viernes, 7 de enero de 2011

Sebastián

La casa se encontraba finamente situada en un vecindario modesto pero de honrada reputación. Los habitantes de la región eran en su mayoría jubilados algo adinerados que cumplían la función de no dejarse morir. Con una aparente avenida principal repleta de árboles inusitadamente verdes así como pascuas sembradas de forma obligatoria en las parcelas, se podría decir que la localidad se definía a sí misma como región para gente anacrónicamente acomodada. La vida en aquel lugar era como una película antigua con el chico del periódico entregado el diario a primera hora, el lechero con embases de cristal, el cartero asistiendo dos veces a la semana entregando el correo.
El señor Leonard recibía mucha correspondencia de un sin número de amigos de distintos lugares del mundo, que curiosamente le escribían muy seguido, algo contradictorio a sus amistades y familiares cercanos, que ni le visitaban muy a menudo y mucho menos le escribían. La gente lo consideraba una persona inteligente pero de tajante opinión; no se podía intimidar con Don Leonard, porque entonces comenzaba la manipulación de ideas, las largas charlas de té y café en su casa, los métodos para crear nuevos sistemas de enseñanza, las pláticas por sus jardines y cuasi hortalizas, sobre la importancia de la agricultura, el repudio hacia lo transgénico, la creciente falta de agua, el eminente caos mundial frente a la guerra, el libre comercio, la presidencia nacional y extranjera, la decadente educación juvenil, que los nuevos chicos no leen ni escriben, las nuevas redes sociales que tanto le excitaban, sobre su sitio web donde se podía descargar y solicitar distintos tipos estrategias para la educación, sobre todo la redacción de textos críticos. También le preocupaba la triste realidad del gobierno nacional, los diputados, las escuelas… nadie le seguía el ritmo al anciano que, de anciano, apenas tenía la cabeza blanca.
Don Leonard, a sus setenta años, tenía una complexión ligeramente robusta, cabello blanco y unos dientes postizos, de ahí en fuera nada le distanciaba de un hombre de cuarenta años, pues tenía más fuerza y vitalidad que esos “hombres de oficina”, como solía decir él. Estaba a punto de dejar, para alivio de sus colegas, la presidencia dentro de uno de los tantos sectores dedicados a la educación nacional. Con más de cuarenta años de servicio, viudo y siete hijos “sacados adelante”, en sus propias palabras, estaba pensando en jubilarse y dedicarse al fin a una de sus grandes aficiones: la jardinería.
Sus vecinos le respetaban por su gran desempeño en el sector educativo, contrario a sus colegas que deseaban tenerlo lejos por su facilidad para complicar los trámites y querer cambiar “el sistema”. Como presidente de un importante sector, problematizar era su especialidad, y eso enfadaba a sus compañeros y subordinados de trabajo, aunque no por ello dejaban de respetarle, por un lado era prácticamente intocable. En su localidad de vivienda se le conocía por su pequeña escuela de jardinería, por la que prácticamente no cobraba pero sólo los más osados sobrevivían el nivel que imponía. Oportunamente los habitantes de aquella acomodada comunidad se preguntaron ¿Cuál es la necesidad de Don Leonard al poner una escuela de jardinería?, ¿cómo es que tiene tiempo después de su demandante trabajo?, ¿se requiere aprender jardinería?, ¿quiénes querrán hacerlo?
La verdad se remitía a que el Señor Leonard no quería quedarse sin actividades, por eso abrió la escuela; también la jardinería era de su gusto y el compartir siempre había sido un gusto aún mayor, por lo que abrió sus puertas a cualquiera que quisiera aprender todo lo que él ya sabía, cosas que constaban netamente a la jardinería de modo funcional, paisajismo ornamental o agricultura para tener un pequeño huerto en casa. Al inicio varios jóvenes obligados por sus madres (deseosas de deshacerse de sus hijos malcriados) asistían a las clases con Don Leonard, pero pocos sobrevivían a las arduas jornadas, sólo los más decididos persistían, Don Leonard no era complaciente y tenía un carácter práctico, lo que se define en: dar las indicaciones correctas y sin tacto, precisión en las instrucciones, la paciencia correcta sin más, si alguien cometía un error le instruía con mano firme y obligaba a sus estudiantes a ser resolutivos, igual fue con sus hijos, de la misma manera lo era con sus nietos.
De entre todos sus estudiantes resaltaba un joven bastante humilde, dedicado, respetuoso, quizá no muy docto pero solvente, sabía tomar las decisiones correctas y pensaba antes de hablar. Se llamaba Sebastián y asistía a una escuela de agronomía de poco calibre y él siempre decía que aprendía más con Don Leonard que en la escuela, la habría dejado de no ser porque el anciano le obligaba (y financiaba) los estudios, pues en el mundo actual “Un papel vale más que el conocimiento” decía el Señor Leonard con mucho sarcasmo. Era su pupilo y lo quería tanto como si fuera uno de sus nietos, quienes muy rara vez la visitaban salvo el nieto que llevaba su mismo nombre.

Lo primero que vio Leonard al llegar a casa de su abuelo fue a Sebastián en una escena que rozaba lo erótico, tanto que se sonrojó y luego avergonzó el sentir eso en la casa de su venerable abuelo. Al bajar del taxi su maleta y entrar por la reja principal vio a un muchacho de tez muy morena, cabello excesivamente negro y algo corto, complexión ligeramente delgada pero de marcada musculatura en los brazos, producto del trabajo excesivo. Sin camisa, el muchacho bañado en sudor paleaba la tierra para poder sembrar un pequeño árbol, y al descansar de su labor se secó el sudor de la frente y vio a Leonard que estaba embobado viéndole.
Leonard, como era normal en él, sintió una ráfaga de emociones: primero excitación, después vergüenza y al final gracia, pues la escena que había presenciado parecía extraída de una novela barata dedicada a mujeres urgidas. El muchacho se acercó.
-Hola. Tú debes ser Leonardo- el muchacho le tendió la mano a Leonard, quién le veía a la cara, tenía un poco de barba (descuido temporal), unos ojos negros bastante seductores y labios ni muy ligeros ni muy carnosos, sus facciones eran imponentes, nada de delicadezas ni barbillas afiladas, tenía una presencia bastante varonil.
-Sí, pero puedes decirme Leonard, igual que mi abuelo. ¿Y tú eres?- Leonard tomó la sudorosa mano de aquel joven.
-Sebastián. Estudio y trabajo con tu abuelo desde hace un par de años. Me ha contado mucho sobre ti.
-¿Sí?- se sorprendió Leonard, no pensaba que su abuelo, ese hombre siempre tan ocupado, pudiera dedicarle un poco de su tiempo aunque fuera en el pensamiento. Nadie le visitaba porque se sumergía demasiado en sus proyectos personales a tal grado que desplazaba a su familia y amigos más cercanos. Pero Leonard estaba ahí por razones personales.
-Me dijo que eres escritor y estudias arte, ¿Qué tal es eso?
-Bien, las dos cosas muy bien.
-Y que ahora te vas de viaje. Pero, perdón, no te entretengo más, tu abuelo muere por verte y le emociona mucho el que pases la navidad y el año nuevo con él.
-Seguro- musitó Leonard.
Y esa fue su primera impresión en casa de su abuelo. Nunca había visto a Sebastián antes, pero la verdad es que las visitas a su abuelo no eran muy constantes o largas, esta era su primera larga estancia después de la muerte de su abuela, y la razón era el dinero, eso sí le avergonzaba y no tenía remedio.

Todo empezó la última semana de clases en su facultad, cuando estaba dispuesto a salir de vacaciones, Roco, el respetadísimo crítico de arte, historiador de cine y profesor de su facultad, le citó en su oficina.
-Me parece ya nos conocemos joven- dijo Roco mientras encendía un cigarro e invitaba a Leonard a tomar asiento.
Leonard no sabía qué pensar, ¿por qué le había citado aquel hombre que nunca se involucraba con sus alumnos?
-Claro, fue en una ponencia y alguna vez me dio clase.
-Sí, sí, tu ensayo fue… ¿cómo decirlo? Intrincado, tienes una facilidad para encontrar referentes algo difíciles de conectar, Rulfo, Deleuze, Woolf, Freud, Beauvoir y algo de Brontë, me costó un poco de trabajo entender al primero y a la última, pero igual te fue bien ¿no?- Roco parecía poco interesado en ello.
-Bastante bien, saqué la mejor nota.
-Claro, claro- abaniqueo un poco con la mano para difuminar el humo – pues bien, soy Roberto Cortés, mejor conocido como Roco, me conocen con ese nombre porque así firmo mis textos.
-Leí varios, me agradó mucho el que escribió sobre el cine danés… aunque sobre sus escritos críticos no estoy de acuerdo con su texto acerca de la película “Las horas”.
-Lo supongo, adoras a Virginia Woolf y seguro comprarías lo que fuera que tuviera su nombre, lo entiendo, lo entiendo. Pero siendo directos Leonard, tú tampoco fuiste muy justo con algunas películas de Haneke.
-¿Ha leído alguno de mis textos?- eso sí era una sorpresa.
-Tienes talento, pero la verdad la palabra no me gusta, es como decir que tienes un don o algo así; no, no, la verdad es que eres un chico trabajador y ya, tienes habilidad para escribir y te has cultivado. Tienes una irrevocable inclinación por los textos de la burguesía y la aristocracia, pero eso no es un crimen, por lo mismo te gustan tanto las películas de época, supongo… y Virginia Woolf también. En fin, estás aquí porque la doctora Gi y yo creemos vale la pena mandarte de viaje a estudiar- Roco guardó silencio y le dio la espalda a Leonard.
-¿Perdón?- Leonard no creía lo que le decían.
-Lo que escuchaste- Roco dio una gran bocanada de humo y volteó a ver a Leonard a la cara- la Doctora Gi te tiene un gran aprecio, la verdad no lo entendía hasta que identifiqué tu ensayo y leí otras cosas tuyas, te falta pulirte mucho en tantos aspectos que me sería imposible enunciarlos justo ahora, pero la verdad vale la pena que la universidad invierta en alguien como tú. Te queremos mandar de movilidad estudiantil al extranjero, son muchos trámites de los cuales no estoy muy consciente, eso tendrás que hablarlo con la secretaria académica, pero el nexo con la universidad ya está hecho gracias a la Doctora y a mí, sólo tendrás que ver varias cosas y la visa, claro está.
-Pero… es… que… -Leonard no sabía si estar agradecido o algo ofendido por ni siquiera consultarle. Él no tenía mucho dinero para irse de viaje, además ¿a dónde sería el viaje?
-Es la Universidad de V… en el país de E... bajo la especialidad de Historia del Arte, cruzarás el atlántico, ¿no es lo que un señorito snob como tú desea?
-Pero…- Leonard seguía sin palabras.
-Dime si aceptas o no. Ya me dijeron que rechazaste otra oferta y se la diste a un chico llamado Orlando, que si no me equivoco es tu amigo, sólo porque te pareció truncaba tu último semestre, pues te digo que te ofrecemos un último semestre en el extranjero, pero también te advierto que ésta oportunidad no la puedes traspasar con total indiferencia y mucho menos recibirás otra.
-Encantado la acepto.
-Así me gusta- Roco sonrió- tienes esta semana antes de salir de clases y dos antes de que sea navidad para hacer todos tus trámites. Previo a salir de vacaciones quiero que me presentes una lista con las materias que deseas tomar allá, esas las dejamos a tu disposición, y claro se te dará una ayuda económica, no es mucho, lo demás correrá por tu cuenta, los trámites, el boleto de avión, etc. Leonard, quiero ver que aprendes allá y quiero presenciar resultados.

