¿Por qué será que muchos escritores piensan en libros? –Se preguntaba Leonard de camino a su ponencia –en libros, en el drama, en la comedia, la forma de conformarlas y darles un sentido relativamente estable para después establecerse en el papel, ya que ¿de dónde más puede salir tanto drama si no es de una mente trastornada que se empecina en ver dentro de cada acto cotidiano una buena historia que contar?- recordó la ocasión en la cual se sentó a desayunar con aquel chico que tanto le atraía, todo fue para él una cuestión caótica de eventos malformados al borde de cuarenta minutos, pues dentro de aquella efímera comida llegaron dos de sus amigas que habían sido ex amores de uno de sus amigos, primero una, después la otra, la tensión se acrecentó; posteriormente llegó la mejor amiga de aquel hombre que había despechado a sus otras dos amigas, haciendo el momento aún más incómodo, y por si no le bastaba eso para llenar los minutos con diálogos ofensivos, no de un modo directo e incisivo, sino más bien cual guerra fría, donde se insinúan cosas terribles sobre la otra persona, llegó el amor frustado de aquella chica recíen llegada.
La cosa fue más bien así:
-Oh Leonard, ¿sabías? Mi hermano pequeño va a cumplir años la próxima semana- dijo Latika con un tono tranquilo y algo etéreo, así era ella, quizá siempre estaba algo drogada –lo tratan como a un rey, siempre se hace lo que él quiere- Latika había sido novia de Jaques en el primer año de la carrera. Su relación había terminado porque Jaques no podía mantener por mucho tiempo el compromiso, y cada vez que la cosa se ponía "seria" prefería “cortar por lo sano” según sus propias palabras.
-Están criando a un monstro- contestó Armand, aquel chico atractivo con el cual se deleitaba Leonard cada vez que le veía pasar. Armand era un músico encantador, delgadísimo pero al parecer adicto a la vida ligera, en eso también podía identificarse con Latika, de quién era amigo.
-Están criando a un asesino serial… posiblemente- retobó Igraine, quién había salido con Jaques recientemente y cuya relación había terminado por el miedo de Jaques frente al compromiso.
-¿Y qué le van a hacer para celebrar su cumpleaños?- dijo Leonard ignorando el comentario mordaz de su amiga Igraine, para continuar su conversación con Latika, cuestión que le desagradó en su totalidad a Igraine.
-Lo van a llevar a una tienda de videojuegos un día antes de su cumpleaños para que todo el día se lo pase en bata de baño frente al televisor, ya en la noche le hacemos fiesta con todos sus amigos, es muy popular y cabrón- sonreía Latika a todos los presentes en la mesa.
-Seguro que pueden ir las personas con el interés de divertirse con él o sus pertenencias… ¿no?- sugirió Igraine, a lo que Leonard le desafió con la mirada. Tanto tiempo había esperado para poder desayunar con Armand y ahora se sentaban esas dos mujeres a arruinarle el momento.
-¿No sé cómo podrías saberlo Igraine? No se te ve muy acompañada, puede ser cuestión de la persona… o porque esa persona no tiene posesiones…- decía Latika cuando Leonard le interrumpió.
-Existen ciertas personas que no valen mucho la pena, mucho menos cuando está indispuesta al compromiso, así que no vale la pena comprometer a otras personas a un disgusto sólo por el recuerdo o lo circunstancial, ¿no les parece?- estaba molesto ¿acaso tanto daño les había hecho Jaques como para que se pelearan entre ellas mismas? Quizá se odiaban porque había dejado a una por la otra, para después dejar a la otra e irse con otra, la que fuera. Maldijo fuertemente a Jaques en su pensamiento, pues por él no podía disfrutar la compañía de Armand, quién de cualquier forma no se veía muy interesado en la conversación ni en nada en específico. Atacaba su comida sin mucho interés, tenía puestos sus lentes oscuros, no se los había quitado en ningún momento.
-Puede ser…- Latika hizo una mueca de hastío-y tú Armand ¿qué opinas? Estás muy callado.
-Lo siento- dijo en tono desabrido pero aún con mucho decoro, como quién desea poner un poco de interés en la situación- es que vengo crudo…
¿Crudo?- pensó Leonard- pero si es martes- entornó los ojos y volteó a ver a Igraine con mirada suplicante, a lo que su amiga le contestó con otra que expresaba: “Te lo dije, no es tan lindo, culto y elegante como creías, no es tu clase de hombre”. Al menos eso pensó sobre la gesticulación de su amiga, ya que era algo que siempre le repetía.
Entonces llegó Natalia, amiga íntima de Jaques, también amiga algo superficial de Armand, porque a la par en esa mugrosa facultad “todos” eran amigos o conocidos de “todos” –Y todos- pensó Leonard mientras se juntaba más gente en la mesa- se tiran mierda a la espalda de todos.
-Hola Leo, sólo vengo a saludarte. Ya inició la clase, pero bueno ¿vas algo adelantado verdad?, ¡ay! No sé cómo lo logras, pudiste sacar la pieza en menos de una semana, ¿te has estado aplicando verdad? -en ese momento Natalia sólo hablaba con él, después miró a los demás comensales y les dedicó un largo “Hoooooooola”- pero se te ve muy cansado, deberías dormir más ¿Qué haces en las noches?- Natalia alzó ambas cejas y jugueteó con ellas para después reírse con total soltura- pero ya los dejo chicos.
Estaba justo por irse cuando al lado de Leonard se sentó Richard, el amor frustrado de Natalia (que a la par Natalia era el amor frustrado de Richard) y le empezó de la nada a rebatir sobre la importancia de color magenta en la pintura.
-No lo sé Richard, en verdad que no es mi campo, soy sólo un lector con ganas de ser escritor.
-Pero quieres ser escritor de arte, hablar del arte, para el arte y sobre el arte, ¿cómo no puede interesarte la importancia del color? ¡MUCHO MENOS DEL MAGENTA!- exclamó levantando su mano astutamente.
Seguro el muy maldito sabe por boca de Natalia que Armand me agrada y por eso ha venido a arruinarme el desayuno, lo que no sabe es que ya estaba arruinado- pensaba Leonard para después contestar-No sé Richard, no me importa, te lo reitero…
-Natalia bonita- dijo Jaques que se acercaba a darle un beso a su amiga –Armand, ¿cómo has estado?
-Crudo.
-Yo estuve crudo toda una semana- los dos rieron frente a la cara desaprobatoria de Latika e Igraine – !Ah¡ y hola a todos los demás.
Jaques, como buen amigo acérrimo de Natalia, sabía los problemas amorosos que había tenido con Richard, así que se odiaban mutuamente. Richard decía que Jaques no sabía nada del arte y el video, mientras Jaques aseveraba simplemente que Richard no tenía pene. Cuando se cruzaron sus miradas la tensión creció aún más. Además, Jaques y Armand eran amigos.
-Ya me iba- dijo Natalia.
-Pero ¿por qué no comemos? No quiero dejar a mi amiguísimo Armand sólo en su desdicha, yo sé lo que es la cruda.
-Lo supongo- murmuró Richard cuando se ponía de pie- debes ser más letrado Leonard, no puedes seguir siendo un inculto a estas alturas de la carrera.
-Las putas no necesitamos gran educación- soltó Leonard un poco alterado.
Richard sonrió, lo había logrado, sacar de su aparente control a Leonard frente a su querido Armand. Efectivamente, el desayuno podía empeorar, pero ¿realmente importaba? Tanto había añorado el desayunar con el aparente chico/músico/sexy/excepcional como para darse cuenta que se embriagaba los lunes de final de semestre sin el menor interés.
-Lo suponía- Richard se retiró con un aire triunfante, cual Richard III al haber ganado la junta ante el primer ministro sobre la coronación de sus sobrinos, arrebatándoles el trono.
Pero ésto es peor que “La Guerra de las Dos Rosas”- pensó Leonard mientras presentía que quizá le daba demasiada pereza al tal Armand el siquiera dirigirle la palabra; que Jaques le estaba perjudicando si darse cuenta; a Igraine y Latika les valía mejor madurar, pues Jaques no merecía tanta atención, no para descuartizar de forma verbal a su acompañante de mesa, y que Natalia tenía que controlar a su Richard, pues le venía a molestar por la amistad que tenía con ella- Y todo esto quedaría bien en una novela, porque es como las “Las amistades peligrosas” del arte- fue ahí donde se le ocurrió el tema de su segunda novela, ya estaba resuelto.
-Mejor me voy, ya inició mi clase- Leonard se levantó y con él Igraine. Ambos se retiraron.
Mientras recordaba aquel desayuno, Leonard maldecía su cabello. Lo había acomodado en un elegante chongo, sin embargo se había arruinado al recargarse en el asiento del autobús en el cual viajó. Ahora se encontraba en el baño aledaño a la sala de conferencias. No había podido evitar el dormirse en el transporte público, apenas había dormido dos horas, y al final aceptó viajar para atender a un cliente que le había pedido una sola tarde. No valió mucho, pero le pagó ambos pasajes y también lo suficiente para comprarse una camisa elegante y un pantalón decente para hacer su presentación.
-Igual mi armario se encuentra repleto de ropa, pero no podía presentarme con el mismo atuendo que ocupo para ir a la escuela, Roco ya me ha visto en la facultad, debo ser ligeramente distinto.
Y efectivamente había logrado un aire bohemio más no desentendido del entorno. Roco siempre llevaba una boina, una playera de aquellas que tienen un cuello amplio y botones hasta le pecho, así como unos pantalones holgados más no desenfadados y unos mocasines. La ropa la variaba, pero el estilo era el mismo.
Leonard vestía justo una camisa blanca de manga corta de tela delicada, se había desabrochado los primeros tres botones cercanos al cuello, puesto un collar de semillas de café, un pantalón azul ligeramente ahulado de singular resplandor y unos zapatos color café que acentuaban el conjunto con un poco de refrescante elegancia. Su cuello se veía aún más fino con ese peinado, pero tristemente no podía hacer mucho por las ojeras que tenía, no eran muy visibles, pero odiaba su presencia.
-Perfecto- apreció nuevamente la forma con la cual su cabello se veía elegante cuando lo recogía acertadamente.
-Efectivamente, se ve bien- dijo Roco al entrar al sanitario.
-Gracias- profirió apenado.
-Si- Roco se introdujo en un urinario mientras Leonard se escabullía por la puerta. Su celular sonó.
-Es martes- contestó Leonard algo cansado su teléfono móvil.
-Ya lo sé, sólo quería recordarte que dijiste te tendría todo el próximo fin de semana- era ese hombre intrusivo y obsesivo.
-Lo tengo entendido y agentado, así que si no te molesta debo colgar porque tengo una ponencia que dar… -en ese momento se interrumpió, el maldito estrés le había hecho proferir más información de la que deseaba dar.
