo que te hice…
-Ed, no sólo tú hiciste cosas malas. Ya lo olvidé y no quiero hablar de ello. Me incomoda un poco.
-Entonces no lo has olvidado.
-¿Qué importa ahora? ¿En verdad crees que somos culpables de algo? El otro día hablé con Trish. Te alegrará saber que está bien. Gana dinero, no mucho, pero lo suficiente para regresar el próximo año a la facultad. Me dijo ‘¿Quién puede juzgar a la gente si es buena o mala? ¿Bajo qué régimen se dice lo que está bien o mal?’. Después recordé de todo esto del contexto, la educación, los códigos sociales, el inconsciente colectivo, lo contaminados que estamos, todo parece una trampa dialéctica. Es verdad, ¿quiénes somos para juzgar los gustos y acciones de los demás? Incluso cuando se mate, engañe y exista la venganza todo parece tener una justificación que se absuelve según el entorno. Nadie parece ser el culpable. Sólo se hacen las cosas y el mundo sigue girando. Pensar en todo, eso me frustra.
-Pero tú conoces muy bien todo eso. La manipulación, el engaño, la traición, el ascenso y el empoderamiento de alguien que parece saber qué es lo mejor para los demás. Por eso te entusiasman tanto las cortes. Piensa en Enrique VIII.
-Lo sé, lo sé… pero matar a tantos, incluso a las mujeres que amaba.
-Que amaba. En el pasado. Enrique VIII es el sueño de cualquier déspota. Mató a sus esposas porque lo traicionaron de algún modo dentro de su retorcida cabeza, ¿y quién, en algún momento, no desearía poder matar al que le decepciona o da problemas?
-Yo jamás podría hacerlo.
-Quizá nadie dentro de la posición de un súbdito, pero cuando se tiene poder, entonces te das cuenta que todo está a tu disposición, salvo la confianza de quienes te rodean. Todos querrán manipularte.
-De algún modo ellos también lo crearon, sus súbditos crearon a Enrique VIII. Siempre creamos a nuestros déspotas, les alimentamos y empoderamos. Son como los comentarios y las emociones que permites te lleguen o afecten.
-Ay Leo, pero si tienes el espíritu postmoderno por dentro, para decir con delicadeza que careces de algún déficit al momento de relacionar las cosas. Mira que pasar de lo despótico a las emociones…
-No bromeo Ed. Yo le di valía a los comentarios externos de profesores y compañeros, también permití que me afectaran emocionalmente. Tendría que hacerme cargo de mis emociones, yo les di acceso.
-Eso no les permite el ser descorteses.
-Pero sí a ser honestos consigo mismos respecto a lo que piensan y dicen.
-No te engañes Leonard, mucha de esa gente cree que su vida, la gran mentira que llaman vida, es una verdad. Se encuentran inconscientes de su propia falsedad, así que el ser “honestos consigo mismos” no es más que otra manera de prolongar su disociación.
-¿Y quiénes somos nosotros para juzgarlos si vemos todo desde afuera? Es otra interpretación. Es otra mentira sobre su realidad.
-Y tenemos problemas de percepción ¿no?- Edgard se puso de pie- ¿ves? Por eso es mejor ser banal.
-Sofismos- dijo Leonard con gran coquetería. Estaba feliz de reencontrarse con un buen amigo, alguien que, si no compartía su misma visión, al menos estaba de acuerdo con los problemas que tenían todos sobre la disociación, sobre todo ellos dos. Sus diferencias los acercaban un poco más.

sábado, 11 de diciembre de 2010

El techo blanco

Una combinación extraña se daba cuando Leonard leía a Virginia Woolf en compañía de la musicalidad de la cantante Dido. Una melancolía particularmente insana, no obstante no existía pretexto alguno, así eran los fines de semestre: particularmente insanos.
Los altibajos educativos se discernían claramente entre: tener una ligera preocupación (al inicio de fin de semestre), una tensión por la planeación (según avanzaba en la recta final), estrés total al momento de entregar las piezas, ensayos, exposiciones y todos los trabajos en cuestión; casi al final Leonard se quedaba con un par de entregas pendientes, entregas que solían ser meramente superfluas y sin interés, por lo cual la tarea se hacía tediosa por no decir obtusa. Cuando todo estaba listo se acercaba al inicio del fin.