No quedaba más remedio que buscar los medios económicos para asistir, y él, cual personaje de William Makepeace Thackeray extraído de “La feria de las vanidades”, acudió a su padre para ver qué podía hacer, no como escalador, sino cual montañista social frente a su precaria situación económica.
-Sabes que te podemos pagar el viaje, la estancia y varios gastos. Pero también sabes que no tendrías mucho dinero para moverte- el padre de Leonard, quién también se llamaba Leonard, terminaba su cigarro mientras cerraba uno de sus tantos libros sobre administración de empresas y comercio- ir a otro continente no es sólo… por estudio, también podrías ir a distintos países estando del otro lado, viajar algo, no mucho, ¿por qué no le pides dinero a tu abuelo? Te quiere mucho.
-De una forma muy extraña, sabes jamás aceptó que estudiara arte y que me dedicara a la escritura.
-Sólo porque él también es escritor y sabe que las cosas no están muy bien en el medio. Podrías pasar la navidad y el año nuevo con él. No tiene mucha compañía, aunque dudo eso le afecte demasiado, se mantiene todo el tiempo ocupado y supongo que ahora en vacaciones seguirá laborando en su escuela de jardinería. Pídele ayuda, él jamás te la negaría, sobre todo si es por cuestiones de estudio, a mí nunca me la negó.
-Papá, eso es distinto, tú eres su adoración, siempre has sido lo que un hombre debe ser según sus estatutos, yo no soy ni mínimamente eso.
-Ve, habla, eres bueno en eso, aprende varias cosas de su modo de vida, trabaja con él si es necesario y también tómate un descanso, estuviste muy tenso el último semestre. La zona donde vive es muy aburguesada pero cerca de ahí existe una gran parte de campos de cultivo, quizá puedas acompañarlo en sus viajes y paseos, además, si alguien puede seguirle el ritmo sobre sus temas de conversación, ese eres tú.
-Lo haré, aunque me habría gustado pasar la navidad con ustedes… y el año nuevo y todo eso.
-Siempre lo haces, tanto que el año pasado estabas tan desanimado y te quedaste en ese hotel ¿recuerdas?, no parecías muy apegado. Te dará un aire fresco y nuevo.

Y sí que había sido un aire fresco y nuevo. El primer día, al instalarse en la casa de su abuelo, quién curiosamente le recibió apresuradamente pues tenía que salir a realizar unas compras, conoció a Sebastián y charló un rato con él.
-Te dejo por unas horas hijito- dijo su abuelo. A Leonard siempre le desconcertaba que un hombre tan imponente le llamara hijito- me llevo a Clotilde- la ama de llaves- pero te quedas con Sebastián, él te puede ayudar a instalarte.
-Claro abuelo, yo veo.
-Nada de abuelo.
-Abuelito- Leonard sonrió ante la exigencia de su abuelo. No por vergüenza sino más bien por sorpresa, era su forma de decirle que los formalismos no tendrían que presentarse entre ellos.
-Bueno hijito, me voy, confía en Sebastián, es buen muchacho.
Una vez que su abuelo se había ido, Sebastián condujo a Leonard a la habitación que le habían asignado. La casa de su abuelo no era muy grande en comparación con su “aparente” ingreso económico, sin embargo era lo suficientemente amplia para una pequeña familia, y tomando en cuenta que sólo serían ellos dos, Leonard sintió que tendría la intimidad suficiente para leer o escribir, hasta cierto punto era todo un sueño burgués, muy usual en él.
-¿Te gusta la habitación?- le preguntó Sebastián, quién se había limpiado escuetamente el sudor, puesto una playera y cargado sus maletas.
-Me agrada- la habitación era espaciosa, sabía muy bien, porque conocía la casa de antemano, era una de las más grandes. Contaba con una cama matrimonial, un buró de un lado y del otro una mesita de noche, una pequeña vitrina bastante añeja, un amplio clóset, un escritorio de madera, un ropero rústico, una ventana más grande de lo usual y al lado de ella se encontraban dos sillones personales y una mesa de centro en medio de ambos sillones. La ventana daba al jardín trasero, de donde podía ver muy bien la habitación de su abuelo. Curiosamente el estudio y la habitación de su abuelo constaban de una construcción separada de la casa, estaba situada un poco más allá del jardín trasero –lo que siempre me sorprende de esta casa es que los jardines sean mucho más grandes y bonitos que la casa en sí.
-A Don Leonard le gustan las plantas.
-Lo sé. Me consterna que viva en un par de habitaciones en la parte trasera, deja la casa sola.
-Clotilde se la pasa todo el día por aquí, ya la conocías ¿verdad?
-Por supuesto, desde que era muy pequeño. Nos desconfío en lo más mínimo de ella, pero no me agrada que pase tanto tiempo solo.
-Bueno, tú familia podría venir más seguido.
-Quizá, gracias por la recomendación.
-No era para que te ofendieras.
-Lo sé, pero supongo tenemos que ser los malos de la historia frente a Clotilde y sus alumnos de jardinería ¿no?, la familia que nunca lo visita.
-Pues algunos lo entienden, saben que Don Leonard es muy exigente, pero por cómo te trató antes de irse, supongo te quiere mucho.
-Teme… teme de alguna manera quedarse solo. Aunque te tiene a ti, jamás había escuchado decir sobre uno de sus subordinados que es buena persona, en tu caso, buen muchacho.
-No soy su subordinado, soy su alumno.
-Aún peor, yo he visto como trata a sus compañeros de trabajo, es exigente si considera que no tienen el nivel; con sus alumnos no sólo es exigente, sino también cruel.
-Supe granjearme su respeto.
-Bravo- dijo Leonard no sin sarcasmo.
-Seguiré afuera trabajando- Sebastián se retiró con cara de incomprensión, de alguna manera no sabía qué pensar sobre la familia de su tutor, pero de cualquier manera, aquel nieto tenía un aire anacrónico bastante desubicado.
-Como gustes.
Cuando Sebastián se encontraba en el jardín delantero, Leonard buscó una ventana que pudiera darle una buena imagen del mozo trabajador, y pensó para sí que la navidad, el año nuevo y toda su estancia ahí, podía ser… increíble.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Sofismos