-¿Das ponencias?, ¿de qué?, ¿dónde? ¿No estás muy joven para eso? ¿Qué edad tienes?
-Debo colgar, nos vemos el fin de semana, puedes estar seguro.
-Y espero me contestes muchas cosas más.
-No me hables así, no tengo por qué darle explicaciones a nadie, el hombre nació condenado a la libertad- la última oración no sabía de dónde le había salido, era de Sartre, pero ¿a qué venía eso? Era un recordatorio para sí mismo más allá de rebatirle algo a su cliente.
-Nos vemos el viernes en la tarde.
-Me temo que…- el hombre había colgado. Entonces se percató que Roco le veía desde la entrada del sanitario, pero su mirada no denotaba ninguna expresión. Después el hombre se introdujo en la sala de ponencias.
-¿Así es la vida real? ¡Así es la vida real!- se afirmó Leonard primero en un susurro y después en un volumen ligeramente más audible- Ésto es una doble vida, la personal y la estudiantil que se presume profesional. Ahora debo sentarme frente a toda esa gente con un gesto tranquilo y triunfante, como si no tuviera ganas…- contuvo la respiración, no le caería mal en ese momento un ansiolítico o algo que le tranquilizara, más bien una píldora más fuerte, tenía ganas de una de esas cosas tóxicas que le daba Ferdinand, pero no tenía ninguna, ni allí ni en ningún lugar, quería dejar las drogas, ya tenía tres semanas si nada en su organismo, ahora fumaba más, pero sin que nadie lo viera, así que tampoco se animó a prender un cigarro.
Cerró los ojos, intentó tranquilizarse pero no podía ¿qué le sucedía? Estaba a punto de perder el control por nada, por una ponencia que no significaba nada, por un hombre intelectual que no debería significar nada y por otro con al cual nunca debió involucrarse para nada. Volvió a entrar al baño, sin pensarlo mucho se introdujo en un cubículo, se sentó en el retrete. Sacó de su mochila café su pluma de punto fino y la enterró en su antebrazo izquierdo de una forma tan violenta que se penetró la piel hasta el grado de hacerse sangrar.
-Maldición, vengo de blanco- fue lo único que dijo al instante posterior a la efímera tranquilidad que la había brindado el flagelarse.
Tomó un pañuelo desechable y cubrió la herida haciendo presión para evitar que siguiera sangrando, no tenía idea de qué tan profunda era la herida, no le preocupó el hecho de que el sangrado no se detuviera fácilmente, ¿cuán larga era la punta de la pluma? No mucho
Estaba infinitamente más tranquilo y seguro de poder con la ponencia, el tener una charla amena con Roco para poderlo impresionar, terminar el semestre con decoro, seguir durmiendo dos horas a diario, rescatar sus diez materias con notas aprobatorias y conservar su buen promedio, el levantarse y atender a sus clientes, sobre todo solucionar el asunto con el hombre que le acosaba, iría todo el fin de semana, desde el viernes en la tarde si era necesario; se acostaría con él, le daría placer y averiguaría la forma de poder chantajearlo para que no hablara o al fin le dejara en paz.
-Todo es posible, todo me es lícito- esperó a que su herida estuviera estable para salir del sanitario.
Dio su ponencia con total tranquilidad y encanto, nadie se imaginaba que ese chico de veintiún años que se la pasaba pensando en libros, estaba convirtiendo su vida en uno muy dramático.
sábado, 22 de mayo de 2010
viernes, 14 de mayo de 2010
La double vie de Leonard (parte I)
Leonard recibió una llamada donde solicitaban su participación dentro de un simposio de cine y literatura. Asintió complacido con la idea de ser tomado en cuenta a pesar de que su producción iba en decadencia, no obstante le parecía estúpido que algo que apenas surgía se marchitara sin mayor remedio. No podía enunciar la decadencia de algo que apenas se había elevado, así que tomaba esa oportunidad con el mayor aliciente, pues sabía que el respetado crítico de cine y arte estaría presente, ese con el cual tomaba clase pero sin mayor remedio no le miraba, pues Leonard presentía que frente al profesor no era más que un estúpido de gran verborrea, no tenía oportunidad frente al escribano de punta afilada, jamás le prestaba mucha atención pues al parecer los comentarios que formulara aquel joven no eran más que ideas prematuras sin mayor calado.
-Es una gran oportunidad- dijo Leonard por el auricular a la asistente de la de la editora que le invitaba al evento.
-Le diré a la Doctora Gi- confirmó la mujer y después colgó.
-¿Quién era?- le preguntó Hanna.
-Me acaban de invitar a un simposio, ¿no te parece lindo el detalle?
Hanna, que consideraba a Leonard como un romántico/diva sin remedio, profirió un enorme suspiro- Para ti hombre todo te parece un bonito detalle, igual les vas a encantar.
-Tengo que revisar lo que me voy a poner, va a ir Roco.
-¿Cómo lo sabes? Es el gran teórico del arte y esas mamadas, pero no sabes si va a estar.
-Lo sé porque la Doctora Gi me lo ha confirmado, debo impresionarlo.
Hanna gritó con su tono gutural y después siguió hablando algo alterada ante lo que consideraba el intento por parte de su amigo para llamar la atención de cualquiera- ¡Tenías que ser una diva!- después se calmó un poco y torció su pequeña y perforada boca- da igual, por eso soy tu fan.
-Ya deja de exotizarnos- Leonard movió la cabeza con gracilidad, tenía el cabello agarrado en una especie de chongo mientras Hanna le veía con total descaro el cabello.
-Y mueves la cabecita así o asá, te peinas con el cabello acomodado por aquí y por allá por mera casualidad ¿no?, diva mil veces. Pero bueno hombre, se te ve más delgado el cuello con el cabello como ahorita lo traer.
-Gracias- asintió Leonard mientras se levantaba de su asiento para retirarse. Su pequeña participación en la pequeña ponencia sería en tres días, así que tenía trabajo que hacer, un texto muy ligero por presentar con una actitud ligera pero contundente dentro de su propia coherencia.
El teléfono volvió a sonar, era un tipo semi obsesionado con él, que sin saber de qué manera había conseguido su número telefónico, Leonard sabía que no se lo daría a nadie más por su misma obsesión.
-¿Dime?- contestó Leonard con un tono algo tajante.
-Necesito verte éste fin de semana.
-No puedo, tengo trabajo- enmarcó con severidad.
-El acompañarme es parte de tu trabajo ¿no?, además, sabes que te puedo pagar más que cualquier otra persona.
-No es esa clase de trabajo, tengo trabajo escolar.
-Puedes hacerlo en mi casa- dijo y rió ligeramente con tono jocoso- serás como un colegial que hace su tarea en casas ajenas, puedes traer tus lápices y tus cuadernos- volvió a reír.
A Leonard le fastidiaba el tono que usaba aquel sujeto, sentía tener el poder sólo porque había obtenido su número telefónico, más le valdría cambiarlo antes de que se metiera en su vida personal. Ya lo presentía, siempre existe el cliente que se afana con la prostituta y la quiere sólo para él; con eso en mente Leonard tenía muy en claro que debía moverse con cuidado.
-No es esa clase de trabajo que se hace con lápices y cuadernos- contestó con un aire más calmo.
-No me has dicho ni qué estudias ni dónde estudias.
-Me temo que esa información no la puedo dar.
-Ni tu nombre verdadero… no creo realmente que te llames Roger.
-Ni te imaginas- contestó Leonard con una risa encantadora, con la cual pretendía disuadir al hombre.
-En verdad que no se te puede comprar ¿verdad? No se puede contigo, ¿y si te chantajeo?
-No creo que sea tu estilo el caer tan bajo.
-Tú problema es que tienes demasiados principios dentro de lo que haces ¿no te da ni un poquito de miedo?
Mucho- pensó Leonard- quizá no tanto… después de todo puede hacer lo que le plazca si así lo decide. Podrían enterarse en mi familia, también en la escuela y expulsarme o sencillamente arrestarme, manchar el expediente, que mi poco prestigio decaiga, pero lo que empezó como un efímero placer ahora debe continuar como medida de somera sobrevivencia, todo es cuestión de mantener el equilibrio e irse con cuidado.
-Un poco, no se puede negar, pero también tendría que darte miedo a ti, tienes mucho que perder, claro, en caso de que me delataras, no pretendo hundirme solo.
-¡Lo haces adrede!- el hombre le gritó y Leonard pensó que quizá había cruzado el límite colindante entre la jugada maestra y el fiasco total- ¡te consigues a puros clientes closeteros para proteger tu dignidad!
-No tengo dignidad que proteger, sólo quiero mantener las cosas tranquilas- no obstante tenía razón, seleccionaba cuidadosamente a los clientes para así, siempre que optaran por el chantaje, fuera él quien tuviera algo de qué sujetarse, aunque sabía era un vano intento por “mantener las cosas tranquilas”, siempre existiría alguien mil veces más astuto, y también tenía en cuenta que la metodología de selección tenía más de una fuga, debía perfeccionar su sistema de trabajo.
-Te pido un fin de semana, ¡nunca te pido un fin de semana!
-Querido, tengo mucho trabajo que hacer, no lo digo por ignorarte, si te apetece puedo ver si el siguiente fin de semana es todo tuyo- no había más, debía ceder, bajo esa perspectiva ser una puta le estaba cansando y eso que apenas tenía mes y medio en ello ¿qué pensaba el hombre? Sólo había dado dos fines de semana dentro de los seis en los que llevaba ejerciendo como tal. Era evidente que daba tardes enteras de sus días libres, pero nada más, eso poco importaba, eran seis semanas y le empezaba a preocupar la información que circulaba en el submundo así como la rapidez de la misma. En ese tiempo ya había visitado más casas y hoteles “selectos” de las que con sus dedos pudiera enumerar.
-Te va a gustar mi casita de descanso- dijo entusiasmado el hombre al otro lado del auricular.
-Espero que sea verdadera casa de campo y no tengas mucha gente alrededor.
-Eso es obvio, quizá tú no tengas dignidad que proteger, pero yo sí. Luego te llamo- el hombre colgó.
Eso de proteger tu dignidad- pensó Leonard- o tener el espacio suficiente como para matarme sin que mis gritos sean escuchados, debo considerar algo más que el gas pimienta, eso y que tengo una ponencia que acomodar- eso sí le daba miedo, Roco estaría presente.
-Es una gran oportunidad- dijo Leonard por el auricular a la asistente de la de la editora que le invitaba al evento.
-Le diré a la Doctora Gi- confirmó la mujer y después colgó.
-¿Quién era?- le preguntó Hanna.
-Me acaban de invitar a un simposio, ¿no te parece lindo el detalle?
Hanna, que consideraba a Leonard como un romántico/diva sin remedio, profirió un enorme suspiro- Para ti hombre todo te parece un bonito detalle, igual les vas a encantar.