Ese día en particular se refería a uno de aquellos sin gran significado o sustancia intelectual. La escuela le llenaba de muchas maneras, y aunque recientemente no estaba satisfecho con la desenvoltura de sus docentes, ya empezaba a extrañar el semestre. Era jueves, la materia de ese día estaba saldada, no tenía razón alguna para asistir a la universidad. Tirado en la cama con su nuevo libro de Virginia Woolf (uno de cuentos que hasta la fecha había ido recopilando de manera particular, pero ahora, al fin había encontrado el ansiado volumen) veía a momentos el blanco techo de su cuarto propio. –Así será en adelante- sentenció no sin un aire masoquista- las mañanas, las noches, en especial las tardes, estaré aquí con un libro en mano, el techo en el mismo lugar, la mirada de forma ecuánime pasará las letras, los renglones, las páginas y al final los libros. Uno y otro, y otro- en cada periodo vacacional leía un aproximado de siete o diez libros, todo dependiendo del grosor e interés del texto. En esta ocasión pretendía dedicarle el tiempo a dos libros de la Woolf (incluyendo el que tenía en ese momento en las manos), alguno a las Brontë (el que se le antojara de cualquiera de las tres… aunque ya había leído todos los de Anne y Emily… lo que le daba a entender que obviamente sería Charlotte la seleccionada, pues no tenía mucho de la última vez que leyó los de las otras hermanas y era muy pronto para releerlos), quizá tomaría a Austen del librero porque ya la había dejado empolvarse prácticamente dos años desde su última fiebre Austeniana; seguro leería el libro de Luis Spota que le prestó su amigo Paris, ese chico inteligentísimo cuyas charlas en los café eran deliciosas. Estimaba mucho a Paris, tanto que cuando estaba con él no tenía ojos u oídos para nadie más, era esa especie de hermano que nunca había tenido. Siguió pensando, se levantó de su cama.
-Podría tomar a Ken Follet, me regalaron sus libros y son muy pesados para estarlos cargando por toda la universidad- revisó su librero, ahí estaban los relatos de Marion Zimmer Bradley. Se le estrujó el corazón. Cada libro tenía su historia, los de Zimmer Bradley se los había recomendado su amiga Virginia… tanto tiempo atrás cuando entraron a la facultad. Ella era inteligente de una forma en que intimidaba a cualquiera, incluido Leonard.
Le intrigaba cada libro con su relato personal, más allá del que contenía, de cómo se había hecho de ellos, la forma en que tuvo que emprender largas caminatas, numerosas visitas a librerías, infinidad de planes, de dinero (por supuesto) y tiempo invertido. Se sintió triste por no vislumbrar nada nuevo dentro de esas vacaciones. No era sólo porque en sí la navidad no le despertara el más mínimo interés, sino que el año anterior se deprimió muchísimo cuando terminó con Orlando meses antes de navidad. Él pensó que al fin tendría pareja para esos días, la publicidad le estaba afectando los sentidos. Desde mucho tiempo atrás los días festivos dedicados a las parejas le eran insignificantes, pero gracias a su primera pareja todo cobró sentido, uno que ahora estaba intentando erradicar.
La verdad es que no podía ni llorar. Estaba seco. Agradecía que sus trabajos finales, en general, fueran fríos y sin emociones. Comparados con el semestre anterior, donde se desnudaba emocionalmente dentro de cada pieza, ahora prefería la frigidez, agradecía haberse acostado con Ludwig desde una zona meramente ocasional, también se contentaba el no regresarle más las llamadas al punketo Sid, dejar ir al Señor D y dejar de lado las relaciones, aunque fuera fácil enunciarlo sin dejar de pensar en ello. Pero dentro de todo pensamiento existía tal racionalización, lo que provocaba en cada sentimiento una tremenda frialdad.