Cuando se vieron Edgard no hizo más que abrazar a Leonard, quién a modo de aceptación le devolvió el abrazo, se quedaron prendados el uno del otro por un par segundos.
-Nada viene a mi… cabeza- balbuceó Leonard aún cuando estaban abrazados.
-Gracias por venir- le dijo al oído Edgard, después se separaron. Otra cita sabatina, otro momento de café, caminata y más planes por efectuar.
-Me extrañó muchísimo el recibir tu llamada.
-Tengo que admitirlo… me tardé en hacerla- dijo Edgard no sin mostrar una cara algo apenada.
Leonard conocía a Edgard desde tres años atrás, habían sido amigos íntimos hasta que Orlando, el ex novio y hasta ahora única ex pareja de Leonard, se acostó con Edgard. Después rompieron con su amistad. Leonard continuó estudiando en la universidad mientras Edgard probaba suerte como asistente en una galería de la capital. Sin saber nada sobre Edgard, Leonard se preguntaba si su amigo había conseguido el ascenso deseado, pero la verdad es que sólo había pasado un año que no se hablaban bien, y siendo más precisos, sólo unos cuatro meses que Edgard estaba de asistente en la capital, una corta cantidad de tiempo pero a él le parecía toda una vida.
-No es tu culpa, yo tampoco te llamé- Leonard no quería admitirlo, pero pensó que jamás se volverían a relacionar de alguna manera- ¿Cómo te ha ido? ¿Lograste todo lo que querías? Te ves… igual, sólo que un poco más delgado.
-Y tú subiste de peso… también sigues con lo glamuroso.
-Bajé de peso y volví a subir. Tengo un aspecto rollizo pero rozagante ¿no te parece? Y el glamur lo aprendí de ti, recuerda que yo no tenía sentido del buen vestir.
-Mejoraste- Edgard sonrió tenuemente- no me ha ido muy bien, el mundo del arte es una tontería, una mierda, más desde el punto de visa burocrático, económico y de sentido netamente subjetivo. Se da lo vendible, los que tienen conexiones o los que se saben mover. Aquellos que convencen con sus discursos aparentemente honestos, humildes y hasta supuestamente espirituales, pero la verdad es que no hay sustancia en sus propuestas, nada más allá de una pose bien elaborada. ¡Ay Leo! Si supieras el número de obra que llega hecha por pseudoartistas que no mide el alcance de sus piezas. Muchas son aceptables, el galerista debe mistificarlas si acaso quiere venderlas.
-No suena muy justo el asunto.
-La universidad es una hermosa burbuja.
-¿No pretendes regresar para terminar la carrera?
-Sólo me falta un año, claro que quiero regresar. A ti te falta un semestre, si no me equivoco.
-El semestre que sigue- suspiró- y termino los estudios, pero no estoy muy entusiasmado con nada en particular. Ni en continuar ni en terminar. Supongo que el ambiente de la escuela de arte no se compara a las galerías, pero digamos que allá tampoco hay mucha justicia. Cualquiera entrega una basura como trabajo final y el profesor le da un significado garrafal. Todo puede tener trascendencia, se mistifica a la obra de una manera inaudita.
-No te creas Leo. Todo inicia en las estúpidas escuelas de arte y su pensamiento conductista.
-¿A qué te refieres?
-De algún modo se inclina al público y alumno al pensamiento social. Eh asistido a otras escuelas como asistente de galería para buscar a algunos artistas que también son profesores. En ocasiones los espero hasta que terminen sus clases y no dista mucho de nuestra facultad. Incitan a sus alumnos a seguir un cauce de ayuda más bien social, pública, cultura y nacional. Los que trabajan a la introspección son mal vistos por clavarse en sus gustos personales, los profesores gritan, rezan y susurran porque sus alumnos sigan sus pasos, provoquen, inciten, hagan rupturas, hagan acto de presencia. Después, si algo sale mal, el profesor no sabe dónde meter la cabeza, el alumno tomó un camino inducido que crea frustración en él… es… bueno, hasta diría que es lo políticamente correcto en el arte.
-Te entiendo. Políticamente correcto pensar en los temas sociales y la transgresión. Involucrarse con los temas que se consideran “serios” de alguna manera- Leonard parecía muy seguro de sí mismo. Le agradaba que Edgard y él se entendieran tan bien.
-Encontrar una voz propia no es difícil, el mantenerla, ahí se encuentra la verdadera dificultad.
-No tanto por la calificación en la escuela de arte, sino por la visión que se tiene de uno mismo- Leonard se quedó en silencio por un momento- Edgard, este semestre me cuestioné de alguna manera el ser egoísta. De un modo en que en mis trabajos y piezas no hablé de nada más que gustos personales, que curiosamente- apuntó con sarcasmo- no conllevan a un referente social de fácil accesibilidad…
-No te entiendo- Edgard se detuvo en seco y lo volteó a ver.
-Que mi obra no tiene fondo social o cultural, es sólo una fantasía superficial de mis ideas egocéntricas.
-¿Quién te dijo eso?- a Edgard parecía que la idea le daba mucha gracia. Acercó una de sus manos al rostro de Leonard, le acomodó uno de sus tantos rulos para poderle ver bien a los ojos y esperó una respuesta.
-La mitad de los docentes y la otra mitad de los alumnos, ellos creen que soy un posador- la voz de Leonard se asemejaba a la de un niño acusando a su hermano ante la madre que puede efectuar alguna clase de castigo. Ante eso Edgard empezó a reír.
-Pero Leo- siguió riendo y se sentó en uno de los pórticos perteneciente a la gran avenida que caminaban- todos en esa facultad son unos posadores, al menos la gran mayoría, aquellos que te dicen posador es porque ellos también lo son. Los que te ven con naturalidad, esos te puedo asegurar que no son así- Edgard le besó una mejilla. No se lo esperaba- Y los profesores, ¿sabes cuántos de ellos deben fingir ser rudos, prudentes o tan siquiera pensantes porque creen tener la misión de hacer pensar a sus alumnos? El problema es que tú ya piensas, tienes una opinión y aún así te gusta ser banal. No me lo tomes a mal, tu banalidad es algo que disfrutas pero también piensas. Los últimos meses que te vi dentro de toda esta aparente superficialidad, fue cuando me di cuenta que estabas cansado de tomarte todo tan en serio, incluso a ti mismo. Eres un depresivo Leonard- volvió a reír- y siendo banal es la única manera en que no te deprimes en tu aire existencialista. Dime la verdad ¿prefieres ser una especie de Virginia Woolf dispuesta a tirarse al río, o una María Antonieta en sus mejores años de derroche?- Edgard le sonreía con una pureza casi insana en él. Leonard no lo había visto, hasta ahora, con un auge tan limpio y rozagante, incluso algo añejo pero orgulloso de su experiencia.- No tienes que contestarme Leonard. Es más, no tienes que ser nadie más que tú. Tus gustos son tuyos y nada más. Lo que ha de consternar a algunos de tus profesores es que tengas tanto conocimiento y sensibilidad, pero que lo reduzcas a una labor meramente entrópica y fantasiosa. Pero así eres tú. Estudias lo que te gusta, repeles lo que se te impone.
-Parece que me conoces de hace años.
-Tres, para ser preciso- Edgard guardó silencio, agachó la cabeza y al levantarla prosiguió- quería disculparme por todo lo que te hice…
-Ed, no sólo tú hiciste cosas malas. Ya lo olvidé y no quiero hablar de ello. Me incomoda un poco.
-Entonces no lo has olvidado.
-¿Qué importa ahora? ¿En verdad crees que somos culpables de algo? El otro día hablé con Trish. Te alegrará saber que está bien. Gana dinero, no mucho, pero lo suficiente para regresar el próximo año a la facultad. Me dijo ‘¿Quién puede juzgar a la gente si es buena o mala? ¿Bajo qué régimen se dice lo que está bien o mal?’. Después recordé de todo esto del contexto, la educación, los códigos sociales, el inconsciente colectivo, lo contaminados que estamos, todo parece una trampa dialéctica. Es verdad, ¿quiénes somos para juzgar los gustos y acciones de los demás? Incluso cuando se mate, engañe y exista la venganza todo parece tener una justificación que se absuelve según el entorno. Nadie parece ser el culpable. Sólo se hacen las cosas y el mundo sigue girando. Pensar en todo, eso me frustra.
-Pero tú conoces muy bien todo eso. La manipulación, el engaño, la traición, el ascenso y el empoderamiento de alguien que parece saber qué es lo mejor para los demás. Por eso te entusiasman tanto las cortes. Piensa en Enrique VIII.
-Lo sé, lo sé… pero matar a tantos, incluso a las mujeres que amaba.
-Que amaba. En el pasado. Enrique VIII es el sueño de cualquier déspota. Mató a sus esposas porque lo traicionaron de algún modo dentro de su retorcida cabeza, ¿y quién, en algún momento, no desearía poder matar al que le decepciona o da problemas?
-Yo jamás podría hacerlo.
-Quizá nadie dentro de la posición de un súbdito, pero cuando se tiene poder, entonces te das cuenta que todo está a tu disposición, salvo la confianza de quienes te rodean. Todos querrán manipularte.
-De algún modo ellos también lo crearon, sus súbditos crearon a Enrique VIII. Siempre creamos a nuestros déspotas, les alimentamos y empoderamos. Son como los comentarios y las emociones que permites te lleguen o afecten.
-Ay Leo, pero si tienes el espíritu postmoderno por dentro, para decir con delicadeza que careces de algún déficit al momento de relacionar las cosas. Mira que pasar de lo despótico a las emociones…
-No bromeo Ed. Yo le di valía a los comentarios externos de profesores y compañeros, también permití que me afectaran emocionalmente. Tendría que hacerme cargo de mis emociones, yo les di acceso.
-Eso no les permite el ser descorteses.
-Pero sí a ser honestos consigo mismos respecto a lo que piensan y dicen.
-No te engañes Leonard, mucha de esa gente cree que su vida, la gran mentira que llaman vida, es una verdad. Se encuentran inconscientes de su propia falsedad, así que el ser “honestos consigo mismos” no es más que otra manera de prolongar su disociación.
-¿Y quiénes somos nosotros para juzgarlos si vemos todo desde afuera? Es otra interpretación. Es otra mentira sobre su realidad.
-Y tenemos problemas de percepción ¿no?- Edgard se puso de pie- ¿ves? Por eso es mejor ser banal.
-Sofismos- dijo Leonard con gran coquetería. Estaba feliz de reencontrarse con un buen amigo, alguien que, si no compartía su misma visión, al menos estaba de acuerdo con los problemas que tenían todos sobre la disociación, sobre todo ellos dos. Sus diferencias los acercaban un poco más.