-Tengo que revisar lo que me voy a poner, va a ir Roco.
-¿Cómo lo sabes? Es el gran teórico del arte y esas mamadas, pero no sabes si va a estar.
-Lo sé porque la Doctora Gi me lo ha confirmado, debo impresionarlo.
Hanna gritó con su tono gutural y después siguió hablando algo alterada ante lo que consideraba el intento por parte de su amigo para llamar la atención de cualquiera- ¡Tenías que ser una diva!- después se calmó un poco y torció su pequeña y perforada boca- da igual, por eso soy tu fan.
-Ya deja de exotizarnos- Leonard movió la cabeza con gracilidad, tenía el cabello agarrado en una especie de chongo mientras Hanna le veía con total descaro el cabello.
-Y mueves la cabecita así o asá, te peinas con el cabello acomodado por aquí y por allá por mera casualidad ¿no?, diva mil veces. Pero bueno hombre, se te ve más delgado el cuello con el cabello como ahorita lo traer.
-Gracias- asintió Leonard mientras se levantaba de su asiento para retirarse. Su pequeña participación en la pequeña ponencia sería en tres días, así que tenía trabajo que hacer, un texto muy ligero por presentar con una actitud ligera pero contundente dentro de su propia coherencia.
El teléfono volvió a sonar, era un tipo semi obsesionado con él, que sin saber de qué manera había conseguido su número telefónico, Leonard sabía que no se lo daría a nadie más por su misma obsesión.
-¿Dime?- contestó Leonard con un tono algo tajante.
-Necesito verte éste fin de semana.
-No puedo, tengo trabajo- enmarcó con severidad.
-El acompañarme es parte de tu trabajo ¿no?, además, sabes que te puedo pagar más que cualquier otra persona.
-No es esa clase de trabajo, tengo trabajo escolar.
-Puedes hacerlo en mi casa- dijo y rió ligeramente con tono jocoso- serás como un colegial que hace su tarea en casas ajenas, puedes traer tus lápices y tus cuadernos- volvió a reír.
A Leonard le fastidiaba el tono que usaba aquel sujeto, sentía tener el poder sólo porque había obtenido su número telefónico, más le valdría cambiarlo antes de que se metiera en su vida personal. Ya lo presentía, siempre existe el cliente que se afana con la prostituta y la quiere sólo para él; con eso en mente Leonard tenía muy en claro que debía moverse con cuidado.
-No es esa clase de trabajo que se hace con lápices y cuadernos- contestó con un aire más calmo.
-No me has dicho ni qué estudias ni dónde estudias.
-Me temo que esa información no la puedo dar.
-Ni tu nombre verdadero… no creo realmente que te llames Roger.
-Ni te imaginas- contestó Leonard con una risa encantadora, con la cual pretendía disuadir al hombre.
-En verdad que no se te puede comprar ¿verdad? No se puede contigo, ¿y si te chantajeo?
-No creo que sea tu estilo el caer tan bajo.
-Tú problema es que tienes demasiados principios dentro de lo que haces ¿no te da ni un poquito de miedo?
Mucho- pensó Leonard- quizá no tanto… después de todo puede hacer lo que le plazca si así lo decide. Podrían enterarse en mi familia, también en la escuela y expulsarme o sencillamente arrestarme, manchar el expediente, que mi poco prestigio decaiga, pero lo que empezó como un efímero placer ahora debe continuar como medida de somera sobrevivencia, todo es cuestión de mantener el equilibrio e irse con cuidado.
-Un poco, no se puede negar, pero también tendría que darte miedo a ti, tienes mucho que perder, claro, en caso de que me delataras, no pretendo hundirme solo.
-¡Lo haces adrede!- el hombre le gritó y Leonard pensó que quizá había cruzado el límite colindante entre la jugada maestra y el fiasco total- ¡te consigues a puros clientes closeteros para proteger tu dignidad!
-No tengo dignidad que proteger, sólo quiero mantener las cosas tranquilas- no obstante tenía razón, seleccionaba cuidadosamente a los clientes para así, siempre que optaran por el chantaje, fuera él quien tuviera algo de qué sujetarse, aunque sabía era un vano intento por “mantener las cosas tranquilas”, siempre existiría alguien mil veces más astuto, y también tenía en cuenta que la metodología de selección tenía más de una fuga, debía perfeccionar su sistema de trabajo.
-Te pido un fin de semana, ¡nunca te pido un fin de semana!
-Querido, tengo mucho trabajo que hacer, no lo digo por ignorarte, si te apetece puedo ver si el siguiente fin de semana es todo tuyo- no había más, debía ceder, bajo esa perspectiva ser una puta le estaba cansando y eso que apenas tenía mes y medio en ello ¿qué pensaba el hombre? Sólo había dado dos fines de semana dentro de los seis en los que llevaba ejerciendo como tal. Era evidente que daba tardes enteras de sus días libres, pero nada más, eso poco importaba, eran seis semanas y le empezaba a preocupar la información que circulaba en el submundo así como la rapidez de la misma. En ese tiempo ya había visitado más casas y hoteles “selectos” de las que con sus dedos pudiera enumerar.
-Te va a gustar mi casita de descanso- dijo entusiasmado el hombre al otro lado del auricular.
-Espero que sea verdadera casa de campo y no tengas mucha gente alrededor.
-Eso es obvio, quizá tú no tengas dignidad que proteger, pero yo sí. Luego te llamo- el hombre colgó.
Eso de proteger tu dignidad- pensó Leonard- o tener el espacio suficiente como para matarme sin que mis gritos sean escuchados, debo considerar algo más que el gas pimienta, eso y que tengo una ponencia que acomodar- eso sí le daba miedo, Roco estaría presente.
viernes, 7 de mayo de 2010
Solo
Y dormiría entre diamantes para desayunar siempre solo, ya lo tenía previsto. Quería terminar el semestre con cierto decoro y dignidad, aún podía rescatar la mayoría de sus materias, seguro fallaría en muchas, había tomado diez cuando lo normal era optar por siete, su promedio bajaría, su producción artística también lo había hecho -¿A dónde he llegado?- se preguntó Leonard sentado en una cocina ajena, envuelto en una bata de baño, era la de su nuevo “cliente”, le parecía curioso cómo había llegado a conocer a aquel hombre de poco más de cuarenta años, conservado pero consiente en que los muchachos de veinte años estaban fuera de su alcance desde cierta perspectiva. El mundo gay de aquella zona suburbana extremadamente burguesa podía ser despiadado.
-No suelen quedarse mucho tiempo- decía el hombre envuelto en su bata de baño aún con el cabello mojado- te ves muy bien con el cabello mojado.
-Gracias- dijo Leonard con una tenue sonrisa.
-¿Tienes novio?...- el hombre se quedó pensativo- ¿novia quizá?
-Ni uno ni otra, creo que estoy bien solo- siguió sonriendo muy tenuemente mientras se levantaba de su asiento para ir a vestirse.
-Eres atractivo, deberías tener una u otra cosa.
-Tendrás que dármelo por escrito y firmado, porque nadie se interesa en mí, ni mujeres ni hombres; las primeras no me interesan más allá del estudio y la amistad, los otros me interesan en todos los sentidos- Leonard se permitió una pequeña risa.
-Deberías tener uno, al menos para pasar un buen rato.
-Para eso es el trabajo- la sonrisa de Leonard se presumió perturbadora ante su espectador.
-No te me haces de esos que se prostituyen por necesidad, no eres de ese tipo, ignorante tampoco eres y mucho menos feo, creo que no te crees feo.
-Ese es el problema, que no me creo ni tan feo ni tan ignorante como presiento que los demás me ven o presienten. Desde hace poco me he preguntado la razón por la cual no tengo novio, y resolví el asunto aseverándome que para tener novio primero debo interesarle a alguien, a cualquiera, y eso no pasa.
-Si no le interesaras a alguien entonces no tendrías clientes.
-No tengo tantos- se desprendió del hombre mientras se dirigía a la habitación para poder vestirse mientras aún charlaban. A la par Leonard pensaba que si acaso tenía clientes era porque ellos pertenecían al rubro de los homosexuales desesperados y algo añejos, el más joven de sus clientes había tenido treinta y cinco años, no menos, y la verdad era poco atractivo.
-Supe de ti porque me dijeron que eras nuevo.
-Ajam- se limitó a decir el joven desde el interior de la habitación, mientras el hombre se mantenía al margen para no verlo desnudo, en una muestra de absurdo respeto, pensó Leonard- te dijeron, existe carne fresca ¿o algo así?
-Me dijeron que al parecer no te preocupaba mucho el tiempo que pasaras con la persona, hasta fines de semana enteros.
-Depende de cuánto paguen, eso es todo.
-Pero parece que tampoco te interesa mucho el dinero.
-Sólo lo necesario para comprarme ropa linda- dijo sarcásticamente una vez ya vestido frente a aquel hombre.
-Y drogarte, salir de fiesta, beber hasta morir...
-O intentar se independiente, autocrático, autosuficiente, estudiar lo que me plazca.
-¿Prostituyéndote?- dijo con gran ironía el hombre.
-Nadie está en posición de juzgar al otro ¿no te parece?- dijo Leonard mientras señalaba una foto en la pared, donde el hombre abrasaba a una mujer, él con traje negro, ella con vestido de novia, evidentemente era el día de su boda.
-Nos estamos divorciando.
-Como gustéis- dijo Leonard y tendió la mano para recibir su paga.
-¿No quieres quedarte a desayunar?
-No, prefiero desayunar solo.
Saliendo de la casa de aquel hombre con intereses previos al divorcio, se introdujo con su dinero de puta a uno de esos hoteles caros donde tienen un restaurante adjunto para los inquilinos y aquellos que quieran pasar por gente odiosamente distinguida. Ordenó un desayuno danés, sólo que además del té optó por un café expreso doble, tenía trabajo que hacer para la escuela. No había dormido bien, observó las heridas que se había hecho en el brazo gracias al estúpido florero.
En su momento decidió dejar de aceptar las drogas de Ferdinand, rechazar a Orlando y dedicarse a ver la vida desde una perspectiva más fría. Si seguía el ritmo por dos semanas más, asistiendo a la escuela, atendiendo a sus clientes, asistiendo al grupo de adictos y evitando las drogas, así como ir a fiestas absurdas; entonces lo lograría, volvería a tener su departamento, no ganaba mal, quizá podría tener un poco de independencia, desde noviembre del año pasado que no le publicaban nada en ningún lado, sus textos ahora eran malos. Recordó cuando fue becado y podía comprar tanto libros como ropa, ir a donde quisiera y hacer lo que le viniera en gana, era eso lo que deseaba, pero con mayor “profesionalismo”, por el momento sacaría dinero de cualquier forma, lo haría solo, no le interesaba tener novio, no quería ataduras emocionales, estaba cansado de buscar a un hombre que fuera “adecuado” para él, o quizá él ser aceptable para el otro. Todo tenía menos complicaciones cuando se trataba se sexo y dinero.