Se volvió a sentar en su cama mientras Dido cantaba “Let's Do the Things We Normally Do”. Siempre se decía que si estaba triste mejor le sería escuchar pop, pero ese día deseaba ser un masoquista. Volteó la mirada al techo blanco. No había igualdad en él, sólo una sincronía de amonestación emocional. Como si le dijera “Deja de mirarme y ponte a vivir”. Cerró su libro. Vivir no era lo mismo que leer. Su libro de Virginia Woolf tenía una inscripción en las primeras páginas. Perteneció, a juzgar por la letra manuscrita, a una mujer llamada Melisa quién compró el libro en el año de 1981… ocho años antes de que naciera Leonard. Le causó gracia el libro tuviera una vida más longeva e interesante que la suya. Abierto y cerrado en sincronía por quién sabe cuántas manos, perteneciente a un sinfín de casas, llevado a muchos lugares (porque lucía desgastado) o también podía ser que fuese un libro de biblioteca personal no tan preciado, leído una sola vez, olvidado en el estante, abandonándolo al inclemente entorno que terminaría por hacer amarillas sus hojas, derruyendo la portada y que al final en una crisis de espacio o económica, la dueña terminó por venderlo pues le era dispensable. También pudieron venderlo a la muerte de la dueña original, probablemente nunca tuvo un dueño original. Estaba subrayando y una de las frases delineadas que más le llamó la atención fue aquella que decía: La vida es lo que se ve en los ojos de la gente; la vida es lo que la gente aprende y, después de haberlo aprendido, jamás, pese a que procure ocultarlo, deja tener conciencia de… ¿qué? Que la vida es así, parece.
-Parece que la vida es así…- suspiró Leonard al decidir que era momento de dar punto final al semestre.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Las parejas que nunca tuvo

Una vez que había culminado una de las peores presentaciones de ballet a las que hubiera asistido Leonard, se levantó de su asiento junto a su amiga Susana y su novio Alan, los dos estudiantes de medicina.
-¿No te pareció muy tosca la representación?- preguntó Susana.
-Creo que en su intento de modernizar las cosas sólo terminaron por hacer un intento tímido de su nueva versión- contestó Leonard.
-Pues a mí me gustó- comentó Alan con una afable sonrisa. El trío de amigos caminaba por la noche en una de las avenidas principales de la ciudad donde estudiaba Leonard.
El semestre estaba por terminar, la mayoría de los trabajos de Leonard estaban entregados y algunos calificados, dentro de dicha proporción numérica destinada al supuesto conocimiento de los estudiantes, Leonard estaba un poco dudoso sobre su desempeño semestral. Aunque no podía estar muy mal si le habían ofrecido una beca de estudio dentro del país.
-No me gustó, cuando fui a ver a la cámara nacional fue distinto ¿no Leo?, tú asististe el año pasado.
-Sí, la cámara del estado es enteramente distinta a la nacional, pero… no sé, no deberíamos juzgarlos así.
-¿Así?- conjeturó Susana- a eso se dedican, nada de conmiseración, todos dentro de la sociedad somos iguales, todos hacemos un papel importante. Tú mismo me dijiste que era lo mismo el artista que plomero, es más, hasta aseveraste que la sociedad está equivocada al pensar que el artista tiene más que aportar.
-Me refiero a que eran unos bailarines muy jóvenes, no sabemos si quiera cuánto tiempo llevan estudiando.
-Juventud es lo que todos tenemos justo ahora, y después de ver esto ¿no te parece que la juventud está algo sobrevalorada?- Susana caminaba tomada del brazo de Alan, quién sencillamente se dedicaba a dirigirle un par de miradas para tranquilizarla.
La última vez que había asistido Leonard al ballet fue con Elizabeth. En aquella época recién había terminado con Orlando, y el ballet fue el único momento en el que dejó de pensar en su ex pareja, lo único que le dio un poco de aliento.
-¿Sobrevalorada en qué aspecto?- Leonard no pretendía charlar sobre una de las ramas en las que poco estaba letrado, pero que sin embargo podía discernir entre una buena puesta en escena y otra algo decadente, como la que habían visto ese día.
-Todos ellos tenían nuestra edad o eran ligeramente más jóvenes. Ni uno de ellos puede con el peso de un solo, ¿te diste cuenta? Las partes más contundentes donde se requería la habilidad de un buen bailarín, todas ellas, todos esos solos, los hacían en conjunto con un sin número de cambios para cubrir sus deficiencias, ¿qué no se deduce deberían tener un mayor desempeño?