sábado, 11 de diciembre de 2010

El techo blanco

Una combinación extraña se daba cuando Leonard leía a Virginia Woolf en compañía de la musicalidad de la cantante Dido. Una melancolía particularmente insana, no obstante no existía pretexto alguno, así eran los fines de semestre: particularmente insanos.
Los altibajos educativos se discernían claramente entre: tener una ligera preocupación (al inicio de fin de semestre), una tensión por la planeación (según avanzaba en la recta final), estrés total al momento de entregar las piezas, ensayos, exposiciones y todos los trabajos en cuestión; casi al final Leonard se quedaba con un par de entregas pendientes, entregas que solían ser meramente superfluas y sin interés, por lo cual la tarea se hacía tediosa por no decir obtusa. Cuando todo estaba listo se acercaba al inicio del fin.
Ese día en particular se refería a uno de aquellos sin gran significado o sustancia intelectual. La escuela le llenaba de muchas maneras, y aunque recientemente no estaba satisfecho con la desenvoltura de sus docentes, ya empezaba a extrañar el semestre. Era jueves, la materia de ese día estaba saldada, no tenía razón alguna para asistir a la universidad. Tirado en la cama con su nuevo libro de Virginia Woolf (uno de cuentos que hasta la fecha había ido recopilando de manera particular, pero ahora, al fin había encontrado el ansiado volumen) veía a momentos el blanco techo de su cuarto propio. –Así será en adelante- sentenció no sin un aire masoquista- las mañanas, las noches, en especial las tardes, estaré aquí con un libro en mano, el techo en el mismo lugar, la mirada de forma ecuánime pasará las letras, los renglones, las páginas y al final los libros. Uno y otro, y otro- en cada periodo vacacional leía un aproximado de siete o diez libros, todo dependiendo del grosor e interés del texto. En esta ocasión pretendía dedicarle el tiempo a dos libros de la Woolf (incluyendo el que tenía en ese momento en las manos), alguno a las Brontë (el que se le antojara de cualquiera de las tres… aunque ya había leído todos los de Anne y Emily… lo que le daba a entender que obviamente sería Charlotte la seleccionada, pues no tenía mucho de la última vez que leyó los de las otras hermanas y era muy pronto para releerlos), quizá tomaría a Austen del librero porque ya la había dejado empolvarse prácticamente dos años desde su última fiebre Austeniana; seguro leería el libro de Luis Spota que le prestó su amigo Paris, ese chico inteligentísimo cuyas charlas en los café eran deliciosas. Estimaba mucho a Paris, tanto que cuando estaba con él no tenía ojos u oídos para nadie más, era esa especie de hermano que nunca había tenido. Siguió pensando, se levantó de su cama.
-Podría tomar a Ken Follet, me regalaron sus libros y son muy pesados para estarlos cargando por toda la universidad- revisó su librero, ahí estaban los relatos de Marion Zimmer Bradley. Se le estrujó el corazón. Cada libro tenía su historia, los de Zimmer Bradley se los había recomendado su amiga Virginia… tanto tiempo atrás cuando entraron a la facultad. Ella era inteligente de una forma en que intimidaba a cualquiera, incluido Leonard.
Le intrigaba cada libro con su relato personal, más allá del que contenía, de cómo se había hecho de ellos, la forma en que tuvo que emprender largas caminatas, numerosas visitas a librerías, infinidad de planes, de dinero (por supuesto) y tiempo invertido. Se sintió triste por no vislumbrar nada nuevo dentro de esas vacaciones. No era sólo porque en sí la navidad no le despertara el más mínimo interés, sino que el año anterior se deprimió muchísimo cuando terminó con Orlando meses antes de navidad. Él pensó que al fin tendría pareja para esos días, la publicidad le estaba afectando los sentidos. Desde mucho tiempo atrás los días festivos dedicados a las parejas le eran insignificantes, pero gracias a su primera pareja todo cobró sentido, uno que ahora estaba intentando erradicar.
La verdad es que no podía ni llorar. Estaba seco. Agradecía que sus trabajos finales, en general, fueran fríos y sin emociones. Comparados con el semestre anterior, donde se desnudaba emocionalmente dentro de cada pieza, ahora prefería la frigidez, agradecía haberse acostado con Ludwig desde una zona meramente ocasional, también se contentaba el no regresarle más las llamadas al punketo Sid, dejar ir al Señor D y dejar de lado las relaciones, aunque fuera fácil enunciarlo sin dejar de pensar en ello. Pero dentro de todo pensamiento existía tal racionalización, lo que provocaba en cada sentimiento una tremenda frialdad.
Se volvió a sentar en su cama mientras Dido cantaba “Let's Do the Things We Normally Do”. Siempre se decía que si estaba triste mejor le sería escuchar pop, pero ese día deseaba ser un masoquista. Volteó la mirada al techo blanco. No había igualdad en él, sólo una sincronía de amonestación emocional. Como si le dijera “Deja de mirarme y ponte a vivir”. Cerró su libro. Vivir no era lo mismo que leer. Su libro de Virginia Woolf tenía una inscripción en las primeras páginas. Perteneció, a juzgar por la letra manuscrita, a una mujer llamada Melisa quién compró el libro en el año de 1981… ocho años antes de que naciera Leonard. Le causó gracia el libro tuviera una vida más longeva e interesante que la suya. Abierto y cerrado en sincronía por quién sabe cuántas manos, perteneciente a un sinfín de casas, llevado a muchos lugares (porque lucía desgastado) o también podía ser que fuese un libro de biblioteca personal no tan preciado, leído una sola vez, olvidado en el estante, abandonándolo al inclemente entorno que terminaría por hacer amarillas sus hojas, derruyendo la portada y que al final en una crisis de espacio o económica, la dueña terminó por venderlo pues le era dispensable. También pudieron venderlo a la muerte de la dueña original, probablemente nunca tuvo un dueño original. Estaba subrayando y una de las frases delineadas que más le llamó la atención fue aquella que decía: La vida es lo que se ve en los ojos de la gente; la vida es lo que la gente aprende y, después de haberlo aprendido, jamás, pese a que procure ocultarlo, deja tener conciencia de… ¿qué? Que la vida es así, parece.
-Parece que la vida es así…- suspiró Leonard al decidir que era momento de dar punto final al semestre.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Las parejas que nunca tuvo

Una vez que había culminado una de las peores presentaciones de ballet a las que hubiera asistido Leonard, se levantó de su asiento junto a su amiga Susana y su novio Alan, los dos estudiantes de medicina.
-¿No te pareció muy tosca la representación?- preguntó Susana.
-Creo que en su intento de modernizar las cosas sólo terminaron por hacer un intento tímido de su nueva versión- contestó Leonard.
-Pues a mí me gustó- comentó Alan con una afable sonrisa. El trío de amigos caminaba por la noche en una de las avenidas principales de la ciudad donde estudiaba Leonard.
El semestre estaba por terminar, la mayoría de los trabajos de Leonard estaban entregados y algunos calificados, dentro de dicha proporción numérica destinada al supuesto conocimiento de los estudiantes, Leonard estaba un poco dudoso sobre su desempeño semestral. Aunque no podía estar muy mal si le habían ofrecido una beca de estudio dentro del país.
-No me gustó, cuando fui a ver a la cámara nacional fue distinto ¿no Leo?, tú asististe el año pasado.
-Sí, la cámara del estado es enteramente distinta a la nacional, pero… no sé, no deberíamos juzgarlos así.
-¿Así?- conjeturó Susana- a eso se dedican, nada de conmiseración, todos dentro de la sociedad somos iguales, todos hacemos un papel importante. Tú mismo me dijiste que era lo mismo el artista que plomero, es más, hasta aseveraste que la sociedad está equivocada al pensar que el artista tiene más que aportar.
-Me refiero a que eran unos bailarines muy jóvenes, no sabemos si quiera cuánto tiempo llevan estudiando.
-Juventud es lo que todos tenemos justo ahora, y después de ver esto ¿no te parece que la juventud está algo sobrevalorada?- Susana caminaba tomada del brazo de Alan, quién sencillamente se dedicaba a dirigirle un par de miradas para tranquilizarla.
La última vez que había asistido Leonard al ballet fue con Elizabeth. En aquella época recién había terminado con Orlando, y el ballet fue el único momento en el que dejó de pensar en su ex pareja, lo único que le dio un poco de aliento.
-¿Sobrevalorada en qué aspecto?- Leonard no pretendía charlar sobre una de las ramas en las que poco estaba letrado, pero que sin embargo podía discernir entre una buena puesta en escena y otra algo decadente, como la que habían visto ese día.
-Todos ellos tenían nuestra edad o eran ligeramente más jóvenes. Ni uno de ellos puede con el peso de un solo, ¿te diste cuenta? Las partes más contundentes donde se requería la habilidad de un buen bailarín, todas ellas, todos esos solos, los hacían en conjunto con un sin número de cambios para cubrir sus deficiencias, ¿qué no se deduce deberían tener un mayor desempeño?
-No sabemos nada de ellos, no sabes si a eso realmente se dedican o sólo lo toman como cursos de verano, sabatinos, cosas así…
-Leo, nada de eso, como crítico siempre dices que se debe tomar en cuenta lo que se ve y se tiene a la mano, nada de meras consideraciones y conmiseraciones, que de cualquier modo casi nadie le pone atención a la crítica.
-Pero si te sabes todas mis viejas argumentaciones Sue, ¿hace cuánto que nos conocemos?
-Como siete años- contestó Alan.
La primera gran amistad de Leonard fue Susana, en algún momento intentaron tener algún tipo de relación más allá de lo amistoso, pero los dos eran demasiado complicados (en aquel entonces) el uno para el otro. Cuando Alan empezó a salir con Susana, hacía tres años de ello, pensó que en cualquier momento lo dejaría por Leonard. Todos los que le conocían opinaban que entre Susana y Leonard existía una sinergia crucial para cualquier relación. Ellos podrían casarse y tener una “magnifica” vida, en opinión de los demás.
Alan siempre se había sentido amenazado por Leonard, hasta que recientemente se había enterado de su homosexualidad, lo que al fin le dejó tranquilo. Por eso podía contar los años. Siete años que Susana y Leonard se conocían, y aunque no eran muchos, eran un poco menos de la mitad de años que tenían. Lo que era evidente es que esos siete años irían creciendo, y con ello se iría la aclamada juventud.
-Tienes razón Sue, la juventud se encuentra sobrevalorada. Mira nada más, somos los mismos quejosos de hace siete años.
-Cuando te conocí no leías nada de nada, yo estuve ahí cuando tomaste tu primer libro de Virginia Woolf y de ahí… bueno, hasta escribiste una novela. ¿Escribirás otra?
-Estoy en eso. En aquel entonces…
-¿Hace cuánto que escribiste tu novela?- le interrumpió Alan.
-Fue a los dieciséis, la terminé a los diecinueve. Aunque mi compilación de cuentos fue por la que me pagaron… no sé por qué, eran muy malos, como la novela.
-Siempre dices eso- Susana entornó los ojos y se detuvo- sentémonos en esa banca- cambió de dirección hacia la placita central de aquella ciudad de provincia- seguro irás a ver el ballet de la cámara nacional ¿verdad Leo?
-Lo haré si Elizabeth tiene tiempo.