-Así de simple- susurró mientras sonreía maliciosamente, pero no sin encanto o cierta infantilidad, mientras el mesero le traía su desayuno y una nota.
-Un hombre me dijo que le diera éste número.
-Gracias- Leonard tomó el pedazo de papel y miró a su alrededor. No había nadie que le dirigiera la mirada. Miró el papel y apreció una caligrafía algo obtusa por no decir burda -Uno siempre espera la alta caligrafía de un buen caballero, mucho más cuando se desayuna en éstos lugares, pero eso nunca pasa- pensó Leonard mientras guardaba el papel. Llamaría más tarde.
-No suelen quedarse mucho tiempo- decía el hombre envuelto en su bata de baño aún con el cabello mojado- te ves muy bien con el cabello mojado.
-Gracias- dijo Leonard con una tenue sonrisa.
-¿Tienes novio?...- el hombre se quedó pensativo- ¿novia quizá?
-Ni uno ni otra, creo que estoy bien solo- siguió sonriendo muy tenuemente mientras se levantaba de su asiento para ir a vestirse.
-Eres atractivo, deberías tener una u otra cosa.
-Tendrás que dármelo por escrito y firmado, porque nadie se interesa en mí, ni mujeres ni hombres; las primeras no me interesan más allá del estudio y la amistad, los otros me interesan en todos los sentidos- Leonard se permitió una pequeña risa.
-Deberías tener uno, al menos para pasar un buen rato.
-Para eso es el trabajo- la sonrisa de Leonard se presumió perturbadora ante su espectador.
-No te me haces de esos que se prostituyen por necesidad, no eres de ese tipo, ignorante tampoco eres y mucho menos feo, creo que no te crees feo.
-Ese es el problema, que no me creo ni tan feo ni tan ignorante como presiento que los demás me ven o presienten. Desde hace poco me he preguntado la razón por la cual no tengo novio, y resolví el asunto aseverándome que para tener novio primero debo interesarle a alguien, a cualquiera, y eso no pasa.
-Si no le interesaras a alguien entonces no tendrías clientes.
-No tengo tantos- se desprendió del hombre mientras se dirigía a la habitación para poder vestirse mientras aún charlaban. A la par Leonard pensaba que si acaso tenía clientes era porque ellos pertenecían al rubro de los homosexuales desesperados y algo añejos, el más joven de sus clientes había tenido treinta y cinco años, no menos, y la verdad era poco atractivo.
-Supe de ti porque me dijeron que eras nuevo.
-Ajam- se limitó a decir el joven desde el interior de la habitación, mientras el hombre se mantenía al margen para no verlo desnudo, en una muestra de absurdo respeto, pensó Leonard- te dijeron, existe carne fresca ¿o algo así?
-Me dijeron que al parecer no te preocupaba mucho el tiempo que pasaras con la persona, hasta fines de semana enteros.
-Depende de cuánto paguen, eso es todo.
-Pero parece que tampoco te interesa mucho el dinero.
-Sólo lo necesario para comprarme ropa linda- dijo sarcásticamente una vez ya vestido frente a aquel hombre.
-Y drogarte, salir de fiesta, beber hasta morir...
-O intentar se independiente, autocrático, autosuficiente, estudiar lo que me plazca.
-¿Prostituyéndote?- dijo con gran ironía el hombre.
-Nadie está en posición de juzgar al otro ¿no te parece?- dijo Leonard mientras señalaba una foto en la pared, donde el hombre abrasaba a una mujer, él con traje negro, ella con vestido de novia, evidentemente era el día de su boda.
-Nos estamos divorciando.
-Como gustéis- dijo Leonard y tendió la mano para recibir su paga.
-¿No quieres quedarte a desayunar?
-No, prefiero desayunar solo.
Saliendo de la casa de aquel hombre con intereses previos al divorcio, se introdujo con su dinero de puta a uno de esos hoteles caros donde tienen un restaurante adjunto para los inquilinos y aquellos que quieran pasar por gente odiosamente distinguida. Ordenó un desayuno danés, sólo que además del té optó por un café expreso doble, tenía trabajo que hacer para la escuela. No había dormido bien, observó las heridas que se había hecho en el brazo gracias al estúpido florero.
En su momento decidió dejar de aceptar las drogas de Ferdinand, rechazar a Orlando y dedicarse a ver la vida desde una perspectiva más fría. Si seguía el ritmo por dos semanas más, asistiendo a la escuela, atendiendo a sus clientes, asistiendo al grupo de adictos y evitando las drogas, así como ir a fiestas absurdas; entonces lo lograría, volvería a tener su departamento, no ganaba mal, quizá podría tener un poco de independencia, desde noviembre del año pasado que no le publicaban nada en ningún lado, sus textos ahora eran malos. Recordó cuando fue becado y podía comprar tanto libros como ropa, ir a donde quisiera y hacer lo que le viniera en gana, era eso lo que deseaba, pero con mayor “profesionalismo”, por el momento sacaría dinero de cualquier forma, lo haría solo, no le interesaba tener novio, no quería ataduras emocionales, estaba cansado de buscar a un hombre que fuera “adecuado” para él, o quizá él ser aceptable para el otro. Todo tenía menos complicaciones cuando se trataba se sexo y dinero.
-Así de simple- susurró mientras sonreía maliciosamente, pero no sin encanto o cierta infantilidad, mientras el mesero le traía su desayuno y una nota.
-Un hombre me dijo que le diera éste número.
-Gracias- Leonard tomó el pedazo de papel y miró a su alrededor. No había nadie que le dirigiera la mirada. Miró el papel y apreció una caligrafía algo obtusa por no decir burda -Uno siempre espera la alta caligrafía de un buen caballero, mucho más cuando se desayuna en éstos lugares, pero eso nunca pasa- pensó Leonard mientras guardaba el papel. Llamaría más tarde.
domingo, 25 de abril de 2010
Never be free...
Y el florero voló, tuvo cierto encanto verlo virar en el aire con aspecto poético. Era de cristal no muy fino, lo fino ahí era el sentimiento con el cuál habían sido regaladas las rosas amarillas que se encontraban en él, así como el enojo con el cual había sido arrojado al piso; Leonard sólo tuvo un leve titubeo cuando observó los pequeños cristales se elevaban por inercia provocada por el choque con el piso, así en su acto dubitativo volteó la cara y parte del cuerpo, cayéndole parte de los restos en el brazo derecho. Empezó a llorar como en meses no lo hacía, se sentía destrozado en su interior, carente de apariencia o identidad, pensó por un momento que no tenía rostro y que su cabello era la simple repercusión del entorno, los demás le imaginaban como era, pero él no era nada, no existía.
-¡¿Qué pasó, te hiciste daño?! – Entró Carlota al comedor completamente asustada- te sangra el brazo.
-No soy un florero ¿sabes? No soy un recipiente que se llena al antojo ajeno y después se coloca en el fondo de una habitación sobre una mesa redonda bellamente ataviada por un mantel bien planchado, no soy un adorno, respiro pero no existo.
-Leo, tranquilízate- le dijo su hermana acercándose paulatinamente y rodeando los cristales en el piso.
-¡No puedo!- vociferó- la gente dice quererme por lo que soy pero más bien me adora por lo que aparento, les agrada tener mi presencia cerca de ellos con fines meramente ornamentales, les gusta llenar el agua de mis rosas, les encanta darle de beber a una planta que sin importar el tiempo que se le riegue ha de morir, les fascina la subsistencia por ensanchamiento social, no por necesidad o requerimiento político, no existe un fondo dentro de su forma de vivir, no encuentro el contenido de la profundidad si todo es aparentemente transparente, un florero que es transparente, rellenado por agua tranparente, lo único, ¡lo único que se aprecia es el tallo roto!
-Sí Leonard, sí, ven, vamos a que te sientes- Carlota lo sabía, se había vuelto a meter algo su hermano y sólo le quedaba tranquilizarlo antes de que sus padres llegaran a la casa, comprobando las sospechas de que su hijo seguía metido en un vaivén existencial.
-¡No quiero sentarme! Todo lo que hago es estar estático, mi vida es cual sala de espera de algún hospital federal, ninguna puerta se abrirá para darme la salud que deseo, ningún doctor vendrá con su grandilocuente argumento para condecorarme con la alta inmunidad que tanto requiero. Si se abre una puerta, si sale acaso un doctor, será sólo para decirme que mi tiempo se ha terminado, como el florero, ¡mira el florero!- aventó al aire un grito y su dedo señalaba los cristales rotos.
-Lo veo Leo, ¿Por qué no te damos mejor un baño?, ¿prefieres recostarte?
-No quiero agua, no quiero cama, quiero una identidad, algo que me diga que éste de aquí soy yo y que existo, que no soy el prejuicio externo, que no soy un florero. ¡Porque no lo soy!, mírame bien y de frente Carlota querida, ¿te parezco que nacimos para vivir sólo del contexto?, ¿crees que así debieron ser las cosas? Una furcia que satisface al rey cambiando de posición sexual para tener paradójicamente una posición social, un lugar en la corte, enaltecernos por medios externos, no por lo que se es, sino por lo que se espera que seamos, argumentos de poder, de construcción del mismo. La gente me quiere, pero me quiere como florero, cuando dejo de serlo y tengo una opinión, un gusto personal o quizá algo distinto a lo que se espera es mejor dejar de alimentar las rosas ¿no?
-Leonard, es la droga la que habla, no tú. La gente te quiere.
-Pensarás que soy un egocéntrico, toda una vida echada al olvido, fabricando, creyendo que vas a un punto, dedicándote por alcanzar una meta que descubres no facturaste tú con entera conciencia, sino por mera reminiscencia, llegar a un punto que realmente no querías llegar, es como diría la Woolf, una vida que no quiero vivir, viviendo en un pueblo que no deseo vivir.
-Es una etapa, todos la tenemos, estás teniendo un mal momento.
Leonard empezó a reír entre sus sollozos –Un mal momento es sólo la vana justificación para decir que lo que tienes justo ahora no basta, que deseas olvidarte y deshacerte de ello para continuar con algo mejor, un mal momento es pasajero, un mal momento se cura cuando alguien te dice que ya no te verá nunca más porque te incomoda, un mal momento no es una identidad robada, los malos momentos se componen por horas perdidas fácilmente subsanadas por días felices. Lo que yo tengo no es un mal momento, ¡los malos momentos se pueden olvidar en menos de un mes!, ¡en un suspiró!
-Bueno, has tenido una mala semana.
-Dos para ser exactos.
-Dos malas semanas. Pero debes intentar desintoxicarte, entrar en este estado no te ayuda en nada…
-Se deduce que debería relajarte, no alterarte.
