Ni usando los dedos de sus manos y los de sus pies podía contar las desgracias que ahora veía Leonard a su alrededor, quizá el drogarse no le ausentaba del mundo, quizá le daba clarividencia, quizá después de regresar de tal zona de confort lo único que existía era dolor, pero no uno propio, sino más bien ajeno, ya que Leonard se encontraba feliz como en pocas etapas dentro de los últimos meses, sin embargo si no le ponía un freno a su empatía entonces terminaría por decaer.
Él que había estado a punto de matarse, coqueteando con la idea cada día, ahora se daba cuenta que alejándose de tal puerperio existencial la vida ajena parecía mucho más pesada de lo usual.
En el escaso tiempo de un mes había visto más de cinco parejas amorosas de sus amigos íntimos entrar en crisis y colapsar, también presenció cómo dos personas muy cercanas a él se quedaron sin casa en menos de 24 horas (a una de ellas le derrumbaron el edificio), otro quinteto de amigos resultaban tener problemas con sus ex amores, una amistad de antaño tenía cáncer, otra más problemas depresivos tan similares a los suyos que temía se suicidara en cualquier momento, mientras el resto de la sociedad estudiantil danzaba y zapateaba en pro de algunos problemas políticos que a él poco le importaban, ¿era acaso que sentía ser un egocéntrico al pensar sólo en su felicidad y tranquilidad? No quería ponerse triste por todo lo que le rodeaba en tal manera con tanta proximidad, pues aunque siempre consiente de la devastación mundial, algunas cosas le rompían el corazón por la cercanía con la cual se presentaban… ¿qué tenía que hacer? Los diálogos se presentaban frente a él… pero ¿qué podía hacer Leonard?, ¿cómo dar ánimo?
“¿Qué puedo hacer Leo, si ya no le intereso?”
“¿Cómo ves Leo?, tengo cáncer, ¿no es irónico?”
“Ya tengo donde vivir, no Leo, ya sé que ahora ni tú tienes departamento, no te preocupes”
“Pues si sabía cómo soy yo ¿por qué se metió conmigo? Yo no quería lastimar a nadie… tampoco pretendía ser lastimado”
“No tengo ganas de levantarme de la cama, tengo miedo, no sé si podré despertar mañana”
Diálogo tras diálogo, letra por letra le envolvían cada vez más en las horas nocturnas. Lo único que les podía brindar era un buen rato, hacerlos reír, un poco como si fuera alguna especie de torpe cortesana agitando el abanico frente a ellos, hasta ahí, nada más, no tenía más que darle que su presencia así como los torpes comentarios… pero cada vez se hacía más difícil.
-Soy un egocéntrico por no saber qué hacer… no es un “pobre de ellos”, todo esto suena a un “pobre de mí”, “pobre de mí que no puedo hacer nada”, eso sí que es ser un egocéntrico- pesaba sentado en una banca del centro en aquella ciudad de provincia, acababa de ver a su amiga quién le dijo de frente “Tengo cáncer” y después remató con un “Es irónico ¿no?”, la cosa es que no sólo tenía cáncer sino también estaba embarazada, todo era una encrucijada, las variantes eran poco alentadoras. Podía morir antes del parto, podía morir en el parto, podía sobrevivir pero el bebé nacería mal, podía ni siquiera nacer el bebé –cáncer en la sangre- seguía pensando Leonard con la mirada perdida.
-No tienes opción, no puedes preocuparte por todo- le decía Viviana en la fila de espera para ingresar a uno de tantos centros nocturnos de aquella ciudad provinciana.
-Ya Leo, a la mierda esas personitas tontas con sus relaciones, el problema es que les gusta tomarte de trapito lagrimero- le comentó Igraine con su típico tono mordaz.
-Bueno chicas, si lo dice es porque así es Leo- terminó por cerrar el círculo Morgause.
-Mamadas, mamadas- gritoneó Igraine con un tonito histérico pero sumamente divertido- estamos aquí para disfrutar, a mí me gusta bailar, a ti te gusta bailar, a ti también, a él también- dijo y señaló uno tras otro de sus acompañantes.
-Me siento un poco…
-¿Impotente?- le interrumpió Morgause con todo el tacto que poseía.
-No, más bien culpable, me refiero a que todos ellos sufriendo, yo acá gozando, no parece justo.
Viviana empezó a reír cuando Leonard terminó su enunciado.
-Mira Leo, como si no hubieras sufrido ya suficiente, como si todos los de aquí hemos sufrido más de lo que deberíamos soportar, pero igual lo hacemos, sobrevivimos y justo ahora gozamos.
Entraron al antro “Discoteca tiene un aire más ochentero” le había dicho Morgause. Sus amigas parecían muy interesadas en la “recuperación” (si es que así se le podía llamar a su entrada y salida de las drogas y el amor como una droga) a tal grado que le acompañaban a los antros gay en la zona. Viviana era toda una dirigente, Morgause la excelente mediadora mientras Igraine era la fabulosa incitadora, las tres heterosexuales… quizá sólo dos, pero eso poco importaba.
-Te ves fabulosa Morg.
-Igual no importa, las chicas no venimos a buscar nada- festejaba Igreine con una copa en mano y con la música en pleno volumen.
-Sólo recuerden que mañana tenemos trabajo que hacer- aleccionó Morgause.
-Oh tonterías…-apenas decía Leonard cuando un hombre rubio, alto se acercó y le ofreció un trago. Leonard sólo rió en voz alta y meneó la cabeza en forma negativa.
-¿Acabas de despreciar a un perfecto extranjero con Lady Gaga de fondo?- le reprimió Viviana mientras efectivamente la Gaga decía po-po-poker face, po-po-poker face- ve por él.
-Ya tuve suficiente con los extranjeros ¿recuerdan a Nick? Además, siempre terminan por irse, es como ponerle caducidad a la relación.
-Por el noviazgo no te preocupes, llega solo y solo se va, pero ni digas nada que el Nick no te interesaba- dijo Igraine mientras el remix de Gaga decía “mamamamama”.
-Tienes razón, no me interesa, pero por mí todos los extranjeros se pueden ir al fondo del océano- gritó Leonard a todo pulmón, sobrepasando ligeramente el sonido de la música, al menos para aquellos que estaban realmente cerca, así tomó su vodka y lo ingirió.
Se embriagó. Ya le había dicho Steve que no tomara vodka en coctel, al menos uno que tuviera dulce… y su vodka sí que tenía jugo de cualquier índole, pero era dulce. Y mientras sacudía su melena junto con su trío de amigas no pudo resistir la necesidad de ir a vomitar a los baños.
-Morg, estoy muy ebrio… muy, muy ebrio, ¿puedes llevarme al baño?
-Sí Leo, toma mi mano.
-Mejor tomo tu hombro- Leonard empezó a reír histéricamente- ¿Qué pasa conmigo? ¿Es que no puedo vivir sin recurrir a cualquier método de disociación?- decía ya en el baño aparentemente unisex.
-No pienses en eso Leo- Morgause se notaba algo preocupada.
-Estoy bien, ya deja ese tono- decía entre los intervalos del vómito- sólo que no sé qué hacer con la gente… ¿sólo escucharla?... ¿qué facilón?
-Ay, ay, eh, Leo, mejor vomita y luego hablas.
-Que estoy bien carajo- ya estaba por dar las últimas bocanas de vómito etílico- quiero hacer algo más que drogarme, tomar alcohol y salir a dar el roll… quiero hacer algo productivo- fue ahí donde empezó a llorar.
-¿Ya terminaste?- preguntó Morgause por mera cortesía, pues en ese mismo momento lo sacaba del baño para poderlo limpiar frente al espejo.
-Que estoy bien- Leonard eructó- ¿sabes? Yo era inteligente y elegante- decía mientras se acomodaba el cabello- sabía el rumbo de mi vida, y entonces vengo a meterme en esta facultad de mierda y me cambia todo el estatuto de vida, todo es subjetivo, nada es lineal.
-Si estás ebrio nada va a ser lineal Leo, ay ni ebrio dejas de pensar tanto.
-No es que piense- volvió a sollozar- pero… pero… estoy perdiendo todo de mí, yo no era así, yo era inteligente y elegante, ahora no tengo identidad, no tengo rumbo, no soy nada, no soy nada, ¡NO SOY NADA!- gritoneaba algo histérico ganándose la mirada de indiferencia de sus compañeros de baño.
-Leo, sigues siendo inteligente y elegante, sales de baño y lo primero que haces es acomodarte el cabello.
-Eso es ser algo vanidoso ¿no?
-Sí, ahora eres más vanidoso que antes, pero eso no tiene nada de malo.
-Nadie me nota. No me importa, prefiero que no noten que cambié.
-Eso sería imposible Leo.
-Pobre gente, se quedaron si casa, no tienen pareja, no tienen nada, no tendrá a su hijo, no tiene nada.
-No puedes hacer nada al respecto.
-Al menos podría no estar ebrio- volvió a sentir la necesidad de vomitar, sin embargo se sentía algo dichoso, aquella sensación no era por su exceso de nerviosismo o ansiedad, tampoco porque estuviera deprimido, si vomitaba era por una cuestión orgánica, mucho alcohol que pedía salir sin más, las emociones eran un aderezo de la situación, no el evento en sí.
-Pero entonces si sigo siendo inteligente y elegante ¿por qué me engañó Orlando?, ¿por qué se fue con Edgard? Es porque Edgard es más inteligente y elegante ¿verdad?
-Es porque Orlando no cree en la monogamia y Edgard tampoco, eso y que seguro Orlando sintió no estar a tu nivel y por eso se fue con Edgard, quién a pesar de toda su elegancia e inteligencia no es tan… tan… tan…- balbuceaba Morgause.
-No digas más, Edgard es inteligente y elegante, mucho más que yo, Orlando nunca me amó y por eso fue infiel y yo estoy aquí queriendo olvidar que mucha más gente tiene problemas más grandes que los míos, cuestiones más difíciles que superar mientras me bamboleo como un flâneur por la ciudad de noche, de día, en la tarde, de un lado, del otro, arriba y abajo… Morg… ahora regreso, tengo que vomitar.
Después de eso la noche le fue enteramente borrosa a Leonard.
sábado, 27 de marzo de 2010
lunes, 15 de marzo de 2010
Madame Du Barry, mi reino por un poco de educación
Presenciando la obra de Jane Plaidy (esa escritora que tenía los mil y un seudónimos) Leonard entendió que la mujer no perdía el tiempo en lalaleos insufribles, ella iba al punto, delineaba sus personajes con formas un poco esquemáticas pero plausibles. Justo ahora estaba con una de sus cortesanas favoritas, de las amantes de punta y prostitutas de corazón: Madame Du Barry.
Ocasionalmente así se sentía Leonard, como una vil puta que ha conseguido una posición “respetable” por mera prostitución. No era como otros alumnos de la facultad cuyo intelecto era innato, que eran brillantes o guardaban silencio porque el conocimiento era suyo, se les veía en los ojos, se pavoneaban por los pasillos engalanados con un gusto exquisito al vestir; cuando hablaban (si es que lo hacían) pronunciaban las palabras correctas al momento indicado, posteriormente continuaban con sus actividades diarias, ya fuera escribir, leer, pintar, dibujar, esculpir, tocar algún instrumento o quedarse a contemplar el vacío, ellos eran como Madame de Pompadour: toda elegancia remitida en un estuche corporal bien acompasado; mecenas del arte, patrocinadores de grandes emociones así como cuidadosos de sus expresiones, en una palabra eran sublimes, mientras Leonard caía en el abismo de la puta, una bonita puta ornamentada, la diferencia entre una Pompadour y una Du Barry era el mundo.
¿Pero por qué Luis XV tenía tanto placer en una mujer como Du Barry? –La respuesta es sencilla- pensaba Leonard, quién se pavoneaba de su salón de clases al prado para poder leer un poco- Pompadour era elegante y tenía toda la teoría, conocía mundo, claro que sí, pero por otro lado no salía de lo burgués y aristócrata, su sistema social era muy reducido, el esquema mental también podía serlo y… el sexual aún más. Todas las mujeres con las que se acostaba Luis XV eran pobres gatas cortesanas, mosquitas muertas o mujeres de gran talante, tan grande el talante como su inexperiencia, por otro lado la querida Jeanne du Barry había sido educada desde muy joven para ser una prostituta, sabía el arte de la seducción y satisfacción, ese arte tan griego que proviene del “bien hacer”, lo “bien hecho”, y algo tan bien bordado no puede ser despechado aún por la realeza. En efecto Jeanne daba placer a Luis en cantidades que otras mujeres jamás podían siquiera haber imaginado- Leonard se detuvo, empezó a reír un poco y después se recostó en el pasto.