-No sabemos nada de ellos, no sabes si a eso realmente se dedican o sólo lo toman como cursos de verano, sabatinos, cosas así…
-Leo, nada de eso, como crítico siempre dices que se debe tomar en cuenta lo que se ve y se tiene a la mano, nada de meras consideraciones y conmiseraciones, que de cualquier modo casi nadie le pone atención a la crítica.
-Pero si te sabes todas mis viejas argumentaciones Sue, ¿hace cuánto que nos conocemos?
-Como siete años- contestó Alan.
La primera gran amistad de Leonard fue Susana, en algún momento intentaron tener algún tipo de relación más allá de lo amistoso, pero los dos eran demasiado complicados (en aquel entonces) el uno para el otro. Cuando Alan empezó a salir con Susana, hacía tres años de ello, pensó que en cualquier momento lo dejaría por Leonard. Todos los que le conocían opinaban que entre Susana y Leonard existía una sinergia crucial para cualquier relación. Ellos podrían casarse y tener una “magnifica” vida, en opinión de los demás.
Alan siempre se había sentido amenazado por Leonard, hasta que recientemente se había enterado de su homosexualidad, lo que al fin le dejó tranquilo. Por eso podía contar los años. Siete años que Susana y Leonard se conocían, y aunque no eran muchos, eran un poco menos de la mitad de años que tenían. Lo que era evidente es que esos siete años irían creciendo, y con ello se iría la aclamada juventud.
-Tienes razón Sue, la juventud se encuentra sobrevalorada. Mira nada más, somos los mismos quejosos de hace siete años.
-Cuando te conocí no leías nada de nada, yo estuve ahí cuando tomaste tu primer libro de Virginia Woolf y de ahí… bueno, hasta escribiste una novela. ¿Escribirás otra?
-Estoy en eso. En aquel entonces…
-¿Hace cuánto que escribiste tu novela?- le interrumpió Alan.
-Fue a los dieciséis, la terminé a los diecinueve. Aunque mi compilación de cuentos fue por la que me pagaron… no sé por qué, eran muy malos, como la novela.
-Siempre dices eso- Susana entornó los ojos y se detuvo- sentémonos en esa banca- cambió de dirección hacia la placita central de aquella ciudad de provincia- seguro irás a ver el ballet de la cámara nacional ¿verdad Leo?
-Lo haré si Elizabeth tiene tiempo.

-¿Sabes qué pensaba yo? Que podrías estar con Elizabeth, son el uno para el otro. Claro, lo mismo decían de nosotros.
-Dicen- corrigió Alan.
-Bueno, no tienes por qué temer Alan, sabes que Susana no me interesa de ese modo- Leonard rió ligeramente y se cubrió la boca con su mano.
-¿Elizabeth tiene novio? ¿Sabe que eres gay?
-Sí Sue, Elizabeth tiene novio pero no sabe que soy gay. Es más, supongo se siente muy amenazado, ya ves que estudia en otro estado, su relación es a distancia y presiente que yo la tengo muy cerca.
-¿Y por qué no le dice nada Lizzy?- Susana se sentó en la banca que había destinado metros atrás. El centro de la ciudad traía muchos recuerdos a Leonard, algunos buenos, otros severamente malos.
-El novio de Lizzy es muy conservador y digamos que yo le agrado demasiado, si supiera que soy gay, bueno, las cosas se complicarían y no podría estar con ella.
-No podrías ir al ballet con ellos como lo haces con nosotros- aseveró Susana. Para ella Leonard era su amigo “culto”, el que leía mucho, se instruía demasiado, pero que a la par también sabía divertirse. El problema es que Leonard no le había contado de su asunto con las drogas y la prostitución, lo veía mejor así, que se quedara en el pasado con los recuerdos severamente malos, ese tipo de cosas se las contaba a Samantha, quién era más liberal.
-Es extraño que se sienta amenazado pero que le agrades el mismo tiempo- Alan prefería estar de pie. Era uno de esos chicos extremadamente maduros de gran porte que sabía exactamente lo que quería en su vida. Desde el instante en que pudo acercarse a Susana, no dudo en tenerla como novia, y hasta el momento su relación se hacía cada vez más íntima y longeva.