-¿Dónde conseguiste la droga?
-Con Ferdinand- Leonard empezó a reír sin parar- pregunta por las rosas, pregunta por ellas.
Carlota suspiró -¿Y las rosas?
-De Orlando, envió rosas, cómo si importara el nombre o el detalle. Sólo las envió como quién manda un regalo pues presiente que no serán despechadas, pues vivimos en un mundo donde los regalos son amados.
-¿Por qué te envió rosas?
-Desea volver, ¡desea volver justo ahora! ¿No ve que no tengo tiempo ni para definirme? Me deseché a la vaciedad del alma porque me dejó, me acosté con todos lo que podía para estar a su nivel de desinterés, lo paradójico fue el ahínco con lo cual lo practiqué, fingir desinterés mediante la completa dedicación hacia el mismo, ¿no te parezco patético?- se soltó del brazo de su hermana y pisoteó las rosas- jamás pasará, jamás daré vuelta atrás. Ni la amistad, ni la cordura, nada, cambié y soy un desastre… por… por…-balbuceaba- por él, cambié por él y ni siquiera le importó.
-Pero si quiere volver es por algo, ¿no te parece? Algún interés debe tener.
-Hacer más daño, ¿volver a los viejos cánones? Qué no me engañe, ¡qué no se engañe!- empezó a llorar cada vez más fuerte, llegando incluso a un berrido.
-¿Aún lo amas?- preguntó Carlota no sin cierto temor.
-No- dijo él sin siquiera pensarlo- en absoluto.
-¿Entonces por qué reaccionas así?
-Me di cuenta que influyó en mí de una manera incontrolable y que no hay vuelta atrás. Cuando estuve con él no me elegí a mí como persona sino cual pareja, perdí mi autonomía, si es que en algún momento la tuve. Y ahora aún sin su presencia, su marca sigue en mí, soy su florero.
-Las personas te marcan, es inevitable, tú también las modificas.
-Pensar que tuve injerencia en la vida de Orlando son puras patrañas- con su cabello despeinado y ya más calmado, Leonard se dirigió al sofá de su sala para poder sentarse en él.
-Los floreros no me gustan, si no les cambias el agua entonces apestan y huelen a florero de cementerio, lo peor de ser un florero, es ser uno de cementerio ¿no te parece?-acotó Carlota con tono ligero.
-Eso del florero del cementerio es otra simbología, algo con la vida y la muerte, de valorar la muerte de una persona con la vida de las flores, es una especie de intercambio donde la muerte siempre termina por ganar.
-Más bien yo lo digo por el olor, soy más sensorial y menos filosófica- le sonrió Carlota a su hermano.
-Sabes que de filósofo no tengo nada.
-Te equivocas. Tienes lo drogado- empezó a reír con mesura- vamos, te acompaño a tu habitación para que te recuestes mientras yo limpio éste desastre.
-Eres un ángel.
-Lo sé, te percatarías que tú también lo eres si no fuera porque te la pasas impregnando de drama todos los días de tu existencia.
Por la mirada que le dirigía su hermana, Leonard se percató que después de muchos años realmente estaba preocupada por él, en ese momento le veía con toda asertividad como su hermano menor, la verdadera inmadurez sin sentido que desemboca en los veintiún años de edad. Jamás se había sentido como algo tan vil y bajo frente a su hermana, pero no tenía otra cara por el momento, eso era lo que él representaba y sería difícil volver al punto de partida. Aquel donde quizá sí existía.
-¡¿Qué pasó, te hiciste daño?! – Entró Carlota al comedor completamente asustada- te sangra el brazo.
-No soy un florero ¿sabes? No soy un recipiente que se llena al antojo ajeno y después se coloca en el fondo de una habitación sobre una mesa redonda bellamente ataviada por un mantel bien planchado, no soy un adorno, respiro pero no existo.
-Leo, tranquilízate- le dijo su hermana acercándose paulatinamente y rodeando los cristales en el piso.
-¡No puedo!- vociferó- la gente dice quererme por lo que soy pero más bien me adora por lo que aparento, les agrada tener mi presencia cerca de ellos con fines meramente ornamentales, les gusta llenar el agua de mis rosas, les encanta darle de beber a una planta que sin importar el tiempo que se le riegue ha de morir, les fascina la subsistencia por ensanchamiento social, no por necesidad o requerimiento político, no existe un fondo dentro de su forma de vivir, no encuentro el contenido de la profundidad si todo es aparentemente transparente, un florero que es transparente, rellenado por agua tranparente, lo único, ¡lo único que se aprecia es el tallo roto!
-Sí Leonard, sí, ven, vamos a que te sientes- Carlota lo sabía, se había vuelto a meter algo su hermano y sólo le quedaba tranquilizarlo antes de que sus padres llegaran a la casa, comprobando las sospechas de que su hijo seguía metido en un vaivén existencial.
-¡No quiero sentarme! Todo lo que hago es estar estático, mi vida es cual sala de espera de algún hospital federal, ninguna puerta se abrirá para darme la salud que deseo, ningún doctor vendrá con su grandilocuente argumento para condecorarme con la alta inmunidad que tanto requiero. Si se abre una puerta, si sale acaso un doctor, será sólo para decirme que mi tiempo se ha terminado, como el florero, ¡mira el florero!- aventó al aire un grito y su dedo señalaba los cristales rotos.
-Lo veo Leo, ¿Por qué no te damos mejor un baño?, ¿prefieres recostarte?
-No quiero agua, no quiero cama, quiero una identidad, algo que me diga que éste de aquí soy yo y que existo, que no soy el prejuicio externo, que no soy un florero. ¡Porque no lo soy!, mírame bien y de frente Carlota querida, ¿te parezco que nacimos para vivir sólo del contexto?, ¿crees que así debieron ser las cosas? Una furcia que satisface al rey cambiando de posición sexual para tener paradójicamente una posición social, un lugar en la corte, enaltecernos por medios externos, no por lo que se es, sino por lo que se espera que seamos, argumentos de poder, de construcción del mismo. La gente me quiere, pero me quiere como florero, cuando dejo de serlo y tengo una opinión, un gusto personal o quizá algo distinto a lo que se espera es mejor dejar de alimentar las rosas ¿no?
-Leonard, es la droga la que habla, no tú. La gente te quiere.
-Pensarás que soy un egocéntrico, toda una vida echada al olvido, fabricando, creyendo que vas a un punto, dedicándote por alcanzar una meta que descubres no facturaste tú con entera conciencia, sino por mera reminiscencia, llegar a un punto que realmente no querías llegar, es como diría la Woolf, una vida que no quiero vivir, viviendo en un pueblo que no deseo vivir.
-Es una etapa, todos la tenemos, estás teniendo un mal momento.
Leonard empezó a reír entre sus sollozos –Un mal momento es sólo la vana justificación para decir que lo que tienes justo ahora no basta, que deseas olvidarte y deshacerte de ello para continuar con algo mejor, un mal momento es pasajero, un mal momento se cura cuando alguien te dice que ya no te verá nunca más porque te incomoda, un mal momento no es una identidad robada, los malos momentos se componen por horas perdidas fácilmente subsanadas por días felices. Lo que yo tengo no es un mal momento, ¡los malos momentos se pueden olvidar en menos de un mes!, ¡en un suspiró!
-Bueno, has tenido una mala semana.
-Dos para ser exactos.
-Dos malas semanas. Pero debes intentar desintoxicarte, entrar en este estado no te ayuda en nada…
-Se deduce que debería relajarte, no alterarte.
-¿Dónde conseguiste la droga?
-Con Ferdinand- Leonard empezó a reír sin parar- pregunta por las rosas, pregunta por ellas.
Carlota suspiró -¿Y las rosas?
-De Orlando, envió rosas, cómo si importara el nombre o el detalle. Sólo las envió como quién manda un regalo pues presiente que no serán despechadas, pues vivimos en un mundo donde los regalos son amados.
-¿Por qué te envió rosas?
-Desea volver, ¡desea volver justo ahora! ¿No ve que no tengo tiempo ni para definirme? Me deseché a la vaciedad del alma porque me dejó, me acosté con todos lo que podía para estar a su nivel de desinterés, lo paradójico fue el ahínco con lo cual lo practiqué, fingir desinterés mediante la completa dedicación hacia el mismo, ¿no te parezco patético?- se soltó del brazo de su hermana y pisoteó las rosas- jamás pasará, jamás daré vuelta atrás. Ni la amistad, ni la cordura, nada, cambié y soy un desastre… por… por…-balbuceaba- por él, cambié por él y ni siquiera le importó.
-Pero si quiere volver es por algo, ¿no te parece? Algún interés debe tener.
-Hacer más daño, ¿volver a los viejos cánones? Qué no me engañe, ¡qué no se engañe!- empezó a llorar cada vez más fuerte, llegando incluso a un berrido.
-¿Aún lo amas?- preguntó Carlota no sin cierto temor.
-No- dijo él sin siquiera pensarlo- en absoluto.
-¿Entonces por qué reaccionas así?
-Me di cuenta que influyó en mí de una manera incontrolable y que no hay vuelta atrás. Cuando estuve con él no me elegí a mí como persona sino cual pareja, perdí mi autonomía, si es que en algún momento la tuve. Y ahora aún sin su presencia, su marca sigue en mí, soy su florero.
-Las personas te marcan, es inevitable, tú también las modificas.
-Pensar que tuve injerencia en la vida de Orlando son puras patrañas- con su cabello despeinado y ya más calmado, Leonard se dirigió al sofá de su sala para poder sentarse en él.
-Los floreros no me gustan, si no les cambias el agua entonces apestan y huelen a florero de cementerio, lo peor de ser un florero, es ser uno de cementerio ¿no te parece?-acotó Carlota con tono ligero.
-Eso del florero del cementerio es otra simbología, algo con la vida y la muerte, de valorar la muerte de una persona con la vida de las flores, es una especie de intercambio donde la muerte siempre termina por ganar.
-Más bien yo lo digo por el olor, soy más sensorial y menos filosófica- le sonrió Carlota a su hermano.
-Sabes que de filósofo no tengo nada.
-Te equivocas. Tienes lo drogado- empezó a reír con mesura- vamos, te acompaño a tu habitación para que te recuestes mientras yo limpio éste desastre.
-Eres un ángel.
-Lo sé, te percatarías que tú también lo eres si no fuera porque te la pasas impregnando de drama todos los días de tu existencia.