-¿Sabes qué pensaba yo? Que podrías estar con Elizabeth, son el uno para el otro. Claro, lo mismo decían de nosotros.
-Dicen- corrigió Alan.
-Bueno, no tienes por qué temer Alan, sabes que Susana no me interesa de ese modo- Leonard rió ligeramente y se cubrió la boca con su mano.
-¿Elizabeth tiene novio? ¿Sabe que eres gay?
-Sí Sue, Elizabeth tiene novio pero no sabe que soy gay. Es más, supongo se siente muy amenazado, ya ves que estudia en otro estado, su relación es a distancia y presiente que yo la tengo muy cerca.
-¿Y por qué no le dice nada Lizzy?- Susana se sentó en la banca que había destinado metros atrás. El centro de la ciudad traía muchos recuerdos a Leonard, algunos buenos, otros severamente malos.
-El novio de Lizzy es muy conservador y digamos que yo le agrado demasiado, si supiera que soy gay, bueno, las cosas se complicarían y no podría estar con ella.
-No podrías ir al ballet con ellos como lo haces con nosotros- aseveró Susana. Para ella Leonard era su amigo “culto”, el que leía mucho, se instruía demasiado, pero que a la par también sabía divertirse. El problema es que Leonard no le había contado de su asunto con las drogas y la prostitución, lo veía mejor así, que se quedara en el pasado con los recuerdos severamente malos, ese tipo de cosas se las contaba a Samantha, quién era más liberal.
-Es extraño que se sienta amenazado pero que le agrades el mismo tiempo- Alan prefería estar de pie. Era uno de esos chicos extremadamente maduros de gran porte que sabía exactamente lo que quería en su vida. Desde el instante en que pudo acercarse a Susana, no dudo en tenerla como novia, y hasta el momento su relación se hacía cada vez más íntima y longeva.
Ese mismo día en la tarde, antes de ir al ballet, Susana le dijo a Leonard con tono grandilocuente: “Lo tengo todo”, y era verdad; tenía al novio de buen ver, adinerado, dedicado, quizá no tan culto pero sí inteligente, sin embargo lo más importante era que la amaba con locura, y ella, aunque no estaba loca por él, le amaba también. Era un punto a su favor, lo racional dentro de la relación se encontraba en ella. Su carrera como estudiante iba bien, estaba por terminar su semestre, la relación con su familia corría de forma amena, no tenía problemas económicos, estaba dentro de una gran estabilidad, ¿era la plenitud de la vida? Se preguntaba Leonard.
-Por cierto, Samantha ya me dijo lo de su embarazo, supongo tú ya lo sabías.
-Algo así.
-Siempre te cuenta las cosas a ti primero, en mi no tiene tanta confianza. Ahí tienes otra mujer que te seguía para ser más que un amigo y tú la despechaste.
-Prefería la amistad… eso y que desde ahí debí darme cuenta que las mujeres no eran lo mío.
-¿Samantha fue la última que se te propuso?- preguntó Alan
-Samantha nunca se me propuso, más bien se me insinuó de una forma muy seductora, como lo es todo en ella. Pero no, después de ella estuvo- y entonces pronunció el nombre de aquella mujer que no le agradaba a nadie dentro de bachillerato. A nadie de los ahí presentes y otros tantos compartían dicho sentimiento.
-¡¿Ella se te propuso?!- gritó Susana -¿cómo no me lo dijiste? ¿Hace cuánto?
-Fue hace siglos. Antes de salir del bachillerato, pero vez que igual le tenía gran aprecio.
-Lo bueno es que se largó a otro estado.
-Emigrar, todos deberíamos emigrar- suspiró Leonard.
-No me has dicho nada de la beca que te ofrecieron gracias a tu prominente promedio
-Nada especial, tuve que rechazarla, el siguiente semestre es mi último en la facultad y no podía tomar esa beca para estudiar en otro estado sin que se me truncara todo el plan de estudio.
-¿Por qué? ¿Qué te ofrecían?
-Estancia parcial por tres meses en otro estado con una suma considerable de dinero.
-¡Pero qué tonto eres! Debiste aceptar.
-Susana- sentenció Alan con moderación. Sabía que su novia podía explotar en cualquier momento, pues ella había estado ansiando una especie de intercambio, pero en su carrera esas cosas eran difíciles.
-Me trunca todo el semestre y tendría que pasar otro más, no era muy conveniente.
-Igual te ves triste por no aceptarla. Debiste hacerlo, un semestre más ¿qué más da?- dijo Alan.
-No estoy triste por ello, sino que me dijeron se la ofrecerían a otro alumno. Yo dije que a Steve que es un gran grabador, pero ellos me dijeron que estaban buscando a alguien de semestres inferiores, así que me comentaron en ofrecérsela a Orlando o Berger.
-¡No puede ser!, ¿Y tuviste que escoger entre tu ex o el ese multidisciplinario de la todología?
-Realmente yo no podía escoger, pero claro que debía inclinar la balanza a un lado u otro, la mujer que me ofreció la beca confía demasiado en mi supuesto buen juicio.
-¿Y qué dijiste?
-Pues que por mí podrían dársela a Orlando, que Berger ya había tenido muchas oportunidades.
-Eres un perra- le dijo sonriente Susana- sólo lo hiciste para evitar que Berger tuviera otro éxito y a la vez mandar lejos a tu ex.
-Supongo- sonrió Leonard- pero también creo se lo merece Orlando, ha estado trabajando muy duro con su cortometraje. Ya tenemos todo, grabaremos dentro de poco y eso lo hacemos en dos días. Tiene todo bien planeado, me sorprende.
-Y vas a dirigirle el numerito, ¿es de los que confía en ti, aún cuando le han llamado a tus piezas frías y sin emociones?
-Creo que ahora confía en que sea frío y sin emociones respecto al cortometraje, sobre todo porque es sobre nuestra relación. Pero sigue insinuándoseme. Sólo quiere coquetear, le gusta tener a un séquito de admiradores. Pero no pretendo caer.
-¿Sigue sin gustarte ningún chico?
-Por el momento no. Estoy cansado de todos esos sentimentalismos.
Se retiraron de ahí, lo que fue una alivio para Leonard, ya que notó los malos recuerdos supeditaban a los buenos. Estaba tan deseoso de hacer nuevos buenos recuerdos.

lunes, 22 de noviembre de 2010

La vida es hermosa

No podía dormir. Estaba cual Elizabeth Bennet postmoderna con un libro en el regazo y al fondo escuchaba “Comforting Sounds” del grupo musical Mew. Debía escribir un par de ensayos, idear piezas, pensar en qué usaría la próxima vez que viera a Sid, ya había quedado con el chico punketo. Tenía tantas cosas en la cabeza pero nada parecía importarle. Leonard estaba en estado catatónico.
La escritura se le estaba complicando, el arte conceptual también. La verdad era muy distinta a lo que le había dicho a su amiga Samantha; el semestre, aunque monótono al inicio, ahora no le dejaba dormir por la preocupación y a momentos le regresaban las ganas de vomitar. El Señor D se había largado a quién sabe dónde. Lejos, muy lejos estaría follándose a un par de jóvenes extranjeros o nacionales, made in presta-pronto. Todos esos hombres gustosos de sexo anónimo, fácilmente vendibles por una línea de cocaína. Leonard se sentía como un tonto. Había sido traicionado varias veces en toda esa semana. Traicionado primeramente por él mismo, pues confió en personas que no debía; después fue traicionado por el Señor D que se fue sin avisarle. Cuando él lo buscó resultó que ya se había ido de viaje –Aún cuando quedó de esperarme hasta el fin de mes- se recriminó. Le traicionó Ludwig ahora que veía los carteles pegados en la facultad sobre la nueva ponencia acerca de “Diane Arbus”. Resultó que Leonard le ofreció no sólo su ensayo, sino también todas sus imágenes de archivo. De algún modo no eran muchas pero representaban un año de trabajo. Le había facilitado las imágenes para una revista digital y ahora hasta daba ponencias con ellas. De algún modo le traicionó Eliee la última vez que presentó un trabajo final dentro de una clase, ya que utilizó datos personajes de la vida de Leonard para criticarlo… de otro modo, Leonard se sentía un tonto por no estar molesto con nadie más que consigo mismo. Pero ya había aprendido a responsabilizarse de sus acciones así como sus emociones. Su amiga Karen le dijo alguna vez: “Se tiene que ser responsable de las propias emociones. Yo decido a quién amar, decido si me dejo llevar por los sentimientos o las emociones. Decido que las cosas pasen. Por todo eso tengo que responsabilizarme”.
-Responsable por lo que se escribe- pensó sentado en su cama y con las “Cartas de amor de la monja portuguesa” en sus manos –responsable por lo que se dice… por las palabras que se sueltan al aire, que a pesar de no quedar registradas adquieren un poder inimaginable. El lenguaje escrito tiene la ventaja de conservar cierta objetividad inmediata. Las palabras habladas no. El lenguaje oral se subjetivista, se pierde, se reinscribe en la memoria o se olvida momentáneamente. No sé qué es más peligroso- apartó su libro de la monja portuguesa. Iba justo al inicio cuando ella le pregunta a su ex amante mediante una carta “¿Cómo es posible que recuerdos de tan dulces instantes se hayan convertido en tan amargos y que contra toda naturaleza, sirvan solamente para desgarrarme el corazón?” –Seguramente muchos tacharían de intensa a la monja- sonrió al pararse y dirigirse a su computadora para apagarla y así intentar dormir un poco. Unas horas, no pedía mucho. Los ojos le ardían –La crítica ha acogido bien al libro… ¿pero qué sabe la crítica? No sabe nada. Le adoramos tanto como le odiamos. Y la monja ahí pone sus emociones por escrito pues era la única manera de hacerle llegar sus sentimientos, reproches y reclamos al hombre que era objeto de su amor y deseo. La monja no tenía más que escribir o callar, el gritonear con alevosía no le era permitido. ¡Aventar un florero!- tuvo que contener la risa estruendosa. Eran las cuatro de la madrugada y el resto de su familia ya se encontraba durmiendo- Karen también le dijo que esa ya no era la época de Ana Karenina, los trenes ya ni existían. ¡¿Dónde están los trenes justo ahora?!- rió por lo bajo - ¿dónde está el aparente espíritu suicida tan facilón que antes me rodeaba?, ¿por qué ahora que todo me sale mal igual deseo seguir viviendo cuando antes a la menor provocación deseaba tirarme por la ventana?- volvió a la cama para recostarse- ¡ah la vida y el deseo de vivir!
Recordó a Catalina Howard diciendo “La vida es hermosa”, pensó en Catalina Howard deseando estar con su amante y no con el rey, creyó ser Catalina Howard orinándose antes de morir decapitada. Pero Catalina Howard estaba muerta a los dieciocho años yaciendo en la cima del eurocentrismo como quinta reina de Inglaterra. Catalina Howard… torpe Catalina Howard que confió en Cromwell aún cuando fue ese hombre quién abandonó a su prima, Ana Bolena, ante la guillotina; tonta Catalina Howard que creyó Enrique VIII le amaba de verdad; estúpida Catalina Howard que tomó como confesora a Lady Rochford, esa dama que traicionó a su esposo porque era gay; amargada Catalina Howard con menos de veinte años y apenas conoció el amor con Thomas Culpeper, pero eso sí, cuán feliz debió estar al acostarse con tal mozo.
Pensó en Catalina Howard, pero no como reina desleal, sino cual chiquilla, moneda de cambio frente a lo social y lo político, una niña boba que carecía de educación en comparación con su prima la Bolena; esa Howard cuyo tío la puso en el palco para ser decapitada. Pensó y repensó que todos eso reyes y reinas eran gente simple, común y corriente. Siempre los había visto así, sólo que tenían roles mucho más subjetivos, el peso de una nación por aparente decreto divino, toda una concepción llena de expectativas prestas por las mayorías y las minorías dentro de un tiempo donde la sublimación no llegaba a niveles extremos –Claro, claro, pobres de ellos ¿no?, pobre Howard ¿quién le hizo tan puta como para tener una vida licenciosa?- pensó con ironía- si tan siquiera la vida de esas personas fuera realmente hermosa, pero seguramente sólo era vacía…
Pensó, antes de quedarse dormido, que ojalá no fuera siempre juzgado porque le gustaran esas historias de reyes y reinas, cortes y culebrones sociales, historias de gente en el poder, gente que le parecía interesante por inercia pero al analizarlo tenía un discurso racial. En el mundo del arte, al parecer, los gustos, las influencias y todos los pensamientos (aún los personales) debían ser políticamente correctos. Tanto que se asimilaban a una corte de los Tudor. Todos deben decir lo que se quiere escuchar. Lo demás está fuera de lugar y es banal.