-La idea de ser como ella me llena tanto de alegría como decepción. Aunque siempre tachada de pérfida, impía y malvada, ella sólo pensaba en sobrevivir, y al final todo se reducía al amor que le tenía a Luis. No por mero azar le cuidó aún sabiendo que él moriría, no por mero compromiso profirió “¿Por qué no todos podemos ser amigos?” y con el decoro apropiado logró doblegar a la gran delfina de Francia, María Antonieta, cuando la muchachilla le dijo: “Hoy tenemos mucha gente en Versalles”. No cabe duda que tenía poder... pero ¿educación? – al unísono del pensamiento escuchó unos metros atrás a un joven con un violín, francamente ataviado con buen “gusto”, dedicado pero no con ferviente entusiasmo, su música denotaba alguna fuerza entrópica, desajustaba al entorno para posteriormente reacomodarlo a su disposición. Leonard se sintió atrapado ante tal encanto. Le pareció curiosa la fuerza paradójicamente implosiva que se veía reflejada en los ojos del chico, pues aunque la música moldeaba la disposición del espacio, era la cara de aquel muchacho la imagen de una expresión controlada, sabía lo que hacía, el mundo danzaba si así lo deseaba, después inclinó la cabeza y Leonard perdió los ojos del joven, tenía sombrero y lo perdió –Ahí una Montespan, ahí una Maintenon, ahí una Pompadour, aquí una Du Barry, lejos, muy lejos del intelecto y la verdadera habilidad, aquí una puta sin saber, allá la belleza con habilidad e intelecto. Si todo es contextual no me queda más que envidiar su posición, su vida, su formación, yo aquí debo luchar con argucia para obtener un poco de reconocimiento, mientras allá es inherente, allá el genio les pertenece, aquí ni la dedicación me favorece, puedo seguir engañándome con tantas lecturas, con tantos sermones, puedo creer que llegaré lejos, pero nada queda, nada más que el mismo final. Mientras María Antonieta alzaba el cuello alto, muy en alto para ser decapitada, Jeanne berreaba y chillaba por su vida, se negaba a morir sin el mayor decoro; la vida puede ser poco agraciada y al momento de su partida debe darse con cadencia y algo de orgullo, no como una acción de defensa inicua sustentada en el temor. Yo soy Jeanne du Barry que no sabe nada más allá de una breve observación mundana sobre el entorno, él que bien toca y se controla es el ápice de la realeza, la educación y lo inalcanzable, eso le fue dado por ¿el destino?
Se odió un poco. No realmente por carecer de una buena posición social, sino por carecer de esa chispa que tenía el entorno de aquella facultad de artes. Todas esas personas tan similares al chico violinista que parecían tenerlo todo bien controlado, meciéndose pacíficamente al compás del instrumento, trotando en el aire con notas armoniosas… ¿y él? ¡Pero ni sabía escribir bien!, ¡ni una publicación seria!, nada más allá de un producto post prostitución de mamelucos intelectuales. Él era Madame du Barry, esa mujer con el mono y el mal gusto, carente de educación pero con mucho carisma, pidiendo ser amigos pero sin ser respetado por su intelecto, carente de todo lo inherente, torpe por dentro, aceptable por fuera, apenas sustentable entre tanta “educación”, dentro de una cultura, era un mundano por conocer ciertos tipos de mundos, desde lo alto hasta lo bajo, podía tener más experiencias que la Pompadour, la Maintenon y la Montespan juntas, pero eso no se refería a ser experiencias agradables o de las cuales tendría que enorgullecerse, recordó a los hombres que conocía, hombres de su edad (o ligeramente más grandes), los que sus abuelos eran fundadores del teatro en el país, de los que habían tenido una relación con tal o cual director de cine, los que escribían guiones con la mano en la cintura, los que viajaban sin problema, dirigían museos, tocaban en conciertos, organizaban fiestas, escribían libros, poemas, ensayistas de pluma punzante, programadores de web dedicados e intelectuales, todo eso que él deseaba y no podía, que quería y no alcanzaría.
-Eh Leo. Otra vez tan pensativo, por eso no avanzas en tu lectura- dijo Trish sentándose a su lado- ¿estás bien?
-Sí, gracias por preguntar. Lo cual es ligeramente milagroso.
-Ya wey, uno intenta ser educado y me bateas.
-No pido que seas educado, pero gracias por serlo delante de mí.
-Que te conste que sólo por ti. Tengo que tenerte paciencia con tus charlas letárgicas.
Leonard rió un poco –Eso fue poco educado, pero no importa.
-Y dale, no lo logro ¿verdad?, ¿ya escuchaste al tipo de allá atrás? Lo hace bien.
-Creo que sí, no puedo opinar más allá de mi oído amateur, neófito y todo eso.
-Yo estudié música pero después lo dejé.
-¿Qué tocabas?
-El piano- dijo Trish con desinterés.
-¿Por qué lo dejaste?- Leonard no pudo evitar el alterarse un poco.
-No me llenaba, tuve que dejarlo.
- Qué penoso.
-Un drama para recordar, dirías tú, no importa, mejor dime ¿en qué pensabas?
-En Madame du Barry.
-¿Por el libro?- Trish le quitó el libro de las manos a Leonard- pensé que habías dicho adiós a los dramas sobre cortes francesas, inglesas, burguesas, españolas y de señoronas- abrió el libro para leer algunos diálogos- Pero ve qué diálogos tan más sosos, la Jeanne diciendo “Eso significa que vamos a ser buenas amigas, nosotras dos”, ¡bla! –cerró el libro y se lo devolvió a su amigo.
-Pensaba que quizá soy un poco como ella, un poco soso, un poco carismático, algo puta.
-Deliciosamente cochinón, eso quiere decir que puedes dar mamadas como ninguna otra.
-No lo había visto de ese modo.
-Es que ves las cosas sanas, así que no eres tan puta, pero eso de dar mamadas nadie debe quitártelo, como dice esa escritora tuya “Una cosa es la teoría y otra más la práctica”.
Leonard sólo sonrió, le brindó a Trish esa sonrisa que sus amigos reconocían, la cual decía: “Gracias por intentarlo, pero no lo creo del todo”.
-Ya pues wey, vamos a la clase sobre lo queer, no querrás perderte las visitas inesperadas.
Leonard se sonrojó- Supongo que no.
-Aún te sonrojas por nada, lo que significa que no eres una verdadera puta, así que tranquilícese señor.
-Me gustaría tener más decoro, más clase y elegancia.
-¡Ser más snob!- Trish sacó una carcajada- no te vendría bien, por el momento vamos por buen camino, guarda tu libro, sacaremos la puta que llevas dentro.
Trish se levantó y ayudó a Leonard en el acto, después los amigos caminaron hacia su salón.
Ocasionalmente así se sentía Leonard, como una vil puta que ha conseguido una posición “respetable” por mera prostitución. No era como otros alumnos de la facultad cuyo intelecto era innato, que eran brillantes o guardaban silencio porque el conocimiento era suyo, se les veía en los ojos, se pavoneaban por los pasillos engalanados con un gusto exquisito al vestir; cuando hablaban (si es que lo hacían) pronunciaban las palabras correctas al momento indicado, posteriormente continuaban con sus actividades diarias, ya fuera escribir, leer, pintar, dibujar, esculpir, tocar algún instrumento o quedarse a contemplar el vacío, ellos eran como Madame de Pompadour: toda elegancia remitida en un estuche corporal bien acompasado; mecenas del arte, patrocinadores de grandes emociones así como cuidadosos de sus expresiones, en una palabra eran sublimes, mientras Leonard caía en el abismo de la puta, una bonita puta ornamentada, la diferencia entre una Pompadour y una Du Barry era el mundo.
¿Pero por qué Luis XV tenía tanto placer en una mujer como Du Barry? –La respuesta es sencilla- pensaba Leonard, quién se pavoneaba de su salón de clases al prado para poder leer un poco- Pompadour era elegante y tenía toda la teoría, conocía mundo, claro que sí, pero por otro lado no salía de lo burgués y aristócrata, su sistema social era muy reducido, el esquema mental también podía serlo y… el sexual aún más. Todas las mujeres con las que se acostaba Luis XV eran pobres gatas cortesanas, mosquitas muertas o mujeres de gran talante, tan grande el talante como su inexperiencia, por otro lado la querida Jeanne du Barry había sido educada desde muy joven para ser una prostituta, sabía el arte de la seducción y satisfacción, ese arte tan griego que proviene del “bien hacer”, lo “bien hecho”, y algo tan bien bordado no puede ser despechado aún por la realeza. En efecto Jeanne daba placer a Luis en cantidades que otras mujeres jamás podían siquiera haber imaginado- Leonard se detuvo, empezó a reír un poco y después se recostó en el pasto.
-La idea de ser como ella me llena tanto de alegría como decepción. Aunque siempre tachada de pérfida, impía y malvada, ella sólo pensaba en sobrevivir, y al final todo se reducía al amor que le tenía a Luis. No por mero azar le cuidó aún sabiendo que él moriría, no por mero compromiso profirió “¿Por qué no todos podemos ser amigos?” y con el decoro apropiado logró doblegar a la gran delfina de Francia, María Antonieta, cuando la muchachilla le dijo: “Hoy tenemos mucha gente en Versalles”. No cabe duda que tenía poder... pero ¿educación? – al unísono del pensamiento escuchó unos metros atrás a un joven con un violín, francamente ataviado con buen “gusto”, dedicado pero no con ferviente entusiasmo, su música denotaba alguna fuerza entrópica, desajustaba al entorno para posteriormente reacomodarlo a su disposición. Leonard se sintió atrapado ante tal encanto. Le pareció curiosa la fuerza paradójicamente implosiva que se veía reflejada en los ojos del chico, pues aunque la música moldeaba la disposición del espacio, era la cara de aquel muchacho la imagen de una expresión controlada, sabía lo que hacía, el mundo danzaba si así lo deseaba, después inclinó la cabeza y Leonard perdió los ojos del joven, tenía sombrero y lo perdió –Ahí una Montespan, ahí una Maintenon, ahí una Pompadour, aquí una Du Barry, lejos, muy lejos del intelecto y la verdadera habilidad, aquí una puta sin saber, allá la belleza con habilidad e intelecto. Si todo es contextual no me queda más que envidiar su posición, su vida, su formación, yo aquí debo luchar con argucia para obtener un poco de reconocimiento, mientras allá es inherente, allá el genio les pertenece, aquí ni la dedicación me favorece, puedo seguir engañándome con tantas lecturas, con tantos sermones, puedo creer que llegaré lejos, pero nada queda, nada más que el mismo final. Mientras María Antonieta alzaba el cuello alto, muy en alto para ser decapitada, Jeanne berreaba y chillaba por su vida, se negaba a morir sin el mayor decoro; la vida puede ser poco agraciada y al momento de su partida debe darse con cadencia y algo de orgullo, no como una acción de defensa inicua sustentada en el temor. Yo soy Jeanne du Barry que no sabe nada más allá de una breve observación mundana sobre el entorno, él que bien toca y se controla es el ápice de la realeza, la educación y lo inalcanzable, eso le fue dado por ¿el destino?
Se odió un poco. No realmente por carecer de una buena posición social, sino por carecer de esa chispa que tenía el entorno de aquella facultad de artes. Todas esas personas tan similares al chico violinista que parecían tenerlo todo bien controlado, meciéndose pacíficamente al compás del instrumento, trotando en el aire con notas armoniosas… ¿y él? ¡Pero ni sabía escribir bien!, ¡ni una publicación seria!, nada más allá de un producto post prostitución de mamelucos intelectuales. Él era Madame du Barry, esa mujer con el mono y el mal gusto, carente de educación pero con mucho carisma, pidiendo ser amigos pero sin ser respetado por su intelecto, carente de todo lo inherente, torpe por dentro, aceptable por fuera, apenas sustentable entre tanta “educación”, dentro de una cultura, era un mundano por conocer ciertos tipos de mundos, desde lo alto hasta lo bajo, podía tener más experiencias que la Pompadour, la Maintenon y la Montespan juntas, pero eso no se refería a ser experiencias agradables o de las cuales tendría que enorgullecerse, recordó a los hombres que conocía, hombres de su edad (o ligeramente más grandes), los que sus abuelos eran fundadores del teatro en el país, de los que habían tenido una relación con tal o cual director de cine, los que escribían guiones con la mano en la cintura, los que viajaban sin problema, dirigían museos, tocaban en conciertos, organizaban fiestas, escribían libros, poemas, ensayistas de pluma punzante, programadores de web dedicados e intelectuales, todo eso que él deseaba y no podía, que quería y no alcanzaría.