Por la mirada que le dirigía su hermana, Leonard se percató que después de muchos años realmente estaba preocupada por él, en ese momento le veía con toda asertividad como su hermano menor, la verdadera inmadurez sin sentido que desemboca en los veintiún años de edad. Jamás se había sentido como algo tan vil y bajo frente a su hermana, pero no tenía otra cara por el momento, eso era lo que él representaba y sería difícil volver al punto de partida. Aquel donde quizá sí existía.
domingo, 11 de abril de 2010
Down to earth
Vestía una playera blanca con cuello en “V” y unos pantalones muy entallados, en conjunto con unas zapatillas deportivas… o quizá no tan deportivas, eran de esa marca que usaban los basquetbolistas pero sin mayor remedio se había comercializado y abierto al público en general para que se disfrutara con fines meramente estéticos, pues funcionales no eran. Alguna vez Leonard estuvo a punto de morir por esos mismos zapatos al caminar en una calle mojada, de hecho había sido así como conoció a Ferdinand, otro gay de la zona, pero de una más cercana y a la vez lejana. Justo ahora cuidaba a su perro y se instalaba en su departamento por un breve fin de semana.
Fumaba un cigarro mientras recordaba su encuentro repentino de hacía un par de días atrás cuando caminaba estilo mis Kitten Braden de “Breakfast on pluto” por las callejuelas más calurosas y paradójicamente húmedas de la ciudad en la que estudiaba, resultó que sus zapatos terminaron por jugarle una mala treta al derraparse y caer “mágicamente” en los brazos de Ferdinand, un chico de veinticinco o veintiocho años de edad, un poco más alto que él y sin ser muy delgado no se podía decir que tuviera señas de sobrepeso… ¿era acaso que tanta educación made in Hollywood estaba dando resultado? Pues aquella escena le pareció en su momento una vil calca de cualquier filme romanticón del momento sólo que con esencia enteramente gay; así, mientras estaba en los brazos de aquel hombre (cuestión de un par de segundos) la mente de Leonard vio toda la secuencia en tercera persona: “El chico gay afeminado camina por la calle algo oscura, húmeda y calurosa; no obstante carece de clase y elegancia y su torpe caminar, en conjunto con sus zapatos algo gastados, le hacen resbalar en un suspiro; sus rizos vuelan sin sentido hacia arriba mientras su humanidad cae con demasiada cordura hacia donde le manda la fuerza de gravedad, y es justo cuando espera que su playera blanca se ensucie con el lamoso pavimento, así como sus jeans bien ajustados terminen por besar el asfalto, un par de brazos algo torneados le sostienen ágilmente rescatándolo de una muerte segura, al menos una muerte segura para su dignidad.
El problema con Ferdinand es que el auge Hollywoodense le había durado no menos de media hora, pues Leonard se enteró que era una especie de diller de drogas, para ser más específico de las ansiadas “tachas”, pasando su referencia fílmica de “Breakfast on pluto” a “Taxy Driver”.
-Si se te ofrece te puedo dar un buen precio.
-Estoy intentando dejar las drogas.
-¿Qué eras, cocainómano?- preguntó Ferdinand con una voz falsamente seductora; Leonard viajaba en el asiento copiloto en el automóvil de aquel chico, quién a juzgar por el modelo no le iba nada mal en el negocio de “repartir” su producto.
-No, eso no se me da, después de ver el trabajo de Teresa Margolles preferí no probarla.
-¿Y esa vieja quién es?- decía Ferdinand con una mano en el volante y la otra inmiscuyéndose en la pierna izquierda de Leonard, quién rió un poco y después le quitó la mano -¿Qué pasa?- reclamó el conductor poniendo ahora ambas manos en el volante- por como caminas podría jurar que te gusta lo mismo que a mí.
-No sabía que los aspirantes a drogadictos camináramos de cierto modo.
-No te hagas pendejo, me refiero a que te gusta la verga.
-Ah, eso- suspiró Leonard- también estoy intentado dejarla- volvió a reír pero ahora su risa se había impregnado de nerviosismo, ¿Qué hacía en aquel automóvil? Si fuera el de antes no le habría dicho más que “gracias” y después huido entre las sombras; el problema es que había anochecido, no tenía lugar donde quedarse y al final tenía que llegar a casa… aunque fuera muerto, y como Ferdinand vivía en la misma ciudad que él sólo que al otro extremo (o eso había dicho) no tenía más remedio y/o tentación que subirse al coche de un extraño, dejar que le hablara de drogas, vergas y…
-Prostitución- dijo Ferdinand, sacando de sus pensamientos a Leonard.
-¿Perdón?
-Que si te gusta la prostitución, ¿alguna vez te has prostituido?
-No, ¿por qué lo preguntas?
-No sé, ahí en la calle traías un aire de diva.
Leonard no sabía si reír histéricamente o sólo nerviosamente.
-¿Eso me hace una puta?
-Ya es noche, alguien como tú no tendría que ir sólo por las calles a esta hora.
-Se me hizo tarde, eso fue todo, además, antes de que evitaras mi tediosa humanidad cayera al suelo, que te lo agradezco, iba a tomar mi autobús, estaba a tiempo.
-Te pudiste dar un buen golpe y quedar inconsciente.
-Bromeas ¿cierto?
-Sí- rió benévolamente el conductor.
-¿Y por qué lo de la prostitución?, ¿además de repartir droga te dedicas a repartir hombres?
-No, sólo era una forma decente de preguntar si estabas disponible.
Leonard entornó los ojos, en la vida creería que algo así le pasaría, ni que tuviera un aire atractivo –Bueno, ni el piloto y mucho menos el copiloto son atractivos- pensó con aire desdeñoso.
-Muy decente de tu parte plantear la pregunta desde la perspectiva de la vendimia por necesidad.
-Sin embargo se nota que tú no tienes esa necesidad.
-Te equivocas, estoy quebrado, sin un centavo, justo ahora estás ayudando a mi economía al llevarme a casa.
-¿Te gustaría pasar un fin de semana conmigo?- Ferdinand le soltó la pregunta sin mayor problema y mucha naturalidad, a lo que después agregó- te pagaría… por pasear a mi perro- después rió alegremente.
-¿Por qué no? Ya va siendo hora de tener en cuenta mi realidad, con los pies es la tierra- suspiró Leonard.
-¿Y cuál es esa?
-Una en donde sólo serviré para pasear perros.
-Bueno, siempre se puede hacer más que eso.
-Lo sé y lo supongo.
Permitió que lo dejara a tres cuadras de su casa. Era peligroso involucrarse con ese tipo de personas, pero cuando el instinto suicida de Leonard se activaba no había quién le detuviera.
Fumaba un cigarro mientras recordaba su encuentro repentino de hacía un par de días atrás cuando caminaba estilo mis Kitten Braden de “Breakfast on pluto” por las callejuelas más calurosas y paradójicamente húmedas de la ciudad en la que estudiaba, resultó que sus zapatos terminaron por jugarle una mala treta al derraparse y caer “mágicamente” en los brazos de Ferdinand, un chico de veinticinco o veintiocho años de edad, un poco más alto que él y sin ser muy delgado no se podía decir que tuviera señas de sobrepeso… ¿era acaso que tanta educación made in Hollywood estaba dando resultado? Pues aquella escena le pareció en su momento una vil calca de cualquier filme romanticón del momento sólo que con esencia enteramente gay; así, mientras estaba en los brazos de aquel hombre (cuestión de un par de segundos) la mente de Leonard vio toda la secuencia en tercera persona: “El chico gay afeminado camina por la calle algo oscura, húmeda y calurosa; no obstante carece de clase y elegancia y su torpe caminar, en conjunto con sus zapatos algo gastados, le hacen resbalar en un suspiro; sus rizos vuelan sin sentido hacia arriba mientras su humanidad cae con demasiada cordura hacia donde le manda la fuerza de gravedad, y es justo cuando espera que su playera blanca se ensucie con el lamoso pavimento, así como sus jeans bien ajustados terminen por besar el asfalto, un par de brazos algo torneados le sostienen ágilmente rescatándolo de una muerte segura, al menos una muerte segura para su dignidad.
El problema con Ferdinand es que el auge Hollywoodense le había durado no menos de media hora, pues Leonard se enteró que era una especie de diller de drogas, para ser más específico de las ansiadas “tachas”, pasando su referencia fílmica de “Breakfast on pluto” a “Taxy Driver”.
-Si se te ofrece te puedo dar un buen precio.
-Estoy intentando dejar las drogas.
-¿Qué eras, cocainómano?- preguntó Ferdinand con una voz falsamente seductora; Leonard viajaba en el asiento copiloto en el automóvil de aquel chico, quién a juzgar por el modelo no le iba nada mal en el negocio de “repartir” su producto.
-No, eso no se me da, después de ver el trabajo de Teresa Margolles preferí no probarla.
-¿Y esa vieja quién es?- decía Ferdinand con una mano en el volante y la otra inmiscuyéndose en la pierna izquierda de Leonard, quién rió un poco y después le quitó la mano -¿Qué pasa?- reclamó el conductor poniendo ahora ambas manos en el volante- por como caminas podría jurar que te gusta lo mismo que a mí.
-No sabía que los aspirantes a drogadictos camináramos de cierto modo.
-No te hagas pendejo, me refiero a que te gusta la verga.
-Ah, eso- suspiró Leonard- también estoy intentado dejarla- volvió a reír pero ahora su risa se había impregnado de nerviosismo, ¿Qué hacía en aquel automóvil? Si fuera el de antes no le habría dicho más que “gracias” y después huido entre las sombras; el problema es que había anochecido, no tenía lugar donde quedarse y al final tenía que llegar a casa… aunque fuera muerto, y como Ferdinand vivía en la misma ciudad que él sólo que al otro extremo (o eso había dicho) no tenía más remedio y/o tentación que subirse al coche de un extraño, dejar que le hablara de drogas, vergas y…
-Prostitución- dijo Ferdinand, sacando de sus pensamientos a Leonard.
-¿Perdón?
-Que si te gusta la prostitución, ¿alguna vez te has prostituido?
-No, ¿por qué lo preguntas?
-No sé, ahí en la calle traías un aire de diva.
Leonard no sabía si reír histéricamente o sólo nerviosamente.
-¿Eso me hace una puta?
-Ya es noche, alguien como tú no tendría que ir sólo por las calles a esta hora.
-Se me hizo tarde, eso fue todo, además, antes de que evitaras mi tediosa humanidad cayera al suelo, que te lo agradezco, iba a tomar mi autobús, estaba a tiempo.
-Te pudiste dar un buen golpe y quedar inconsciente.
-Bromeas ¿cierto?
-Sí- rió benévolamente el conductor.
-¿Y por qué lo de la prostitución?, ¿además de repartir droga te dedicas a repartir hombres?
-No, sólo era una forma decente de preguntar si estabas disponible.
Leonard entornó los ojos, en la vida creería que algo así le pasaría, ni que tuviera un aire atractivo –Bueno, ni el piloto y mucho menos el copiloto son atractivos- pensó con aire desdeñoso.
-Muy decente de tu parte plantear la pregunta desde la perspectiva de la vendimia por necesidad.