jueves, 11 de noviembre de 2010

La importancia de un viernes por la noche

Para un viernes cualquiera de la vida anterior de Leonard (que se enmarca en el bachillerato y los primeros dos años de su carrera estudiantil) era normal quedarse en su casa o departamento rentado a leer o escribir sobre cualquier cosa, e incluso poco le interesaba. Una vez asistió a una mesa redonda donde alguien dijo: “Se sabe que ya maduraste cuando llega el viernes por la noche y no esperas a que suene el teléfono para concretar una salida social”. En efecto, Leonard, cuanto tuvo escasos dieciocho años (y no es que ahora tuviera muchos más) se sentía lo suficientemente maduro para saber hacia donde quería que su vida ascendiera. Todo dependía de los planes y la dedicación, sin realmente interesarle los sacrificios que dentro de su juventud tuviera que hacer.
Posteriormente su tercer año en la facultad fue un desastre descomunal. Sus objetivos de vida cambiaron como quién edita el texto final de un escritor amateur. Drogándose, alcoholizándose e incluso prostituyéndose, encontró una forma de sublimar sus tenciones sociales; asistiendo a varias fiestas, inauguraciones, bares, antros, cocteles y distintos tipos de centros nocturnos; parecía que la vida al fin de cuentas no tenía sentido si alguien no le llamaba el viernes por la noche para salir. Pero ahora en su cuarto año de universidad y posiblemente el último, las cosas habían cambiado de forma radical, y paradójicamente, usual.
Volvió al intento de madurez frustrada, ¿realmente quería convertirse en un gran escritor y quizá un buen crítico de arte?, antes estaba muy claro, podría decirse que la frase “Crítico de cine” era sinónimo de “Conquistar al mundo”, pero ahora con su gusto por el ocio, sumergiéndose a diario bajo la tutela de textos teóricos del arte, no tenía más que preguntarse: ¿realmente para qué sirve todo esto?

Llegó el viernes por la mañana y se arregló el cabello en una coleta; asistió a su clase histórica y después terminó un libro sobre teoría visual de una escritora muy crítica y vehemente; entregó el plan de su proyecto preliminar de fin de semestre para una de sus materias con contenido escultórico; todo parecía perfecto… todo parecía tan aburrido. Fue cuando recibió un par de invitaciones para salir, todas y cada una de ellas en la ciudad de provincia donde estudiaba, el único problema: no tenía dinero.
Cuando un chico logra tener todo lo que desea gracias a la prostitución (ya sea la intelectual al vender sus proyectos, o la carnal al usar su cuerpo) es difícil que una vez dejada atrás esa etapa de vendimia social, no pueda tener nada, y mucho menos en esa semana. Era ligeramente miserable… pero sólo económicamente.
En todo lo demás las cosas iban muy bien, escalofriantemente bien, le asustaba la aparente estabilidad estudiantil que había obtenido, pero que sin embargo estaba a punto de comprometer muchos de sus proyectos por cuestiones monetarias. Sin empleo en revistas independientes, trabajo constante, becas por venir, o cualquier otro tipo de remuneración económica, Leonard estaba en un apuro económico, se había convertido en el niño enteramente dependiente de mamá y papá, y eso era algo que detestaba, así como temía.
Tuvo que decir no a todas las invitaciones para aquella noche de viernes –De cualquier forma no tendría manera de conocer a alguien distinto- se dijo para consolarse torpemente. Era cierto que estaban ahí los dos hombres “nuevos” dentro de sus avatares lascivos, Sid y Ludwig no eran más que una opción de sexo oportuno, nada emocional. Se preguntaba si acaso el chico punketo no era muy peligroso, mientras que el editor quizá era heterosexual, o un bisexual con ganas de jugar. Ya había vuelto a ver a los dos después de aquella exposición de fotografía. A Sid en uno de sus paseos por el centro de la ciudad, mientras a Ludwig lo saludaba en el pasillo de la facultad. Nada sustancial, hasta que ambos le invitaron a salir y tuvo que negarse, ¿era posible tanta belleza desplomada de lo sublime a lo grotesco? Al parecer sí, como decía aquella canción de Garbage: Si Dios es mi testigo, Dios debe estar ciego.
No tuvo más opción que revertir la ecuación, pues si nadie le llamaba entonces sería el quién tomaría el teléfono para hacer el llamado social. Le marcó a Samantha y quedó de verse en un pequeño café dentro de la ciudad donde vivían ambos. No era una salida nocturna, pero al menos no pasaría mal la tarde.