-Eh Leo. Otra vez tan pensativo, por eso no avanzas en tu lectura- dijo Trish sentándose a su lado- ¿estás bien?
-Sí, gracias por preguntar. Lo cual es ligeramente milagroso.
-Ya wey, uno intenta ser educado y me bateas.
-No pido que seas educado, pero gracias por serlo delante de mí.
-Que te conste que sólo por ti. Tengo que tenerte paciencia con tus charlas letárgicas.
Leonard rió un poco –Eso fue poco educado, pero no importa.
-Y dale, no lo logro ¿verdad?, ¿ya escuchaste al tipo de allá atrás? Lo hace bien.
-Creo que sí, no puedo opinar más allá de mi oído amateur, neófito y todo eso.
-Yo estudié música pero después lo dejé.
-¿Qué tocabas?
-El piano- dijo Trish con desinterés.
-¿Por qué lo dejaste?- Leonard no pudo evitar el alterarse un poco.
-No me llenaba, tuve que dejarlo.
- Qué penoso.
-Un drama para recordar, dirías tú, no importa, mejor dime ¿en qué pensabas?
-En Madame du Barry.
-¿Por el libro?- Trish le quitó el libro de las manos a Leonard- pensé que habías dicho adiós a los dramas sobre cortes francesas, inglesas, burguesas, españolas y de señoronas- abrió el libro para leer algunos diálogos- Pero ve qué diálogos tan más sosos, la Jeanne diciendo “Eso significa que vamos a ser buenas amigas, nosotras dos”, ¡bla! –cerró el libro y se lo devolvió a su amigo.
-Pensaba que quizá soy un poco como ella, un poco soso, un poco carismático, algo puta.
-Deliciosamente cochinón, eso quiere decir que puedes dar mamadas como ninguna otra.
-No lo había visto de ese modo.
-Es que ves las cosas sanas, así que no eres tan puta, pero eso de dar mamadas nadie debe quitártelo, como dice esa escritora tuya “Una cosa es la teoría y otra más la práctica”.
Leonard sólo sonrió, le brindó a Trish esa sonrisa que sus amigos reconocían, la cual decía: “Gracias por intentarlo, pero no lo creo del todo”.
-Ya pues wey, vamos a la clase sobre lo queer, no querrás perderte las visitas inesperadas.
Leonard se sonrojó- Supongo que no.
-Aún te sonrojas por nada, lo que significa que no eres una verdadera puta, así que tranquilícese señor.
-Me gustaría tener más decoro, más clase y elegancia.
-¡Ser más snob!- Trish sacó una carcajada- no te vendría bien, por el momento vamos por buen camino, guarda tu libro, sacaremos la puta que llevas dentro.
Trish se levantó y ayudó a Leonard en el acto, después los amigos caminaron hacia su salón.
viernes, 5 de marzo de 2010
Papá Freud, mamá locura, ¡soy adicto!
-Por querer abarcar todo nos quedamos en la nada- pensaba Leonard estando en su habitación rentada. “Es la última semana que estás en ella, tendrás que estar de vuelta” le habían dicho sus padres “No estuviste bien, bajaste de peso, te metiste cosas ¿en qué pensabas?”
Justo después se encontraba en un grupo de adictos a muchas cosas, entre ellas al trabajo y los ansiolíticos, al estrés y sentirse mal. Con inscribirlo en tal grupo de ayuda “anónima” sus padres demostraban su creciente interés en él, sin embargo era un interés que poco le interesaba a Leonard, ¿qué sacaría de todo eso? Justo en ese momento una mujer voluntaria se ponía a explicarles el problema de ingerir ciertas drogas aún cuando fueran legales, aquellas que activan el deseo por el suicidio en personas que son proclives a la idea de llevarlo a cabo, o cómo sencillamente inhiben los deseos de vivir.
-Es como la marihuana- decía la mujer que caminaba de un lado a otro dentro de la amplia habitación con varios integrantes- las drogas pueden hacer que una persona se suicide.
- Como Alexandre McQueen- dijo Leonard sin realmente pensarlo.
-¿Disculpa?-dijo ella sin alterarse y con un tono tiernísimo, cual si tuviera miedo de espantar a su discípulo.
-McQueen, el diseñador de moda- guardó silencio esperando respuesta dentro de su gran grupo de anónimos, sin embargo no la recibió… claro, ¿qué esperaba? La mayoría eran un cliché, un poco como él, sólo que los demás eran clichés de provincia que jamás habían siquiera ansiado salir de aquella ciudad, y él que lo había logrado ahora pasaba sus fines de semana en reuniones patéticas con temas de “No te suicides por favor” –Bueno, McQueen, un gran diseñador, pueden ver su ropa en el último video de Lady Gaga- entonces cuando dijo eso todos pusieron cara de saber, al menos, de quién se hablaba, en especial una jotona algo gorda que dijo “Ay, es divina”- En fin, el hombre tenía la vida del ensueño, una buena posición, fama, su pareja estable, que debo acotar que en el mundo homosexual es bastante difícil, y además imponía tendencias cada vez que sacaba algo, sencillamente adorable, y un día como si nada amanece muerto, colgado en su casa. Una amiga me dijo que probablemente se drogaba.
-¿Y qué piensas al respecto?
-Que es posible, pero se me hace una cuestión muy gratuita eso de si te drogas te mueres ¿no? Los que nos metemos… nos metíamos cosas- recapacitó como si en verdad hubiera dejado de hacerlo- lo hacíamos porque daba placer.
-Leonard ¿verdad?
-Ese soy yo.
-Bien Leonard. Nadie está diciendo nada sobre aquello que les trajo aquí, muchos están porque son histéricos o su neurosis ha superado sus mecanismos de defensa, de sublimar las cosas. Seguro no quieres exponerte.
-Bueno, no es que se quiera o no exponerse, pero las cosas como son ¿no?- bufó Leonard algo cansado, estaba un poco más allá del mes y medio de clases donde dormía un promedio de cuatro horas diarias, escribía menos que poco y producía cualquier cosa. Le gustaba salir con los amigos, cacarear por los pasillos y dejar que el mundo rodara, de repente le sorprendía la soltura de su vida, pero pretendía tener un rumbo: el de la liberación.
-Eso está bien, para eso son las terapias de grupo.
-Claro, es de dar y recibir. Somos adictos a algo si es que estamos aquí, y no sé cómo demonios me voy yo a vincular con alguien de cuarenta y cinco años o con una ama de casa frustrada, no sé lo que les llevó a drogarse pero en lo personal lo tengo bien claro, tuve una crisis y las drogas legales desde los antigripales y los ansiolíticos, hasta las aparentemente ilegales como fumarte un gallito, un churro, un porro, un pitillo, como diablos gustes, los brownies nunca me jalaron- sacudió su mano izquierda haciendo un ademán para que la mujer se tranquilizara- a lo que voy es que ¿realmente crees que voy a terminar por matarme sólo porque meto algo más a mi cuerpo? Digo, antes de eso no podía comer ni una estúpida uva sin vomitar, después de mis medicamentos me empecé a sentir bien.
-Creaste una adicción a ellos, por eso estás aquí. No es malo medicarse, no lo es sobre todo en tu caso que tenías prescripción pero abusaste.
-Bueno- Leonard entornó los ojos y volvió a dar una especie de manotazo al aire con su mano izquierda- eso que me dices de que tenía o no prescripción demuestra que sabes más de lo que aparentas, sin embargo no estoy aquí porque sea un adicto, ni porque haya querido matarme- hizo una pausa- de forma real- volteó a ver a sus compañeros, quienes le veían con un poco de extrañeza y otros tantos con desinterés- todos tenemos esos pensamientos suicidas pero no lo llevamos a cabo, y eso que dices sobre ser proclives o no al suicidio no me convence, yo me meto… metía-volvió a reiterar- cosas que me hacían sentir mejor, no me está poniendo en un estado anímico peor al anterior.
-¿Entonces por qué estás aquí?- le dijo de modo retórico aquella voluntariosa mujer.
-Porque bajé otra vez cinco kilos y mis padres me ven muy delgado, porque no duermo a mis horas y me quedo dormido en todos lados, porque no tengo muchas energías y porque intentaron darme vitaminas pero ahora sospechan de mí, de lo que hago, de quién frecuento, y porque eché todo a perder, tenía un poco de independencia, un departamento en otra ciudad que no era esta, salidas con mis amigos a lugares que ellos no aprobarían, pero ahora tengo que volver a viajar a diario, regresar a una hora determinada y tengo las salidas restringidas, obligándome a dormir mínimo cuatro horas al día… sin café- a ésta última frase sobre el café Leonard le dio un toque irónico, mirando a todos sus acompañantes como si fuera la peor tragedia del mundo. Ni las drogas o el suicidio eran tan buenos o malos como el café –Y porque al fin acepté que al menos soy bisexual… uy ¡qué demonios!, pues que mis padres no lo saben pero se lo sospechan y espero que esto sea realmente anónimo pues todo mundo se conoce en esta ciudad de porquería.
-No conozco a tus padres, sólo cuando vinieron a dejar la solicitud para la terapia grupal, pero creo que necesitas algo más personal. Y no te preocupes tus padres te quieren tal…
-Ay no me diga eso que me jode- le interrumpió Leonard- perdón por ser tan descortés, pero puedo aguantar que me quiten las drogas y el desvelo, pero no tolero que me quiten el cigarro y el café.
-Bueno, no estamos pidiendo que nos recites tu historia si es que tú no lo deseas.
-Sí, sí, lo desea, se le nota- dijo la jotona gorda.
-¿Pues qué le puedo decir? Estoy bien, mucho mejor, vivo y desintoxicado…
-Eso ya lo sabemos, sobre que eres bi, cuéntanos sobre eso, ¡sobre eso!
La mujer volteó a ver a aquel jovencillo gordo que evidentemente era 100% gay, eso no le incomodaba a Leonard, pero al parecer si le molestaba a la moderadora de la terapia grupal.
-No está obligado a contar nada que no desee compartir.
-Bien, está bien- dijo Leonard con extrema tranquilidad- pues resulta que mi familia es muy conservadora y no puedo decirles nada, que mi familia que no es de núcleo, o sea mis padres y hermana, son unos homofóbicos y cuando sepan de mi situación seguro me van a discriminar y dejar de lado, pero ¿sabes algo?- le dijo directamente a la jotona gorda- que al final eso no me debe importar, no sólo porque es mi vida, sino que ellos no pueden ni deben controlarla, uno no escoge ser bisexual de un día a otro, no amaneces y resulta que te atraen las personas de tu mismo sexo igual o incluso un poco más que las del sexo contrario, pero es algo con lo que se vive y se sobrevive, parte de nosotros quiere creer que lo elegiste y así con la misma soltura puedes decir: “No me gustan más los hombres”. Pero esas son pendejadas, si lo dices es porque crees que puedes quitarte de tantos problemas de discriminación y malas miradas- la cara de Leonard ya no evocaba tranquilidad sino cansancio, sólo él sabía cuántas veces había repetido el discurso a sí mismo y a otras personas de confianza- así que sólo te queda aguatar, esperar a ser autónomo, autosuficiente económica y mentalmente, entonces ya podrás salir del clóset frente a tu familia, cuando ya no te puedan condicionar nada- cortó la frase y se dirigió a la mujer que moderaba la sesión- y es por eso que vas y haces lo que te digan, si ya sospechan que algo está mal, pues no hay que darles más pretextos.
-Leonard- dijo la mujer con un tono muy serio- hablas de complacer a tus padres y terminar por engañarlos, es eso lo que nos das a entender, la razón por la que estás aquí. Pero tienes que entender que de un modo u otro te estás engañando a ti mismo.
-Me habría sorprendido eso hace unos meses atrás, pero ahora es el pan nuestro de cada día.
-Dices que tu vida es una mentira.