-Sin embargo se nota que tú no tienes esa necesidad.
-Te equivocas, estoy quebrado, sin un centavo, justo ahora estás ayudando a mi economía al llevarme a casa.
-¿Te gustaría pasar un fin de semana conmigo?- Ferdinand le soltó la pregunta sin mayor problema y mucha naturalidad, a lo que después agregó- te pagaría… por pasear a mi perro- después rió alegremente.
-¿Por qué no? Ya va siendo hora de tener en cuenta mi realidad, con los pies es la tierra- suspiró Leonard.
-¿Y cuál es esa?
-Una en donde sólo serviré para pasear perros.
-Bueno, siempre se puede hacer más que eso.
-Lo sé y lo supongo.
Permitió que lo dejara a tres cuadras de su casa. Era peligroso involucrarse con ese tipo de personas, pero cuando el instinto suicida de Leonard se activaba no había quién le detuviera.
domingo, 4 de abril de 2010
Leonard y Leonard
-¿Y ahora qué haces?- preguntó Leonard mientras veía a su padre, quién se encontraba al otro lado del escritorio con varios libros sobre distintos tipos de gastronomía: italiana, mexicana, cubana, española, argentina…
-Reviso unos libros para la prueba de mañana.
-No sabía que ahora también evaluaras gastronomía.
-Tampoco lo sabía yo, pero me lo pidieron y estamos en esto- su padre tenía como de costumbre su cigarro encendido en la mano derecha y lo mecía en el aire- viene esta mujer por parte de los directivos y me deja la solicitud en el escritorio como si de un día para otro el nivel cognoscitivo de las personas se ampliara de forma magistral.
-No creo que confiara del todo en tu intelecto, más bien en tu sentido del gusto.
El padre de Leonard, quién también se llamaba Leonard, empezó a reír con un tono adusto por el cansancio.
-Es algo que nos molesta a todos, que nos soliciten por nuestra voracidad y no precisamente por el intelecto.
-La voracidad… la voracidad supongo…- Leonard se quedó pensativo, no tenía ningún comentario chispeante sobre un tema tan sencillo como el sentido del gusto, la voracidad, el intelecto, todas esas cuestiones que aunadas tenían algún sentido para el lenguaje. Se quedó pasmado, habría sido fácil hacer un juego de palabras sobre el apetito orgánico y el intelectual, o quizá la diferencia entre el sentido del gusto así como el “buen gusto”, ya que seguro evaluaría sabor y presentación del platillo, pero su cerebro se quedó congelado; lo único que pudo pensar fue: Malditas drogas.
-Te quedaste sin palabras- su padre volvió a reír pero con mayor alevosía- eso sí que es una novedad.
-Supongo- Leonard se sentó frente al escritorio de su padre y tomó uno de los libros- debo confesarte que siento haber perdido el rumbo…- así lo soltó cual Enola Gay sobre su objetivo, sin embargo su padre sólo afirmó con la garganta, así que continuó- me gustaría recuperar mi departamento, apenas tengo un par de semanas sin él pero me cansa mucho viajar, y el grupo con gente adicta me quita el tiempo, sé es mi culpa por involucrarme en cosas que no convenían pero siento que todos estos cambios no me están ayudando- fue ahí donde su padre despegó la vista de su libro de gastronomía italiana, dejó su colilla en el cenicero y prendió otro cigarro.
-Mira hijo…- se detuvo un por un momento mientras daba la primera bocanada a su cigarro- tienes veintiún años, en teoría puedes hacer lo que te venga en gana y lo sabes, conozco a la gente de tu edad, y no lo digo sólo por decirlo, ni porque crea que eres como los demás, porque sé que no lo eres- sacudió las cenizas en el pequeño recipiente de cristal- pero esos jóvenes de allá no están tan consientes de su situación económica como tú, me refiero a que sabes que no puedes mantenerte a ti mismo, no eres autocrático y presiento te duele; ganas tus centavos por tu cuenta y eso te sirve para salir con tus amigos, hospedarte aquí y allá, eres medio snob- cuando Leonard escuchó que su padre pensaba lo mismo que muchos de sus conocidos, le dio un vuelco el estómago- eso tiene sus ventajas, disfrutas de varias cosas, pero no voy a dejar que te tires a la perdición por no sé qué razón-volvió a succionar su cigarro- lo he notado, estuviste con mala cara durante varios meses, después adelgazaste, tienes algo ahí que no me quieres decir y lo respeto, pero no me pidas que me haga de la vista gorda como los otros padres fingiendo que estás bien, porque no lo estás- se quedó pensativo por unos segundos baste incómodos- eres bueno escondiendo las cosas y yo no quiero ser un padre intrusivo, justo ahora espero haberte enseñado lo que te conviene y lo que no, sin embargo prefiero tenerte cerca por un rato…
-Como si estuviera en observación, cual adolescente.
-Ay hijo, es que cuando eras adolescente te comportabas de una forma más madura de lo que ahora nos muestras a tu madre y a mí.
-Me habría gustado hacer las cosas mal en ese entonces.
-No es tu estilo- le sonrió su padre- pero parece que quieres hacerlo mal justo ahora.
-Quizá no lo intento, sólo me salen mal.
-Ese es un punto interesante que seguramente no querrás discutir justo ahora ¿o sí?
-La verdad es que no, sólo quiero mi vida anterior de vuelta- Leonard se levantó de su asiento.
-La verdad es que yo también quiero a mi Lenny de regreso, ¿pero qué le puedo hacer?- su padre sonrió con un aire de melancolía y se volvió a sumergirse en sus libros sobre gastronomía del mundo.
-Me invitaron a salir todo el fin de semana entrante.
-Adelante, sólo intenta no hacer las cosas tan mal y llegar a la hora que dices vas a llegar.
Leonard se preparó para un fin de semana aparentemente "vacacional"
-Reviso unos libros para la prueba de mañana.
-No sabía que ahora también evaluaras gastronomía.
-Tampoco lo sabía yo, pero me lo pidieron y estamos en esto- su padre tenía como de costumbre su cigarro encendido en la mano derecha y lo mecía en el aire- viene esta mujer por parte de los directivos y me deja la solicitud en el escritorio como si de un día para otro el nivel cognoscitivo de las personas se ampliara de forma magistral.
-No creo que confiara del todo en tu intelecto, más bien en tu sentido del gusto.
El padre de Leonard, quién también se llamaba Leonard, empezó a reír con un tono adusto por el cansancio.
-Es algo que nos molesta a todos, que nos soliciten por nuestra voracidad y no precisamente por el intelecto.
-La voracidad… la voracidad supongo…- Leonard se quedó pensativo, no tenía ningún comentario chispeante sobre un tema tan sencillo como el sentido del gusto, la voracidad, el intelecto, todas esas cuestiones que aunadas tenían algún sentido para el lenguaje. Se quedó pasmado, habría sido fácil hacer un juego de palabras sobre el apetito orgánico y el intelectual, o quizá la diferencia entre el sentido del gusto así como el “buen gusto”, ya que seguro evaluaría sabor y presentación del platillo, pero su cerebro se quedó congelado; lo único que pudo pensar fue: Malditas drogas.
-Te quedaste sin palabras- su padre volvió a reír pero con mayor alevosía- eso sí que es una novedad.
-Supongo- Leonard se sentó frente al escritorio de su padre y tomó uno de los libros- debo confesarte que siento haber perdido el rumbo…- así lo soltó cual Enola Gay sobre su objetivo, sin embargo su padre sólo afirmó con la garganta, así que continuó- me gustaría recuperar mi departamento, apenas tengo un par de semanas sin él pero me cansa mucho viajar, y el grupo con gente adicta me quita el tiempo, sé es mi culpa por involucrarme en cosas que no convenían pero siento que todos estos cambios no me están ayudando- fue ahí donde su padre despegó la vista de su libro de gastronomía italiana, dejó su colilla en el cenicero y prendió otro cigarro.
-Mira hijo…- se detuvo un por un momento mientras daba la primera bocanada a su cigarro- tienes veintiún años, en teoría puedes hacer lo que te venga en gana y lo sabes, conozco a la gente de tu edad, y no lo digo sólo por decirlo, ni porque crea que eres como los demás, porque sé que no lo eres- sacudió las cenizas en el pequeño recipiente de cristal- pero esos jóvenes de allá no están tan consientes de su situación económica como tú, me refiero a que sabes que no puedes mantenerte a ti mismo, no eres autocrático y presiento te duele; ganas tus centavos por tu cuenta y eso te sirve para salir con tus amigos, hospedarte aquí y allá, eres medio snob- cuando Leonard escuchó que su padre pensaba lo mismo que muchos de sus conocidos, le dio un vuelco el estómago- eso tiene sus ventajas, disfrutas de varias cosas, pero no voy a dejar que te tires a la perdición por no sé qué razón-volvió a succionar su cigarro- lo he notado, estuviste con mala cara durante varios meses, después adelgazaste, tienes algo ahí que no me quieres decir y lo respeto, pero no me pidas que me haga de la vista gorda como los otros padres fingiendo que estás bien, porque no lo estás- se quedó pensativo por unos segundos baste incómodos- eres bueno escondiendo las cosas y yo no quiero ser un padre intrusivo, justo ahora espero haberte enseñado lo que te conviene y lo que no, sin embargo prefiero tenerte cerca por un rato…
-Como si estuviera en observación, cual adolescente.
-Ay hijo, es que cuando eras adolescente te comportabas de una forma más madura de lo que ahora nos muestras a tu madre y a mí.
-Me habría gustado hacer las cosas mal en ese entonces.
-No es tu estilo- le sonrió su padre- pero parece que quieres hacerlo mal justo ahora.
-Quizá no lo intento, sólo me salen mal.
-Ese es un punto interesante que seguramente no querrás discutir justo ahora ¿o sí?
-La verdad es que no, sólo quiero mi vida anterior de vuelta- Leonard se levantó de su asiento.
-La verdad es que yo también quiero a mi Lenny de regreso, ¿pero qué le puedo hacer?- su padre sonrió con un aire de melancolía y se volvió a sumergirse en sus libros sobre gastronomía del mundo.
-Me invitaron a salir todo el fin de semana entrante.
-Adelante, sólo intenta no hacer las cosas tan mal y llegar a la hora que dices vas a llegar.
Leonard se preparó para un fin de semana aparentemente "vacacional"
viernes, 2 de abril de 2010
Tortuosa satisfacción
Por más que lo deseaba no podía concentrarse, mientras intentaba escribir o leer, los pensamientos de cualquier índole le venían a la cabeza para taladrarle las neuronas, Caetano Veloso cantaba “Vuelvo al Sur” y eso le ponía algo melancólico, mucho más de lo normal. Otras vacaciones se postraban ante sus ojos, y aunque dos efímeras semanas se planteaban cual señal aparentemente esperanzadora, Leonard prefería pensar que el tiempo pasaría, evaporándose entre las ideas de Buñuel, Beauvoir, Careri, Shakespeare y Hammettm, esos autores que estaría revisando en sus pequeños lapsos de lectura… sin embargo seguía en lo mismo: No quería pensar.