Samantha pertenecía a las dos amigas más íntimas y cercanas de Leonard. Entre Susana y Samantha, Leonard se sintió lo suficientemente a gusto para terminar el bachillerato, desde entonces se conocían y platicaban de todo en poco tiempo. Se veían en intervalos de dos a seis meses. Los tres, dentro de su lenguaje personal, se habían propuesto conquistar el mundo. Leonard como escritor; Susana como médico; Samantha como publirrelacionista. Tres jóvenes que se creían inteligentes y capaces de patear los traseros necesarios para triunfar. El único problema es que ahora uno de ellos había desertado.
-Estoy embarazada- le dijo Samantha mientras Leonard le tomaba su café con leche.
-No puedes decirme eso mientras tomo algo caliente, debes soltarlo con cuidado- Leonard dejó su taza de café en la mesa, se limpió los labios e intentó controlarse- ¿Y la escuela?, sabes de quién es ¿verdad?
-Claro que sé quién es el padre. Estamos viviendo juntos desde hace un mes y ahora abrimos un pequeño negocio muy modesto.
-Prácticamente me perdí de todo un capítulo de tu vida.
-Sí Leo, pero siempre estás ocupado con tus proyectos de la escuela.
-Es un semestre muy ligero… hasta económicamente- Leonard torció su boca y desvió la mirada de su amiga.
-¿Sigues con problemas económicos?, ¿No los tenías desde antes que iniciara el semestre?
-No tenía problemas económicos, pero después lo gasté todo en el internado, tú sabes, historia vieja.
-No tan vieja. No puedes quejarte, tú no me dijiste que te recluirías hasta que saliste del internado. No contestabas el teléfono, no estabas en casa, no tenías departamento, tus padres me dijeron que te fuiste a una especie de viaje o retiro, me sorprendió que con toda la vigilancia que te tenían no te preguntaran nada.
-Lo sé, fue cruel, pero también era algo que tenía que hacer yo sólo sin intervención de nadie, no te enfades más de lo necesario.
-No me enfado. Sólo digo que no te molestes porque no te dijera sobre mi embarazo.
-Y tu nuevo aparente esposo, así como tu nuevo negocio, ¿qué sigue?, ¡¿Qué dejaste la escuela o algo así?!
-Me di de baja temporal…- la frase de Samantha realmente no estaba terminada, de hecho, las vidas tanto de ella como de él jamás estaría concretadas a esa edad, era sólo un pequeño esbozo aquello que delimitaba su existencia. El punto era que ahora Samantha lo estaba cambiando todo por aquello que ellos mismos habían despechado en su juventud, espacio temporal donde eran lozanos e inteligentes que pretendían no tener relaciones amorosas. Ninguno de los tres se enamoró en el bachillerato, sólo tuvieron relaciones esporádicas, y aunque Leonard tuvo un amorío con Cecelia, no podía dejar de pensar que entre amar y amante había una gran diferencia. Por su lado Samantha salía con hombres adinerados que le pudieran ir a recoger a la escuela y llevar a cenar a costosos lugares, mientras Susana se consagraba a sus estudios.
-¿Entiendes lo que estás diciendo?- preguntó Leonard sin mayor interés que en una respuesta en específico. Quería que Samantha le dijera: “Sí, entiendo que estoy arruinando mi vida, porque al darme de baja temporal en una escuela como la mía, que es un internado, no podré separarme después de mi hijo y que me estoy atando a un hombre gracias a éste nuevo negocio que abrimos juntos”, pero sabía que eso jamás pasaría ¿era acaso que Leonard se prestaba como el único feminista sobreviviente de aquella triada?
-Es muy simple. Abrimos el negocio para tener fondos para cuando nazca el bebé, después de que el bebé pueda despegarse un poco de mí, terminaré mi carrera.
-¿Cuándo pueda despegarse un poco de ti?,¿ quieres decir que hasta que termine la universidad o cómo? Además, no pensé que éste chico con el que estás fuera el definitivo, tú que querías un tórrido romance y no una relación lineal.
-En ocasiones es mejor lo seguro- se remitió a contestarle Samantha.
-No es nada seguro- Leonard agitó la cabeza así como su coleta de cabello- no tienes la carrera terminada, ese negocio no sabes si fructificará más allá de lo requerido, y ese chico… es lindo pero…
-Entiendo tu renuencia Leo, pero no todos buscamos al hombre imposible.
-No estoy buscando al hombre imposible.
-Pues ya dejaste pasar a varios.
-Tengo veintiún años, ¡puedo dejar pasar a todos los hombres que me vengan en gana! Ninguno ha demostrado ser lo suficientemente especial, además, ya sabes que por el momento no creo en el amor.
-Dices “por el momento”, como si eso fuera a cambiar de inmediato o de un día para el otro de forma mágica. Entiendo que Orlando te lastimara tanto que ahora saltas de cama en cama, pero debes darte una estabilidad, al menos económica.
-Sam, sólo porque has estado muy ausente en mi vida tanto como yo en la tuya, pero ahora soy muy estable. Efectivamente no he salido con ningún hombre, ni con mis amigos porque no tengo dinero, y hasta cuando te llamo apenas puedes darme un par de horas porque tienes asuntos que atender.
-Leonard, ese eres tú. Nunca tienes tiempo para nadie que no seas tú. Por eso no sales con nadie, por eso te aseguro Orlando tuvo que ir a parar a los brazos de Edgard pues no le complacías ni en tiempo.
-En cuestión de relaciones, sólo las personas involucradas en ellas saben qué es lo que sucedió dentro de la relación.
-Mis prioridades han cambiado. Voy a tener un bebé, deberías alegrarte no ponerte celoso porque nuestra vida de solteros caza hombres terminó. Ya no quiero conquistar al mundo como al parecer tú sigues obstinado en hacerlo.
-Somos muy jóvenes- Leonard se entristeció ¿en verdad Samantha estaba arruinando su vida o sólo era mucho más madura que él?, ¿y si no había nada más que el juntarse con el aparente amor de su vida para tener proyectos en común? ¡Pero si él no creía en esa clase de amor! Se negaba a creer que la vida se definía en la década de los veinte años como muchos teóricos, pensadores e incluso profesores se dignaban en profesar.
-Soy mujer, mi tiempo es distinto al de un hombre gay.
-Jamás te vi como una mujer de esposo, hijo, negocio, estabilidad…
-Estancamiento ¿no?
-¡No puedes hacerlo!, ¡no puedes dejar la escuela!
-Leonard, está decidido, ya hice mis planes y te estimo, pero no tenía que ir a consultarte mis elecciones. Tú ni siquiera te puedes mantener o tener una relación estable, eres un gran estudiante, eso nadie te lo quita, pero ya va siendo momento de proyectar todas esas grandes ideas en algo específico, ¡se realista!
-¡Ni siquiera he terminado la carrera!
-Y después no habrás terminado tu primer postgrado o el segundo, y estarás como esos investigadores que tanto criticas cuando lo que ahora te interesa es la creación.
-Creo que nuestros tipos de vida ya no son tan compatibles después de todo.
-No creerás que las cosas seguirían igual que en el bachillerato. Como siempre dices, éramos tan jóvenes.
-¿Pero por qué parece que ya no lo somos?
-Lo seguimos siendo, pero de alguna forma toda esta loca sociedad nos ha hecho madurar de una forma mucho más acelerada. Leo, es momento de dejar los libros, lo sabes y lo hiciste por un tiempo, sencillamente no pudiste con eso.
-¿Y lo sabe Susana?
-No, y no se lo digas. Quiero que lo sepa por mí. Si tú diste el grito en el cielo, con ella corro el riesgo de que me retire su amistad.
-No es para tanto.
-Lo mismo digo con respecto a tu reacción. Pero ya sabes que ella no cree en el matrimonio, mucho menos en los hijos o el estar con un hombre por mucho tiempo si esto trunca tu educación. Como tú, pero algo más exacerbado.
-Lo sé- Leonard terminó su café. ¿Cómo podía ser que dos personas que habían vivido tanto, experimentado infinidad de cosas, en especial Samantha con sus constantes viajes, ahora se veían bajo el régimen de establecerse?, ¿era el momento para que la fiesta se consumara, que el teléfono de los viernes por la noche dejara de sonar?, ¿era momento de madurar?