-De un modo ¿de quién no lo es?-Leonard estaba muy risueño, no estaba fingiendo, realmente le daba un poco de gusto poder hablar con alguien de tales cuestiones, después de todo la terapia no era tan mala- terminamos siendo un poco conscientes de nuestros propios engaños, pero el revelar un secreto sólo viene a constatar la existencia de otro aún más profundo. Una verdad mental refugiada en el inconsciente no viene a ser más que la punta del iceberg. Entre más sabemos más consientes nos hacemos, más sensibles, más proclives o al dolor, o la plenitud, una plenitud que duele, una hipersensibilidad tan grande y atroz que te lleva a tomar drogas para enmascararlo y debe saber, supongo, lo bien que se siente y no sé si pueda dejarlo tan a la ligera. La verdad es que las drogas no son malas, así nos las han pintado en los medios televisivos y las películas a favor de la moral, pero de ahí en fuera…
-Bien, creo que debemos dejar la sesión por hoy, gracias por tus aportes.
Leonard volteó a ver a sus compañeros de terapia. Si su develación sobre el suicidio y la bisexualidad no les había escandalizado, el asunto del uso de drogas por placer había puesto a las personas un poco alteradas, porque en efecto, eso no era para adictos al trabajo o al estrés, estaba con una bola de drogadictos nada anónimos.
Justo después se encontraba en un grupo de adictos a muchas cosas, entre ellas al trabajo y los ansiolíticos, al estrés y sentirse mal. Con inscribirlo en tal grupo de ayuda “anónima” sus padres demostraban su creciente interés en él, sin embargo era un interés que poco le interesaba a Leonard, ¿qué sacaría de todo eso? Justo en ese momento una mujer voluntaria se ponía a explicarles el problema de ingerir ciertas drogas aún cuando fueran legales, aquellas que activan el deseo por el suicidio en personas que son proclives a la idea de llevarlo a cabo, o cómo sencillamente inhiben los deseos de vivir.
-Es como la marihuana- decía la mujer que caminaba de un lado a otro dentro de la amplia habitación con varios integrantes- las drogas pueden hacer que una persona se suicide.
- Como Alexandre McQueen- dijo Leonard sin realmente pensarlo.
-¿Disculpa?-dijo ella sin alterarse y con un tono tiernísimo, cual si tuviera miedo de espantar a su discípulo.
-McQueen, el diseñador de moda- guardó silencio esperando respuesta dentro de su gran grupo de anónimos, sin embargo no la recibió… claro, ¿qué esperaba? La mayoría eran un cliché, un poco como él, sólo que los demás eran clichés de provincia que jamás habían siquiera ansiado salir de aquella ciudad, y él que lo había logrado ahora pasaba sus fines de semana en reuniones patéticas con temas de “No te suicides por favor” –Bueno, McQueen, un gran diseñador, pueden ver su ropa en el último video de Lady Gaga- entonces cuando dijo eso todos pusieron cara de saber, al menos, de quién se hablaba, en especial una jotona algo gorda que dijo “Ay, es divina”- En fin, el hombre tenía la vida del ensueño, una buena posición, fama, su pareja estable, que debo acotar que en el mundo homosexual es bastante difícil, y además imponía tendencias cada vez que sacaba algo, sencillamente adorable, y un día como si nada amanece muerto, colgado en su casa. Una amiga me dijo que probablemente se drogaba.
-¿Y qué piensas al respecto?
-Que es posible, pero se me hace una cuestión muy gratuita eso de si te drogas te mueres ¿no? Los que nos metemos… nos metíamos cosas- recapacitó como si en verdad hubiera dejado de hacerlo- lo hacíamos porque daba placer.
-Leonard ¿verdad?
-Ese soy yo.
-Bien Leonard. Nadie está diciendo nada sobre aquello que les trajo aquí, muchos están porque son histéricos o su neurosis ha superado sus mecanismos de defensa, de sublimar las cosas. Seguro no quieres exponerte.
-Bueno, no es que se quiera o no exponerse, pero las cosas como son ¿no?- bufó Leonard algo cansado, estaba un poco más allá del mes y medio de clases donde dormía un promedio de cuatro horas diarias, escribía menos que poco y producía cualquier cosa. Le gustaba salir con los amigos, cacarear por los pasillos y dejar que el mundo rodara, de repente le sorprendía la soltura de su vida, pero pretendía tener un rumbo: el de la liberación.
-Eso está bien, para eso son las terapias de grupo.
-Claro, es de dar y recibir. Somos adictos a algo si es que estamos aquí, y no sé cómo demonios me voy yo a vincular con alguien de cuarenta y cinco años o con una ama de casa frustrada, no sé lo que les llevó a drogarse pero en lo personal lo tengo bien claro, tuve una crisis y las drogas legales desde los antigripales y los ansiolíticos, hasta las aparentemente ilegales como fumarte un gallito, un churro, un porro, un pitillo, como diablos gustes, los brownies nunca me jalaron- sacudió su mano izquierda haciendo un ademán para que la mujer se tranquilizara- a lo que voy es que ¿realmente crees que voy a terminar por matarme sólo porque meto algo más a mi cuerpo? Digo, antes de eso no podía comer ni una estúpida uva sin vomitar, después de mis medicamentos me empecé a sentir bien.
-Creaste una adicción a ellos, por eso estás aquí. No es malo medicarse, no lo es sobre todo en tu caso que tenías prescripción pero abusaste.
-Bueno- Leonard entornó los ojos y volvió a dar una especie de manotazo al aire con su mano izquierda- eso que me dices de que tenía o no prescripción demuestra que sabes más de lo que aparentas, sin embargo no estoy aquí porque sea un adicto, ni porque haya querido matarme- hizo una pausa- de forma real- volteó a ver a sus compañeros, quienes le veían con un poco de extrañeza y otros tantos con desinterés- todos tenemos esos pensamientos suicidas pero no lo llevamos a cabo, y eso que dices sobre ser proclives o no al suicidio no me convence, yo me meto… metía-volvió a reiterar- cosas que me hacían sentir mejor, no me está poniendo en un estado anímico peor al anterior.
-¿Entonces por qué estás aquí?- le dijo de modo retórico aquella voluntariosa mujer.
-Porque bajé otra vez cinco kilos y mis padres me ven muy delgado, porque no duermo a mis horas y me quedo dormido en todos lados, porque no tengo muchas energías y porque intentaron darme vitaminas pero ahora sospechan de mí, de lo que hago, de quién frecuento, y porque eché todo a perder, tenía un poco de independencia, un departamento en otra ciudad que no era esta, salidas con mis amigos a lugares que ellos no aprobarían, pero ahora tengo que volver a viajar a diario, regresar a una hora determinada y tengo las salidas restringidas, obligándome a dormir mínimo cuatro horas al día… sin café- a ésta última frase sobre el café Leonard le dio un toque irónico, mirando a todos sus acompañantes como si fuera la peor tragedia del mundo. Ni las drogas o el suicidio eran tan buenos o malos como el café –Y porque al fin acepté que al menos soy bisexual… uy ¡qué demonios!, pues que mis padres no lo saben pero se lo sospechan y espero que esto sea realmente anónimo pues todo mundo se conoce en esta ciudad de porquería.
-No conozco a tus padres, sólo cuando vinieron a dejar la solicitud para la terapia grupal, pero creo que necesitas algo más personal. Y no te preocupes tus padres te quieren tal…
-Ay no me diga eso que me jode- le interrumpió Leonard- perdón por ser tan descortés, pero puedo aguantar que me quiten las drogas y el desvelo, pero no tolero que me quiten el cigarro y el café.
-Bueno, no estamos pidiendo que nos recites tu historia si es que tú no lo deseas.
-Sí, sí, lo desea, se le nota- dijo la jotona gorda.
-¿Pues qué le puedo decir? Estoy bien, mucho mejor, vivo y desintoxicado…
-Eso ya lo sabemos, sobre que eres bi, cuéntanos sobre eso, ¡sobre eso!
La mujer volteó a ver a aquel jovencillo gordo que evidentemente era 100% gay, eso no le incomodaba a Leonard, pero al parecer si le molestaba a la moderadora de la terapia grupal.
-No está obligado a contar nada que no desee compartir.
-Bien, está bien- dijo Leonard con extrema tranquilidad- pues resulta que mi familia es muy conservadora y no puedo decirles nada, que mi familia que no es de núcleo, o sea mis padres y hermana, son unos homofóbicos y cuando sepan de mi situación seguro me van a discriminar y dejar de lado, pero ¿sabes algo?- le dijo directamente a la jotona gorda- que al final eso no me debe importar, no sólo porque es mi vida, sino que ellos no pueden ni deben controlarla, uno no escoge ser bisexual de un día a otro, no amaneces y resulta que te atraen las personas de tu mismo sexo igual o incluso un poco más que las del sexo contrario, pero es algo con lo que se vive y se sobrevive, parte de nosotros quiere creer que lo elegiste y así con la misma soltura puedes decir: “No me gustan más los hombres”. Pero esas son pendejadas, si lo dices es porque crees que puedes quitarte de tantos problemas de discriminación y malas miradas- la cara de Leonard ya no evocaba tranquilidad sino cansancio, sólo él sabía cuántas veces había repetido el discurso a sí mismo y a otras personas de confianza- así que sólo te queda aguatar, esperar a ser autónomo, autosuficiente económica y mentalmente, entonces ya podrás salir del clóset frente a tu familia, cuando ya no te puedan condicionar nada- cortó la frase y se dirigió a la mujer que moderaba la sesión- y es por eso que vas y haces lo que te digan, si ya sospechan que algo está mal, pues no hay que darles más pretextos.
-Leonard- dijo la mujer con un tono muy serio- hablas de complacer a tus padres y terminar por engañarlos, es eso lo que nos das a entender, la razón por la que estás aquí. Pero tienes que entender que de un modo u otro te estás engañando a ti mismo.
-Me habría sorprendido eso hace unos meses atrás, pero ahora es el pan nuestro de cada día.
-Dices que tu vida es una mentira.
-De un modo ¿de quién no lo es?-Leonard estaba muy risueño, no estaba fingiendo, realmente le daba un poco de gusto poder hablar con alguien de tales cuestiones, después de todo la terapia no era tan mala- terminamos siendo un poco conscientes de nuestros propios engaños, pero el revelar un secreto sólo viene a constatar la existencia de otro aún más profundo. Una verdad mental refugiada en el inconsciente no viene a ser más que la punta del iceberg. Entre más sabemos más consientes nos hacemos, más sensibles, más proclives o al dolor, o la plenitud, una plenitud que duele, una hipersensibilidad tan grande y atroz que te lleva a tomar drogas para enmascararlo y debe saber, supongo, lo bien que se siente y no sé si pueda dejarlo tan a la ligera. La verdad es que las drogas no son malas, así nos las han pintado en los medios televisivos y las películas a favor de la moral, pero de ahí en fuera…
-Bien, creo que debemos dejar la sesión por hoy, gracias por tus aportes.
Leonard volteó a ver a sus compañeros de terapia. Si su develación sobre el suicidio y la bisexualidad no les había escandalizado, el asunto del uso de drogas por placer había puesto a las personas un poco alteradas, porque en efecto, eso no era para adictos al trabajo o al estrés, estaba con una bola de drogadictos nada anónimos.
domingo, 28 de febrero de 2010
¿De qué más podíamos hablar? O quizá ¿qué más podemos buscar?
-¿Pero qué no lo sabías?- le dijo Eliee directamente a Leonard –Nadie entra a esta clase para ver las películas, todo mundo entró porque quería ligarse a cualquiera, el problema es que son puros cualquieras los que están en la clase.
-No sabía que debía entrar con interés de ligarme a cualquiera.
-Cualquiera no es un cualquiera. Bueno, ay- dijo y dio un manotazo sumamente afeminado- ¿no me entiendes? Después de tanto tiempo en el mercado de lo gay y no gay ya no sé dónde buscar- se quedó algo pensativo- antes iba a los antros todas las semanas y era como esos personajes de “Queer as folk” que hablan sobre conseguir hombres los jueves y después tomarlos por la madrugada del viernes y cagarlos a la mañana siguiente.
-El problema es que Leonard no ve a los hombres como un falo, eso ya lo hemos discutido- dijo Murat entrando en el aula con delicadeza y opulencia… ¿no era acaso la competencia visual de Edgard?
-Ese no es el punto. Todos quieren a alguien para cojer los viernes por la noche. Es de ley.
-Yo no lo hago… -decía Leonard cuando fue interrumpido por Eliee.
-Que no lo hagas los viernes pues, hazlo los sábados, los jueves, los domingos, los lunes, pero el punto es hacerlo.
-Aquí la cosa no es el sexo por el sexo ¿por qué no podemos?...