Ese mismo día en la tarde, antes de ir al ballet, Susana le dijo a Leonard con tono grandilocuente: “Lo tengo todo”, y era verdad; tenía al novio de buen ver, adinerado, dedicado, quizá no tan culto pero sí inteligente, sin embargo lo más importante era que la amaba con locura, y ella, aunque no estaba loca por él, le amaba también. Era un punto a su favor, lo racional dentro de la relación se encontraba en ella. Su carrera como estudiante iba bien, estaba por terminar su semestre, la relación con su familia corría de forma amena, no tenía problemas económicos, estaba dentro de una gran estabilidad, ¿era la plenitud de la vida? Se preguntaba Leonard.
-Por cierto, Samantha ya me dijo lo de su embarazo, supongo tú ya lo sabías.
-Algo así.
-Siempre te cuenta las cosas a ti primero, en mi no tiene tanta confianza. Ahí tienes otra mujer que te seguía para ser más que un amigo y tú la despechaste.
-Prefería la amistad… eso y que desde ahí debí darme cuenta que las mujeres no eran lo mío.
-¿Samantha fue la última que se te propuso?- preguntó Alan
-Samantha nunca se me propuso, más bien se me insinuó de una forma muy seductora, como lo es todo en ella. Pero no, después de ella estuvo- y entonces pronunció el nombre de aquella mujer que no le agradaba a nadie dentro de bachillerato. A nadie de los ahí presentes y otros tantos compartían dicho sentimiento.
-¡¿Ella se te propuso?!- gritó Susana -¿cómo no me lo dijiste? ¿Hace cuánto?
-Fue hace siglos. Antes de salir del bachillerato, pero vez que igual le tenía gran aprecio.
-Lo bueno es que se largó a otro estado.
-Emigrar, todos deberíamos emigrar- suspiró Leonard.
-No me has dicho nada de la beca que te ofrecieron gracias a tu prominente promedio
-Nada especial, tuve que rechazarla, el siguiente semestre es mi último en la facultad y no podía tomar esa beca para estudiar en otro estado sin que se me truncara todo el plan de estudio.
-¿Por qué? ¿Qué te ofrecían?
-Estancia parcial por tres meses en otro estado con una suma considerable de dinero.
-¡Pero qué tonto eres! Debiste aceptar.
-Susana- sentenció Alan con moderación. Sabía que su novia podía explotar en cualquier momento, pues ella había estado ansiando una especie de intercambio, pero en su carrera esas cosas eran difíciles.
-Me trunca todo el semestre y tendría que pasar otro más, no era muy conveniente.
-Igual te ves triste por no aceptarla. Debiste hacerlo, un semestre más ¿qué más da?- dijo Alan.
-No estoy triste por ello, sino que me dijeron se la ofrecerían a otro alumno. Yo dije que a Steve que es un gran grabador, pero ellos me dijeron que estaban buscando a alguien de semestres inferiores, así que me comentaron en ofrecérsela a Orlando o Berger.
-¡No puede ser!, ¿Y tuviste que escoger entre tu ex o el ese multidisciplinario de la todología?
-Realmente yo no podía escoger, pero claro que debía inclinar la balanza a un lado u otro, la mujer que me ofreció la beca confía demasiado en mi supuesto buen juicio.
-¿Y qué dijiste?
-Pues que por mí podrían dársela a Orlando, que Berger ya había tenido muchas oportunidades.
-Eres un perra- le dijo sonriente Susana- sólo lo hiciste para evitar que Berger tuviera otro éxito y a la vez mandar lejos a tu ex.
-Supongo- sonrió Leonard- pero también creo se lo merece Orlando, ha estado trabajando muy duro con su cortometraje. Ya tenemos todo, grabaremos dentro de poco y eso lo hacemos en dos días. Tiene todo bien planeado, me sorprende.
-Y vas a dirigirle el numerito, ¿es de los que confía en ti, aún cuando le han llamado a tus piezas frías y sin emociones?
-Creo que ahora confía en que sea frío y sin emociones respecto al cortometraje, sobre todo porque es sobre nuestra relación. Pero sigue insinuándoseme. Sólo quiere coquetear, le gusta tener a un séquito de admiradores. Pero no pretendo caer.
-¿Sigue sin gustarte ningún chico?
-Por el momento no. Estoy cansado de todos esos sentimentalismos.
Se retiraron de ahí, lo que fue una alivio para Leonard, ya que notó los malos recuerdos supeditaban a los buenos. Estaba tan deseoso de hacer nuevos buenos recuerdos.