jueves, 4 de noviembre de 2010

Chéri, juventud sin dinero

Lo bueno de la juventud puede remitirse fríamente a las ventajas visuales de la misma. Cuando se es joven se puede tener un buen cuerpo (al menos uno delgado), cabello radiante, gran fuerza, mucha energía, una mente perspicaz, cutis limpio y sin arrugas, pestañas muy rizadas, estómago firme, cabida para el alcohol necesario, vomitar lo más que se pueda en una noche y al día siguiente despertar cansado pero firme como una roca. La vida parece que no alcanza, la fiesta puede nunca terminar.
El problema de la juventud, o los jóvenes en su mayoría, es que no se tiene el dinero requerido para explotar todas las capacidades que desbordan la lozanía de los veintiún años, salvo se tenga un empleo adecuado, unos padres muy solventes o te prostituyas por un tiempo, el dinero siempre escasea cuando se es joven. El conseguirse un amante rico e influyente también es una opción para ganar dinero, ya lo había dicho Ana Bolena “El amor no es nada sin poder y una posición”, pero cuando se inserta al amante inadecuado lo único que se puede obtener es la completa disposición hacia la persona, pues se condena a la juventud.
Normalmente los amantes son viejos o algo grandes, Leonard lo sabía muy bien cuando estuvo un tiempo con el Señor D, quién le pagana no sólo para estar a su lado sino también le llenaba de infinidad de regalos. El problema de ser el amante grande es que no se pueden hacer cosas de jóvenes y ahí entra la paradoja de la vida.
Cuando se es joven, se tiene toda la energía pero no el dinero; cuando se tiene el dinero, puede pasar que se sea demasiado grande para gastarlo en cosa de jóvenes, siempre existirán otras exquisiteces en las cuales dedicar la ganancia monetaria, pero la juventud nunca regresa y la pérdida se encuentra latente.
Leonard había accedido a una comida en un restaurante modesto en el centro de la ciudad con el Señor D. nada que le comprometiera, nada de sexo, nada de coqueteos… pero ¿entonces por qué estaba ahí?
Sentado en una mesa y con poca audiencia en su entorno, Leonard tomaba de su segundo vaso con limonada. Se había arreglado para exaltar todas sus virtudes visuales dentro de la juventud. Estaba leyendo “Mephisto” de Klaus Mann, la película de István Szabó le había encantado, el director húngaro era uno de sus favoritos en la historia del cine. La semana pasada terminó por prestar la película al único chico de la facultad que le atraía, pero éste sin interés no la había visto. Leonard estaba renunciando a los amores jóvenes, renunciando a que chicos de su edad se interesaran en él pues podían tener algo mejor, pero con hombres como el Señor D. ahí parecía un campo distinto. –El amor no vale nada sin poder o posición- se quedó pensando en una de sus reinas predilectas de la historia –Ana Bolena y sin cabeza- últimamente no se podía concentrar en sus lecturas, tenía tantas cosas en la cabeza que si las analizaba detalladamente se remitían a nimiedades. Ese “todo” mental que surcaba sus neuronas, era un “todo” sustentado en la nada… ergo, sencillamente lo que le preocupaba era una nadería.
Se sentía cual tautología con patas. El chico escritor arribista, sentado leyendo una historia sobre un actor arribista. No había más. La juventud dentro del arte, sin dinero, no es nada. Los métodos que cada persona se asegura para la subsistencia son personales tanto como privados, aunque existan maravillosas asociaciones cuasi punkis para hacer proyectos colectivos, aún bajo todo ese altruismo de supuesta ruptura social, altanería juvenil y dislocación al sistema, al final todos ellos sobrevivían gracias al sistema absolutista del arte.
-Llegué tarde- dijo el Señor D, sacando a Leonard de sus pensamientos monetarios.
-Lo noto- cerró su libro y lo colocó al lado suyo, se puso de pié, estrechó la mano del hombre y le dio un beso en la mejilla. El Señor D. se quedó estupefacto. Leonard se volvió a sentar.
-¿Cambiaste tu frase de “lo sé” a “lo noto”?- preguntó el hombre mientras se sentaba tranquilamente- veo que ya ordenaste.
-Sólo un par de limonadas, nada importante.
-Está bien- mientras el Señor D. sonreía apaciblemente un mesero se acercó para tomarles la orden y después de un breve titubeo por parte de los dos, ordenaron algo sencillo –me alegra aceptaras mi invitación a comer. Por cierto, te ves muy bien.
-Gracias, primero por invitarme y después por el cumplido. Preferí vestir bien para que no tuvieras complicaciones en cuanto a tus comentarios sobre mis ojos, mi ropa, mi cabello y todas esas banalidades.
-No quería ofenderte el otro día en la cena de la editorial. Lo que me recuerda ¿estás con el editor ese?
-¿Ludwig?- Leonard se empeñó en mostrar cierta extrañeza frente al comentario, aún cuando sabía que sería de los primeros temas que saldrían a flote.
-Ese hombre. Te habrá contado cosas horribles sobre mí.
-Nada que no supiera de antemano.
-¿En tan mal concepto me tienes?
-No realmente- Leonard sonrió tranquilamente. Le estaba coqueteando con cada conducta. La facilidad dentro de él para seducir a un hombre dependía exclusivamente del interés. Si el hombre en cuestión no le gustaba o atraía, entonces la seducción era sencilla, fingir le era fácil; pero si el hombre le atraía en gran manera, entonces Leonard se quedaba callado y reía tontamente, con la verdad no podía confrontarse descaradamente –Ludwig me está ayudando con unos textos, nada importante.
-Tu escritura es importante, no te degrades.
-Jamás has leído algo mío así que no intentes pulirte con los comentarios.
-Es verdad, pero alguien como tú debe escribir bien.
-No quiero incurrir en los errores especulativos que conlleva esa oración D…- era la primera vez que tuteaba al Señor D.
-Nunca me habías hablado por mi nombre.
-No te emociones- Leonard volvió a sonreír.
-No me emociono ni me ilusiono. Leonard, no te entiendo. Ya no te prostituyes y lo entiendo, ya no estoy casado, mi ofrecimiento principal sigue siendo el mismo.
-Me sorprende que llegues con total descaro y me propongas ser tu amante por manutención…
-No- le interrumpió tajantemente el Señor D. viva y tajantemente, no había nada insultante en dicha irrupción, sólo parecía concreto a la aclaración- no quiero que seas mi amante, quiero que seas mi pareja.
En ese instante el mesero se acercó y le puso su comida a cada uno enfrente de ellos. Leonard estaba ligeramente impresionado. Ser el amante de alguien era una facilidad eminente. Se amante representaba un contacto físico y sexual, una relación no estable y sin compromisos, ser amante de un hombre mayor era ser joven y con dinero. Pero al referirse a él como su pareja, entonces ahí yacía el problema medular de la relación; la pareja es compromiso, y Leonard no quería tener ninguna clase de compromiso con un hombre mayor.
-No puedo ser tu pareja, soy demasiado joven- dijo Leonard una vez que se encontraba lejos el mesero.
-Se es joven para muchas cosas. Me gustas Leonard. Creo eres un chico muy inteligente. Te puedo dar muchas cosas y creo lo tienes presente, pero sobre todo te puedo querer y mucho.
-No lo sé D… apenas te conozco- Leonard atacó fría pero calculadoramente su ensalada- aceptaría salir contigo, pero eso no te da ninguna clase de seguridad. Quiero salir con otros hombres.
-¿Estás enamorado de alguien más?, ¿te gusta Ludwig?, ¿te gusta alguien más?
-No seas tonto D… no estoy enamorado de nadie, eso es para los de corazón débil- Leonard volvió a sonreír- yo, por el momento no creo en el amor.
-Parece que te lo repites mucho para poder creértelo.
-Puede ser, pero lo que es verdad, es que no me he enamorado de nadie en mucho tiempo.
-¿Y que alguien más te guste, bueno, te interese?
-¿Qué edad tienes, doce?- Leonard fue lo más mordaz que pudo con su pregunta.
-Soné a un muchacho de veinte preguntándole a otro si acaso puede tener esperanza alguna.
Leonard se sentía un poco incómodo. Estaba ahí para utilizar al Señor D. quizá económicamente, tal vez sexualmente. Como en la película de “Chéri”, el joven atractivo que se acuesta con la mujer atractiva pero un poco mayor. Ella es una prostituta retirada, él es el hijo de otra prostituta. Belleza e ingenio tiene Chéri, el hombre joven; ella aunque un poco mayor también es bella, pero sobre todo, tiene dinero. Su relación funciona hasta que se enamoran, parece que la tesis de la película es que a una relación entre dos personas de edad dispar, el sexo y el dinero les va bien, pero el amor, eso sólo es un problema.
-La verdad es que no quiero volverme a enamorar. No va conmigo, sólo me saca de mis casillas, me hace irracional, sólo pienso en la persona y mi trabajo decae. Mis piezas, mi escritura, mis lecturas, me vuelto un inútil, aunque un inútil muy feliz.
-Parece que prefieres ser infeliz con todas tus piezas, tu escritura y lecturas antes que ser feliz por un tiempo.
-Creo estoy más cómodo estando decepcionado con el amor.
-La comodidad no trae felicidad.
-Pero sí tranquilidad emocional.
-Entiendo que no quieras y no puedas amarme justo ahora, pero si me das la oportunidad de que salgamos por un tiempo, quizá pueda cambiar tu visión sobre el asunto.
-No soy una cortesana que puedes conquistar con tus promesas de amor inefable e indeleble.
-¿Entonces por qué estás aquí?, presiento que estás confundido.
La confusión siempre es fácil de percibir en un rostro joven, aún cuando la cara pertenezca a un farsante. Leonard se encontraba perdido. Sin gran talento sobre las artes, careciendo de virtud alguna para todo aquello a lo pretendía dedicarse, siendo poco atractivo (más allá de las migajas visuales que le prestaba la juventud), sintió hundirse en la simplicidad de sus pensamientos y la nulidad de sus emociones, ¿era ese hombre el único hombre posible dentro de su vida? Prefería no verlo así, el único hombre en su vida era él mismo.
-Tienes razón, estoy confundido, por lo mismo no sé qué hago aquí- deseó poder levantarse de la silla, dejar el tenedor y unos billetes para saldar su cuenta con el restaurante, pero eso pertenecía al estilo de un Leonard que dramatiza todo en cada instancia. Debía ser un poco más maduro, aunque dicha madurez viniera de la mano con la hipocresía, el cansancio y la diplomacia. Métodos alternativos de miles de artistas arribistas que se adjuntan al sistema para poder sobrevivir.
En ese momento encestó dentro de su propio entendimiento la manera en que triunfaban muchos artistas jóvenes y sin dinero; artistas que se conseguían como “amante viejo” a un tutor, profesor, contacto que les apadrinara, y el término “amante viejo” no incurría en la correspondencia sexual, sino dentro de la misma analogía que se puede practicar al caso de Cherí y mujer/amante/ricachona. Todos estaban destinados a la vendimia por placer o sin él, la cuestión indicaba que la juventud por sí sola no obtenía nada –Depende del talento natural- pensó – y yo no tengo ningún talento específico más allá de actuar todo el tiempo, y ni lo hago bien. Una lástima, qué pena, ¡qué frustración!- Leonard en su exterior seguía comiendo sin mayor alteración corporal que la mano subiendo y bajando, la cadencia de la alimentación, el tenedor a su boca, la lechuga en el tenedor, el plato que contenía la lechuga; frente a él, se encontraba el Señor D. y con él la afirmación de que podía engañar a un hombre, dos, tres o los que fueran necesarios, pero si el único hombre en su vida era él mismo, entonces, ¿podía engañar al único hombre que importaba?, ¿se podía engañar a sí mismo?
-En vacaciones podríamos salir de viaje-dijo el Señor D. e irrumpió en los pensamientos de Leonard –puedes arreglártelas con tus padres, por lo que veo siempre lo haces, ¿qué les dijiste para irte esa noche con Ludwig?
-No tiene la menor importancia lo que les diga o no a mis padres, ¿o será que intentarás chantajearme con decirles algo?
-Eso es para neonatos, además, si les dijera de lo tuyo con el mundo, porque seguro no saben que te prostituías y acostabas con infinidad de hombres… bueno, si les digo lo que sé de ti, entonces seguro te restringirán todo, no podríamos salir y no te tendría para mí.
-El amor en cuestión es una cosa meramente egocéntrica. Me quieres a mí para ti, no es que requieras de mi compañía o desees mi bienestar. No tienes ni una fibra de altruismo, sólo quieres vivir tu reciente aceptación frente a la homosexualidad.
-¿Y tu prostitución?, ¡¿qué me dices de eso?! No creo que seas diferente, seguro te acostaste con Ludwig.
-Eso es irrelevante. De todas formas, yo no voy pregonando por el mundo que amo a la gente. Soy realista.
-Tienes veinte años.
-Veintiún años- Leonard sonrió cínicamente.
-¿Qué me dices del viaje? Siempre decías que te gustaría escapar. Tengo bastante dinero después del divorcio. Fija un destino, ¿París, Barcelona, Venecia?
-Escuché que Venecia se está hundiendo- volvió a sonreír.
-Podría ser tu salvavidas.
¿Podría ser? La tentativa estaba ahí, huir en las odiosas e insoportables vacaciones invernales al lado de la familia, ir a otro continente por primera vez, cual protagonista de “An Education”, querer a un hombre mayor, facilitarle las cosas… facilitarse las cosas.
-No lo creo, puede ser que Venecia se esté hundiendo, pero yo no.
Terminaron de comer y al salir del restaurante el Señor D. ofreció llevarle a casa.
-No gracias, tengo que ver a un amigo.
-¿Quién es? Si se puede saber.
-Se puede. Es mi ex novio Orlando, le estoy ayudando con su cortometraje, hoy vamos a ver las tomar preliminares y afinar su guión técnico, nada especial, lo difícil para mí será escoger a los actores- Leonard no sabía la razón de la última oración. Quizá le molestaba un poco saber quién le interpretaría en la ficción. Seguro sería un tipo atractivo y bien parecido, o quizá alguien horrible y detestable. Con Orlando no se podía ser intermedio, más bien se remitía a ser dicotómico.
-¿Te puedo llamar?
-No durante éste mes. Tengo fin de semestre y me gustaría estar concentrado en mis trabajos.
-Me parece bien, no tienes que descuidar tus estudios.
Ansioso de que no fuera otro error, Leonard le dio su nuevo número telefónico. Se despidió del Señor D. y emprendió su camino hacia el departamento de Orlando que se encontraba muy cercano a la universidad pero muy lejano del centro de la ciudad. Por primera vez en esa ciudad caminó por casi tres
horas hasta llegar a su destino. Tenía tanto en qué pensar y el caminar era algo que le había ensañado su escritora favorita, Virginia Woolf, para aclarar las ideas. “¡Y tendrás que gritarlas!”, le habría dicho ella, “Perderte en tus murmullos y sólo fijarte en que un pie esté delante del otro”. Sin importarle que la gente le viera mal, Leonard caminó murmurando por todo ese tiempo hasta llegar con Orlando.