-Callar- dijo Murat alzando la mirada al ver que Edgard entraba a la clase, la cual hablaba de la escena queer en el mundo entero; una clase sumamente ambiciosa pero exquisitamente jugosa.
-Señoritas- Edgard le dirigió una solemne reverencia a los tres amigos ahí sentados.
Leonard no pudo más que apartar la mirada. No sabía por qué, pero sentía que la derrota ante Edgard era sumamente vergonzosa.
-Ed, qué bien que estás aquí. Leonard, Murat y yo discutíamos sobre el hombre como falo y algo más… ¿tú qué opinas?
-Que es un tema muy viejo. Lean a Freud, para él todo era sexo, un falo y la castración del falo. Además, en nuestra realidad los bares existen para poder echarte una copa con alguien, los antros para bailar con otro alguien, llevártelo a la cama y después olvidarlo. Que también los amores aparentes se conocen por el contacto de fulano de tal o mengano de cual quién te presenta porque necesitan un conecte, y aquí en la escuela ya sea para un trabajo final o algo así. Pero el amor en la homosexualidad… ese está perdido y bien muerto ¿o no Leonard?
-Yo de amor no sé nada- dijo Leonard aún sin verlo a la cara.
-Nadie puede percatarse enteramente de saber algo sobre el amor y mucho menos sobre la homosexualidad- enunció Murat.
-No te equivoques Murat, yo de homosexualidad se mucho, por eso te digo que el amor no existe dentro de ese rubro- Edgard inclinó su cabeza hacia su hombre derecho.
-Eso lo dices porque seguro nunca te has enamorado- dijo Leonard mirándolo a los ojos.
-Pero si hace un segundo dijiste que de amor no sabías nada- casi cantó con su entonado ritmo de voz Edgard- pero les voy a contar una historia que no saben queridos, en especial tú Leo. Me enamoré como todas ustedes jotas de aquí, pero como bien saben el primer amor es el peor de todos, él me dejó porque yo era un indeciso, perdido, dramático, emocional, caótico, le daba interés a todo, ¿y saben qué más?, que yo cambié por el infame y aún así no lo notó, estaba muy sumergido en su interior, porque todas nostras las maricotas somos unos narcisos de mierda, nos gusta el pene porque nos gusta nuestro pene, nos gusta todo eso, a la mierda lo que piensen, pero todas ustedes son una recién nacidas.
Murat empezó a reír.
-Me encanta que te parezca risible Murat querido.
-No amabas si acaso necesitabas un cambio por parte de la otra persona.
-Se espera un cambio por reciprocidad, pero el hombre del falo por el falo no deja de ser hedonista y candente. Los hombres son pura pulsión de vida canalizada a la no reproducción embaucada en el goce total. Los chicos sólo quieren divertirse, ya nadie quiere un romance absurdo, ni seguridad, ni un novio, sólo buscan...
-Cojer- le cortó Leonard- Ya déjalo en paz Edgard, tu punto queda bien resuelto, si eso es lo que va contigo pues qué mejor, pero algunos de nosotros aún buscamos amor.
-El hombre intelectual, bien vestido, cultísimo y con dinero- recitó Eliee y empezó a reír- Tiene razón Leo, Ed, ay muchos culos que te puedes romper, pero los de Murat, el mío y el de Leo se quedan reservados para alguien de mayor aliciente.
Edgard se quedó callado con la mirada fija en Leonard, quién le dijo con total descaro a la cara.
-Ni digas que somos poca cosa que no es verdad, mueres por cojerte cuando menos a Murat.
-A mí, ¿por qué?
-Ay Mut, yo muero por cojerte- le dijo y volteó a verlo Eliee.
-No, la verdad es que mi estilo son más como Leo.
-Gracias- sonrió Leonard- si se puede hacer algo habrá que invitar a Trish.
-No creo que seamos el estilo de él.
-Dilo por ti Eliee, pero yo no me maquillo tanto como para que la homofobia de Trish se manifieste- se ufanó Murat.
-Más bien tendremos que incitar su homofilia- apuntó Leonard.
-Sigan jugueteando chicas, sigan con eso- Edgard se retiró, pero justo antes Leonard le dijo.
-Para eso lo tenemos ¿no?
Edgard alzó la ceja izquierda y salió del aula mientras los tres chicos compartían miradas de complicidad. Después estallaron en una tonta risotada.
-No sabía que debía entrar con interés de ligarme a cualquiera.
-Cualquiera no es un cualquiera. Bueno, ay- dijo y dio un manotazo sumamente afeminado- ¿no me entiendes? Después de tanto tiempo en el mercado de lo gay y no gay ya no sé dónde buscar- se quedó algo pensativo- antes iba a los antros todas las semanas y era como esos personajes de “Queer as folk” que hablan sobre conseguir hombres los jueves y después tomarlos por la madrugada del viernes y cagarlos a la mañana siguiente.
-El problema es que Leonard no ve a los hombres como un falo, eso ya lo hemos discutido- dijo Murat entrando en el aula con delicadeza y opulencia… ¿no era acaso la competencia visual de Edgard?
-Ese no es el punto. Todos quieren a alguien para cojer los viernes por la noche. Es de ley.
-Yo no lo hago… -decía Leonard cuando fue interrumpido por Eliee.
-Que no lo hagas los viernes pues, hazlo los sábados, los jueves, los domingos, los lunes, pero el punto es hacerlo.
-Aquí la cosa no es el sexo por el sexo ¿por qué no podemos?...
-Callar- dijo Murat alzando la mirada al ver que Edgard entraba a la clase, la cual hablaba de la escena queer en el mundo entero; una clase sumamente ambiciosa pero exquisitamente jugosa.
-Señoritas- Edgard le dirigió una solemne reverencia a los tres amigos ahí sentados.
Leonard no pudo más que apartar la mirada. No sabía por qué, pero sentía que la derrota ante Edgard era sumamente vergonzosa.
-Ed, qué bien que estás aquí. Leonard, Murat y yo discutíamos sobre el hombre como falo y algo más… ¿tú qué opinas?
-Que es un tema muy viejo. Lean a Freud, para él todo era sexo, un falo y la castración del falo. Además, en nuestra realidad los bares existen para poder echarte una copa con alguien, los antros para bailar con otro alguien, llevártelo a la cama y después olvidarlo. Que también los amores aparentes se conocen por el contacto de fulano de tal o mengano de cual quién te presenta porque necesitan un conecte, y aquí en la escuela ya sea para un trabajo final o algo así. Pero el amor en la homosexualidad… ese está perdido y bien muerto ¿o no Leonard?
-Yo de amor no sé nada- dijo Leonard aún sin verlo a la cara.
-Nadie puede percatarse enteramente de saber algo sobre el amor y mucho menos sobre la homosexualidad- enunció Murat.
-No te equivoques Murat, yo de homosexualidad se mucho, por eso te digo que el amor no existe dentro de ese rubro- Edgard inclinó su cabeza hacia su hombre derecho.
-Eso lo dices porque seguro nunca te has enamorado- dijo Leonard mirándolo a los ojos.
-Pero si hace un segundo dijiste que de amor no sabías nada- casi cantó con su entonado ritmo de voz Edgard- pero les voy a contar una historia que no saben queridos, en especial tú Leo. Me enamoré como todas ustedes jotas de aquí, pero como bien saben el primer amor es el peor de todos, él me dejó porque yo era un indeciso, perdido, dramático, emocional, caótico, le daba interés a todo, ¿y saben qué más?, que yo cambié por el infame y aún así no lo notó, estaba muy sumergido en su interior, porque todas nostras las maricotas somos unos narcisos de mierda, nos gusta el pene porque nos gusta nuestro pene, nos gusta todo eso, a la mierda lo que piensen, pero todas ustedes son una recién nacidas.
Murat empezó a reír.
-Me encanta que te parezca risible Murat querido.
-No amabas si acaso necesitabas un cambio por parte de la otra persona.
-Se espera un cambio por reciprocidad, pero el hombre del falo por el falo no deja de ser hedonista y candente. Los hombres son pura pulsión de vida canalizada a la no reproducción embaucada en el goce total. Los chicos sólo quieren divertirse, ya nadie quiere un romance absurdo, ni seguridad, ni un novio, sólo buscan...
-Cojer- le cortó Leonard- Ya déjalo en paz Edgard, tu punto queda bien resuelto, si eso es lo que va contigo pues qué mejor, pero algunos de nosotros aún buscamos amor.
-El hombre intelectual, bien vestido, cultísimo y con dinero- recitó Eliee y empezó a reír- Tiene razón Leo, Ed, ay muchos culos que te puedes romper, pero los de Murat, el mío y el de Leo se quedan reservados para alguien de mayor aliciente.
Edgard se quedó callado con la mirada fija en Leonard, quién le dijo con total descaro a la cara.
-Ni digas que somos poca cosa que no es verdad, mueres por cojerte cuando menos a Murat.
-A mí, ¿por qué?
-Ay Mut, yo muero por cojerte- le dijo y volteó a verlo Eliee.
-No, la verdad es que mi estilo son más como Leo.
-Gracias- sonrió Leonard- si se puede hacer algo habrá que invitar a Trish.
-No creo que seamos el estilo de él.
-Dilo por ti Eliee, pero yo no me maquillo tanto como para que la homofobia de Trish se manifieste- se ufanó Murat.
-Más bien tendremos que incitar su homofilia- apuntó Leonard.
-Sigan jugueteando chicas, sigan con eso- Edgard se retiró, pero justo antes Leonard le dijo.
-Para eso lo tenemos ¿no?
Edgard alzó la ceja izquierda y salió del aula mientras los tres chicos compartían miradas de complicidad. Después estallaron en una tonta risotada.
lunes, 15 de febrero de 2010
La coctelera: Shakespeare, Jorge Plata y Barthes
Solía ser que las amistades homosexuales de Leonard eran muy reducidas, no sólo porque acababa de salir de un clóset mental, sino porque sus amigos heterosexuales siempre le habían parecido la mejor compañía que un chico de su edad podía tener, las malas influencias estaban exentas de sexualidad así como las buenas, todo se daba por inercia social, las cosas se dan sin más. Pero después de sus contantes incursiones por los territorios de la homo/sociedad, Murat había venido a “sustituir” a Edgard, así como sus antiguos amigos eran dejados en el olvido por unos nuevos, cambio de personalidad, cambio de vida, cambio de sexo, cambio de estilo, cambio de armonía, y lo demás… -¡Que se joda!- pensaba Leonard.
Sentado con un nuevo acomodo de cabello así como de ropa, intentaba darse sus aires de “fancy” fantasioso, Leonard charlaba con Murat, Eliee y Trish. El primero le había llevado a tener una noche “Nick y Nora”, saltando de exposiciones en exposiciones, de bares en bares, de un par de antros a otro par de antros, sólo le faltaban los urinarios “Pero esos son para compungidas” le había dicho Murat.
Por otro lado Eliee era un buen comprador de ropa. Esto sí, eso no, te queda, te abarata, lo usas, lo tiras, lo amas, lo cagas, Stacy y Clinton de “What not to wear” se veían benevolentes al lado de Eliee “Depende de cómo desees verte, ¿Cómo una maricotas?, una dragqueen?, ¿Cómo el Jonas Brother en el vestido de Beyoncé? Tú habla, ¡Habla!”.
Quizá Trish se volcaba más en el ámbito de lo “heterosexual”, sin embargo tenía algo de homofóbico y eso era lo que le hacía pensar más en los límites y las restricciones. Con él podía ir a las librerías, comprar libros, pasear por los parques, pero adquiría sus restricciones verbales, pues si los otros dos tenían una eterna verborrea (un aspecto que le encantaba a Leonard) Trish era sumamente callado. “Leo, si se me ocurre algo te lo digo, no pidas que saque mierda de donde no la hay”, le contestó cuando Leonard le dijo “Y tú, mudo, ¿qué piensas?”. Pero ahora aquel cuarteto de amigos se inmiscuía en una charla agitada de amores y desilusiones, rencores, pero sobre todo, desintereses. Todo inició con un sueño en una noche de invierno.
-Difuso, era difuso… así son los sueños, difusos- empezó a decir Leonard.
-Quedó claro que es difuso wey- entornó los ojos Trish.
-La Shirley Manson cantaba en el fondo diciendo que era tranquila como el océano, que era cátsup, pero era sólo su voz, después cambiaba el panorama y salía mi amiga Samantha cantando con un vestidito muy mono, entalladísimo, en un bar.