Recordaba que poco tiempo atrás (quizá siete meses atrás) entró a la bañera con un solo pensamiento: “Ya no tengo las mismas cavilaciones de antes, me he vuelto enteramente banal”, después había caído en un lapso poco apremiante entre la colisión de pensamientos y acciones tortuosas, no tenía otra palabra, “tortuoso”, de ahí nacieron varios pensamientos que le dejaron sin descanso por semanas que pasaron a ser meses y después más de medio año con las mismas ideas en la cabeza. Pero ahora estaba libre de toda colisión efectista aparentemente metafísica e intelectualoide, estaba algo tranquilo en aquella zona de conford y al cerrar su volumen de “Como gustéis” encendió un cigarro para asomarse por la ventana de su habitación de aquella casa en la cual se sentía un poco cautivo.
Seguía sin querer sobar demasiado las neuronas, pero recordaba que aquella noche en la que había vomitado a raudales y su mente se había entrometido en los espacios más viciados del conocimiento, había despertado en la cama de un hombre cuyo nombre no recordaba, tenía la cara de Travis Barker pero sin tantos tatuajes, que le sonrió cuando recobró los cinco sentidos, que quizá o habían tenido sexo o lo había tomado de juguete sexual, el punto es que intentaba recordar antes de su ligera conversación:
-Despertaste- dijo el chico Travis.
-Ya lo creo…- Leonard entrecerró los ojos como quién intenta reconocer a alguien.
-¿No me recuerdas?
-No… Travis...- Leonard echó una carcajada adolorida al aire- me duele la cabeza.
-Bebiste mucho, vomitaste mucho, pero después de eso te sientes mejor- el chico estilo Travis sonrió- ¿por qué Travis?
-blink-182, ¿el baterista?
-¿Por el peinado que tenía ayer?- entonces el chico hizo una seña hacia su cabello, el cual estaba peinado como un mohicano, sin ser realmente uno, lo que le hizo suponer a Leonard que la noche anterior era un auténtico mohicano.
-No recuerdo ni cómo estabas peinado ayer.
-Ni mi nombre.
-Ni como llegué aquí…- Leonard sólo pudo sonreír torpemente- pero no es muy justo ni auténtico que te llame Travis, él suele llevar gorra- fue entonces cuando el chico rubio salió de la habitación por un momento.
Leonard apreció que el lugar tenía un aspecto rústico, demasiado para un chico estilo blink-182, la habitación era sencilla más tenía un aire de hotel colonial, con muebles de madera, zapatos lindos tirados por aquí y allá, playeras desmangadas con miles a agujeros, cinturones con estoperoles para cinturas muy delgadas, así como un par de bocinas, una laptop, un cañón para proyectar y una torre de películas en el buró. Justo se enderezaba cuando regresó el chico.
-Aquí está- se puso una gorra roja- ¿ahora sí?
-¿Estás drogado?
-No, ¿quieres que lo estemos?- preguntó aquel chico con tono jovial y algo inocente.
-¿Qué edad tienes?, ¿doce?- dijo Leonard con descaro y mucha crueldad- mira nada más, estoy hecho una mierda, no sé ni cómo llegué aquí y quieres drogarte, hombre ¿pero qué te pasa?
-¿A mí? Tú eres el perdido, yo vivo aquí.
-Touché- Leonard volvió a reír histéricamente- mejor cierro mi bocota y doy gracias de que no vendieras mis órganos o algo así.
-De algo te han de servir ahí adentro- el chico se encogió de hombros- por cierto, tengo treinta años… ¿quieres ir a comer o algo así?
-¿Qué hora es?
-Las dos de la tarde.
-Joder- susurró Leonard- JODER- gritó- ¡JODER!- dramatizó- se deduce que estoy en observación, debí llegar a mi casa hace cuatro horas. También tengo grupo de… bueno, grupo de algo.
-¿Quieres que te lleve?
-No vivo en la ciudad, debo tomar un autobús, pero antes acomodar mi cabello para no lucir como puta de Park Avenue.
-Viví en Nueva York, no pareces una de ellas.
-Tienes una respuesta para todo ¿eh?- Leonard se ponía los zapatos e intentaba arreglar su cabello en el espejo de la habitación cuando preguntó por el baño e ingresó a él- no es que tenga problemas con el alcohol, sencillamente no se me da el ingerirlo en grandes cantidades, espero no haber vomitado sobre ti.
-No lo hiciste.
-Bien, eso me llena de orgullo, yuju- salió del baño y entro a la estancia principal, la cual comprendía un pequeño comedor de madera así como unos sillones de gusto exquisito.
-Aquí está- el chico le dio su pequeño bolso café.
-Gracias- Leonard lo tomó con total encanto, después de todo aquel chico no era ni por asomo feo, tenía esa gran característica que tanto le atraía: era delgadísimo, y por si fuera poco no había sido un insolente en ningún aspecto. Era verdad que no recordaba nada de la noche anterior, existía la posibilidad de que lo hubiera tomado de muñeco inflable sexual, pero no tenía tiempo para investigarlo; más allá del exceso de alcohol no sentía que ninguna otra parte de su cuerpo se encontrara ultrajada, violado no se sentía- aunque nunca he sido violado, no tengo punto de comparación- pensaba mientras salía del apartamento de aquel chico con esperanzas de no tener “grandes consecuencias” en casa.
Recordaba que poco tiempo atrás (quizá siete meses atrás) entró a la bañera con un solo pensamiento: “Ya no tengo las mismas cavilaciones de antes, me he vuelto enteramente banal”, después había caído en un lapso poco apremiante entre la colisión de pensamientos y acciones tortuosas, no tenía otra palabra, “tortuoso”, de ahí nacieron varios pensamientos que le dejaron sin descanso por semanas que pasaron a ser meses y después más de medio año con las mismas ideas en la cabeza. Pero ahora estaba libre de toda colisión efectista aparentemente metafísica e intelectualoide, estaba algo tranquilo en aquella zona de conford y al cerrar su volumen de “Como gustéis” encendió un cigarro para asomarse por la ventana de su habitación de aquella casa en la cual se sentía un poco cautivo.
Seguía sin querer sobar demasiado las neuronas, pero recordaba que aquella noche en la que había vomitado a raudales y su mente se había entrometido en los espacios más viciados del conocimiento, había despertado en la cama de un hombre cuyo nombre no recordaba, tenía la cara de Travis Barker pero sin tantos tatuajes, que le sonrió cuando recobró los cinco sentidos, que quizá o habían tenido sexo o lo había tomado de juguete sexual, el punto es que intentaba recordar antes de su ligera conversación:
-Despertaste- dijo el chico Travis.
-Ya lo creo…- Leonard entrecerró los ojos como quién intenta reconocer a alguien.
-¿No me recuerdas?
-No… Travis...- Leonard echó una carcajada adolorida al aire- me duele la cabeza.
-Bebiste mucho, vomitaste mucho, pero después de eso te sientes mejor- el chico estilo Travis sonrió- ¿por qué Travis?
-blink-182, ¿el baterista?
-¿Por el peinado que tenía ayer?- entonces el chico hizo una seña hacia su cabello, el cual estaba peinado como un mohicano, sin ser realmente uno, lo que le hizo suponer a Leonard que la noche anterior era un auténtico mohicano.
-No recuerdo ni cómo estabas peinado ayer.
-Ni mi nombre.
-Ni como llegué aquí…- Leonard sólo pudo sonreír torpemente- pero no es muy justo ni auténtico que te llame Travis, él suele llevar gorra- fue entonces cuando el chico rubio salió de la habitación por un momento.
Leonard apreció que el lugar tenía un aspecto rústico, demasiado para un chico estilo blink-182, la habitación era sencilla más tenía un aire de hotel colonial, con muebles de madera, zapatos lindos tirados por aquí y allá, playeras desmangadas con miles a agujeros, cinturones con estoperoles para cinturas muy delgadas, así como un par de bocinas, una laptop, un cañón para proyectar y una torre de películas en el buró. Justo se enderezaba cuando regresó el chico.
-Aquí está- se puso una gorra roja- ¿ahora sí?
-¿Estás drogado?
-No, ¿quieres que lo estemos?- preguntó aquel chico con tono jovial y algo inocente.
-¿Qué edad tienes?, ¿doce?- dijo Leonard con descaro y mucha crueldad- mira nada más, estoy hecho una mierda, no sé ni cómo llegué aquí y quieres drogarte, hombre ¿pero qué te pasa?
-¿A mí? Tú eres el perdido, yo vivo aquí.
-Touché- Leonard volvió a reír histéricamente- mejor cierro mi bocota y doy gracias de que no vendieras mis órganos o algo así.
-De algo te han de servir ahí adentro- el chico se encogió de hombros- por cierto, tengo treinta años… ¿quieres ir a comer o algo así?
-¿Qué hora es?
-Las dos de la tarde.
-Joder- susurró Leonard- JODER- gritó- ¡JODER!- dramatizó- se deduce que estoy en observación, debí llegar a mi casa hace cuatro horas. También tengo grupo de… bueno, grupo de algo.
-¿Quieres que te lleve?
-No vivo en la ciudad, debo tomar un autobús, pero antes acomodar mi cabello para no lucir como puta de Park Avenue.
-Viví en Nueva York, no pareces una de ellas.
-Tienes una respuesta para todo ¿eh?- Leonard se ponía los zapatos e intentaba arreglar su cabello en el espejo de la habitación cuando preguntó por el baño e ingresó a él- no es que tenga problemas con el alcohol, sencillamente no se me da el ingerirlo en grandes cantidades, espero no haber vomitado sobre ti.
-No lo hiciste.
-Bien, eso me llena de orgullo, yuju- salió del baño y entro a la estancia principal, la cual comprendía un pequeño comedor de madera así como unos sillones de gusto exquisito.
-Aquí está- el chico le dio su pequeño bolso café.
-Gracias- Leonard lo tomó con total encanto, después de todo aquel chico no era ni por asomo feo, tenía esa gran característica que tanto le atraía: era delgadísimo, y por si fuera poco no había sido un insolente en ningún aspecto. Era verdad que no recordaba nada de la noche anterior, existía la posibilidad de que lo hubiera tomado de muñeco inflable sexual, pero no tenía tiempo para investigarlo; más allá del exceso de alcohol no sentía que ninguna otra parte de su cuerpo se encontrara ultrajada, violado no se sentía- aunque nunca he sido violado, no tengo punto de comparación- pensaba mientras salía del apartamento de aquel chico con esperanzas de no tener “grandes consecuencias” en casa.
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