-Muy sexy, si fuéramos heteros- bufó Murat con su cigarro en mano. Leonard se lo quitó y echó una bocanada de humo, como si aquello estimulara la imaginación de sus acompañantes, cual polvo de hadas, cual cocaína esparcida en el espacio.
-Entonces lo veía en el fondo tomado de la mano con alguien más, ya sabía que iba a pasar, Orlando tomaba de la mano a Edgard pero después era a Samantha, y al final era yo, pero yo no estaba allá, sino acá, viéndolo todo como un espectador más en el bar. Entonces hubo un corte de escena, como una mala imitación a la nueva ola francesa. Todo se mezclaba en un ambiente rojo y nebuloso, Orlando bailaba con algo que no era ni Samantha, ni Edgard, ni yo, al final de la canción… bailaba la misma canción, mientras Shirley decía “Espero, espero por ti”, salía por la puerta de emergencia. Una puerta que era de un hospital, ya no era el bar. Yo le seguía en bata de interno.
Justo en ese momento sus tres acompañantes parecían emocionarse porque su amigo tuviera el trasero al aire persiguiendo a su ex amor. Algo sumamente irónico.
-Chicos, chicos, aún no termino, en verdad que no es muy gracioso al final.
-Dale, dale- lo incitó Murat.
-En el transcurso alcanzaba a Orlando. Él iba muy bien vestido, yo al menos llevaba un pantalón negro, pero era gordo, yo era gordísimo… - Leonard hizo una pausa y al unísono él y Eliee dijeron: ¿Más gordo?, rieron juntos y continuó el relato –Le decía todo lo que tenía que decirle, ya saben, que aún lo amaba, que esperaba me quisiera, todo eso, al paso de mis lamentos las cosas fueron poco a poco un susurro y yo adelgazaba más y más hasta quedarme en los huesos, pero él no parecía inmutarse. Entonces se sentaba en una esquina cualquiera, eran las puertas de una carnicería y él estaba al lado de una cabeza de cerdo. Yo me cansaba de suplicarle, corría lejos de él hasta que me encontraba con Morgause, me recitaba un poema de Jorge Plata pero con algunos arreglos, decía: “Escondamos sus recuerdos en el clóset para que nadie recuerde que lo amaste. Escondamos sus recuerdos en el clóset para que nadie sepa porque lo odiaste. Metamos en una cajita sus besos para que te olvides de sus sabor, y llénate Leonard de unos nuevos, hagamos de cuenta que sus abrazos no existieron, para volver a usar ropa en vez del calor de su cuerpo. Lávate sus caricias Leonard, lávate sus “Te quiero” para poder olvidarte de su amor y no llorarlo por más tiempo”
-¿Quién es ese Jorge?- le interrumpió Eliee.
-Alguien de quién compré un libro y leí de un jalón la noche anterior al sueño, también había leído “Romeo y Julieta”… de un jalón.
-Shakespeare y poesía, dos cosas de un jalón, eso mata Leo, te estás matando- dijo muy risueño Murat.
-¿Me dejan terminar?
-Wey, ¿no habías terminado? Me das weba.
-Ya acabo hombre, si quieres puedes hablar más seguido Trish.
Trish entornó los ojos y sorbió más agua de guayaba de su vaso.
-Le gritaba a Morgause, “¡NO!, no quiero” y volvía a atrás, encontrando a Orlando en una esquina, que ya no era carnicería, sino una peluquería o algo así. Le declaraba mi insufrible amor, y sin mucho ímpetu él decía quererme igual. Al momento yo estaba cansadísimo en el asiento trasero de un taxi y sólo pensaba en dormir y dormir. Pero Orlando me decía “No te preocupes, aquí estaré, esto es verdad, es verdad y no un sueño, es para siempre” sostenía ridículamente mi mano y entonces me quedaba dormido… despertando en la “vida real”, ahí en mi cama, con unas hojas impresas de Barthes y su libro “Fragmentos de un discurso amoroso”.
-Duermes con los libros, eres el colmo, un hombre es lo que deberías conseguirte para sustituir al tal Barthes.
-Y fue el fin del sueño cabrones, se acabó- dijo Trish haciendo que se levantaba de la mesa.
-¿No lo ven?
-No, no lo vemos querido, nos hace falta ir a comprar ropa queer-ido si es que estás teniendo esos sueños.
-Barthes dice que la literatura nos habla sobre el amor y los celos como algo prefabricado, cual si fuera algo que ya está predeterminado, es algo que siento sin sentir.
-Leí a Barthes alguna vez- bufó Trish- pero no congenio con sus ideas. Quieres decir que sentiste todo lo que sientes por Orlando porque...
-Lo social, me sentí ofendido de que me engañara aún cuando yo estaba jugando con él. Me enamoré, sí, lo amé mucho más que a mí mismo, pero se acabó porque algo en mí me dijo: “Debes sentirte miserable por el engaño”, y no es eso lo que me extraña o mata, cualquiera puede sentirse así, pero son todas estas ridículas penas que he tenido desde el tiempo en que nos separamos. ¡Son una tontería! No me quiere, y a la par ya no lo quiero, lo que realmente quería era crear un drama. Bien, lo hice, bien, lo logré, ¿y ahora qué?
-Necesitas una peda- le sugirió Murat.
-¡No!, se fue…
-Decir que racionalizas el sentimiento no lo hace menos visceral, no puedes dejarlo ir y ya- gruñó Trish.
-Lo dejé de ir, aún siento algo pero ya no tanto, fue un sueño lúcido, esto es la vida real, esto no es un sueño, ¿a dónde me puede llevar tanta melancolía? Se acabó.
-Amén por eso- Murat golpeó la mesa, pagaron la cuenta y se fueron aún discutiendo de manera muy escueta si acaso los sentimientos, las emociones y las conductas estaban dogmatizadas y prácticamente comercializadas… aún para ellos.
Sentado con un nuevo acomodo de cabello así como de ropa, intentaba darse sus aires de “fancy” fantasioso, Leonard charlaba con Murat, Eliee y Trish. El primero le había llevado a tener una noche “Nick y Nora”, saltando de exposiciones en exposiciones, de bares en bares, de un par de antros a otro par de antros, sólo le faltaban los urinarios “Pero esos son para compungidas” le había dicho Murat.
Por otro lado Eliee era un buen comprador de ropa. Esto sí, eso no, te queda, te abarata, lo usas, lo tiras, lo amas, lo cagas, Stacy y Clinton de “What not to wear” se veían benevolentes al lado de Eliee “Depende de cómo desees verte, ¿Cómo una maricotas?, una dragqueen?, ¿Cómo el Jonas Brother en el vestido de Beyoncé? Tú habla, ¡Habla!”.
Quizá Trish se volcaba más en el ámbito de lo “heterosexual”, sin embargo tenía algo de homofóbico y eso era lo que le hacía pensar más en los límites y las restricciones. Con él podía ir a las librerías, comprar libros, pasear por los parques, pero adquiría sus restricciones verbales, pues si los otros dos tenían una eterna verborrea (un aspecto que le encantaba a Leonard) Trish era sumamente callado. “Leo, si se me ocurre algo te lo digo, no pidas que saque mierda de donde no la hay”, le contestó cuando Leonard le dijo “Y tú, mudo, ¿qué piensas?”. Pero ahora aquel cuarteto de amigos se inmiscuía en una charla agitada de amores y desilusiones, rencores, pero sobre todo, desintereses. Todo inició con un sueño en una noche de invierno.
-Difuso, era difuso… así son los sueños, difusos- empezó a decir Leonard.
-Quedó claro que es difuso wey- entornó los ojos Trish.
-La Shirley Manson cantaba en el fondo diciendo que era tranquila como el océano, que era cátsup, pero era sólo su voz, después cambiaba el panorama y salía mi amiga Samantha cantando con un vestidito muy mono, entalladísimo, en un bar.
-Muy sexy, si fuéramos heteros- bufó Murat con su cigarro en mano. Leonard se lo quitó y echó una bocanada de humo, como si aquello estimulara la imaginación de sus acompañantes, cual polvo de hadas, cual cocaína esparcida en el espacio.
-Entonces lo veía en el fondo tomado de la mano con alguien más, ya sabía que iba a pasar, Orlando tomaba de la mano a Edgard pero después era a Samantha, y al final era yo, pero yo no estaba allá, sino acá, viéndolo todo como un espectador más en el bar. Entonces hubo un corte de escena, como una mala imitación a la nueva ola francesa. Todo se mezclaba en un ambiente rojo y nebuloso, Orlando bailaba con algo que no era ni Samantha, ni Edgard, ni yo, al final de la canción… bailaba la misma canción, mientras Shirley decía “Espero, espero por ti”, salía por la puerta de emergencia. Una puerta que era de un hospital, ya no era el bar. Yo le seguía en bata de interno.
Justo en ese momento sus tres acompañantes parecían emocionarse porque su amigo tuviera el trasero al aire persiguiendo a su ex amor. Algo sumamente irónico.
-Chicos, chicos, aún no termino, en verdad que no es muy gracioso al final.
-Dale, dale- lo incitó Murat.
-En el transcurso alcanzaba a Orlando. Él iba muy bien vestido, yo al menos llevaba un pantalón negro, pero era gordo, yo era gordísimo… - Leonard hizo una pausa y al unísono él y Eliee dijeron: ¿Más gordo?, rieron juntos y continuó el relato –Le decía todo lo que tenía que decirle, ya saben, que aún lo amaba, que esperaba me quisiera, todo eso, al paso de mis lamentos las cosas fueron poco a poco un susurro y yo adelgazaba más y más hasta quedarme en los huesos, pero él no parecía inmutarse. Entonces se sentaba en una esquina cualquiera, eran las puertas de una carnicería y él estaba al lado de una cabeza de cerdo. Yo me cansaba de suplicarle, corría lejos de él hasta que me encontraba con Morgause, me recitaba un poema de Jorge Plata pero con algunos arreglos, decía: “Escondamos sus recuerdos en el clóset para que nadie recuerde que lo amaste. Escondamos sus recuerdos en el clóset para que nadie sepa porque lo odiaste. Metamos en una cajita sus besos para que te olvides de sus sabor, y llénate Leonard de unos nuevos, hagamos de cuenta que sus abrazos no existieron, para volver a usar ropa en vez del calor de su cuerpo. Lávate sus caricias Leonard, lávate sus “Te quiero” para poder olvidarte de su amor y no llorarlo por más tiempo”
-¿Quién es ese Jorge?- le interrumpió Eliee.
-Alguien de quién compré un libro y leí de un jalón la noche anterior al sueño, también había leído “Romeo y Julieta”… de un jalón.
-Shakespeare y poesía, dos cosas de un jalón, eso mata Leo, te estás matando- dijo muy risueño Murat.
-¿Me dejan terminar?
-Wey, ¿no habías terminado? Me das weba.
-Ya acabo hombre, si quieres puedes hablar más seguido Trish.
Trish entornó los ojos y sorbió más agua de guayaba de su vaso.
-Le gritaba a Morgause, “¡NO!, no quiero” y volvía a atrás, encontrando a Orlando en una esquina, que ya no era carnicería, sino una peluquería o algo así. Le declaraba mi insufrible amor, y sin mucho ímpetu él decía quererme igual. Al momento yo estaba cansadísimo en el asiento trasero de un taxi y sólo pensaba en dormir y dormir. Pero Orlando me decía “No te preocupes, aquí estaré, esto es verdad, es verdad y no un sueño, es para siempre” sostenía ridículamente mi mano y entonces me quedaba dormido… despertando en la “vida real”, ahí en mi cama, con unas hojas impresas de Barthes y su libro “Fragmentos de un discurso amoroso”.
-Duermes con los libros, eres el colmo, un hombre es lo que deberías conseguirte para sustituir al tal Barthes.
-Y fue el fin del sueño cabrones, se acabó- dijo Trish haciendo que se levantaba de la mesa.
-¿No lo ven?
-No, no lo vemos querido, nos hace falta ir a comprar ropa queer-ido si es que estás teniendo esos sueños.
-Barthes dice que la literatura nos habla sobre el amor y los celos como algo prefabricado, cual si fuera algo que ya está predeterminado, es algo que siento sin sentir.
-Leí a Barthes alguna vez- bufó Trish- pero no congenio con sus ideas. Quieres decir que sentiste todo lo que sientes por Orlando porque...
-Lo social, me sentí ofendido de que me engañara aún cuando yo estaba jugando con él. Me enamoré, sí, lo amé mucho más que a mí mismo, pero se acabó porque algo en mí me dijo: “Debes sentirte miserable por el engaño”, y no es eso lo que me extraña o mata, cualquiera puede sentirse así, pero son todas estas ridículas penas que he tenido desde el tiempo en que nos separamos. ¡Son una tontería! No me quiere, y a la par ya no lo quiero, lo que realmente quería era crear un drama. Bien, lo hice, bien, lo logré, ¿y ahora qué?
-Necesitas una peda- le sugirió Murat.
-¡No!, se fue…
-Decir que racionalizas el sentimiento no lo hace menos visceral, no puedes dejarlo ir y ya- gruñó Trish.
-Lo dejé de ir, aún siento algo pero ya no tanto, fue un sueño lúcido, esto es la vida real, esto no es un sueño, ¿a dónde me puede llevar tanta melancolía? Se acabó.
-Amén por eso- Murat golpeó la mesa, pagaron la cuenta y se fueron aún discutiendo de manera muy escueta si acaso los sentimientos, las emociones y las conductas estaban dogmatizadas y prácticamente comercializadas… aún para ellos.
jueves, 11 de febrero de 2010
Volviendo a la raíces, al menos a las de alguien
Con una mano cerró de un solo movimiento el libro de tragedias de Shakespeare y con la otra apagó su cigarro, acababa de terminar “Romeo y Julieta”, una tragedia que el mismo Leonard consideraba “de las raíces”, sin embargo no de las suyas. Eran las cuatro de la madrugada y seguramente la forma más cordial de referirse al momento es que había regresado a las andadas, donde se surcan los espacios liminales que ni son demasiado tiernos pero tampoco lo suficientemente maduros para una buena idea.
Con insomnio y muchas lecturas que efectuar, volvió a los escritos de Vidarte y para cuando se dio cuenta ya había amanecido, la jotería aún en la literatura lo estaba llevando a la extenuante verdad de que no había vuelta atrás. Como si existiera cosa alguna, cual si hubiera una vuelta en “U” a mitad de la carretera, pero como suele ser, las vueltas en “U” están prohibidas. Eso ya no le preocupaba mucho, después de leer tantas tragedias teatrales y que Shakespeare le dijera que “"El mundo es un gran teatro, y los hombres y mujeres son actores. Todos hacen sus entradas y sus mutis y diversos papeles en su vida”, no distaba mucho de su filosofía made in Julia Lambert. Entonces recordó que hacía más de cinco años había escrito algo sobre la representación del teatro en el cine y el papel de Annette Bening como la diva del teatro, su texto iniciaba así: “La vida es una actuación multifacética que se desarrolla en el lugar indicado y el momento preciso, ya sea la ocasión de ser la madre amorosa, la amante lujuriosa, la esposa complaciente, la actriz relumbrante, todas y cada una de las actuaciones interpretadas con magnificencia; sin embargo si el actuar es una costumbre, si es normal fingir distintas actitudes, ¿entonces no perdemos nuestra propia esencia?, ¿o será que nunca la tuvimos?”
Cuando releyó su texto en aquella mañana no pudo dejar de preguntarse si acaso no se estaba proyectando, había escrito eso a los dieciséis años preguntándose si la vida como mero teatro no terminaba por comerse la identidad de las personas. Después Vigotsky le había dicho que el ser humano era contextual, lo mismo le comentaba el psicoanálisis de Freud donde argumentaba que todo era producto del placer, la contención y satisfacción, si Jesús había dicho “todo es amor” y Einstein enunció que “todo era relativo”, entonces Freud le había dicho, querido “todo es sexo”. Pero la verdad, tristísima realidad, es que Leonard había estado mejor dentro de su ignorancia, cuando amaba escribir por mero acto de catarsis y no como cuestión dogmática, porque cuando él se apropiaba de algo, entonces ese “algo” debía ser perfeccionado, cosa que en el acto perdía su esencia primordial, ¿era acaso que creía que todo acto por placer era vano?, ¿podía la escritura postrarse como una válvula de escape tan inocua como superficial al servicio exclusivo de la psiquis del escritor?, ¿a dónde le llevaban todos esos absurdos pensamientos? “El pensar por el pensar no es bueno”, le dijo alguna vez su gloriosa instructora de escultura, aquella mujer que siempre le incitaba a ser mediático y equilibrado, que buscara lo bueno sin ostentar a la perfección. Leonard suponía que su instructora manejaba tan bien los tipos de “representación” que conocía hábilmente las distintas formas de representar la felicidad; incluso se antojaba ambigua, escondida en algún espacio del intersticio existencial, sin embargo para Leonard todo tenía que ser perfecto, juntar el inicio con el fin. Lo triste no era lo imposible de la tarea, sino que Leonard tenía conciencia sobre ello.
Por eso deseaba regresar a las raíces. Ser un bebé, como Meryl Streep le decía en el filme “Adaptation”, “Quisiera volver a ser un bebé, volver a nacer”. Sí, regresar a la matriz estando seguros dentro de nuestra propia dependencia, donde todo nos afecta pero no somos conscientes de ello. Quería volver a ser un bebé de la escritura, un bebé del arte, un bebé de la literatura, escribir con total soltura una vez más, cual divagaciones sobre Alfred Kinsey, ahí olvidado estaba otro de sus escritos sobre el investigador estadounidense: “La duda es un concepto que acecha constantemente a la mente humana, basta con decir que la duda puede ser prejuiciosa, pues el problema se desarrolla no precisamente en la pregunta sino en la respuesta”.
¡Qué sofista!, ¡qué adulador! Le pareció aquel inicio de texto. Eso ya no lo podía lograr ni con cinco horas frente al computador, su última incursión seria dentro de la crítica de cine había iniciado así (sobre el filme “Elizabeth I”): “Aceptable adaptación del personaje histórico Elizabeth I, “La reina virgen”, hija de la segunda esposa de Enrique VIII (Ana Bolena) mujer por la cual el monarca dejó a Catalina de Aragón y a su hija, María Tudor, desligándose del poder papal…” después se quedó pensativo preguntándose dónde se hallaba la chispeante prerrogativa del intelecto mundano, eso no hablaba sobre él como escritor, no exponía una idea propia, más bien era el compilado de algo histórico, no era un ensayo… el texto sobre “Elizabeth I” iniciaba como una crónica que distaba mucho de la opinión personal. El texto no contenía nada de su amor por la escritura, del amor que tuvo alguna vez hacía cinco años atrás. Volver a la raíces sería entonces para él como borrarse la memoria, siguió pensando en su texto sobre la reina Virgen y escribió: “Enrique VIII murió dejando un heredero varón al trono de Inglaterra: Eduardo VI, sin embargo el joven murió a la edad de quince años, fue así como María Tudor (católica por herencia materna) toma el poder. Conocida como “Blood Mary” por llevar a la hoguera a cientos de protestantes, fallece sin dejar descendiente alguno, así asciende al poder Elizabeth…” ahí otra vez el relato histórico, nada fresco, nada auténtico.
Zarandeó las neuronas, supuso que ese era el precio que debía pagar por haber leído dos biografías de la Reina Virgen, una sobre María Tudor, dos sobre Enrique VIII, otras dos sobre Ana Bolena y a la par, una de cada una de las esposas del mismo Enrique VIII (o sea, Catalina de Aragón, Jane Seymour, Ana de Cleves, Catalina Howard y Catalina de Parr), sin agregar las biografías sobre los reyes católicos, así como las novelas históricas en la época Tudor; en pocas palabras el exceso de información le estaba secando el intelecto. Intentó seguir con su texto: “Como cualquier película que intenta adaptar las cuitas cortesanas, políticas y religiosas de un monarca, se atiene a la dificultad de condensar una gran cantidad de eventos relevantes cuya importancia en la historia es notable…” hasta ahí llego y hasta ahí sabía que llegaría. No podía ni quería lograr algo más serio, estaba hiper-dogmatizando uno de sus placeres más sagrados.
Se preguntó hasta qué punto las mayorías tenían injerencia sobre la información… o quizá, las minorías que se concentran en los círculos de poder y terminan por disgregar la información y el inconsciente colectivo. Por ello también se le complicaba escribir sobre Shakespeare diciéndose a sí mismo que no sabía nada sobre el teatro isabelino, por ello tenía ya en su buró una guía sobre la psicología de los personajes del dramaturgo inglés ¿pero acaso no era eso un tipo de manipulación al intelecto? Hombres sofisticados, intelectuales renombrados diciéndole cómo pensar, qué pensar, cómo dudar, de qué dudar; en años anteriores se habría lanzado a escribir sobre Shakespeare desde el fondo del corazón, ignorando la razón, diciendo, sí, sí, Porcia de “El mercader de Venecia” es una mujer impresionante por su poder de decisión que yace no únicamente en el matrimonio, sino de su deseo de ser feliz no sólo mediante la conciencia de los actos de su esposo, en quién inevitablemente confía pero tiene la necesidad de ponerle a prueba, ella quiere no a un hombre perfecto, desea a un hombre sincero…
Hoy en día escribiría algo así como que Porcia es excelente por su naturaleza de mujer renacentista, donde sabemos que su rol en la vida humanista cambia con el tiempo, ella es como es por el mismo hecho de vivir cerca de la cuna cultural, porque su padre al morir le ha dado las semillas de la creación y la elección. Porcia no es una Penélope esperando a su Ulises, no, no, ella va por Ulises para que le termine el tejido…
¿Con cuál versión se quedaría?, ¿con la del corazón o la razón?, ¿por qué habría todo de ser tan dual? Ahora que había recobrado el aparente control sobre sus sentidos volvía cuestionarse si era adecuado tener todas esas sensaciones tan “aparentemente controladas”, ¿no era acaso que la falta de todos sus desequilibrios le llevaban a pensar mejor? Y si era así, al pensar mejor no dejaba de cuestionarse a sí mismo, lo que le conllevaba a otro desequilibrio, uno más brutal, porque si el primero era netamente orgánico y biológico, el segundo se inmiscuía en las sienes, entre las redes neuronales, en la mente de Leonard, y de ahí no podía salir pues ahora era nuevamente víctima de sus propias inseguridades.
También quería salir de sus inseguridades, ser libre, ser pleno, pero no lo lograba, estaba sujeto. Pensó en Alcmeon de Crotona y sus pensamientos de unir el principio con el final, de ser perfectos como los cuerpos celestes que están en constante movimiento, inmortales porque donde se encuentra el inicio ahí mismo está el final y así nunca se muere, así se es perfecto. Pero cuando estaba pensando en eso a Leonard le vino un escalofrío. Él que siempre deseaba ser perfecto, que quería completar el círculo… ¿no era eso lo que estaba haciendo? ¿Volviendo una y otra vez al inicio? Era un ser cíclico que se auto flagelaba, que al igual que los cuerpos celestes se mantenían en movimiento, él seguía con sus emociones y sentimientos de forma cinética por la vida con un alto nivel de hipersensibilidad, se regeneraba como la autopoiesis, sólo que aquí era más viejo, dentro de un mes sería más viejo. Estaba seguro que terminaría como Simone de Beauvoir, viéndose al espejo y diciendo “Ese de ahí no soy yo”
–Pero ¿éste de aquí soy yo?- murmuraba con su cigarro en la mano. Era quién sabe qué numero de cigarro del día, oficialmente podría ser el segundo o el tercero, quizá el primero, con eso de que acababa de amanecer. Golpeó la parte del filtro con su dedo pulgar e índice, después lo prendió. Volvió a pasearse con el cigarro por toda su habitación (que no era muy grande)-Si tan sólo pudiera vivir por inercia- decía una y otra vez. En una segunda carta que la había enviado a Alfi le comentaba sobre sus deseos de haber nacido más atractivo, más jovial, menos inteligente: “Si me dieran a escoger entre ser atractivo o inteligente” decía Leonard en la carta “escogería ser atractivo, ¿para qué el intelecto?, sería un bello estúpido, pero tan estúpido que sería ignorante de mi propia ignorancia. No es que ahora sea muy inteligente, pero soy lo suficientemente consiente como para apreciar mi fealdad”
Se sentó en su cama y esparció accidentalmente un poco de cenizas sobre el colchón. Pasaba tanto tiempo pensando en cosas absurdas que ni tiempo le daba para tender la cama. “Me siento como una anciana”, había dicho Elizabeth Bennet en “Orgullo y prejuicio”, ella que tenía veinte años, ¡VEINTE! Igual que Leonard, igual él se sentía como un anciano. Entonces apagó su cigarro, porque descubrió que al llegar Jane Austen a su pensamiento había cerrado el círculo, pues no había nadie más apegado a sus raíces que la mismísima escritora inglesa. Sí, estaba en los inicios, sí era un anciano, pero daba igual, Jane le decía que valía la pena seguir, que la vida no era una novela y por lo tanto no esperara finales esperados, se puede decir que le quitó el orgullo, el prejuicio y lo persuadió a continuar con la laboriosa tarea de vivir.
Se recostó en su cama, durmió un poco y tuvo uno de esos sueños que le quitan el aliento a cualquiera por su propia naturaleza recalcitrante…
(Continua en la siguiente entrada)
Con insomnio y muchas lecturas que efectuar, volvió a los escritos de Vidarte y para cuando se dio cuenta ya había amanecido, la jotería aún en la literatura lo estaba llevando a la extenuante verdad de que no había vuelta atrás. Como si existiera cosa alguna, cual si hubiera una vuelta en “U” a mitad de la carretera, pero como suele ser, las vueltas en “U” están prohibidas. Eso ya no le preocupaba mucho, después de leer tantas tragedias teatrales y que Shakespeare le dijera que “"El mundo es un gran teatro, y los hombres y mujeres son actores. Todos hacen sus entradas y sus mutis y diversos papeles en su vida”, no distaba mucho de su filosofía made in Julia Lambert. Entonces recordó que hacía más de cinco años había escrito algo sobre la representación del teatro en el cine y el papel de Annette Bening como la diva del teatro, su texto iniciaba así: “La vida es una actuación multifacética que se desarrolla en el lugar indicado y el momento preciso, ya sea la ocasión de ser la madre amorosa, la amante lujuriosa, la esposa complaciente, la actriz relumbrante, todas y cada una de las actuaciones interpretadas con magnificencia; sin embargo si el actuar es una costumbre, si es normal fingir distintas actitudes, ¿entonces no perdemos nuestra propia esencia?, ¿o será que nunca la tuvimos?”
Cuando releyó su texto en aquella mañana no pudo dejar de preguntarse si acaso no se estaba proyectando, había escrito eso a los dieciséis años preguntándose si la vida como mero teatro no terminaba por comerse la identidad de las personas. Después Vigotsky le había dicho que el ser humano era contextual, lo mismo le comentaba el psicoanálisis de Freud donde argumentaba que todo era producto del placer, la contención y satisfacción, si Jesús había dicho “todo es amor” y Einstein enunció que “todo era relativo”, entonces Freud le había dicho, querido “todo es sexo”. Pero la verdad, tristísima realidad, es que Leonard había estado mejor dentro de su ignorancia, cuando amaba escribir por mero acto de catarsis y no como cuestión dogmática, porque cuando él se apropiaba de algo, entonces ese “algo” debía ser perfeccionado, cosa que en el acto perdía su esencia primordial, ¿era acaso que creía que todo acto por placer era vano?, ¿podía la escritura postrarse como una válvula de escape tan inocua como superficial al servicio exclusivo de la psiquis del escritor?, ¿a dónde le llevaban todos esos absurdos pensamientos? “El pensar por el pensar no es bueno”, le dijo alguna vez su gloriosa instructora de escultura, aquella mujer que siempre le incitaba a ser mediático y equilibrado, que buscara lo bueno sin ostentar a la perfección. Leonard suponía que su instructora manejaba tan bien los tipos de “representación” que conocía hábilmente las distintas formas de representar la felicidad; incluso se antojaba ambigua, escondida en algún espacio del intersticio existencial, sin embargo para Leonard todo tenía que ser perfecto, juntar el inicio con el fin. Lo triste no era lo imposible de la tarea, sino que Leonard tenía conciencia sobre ello.
Por eso deseaba regresar a las raíces. Ser un bebé, como Meryl Streep le decía en el filme “Adaptation”, “Quisiera volver a ser un bebé, volver a nacer”. Sí, regresar a la matriz estando seguros dentro de nuestra propia dependencia, donde todo nos afecta pero no somos conscientes de ello. Quería volver a ser un bebé de la escritura, un bebé del arte, un bebé de la literatura, escribir con total soltura una vez más, cual divagaciones sobre Alfred Kinsey, ahí olvidado estaba otro de sus escritos sobre el investigador estadounidense: “La duda es un concepto que acecha constantemente a la mente humana, basta con decir que la duda puede ser prejuiciosa, pues el problema se desarrolla no precisamente en la pregunta sino en la respuesta”.
¡Qué sofista!, ¡qué adulador! Le pareció aquel inicio de texto. Eso ya no lo podía lograr ni con cinco horas frente al computador, su última incursión seria dentro de la crítica de cine había iniciado así (sobre el filme “Elizabeth I”): “Aceptable adaptación del personaje histórico Elizabeth I, “La reina virgen”, hija de la segunda esposa de Enrique VIII (Ana Bolena) mujer por la cual el monarca dejó a Catalina de Aragón y a su hija, María Tudor, desligándose del poder papal…” después se quedó pensativo preguntándose dónde se hallaba la chispeante prerrogativa del intelecto mundano, eso no hablaba sobre él como escritor, no exponía una idea propia, más bien era el compilado de algo histórico, no era un ensayo… el texto sobre “Elizabeth I” iniciaba como una crónica que distaba mucho de la opinión personal. El texto no contenía nada de su amor por la escritura, del amor que tuvo alguna vez hacía cinco años atrás. Volver a la raíces sería entonces para él como borrarse la memoria, siguió pensando en su texto sobre la reina Virgen y escribió: “Enrique VIII murió dejando un heredero varón al trono de Inglaterra: Eduardo VI, sin embargo el joven murió a la edad de quince años, fue así como María Tudor (católica por herencia materna) toma el poder. Conocida como “Blood Mary” por llevar a la hoguera a cientos de protestantes, fallece sin dejar descendiente alguno, así asciende al poder Elizabeth…” ahí otra vez el relato histórico, nada fresco, nada auténtico.
Zarandeó las neuronas, supuso que ese era el precio que debía pagar por haber leído dos biografías de la Reina Virgen, una sobre María Tudor, dos sobre Enrique VIII, otras dos sobre Ana Bolena y a la par, una de cada una de las esposas del mismo Enrique VIII (o sea, Catalina de Aragón, Jane Seymour, Ana de Cleves, Catalina Howard y Catalina de Parr), sin agregar las biografías sobre los reyes católicos, así como las novelas históricas en la época Tudor; en pocas palabras el exceso de información le estaba secando el intelecto. Intentó seguir con su texto: “Como cualquier película que intenta adaptar las cuitas cortesanas, políticas y religiosas de un monarca, se atiene a la dificultad de condensar una gran cantidad de eventos relevantes cuya importancia en la historia es notable…” hasta ahí llego y hasta ahí sabía que llegaría. No podía ni quería lograr algo más serio, estaba hiper-dogmatizando uno de sus placeres más sagrados.
Se preguntó hasta qué punto las mayorías tenían injerencia sobre la información… o quizá, las minorías que se concentran en los círculos de poder y terminan por disgregar la información y el inconsciente colectivo. Por ello también se le complicaba escribir sobre Shakespeare diciéndose a sí mismo que no sabía nada sobre el teatro isabelino, por ello tenía ya en su buró una guía sobre la psicología de los personajes del dramaturgo inglés ¿pero acaso no era eso un tipo de manipulación al intelecto? Hombres sofisticados, intelectuales renombrados diciéndole cómo pensar, qué pensar, cómo dudar, de qué dudar; en años anteriores se habría lanzado a escribir sobre Shakespeare desde el fondo del corazón, ignorando la razón, diciendo, sí, sí, Porcia de “El mercader de Venecia” es una mujer impresionante por su poder de decisión que yace no únicamente en el matrimonio, sino de su deseo de ser feliz no sólo mediante la conciencia de los actos de su esposo, en quién inevitablemente confía pero tiene la necesidad de ponerle a prueba, ella quiere no a un hombre perfecto, desea a un hombre sincero…
Hoy en día escribiría algo así como que Porcia es excelente por su naturaleza de mujer renacentista, donde sabemos que su rol en la vida humanista cambia con el tiempo, ella es como es por el mismo hecho de vivir cerca de la cuna cultural, porque su padre al morir le ha dado las semillas de la creación y la elección. Porcia no es una Penélope esperando a su Ulises, no, no, ella va por Ulises para que le termine el tejido…
¿Con cuál versión se quedaría?, ¿con la del corazón o la razón?, ¿por qué habría todo de ser tan dual? Ahora que había recobrado el aparente control sobre sus sentidos volvía cuestionarse si era adecuado tener todas esas sensaciones tan “aparentemente controladas”, ¿no era acaso que la falta de todos sus desequilibrios le llevaban a pensar mejor? Y si era así, al pensar mejor no dejaba de cuestionarse a sí mismo, lo que le conllevaba a otro desequilibrio, uno más brutal, porque si el primero era netamente orgánico y biológico, el segundo se inmiscuía en las sienes, entre las redes neuronales, en la mente de Leonard, y de ahí no podía salir pues ahora era nuevamente víctima de sus propias inseguridades.
También quería salir de sus inseguridades, ser libre, ser pleno, pero no lo lograba, estaba sujeto. Pensó en Alcmeon de Crotona y sus pensamientos de unir el principio con el final, de ser perfectos como los cuerpos celestes que están en constante movimiento, inmortales porque donde se encuentra el inicio ahí mismo está el final y así nunca se muere, así se es perfecto. Pero cuando estaba pensando en eso a Leonard le vino un escalofrío. Él que siempre deseaba ser perfecto, que quería completar el círculo… ¿no era eso lo que estaba haciendo? ¿Volviendo una y otra vez al inicio? Era un ser cíclico que se auto flagelaba, que al igual que los cuerpos celestes se mantenían en movimiento, él seguía con sus emociones y sentimientos de forma cinética por la vida con un alto nivel de hipersensibilidad, se regeneraba como la autopoiesis, sólo que aquí era más viejo, dentro de un mes sería más viejo. Estaba seguro que terminaría como Simone de Beauvoir, viéndose al espejo y diciendo “Ese de ahí no soy yo”
–Pero ¿éste de aquí soy yo?- murmuraba con su cigarro en la mano. Era quién sabe qué numero de cigarro del día, oficialmente podría ser el segundo o el tercero, quizá el primero, con eso de que acababa de amanecer. Golpeó la parte del filtro con su dedo pulgar e índice, después lo prendió. Volvió a pasearse con el cigarro por toda su habitación (que no era muy grande)-Si tan sólo pudiera vivir por inercia- decía una y otra vez. En una segunda carta que la había enviado a Alfi le comentaba sobre sus deseos de haber nacido más atractivo, más jovial, menos inteligente: “Si me dieran a escoger entre ser atractivo o inteligente” decía Leonard en la carta “escogería ser atractivo, ¿para qué el intelecto?, sería un bello estúpido, pero tan estúpido que sería ignorante de mi propia ignorancia. No es que ahora sea muy inteligente, pero soy lo suficientemente consiente como para apreciar mi fealdad”
Se sentó en su cama y esparció accidentalmente un poco de cenizas sobre el colchón. Pasaba tanto tiempo pensando en cosas absurdas que ni tiempo le daba para tender la cama. “Me siento como una anciana”, había dicho Elizabeth Bennet en “Orgullo y prejuicio”, ella que tenía veinte años, ¡VEINTE! Igual que Leonard, igual él se sentía como un anciano. Entonces apagó su cigarro, porque descubrió que al llegar Jane Austen a su pensamiento había cerrado el círculo, pues no había nadie más apegado a sus raíces que la mismísima escritora inglesa. Sí, estaba en los inicios, sí era un anciano, pero daba igual, Jane le decía que valía la pena seguir, que la vida no era una novela y por lo tanto no esperara finales esperados, se puede decir que le quitó el orgullo, el prejuicio y lo persuadió a continuar con la laboriosa tarea de vivir.
Se recostó en su cama, durmió un poco y tuvo uno de esos sueños que le quitan el aliento a cualquiera por su propia naturaleza recalcitrante…
(Continua en la siguiente entrada)
miércoles, 10 de febrero de 2010
¡Nuevo blog! "Belle de Jour... Belle de Nuit"
No, no, "La campana de cristal" seguirá en pie, la diferencia es que ahora necesito un poco de aire fresco, otra forma de expreción, y quizá éste blog ya quiere caducar, pero como me niego a cerrarlo entonces prefiero cambiar de aires hipertextuales con otro blog que se llama "Belle de Jour... Belle de Nuit"
Espero lo disfruten.
Espero lo disfruten.
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