miércoles, 10 de febrero de 2010

¡Nuevo blog! "Belle de Jour... Belle de Nuit"

No, no, "La campana de cristal" seguirá en pie, la diferencia es que ahora necesito un poco de aire fresco, otra forma de expreción, y quizá éste blog ya quiere caducar, pero como me niego a cerrarlo entonces prefiero cambiar de aires hipertextuales con otro blog que se llama "Belle de Jour... Belle de Nuit"

Espero lo disfruten.

lunes, 8 de febrero de 2010

Como en el cine Hollywoodense, se suele sacrificar el contenido por la forma

Saliendo de aquella clase donde siempre le decían a Leonard que no sabía nada pero sin embargo estaba en el lugar correcto para aprender todo lo que le faltaba por aprender (sin intención de ofender) se topó con uno de sus viejos amigos del viejo pensamiento. Señorito Freud, como le llamaba por su fijación al psicoanálisis, había sido uno de sus compañeros al inicio de la carrera, de eso ya tenía más de un par de años, pero se habían dejado de ver desde hacía dos años porque después de un tiempo sus horarios no congeniaron, él se había ido de intercambio (como todos parecían estarlo) y al final estaban en plena escalinata preguntándose qué había sido de la vida del otro, sin embargo la confianza ya no era la misma, pues aunque el señorito Freud era el mismo hombre de gafas grandes y chamarra intento de saco parchado en los codos cual prenda recién sacada del armario de cualquier profesor de matemáticas, era Leonard quién parecía estar algo diferente según la percepción de Freud.
Fue como un flechazo impío proclive a la destrucción, pues al instante Leonard supo que ya no era la misma cuestión aquella que se manejaba entre ambos ¿amigos? Cuestionable, porque resultaba que ahora tenía nuevas amistades y Leonard no cabía en ellas.
-Dejaste de contestar mis mensajes de texto- le dijo Leonard después de unos minutos de charla.
-No es lo mismo depender de tus padres que de ti mismo.
-¿Eso a qué viene?
-Ya no vivo en mi casa, me sacaron o me salí, depende la forma en que lo quieras ver, así que no tengo todo el ingreso monetario que desearía tener.
-Jamás lo creería de ti- era cierto que Leonard no se imaginaba ni imaginaría que el chico Freud estuviera lejos de casa o en construcción de un nuevo hogar, pero sobre todo por el aspecto de su ex compañero, quién lucia exactamente igual.
-Yo tampoco creería que te volverías fancy.
-¿Fancy? Hazme el favor.
-Eso mismo, ni te ofende el término, sino que lo ansías.
-¿Y eso a qué viene? Soy el mismo e idéntico hombre.
-Ya lo creo, eres la viva prueba de que el interior importa, porque en la periferia no eres el mismo ¿qué fue del chico que sólo usaba playeras negras y pantalones de mezclilla?
-Créeme, sólo uso pantalones de mezclilla, el día de hoy es gabardina y no tiene nada de “fancy”- Leonard se burló del término enmarcando con sus dedos un par de comillas en el aire.
-Pues antes no usabas lentes de sol.
Después del comentario del chico freudiano, Leonard se quitó los lentes. No se había percatado que aún los traía puestos.
-No sé por qué estás ligeramente agresivo.
-Hasta te ves demacrado.
Leonard empezó a reír de una forma tan auténtica como hacía mucho tiempo no lo hacía.
-¿De qué te ríes?- el chico freudiano parecía estar un poco enojado, aunque más bien usaba un tono arisco.
-Antes me cuestionabas sobre mi trabajo, mis escritos, lo que decía o quería hacer y ahora te fijas únicamente en mi imagen ¿no será que tú también cambiaste un poco?
-Si me fijo en tu aspecto exterior es que me abruma más que tú interior, seguro ahora eres pura cáscara.
Leonard no supo qué contestar, ¿el amante de Freud tenía razón? ¿Era pura cáscara, una oquedad existencial? No pudo dejar de referirse a sí mismo que antes era más como el chico freudiano, siempre sarcástico hasta la médula, hiriente por pasión al dolor ajeno y que amaba la vestimenta non-fancy (si es que así se le podía llamar a su anterior forma de vestir) lo recordó y Dios sabe la razón, pero volvió a reír más fuerte que antes, y sin importar realmente el nivel sonoro de su risa, el espíritu sí que era auténtico.
-¿Te sigues riendo eh?

-Sólo creo que sería bueno charlar más seguido, puede ser que regrese alguna parte de mí que se encuentra algo extraviada y sin intención de ser revivida, pero contigo… es extraño que me den ganas de ser petulante.
-Eso es poco halagador en cualquier sentido ¿qué fue de Edgard? Pensé que te adaptabas mejor a él.
-Edgard es un plato que se sirve mejor frío.
-Salieron mal, pues ahora pareces una chica de su séquito.
-Gracias, me esfuerzo por ser un buen cortesano, pero de mi propia corte.
-Leonard, me tengo que ir, quedé de verme con unos amigos.
-Claro Freud, todos ellos de playeras negras con estampados deslavados.
-Eso no tiene nada que ver.
-Lo mismo digo, pero honestamente creo que tú no lo ves así, le das más importancia a la forma que al contenido.
-Ya deja la huelga de hambre y también la intelectual.
-¡Oh!, gracias por recordarme lo poco culto que soy, pero muy orgulloso estoy de ser tonto, frívolo y vulgar.
-Ya supérate señorito Maugham- dijo el chico freudiano y se dio media vuelta.
-Eso sí que fue poco cortés- dijo Leonard en tono glacial.
-En eso no has cambiado… ¡en lo snob!

Freud siguió su camino.

domingo, 7 de febrero de 2010

No idealizarás… no planearás… no comerás…

Ya lo había dicho Carrie Bradshaw, lo peor de ver a tu ex, es ver a tu ex y lucir como una mierda, y una mierda era como realmente se sentía así como se veía Leonard. Sin haber comido bien por casi tres semanas… quizá más, quizá menos, ¿importa? Se preguntaba él. Se había decidido al fin a comer en forma, como debía ser dado, almuerzo, comida y cena, todo a la fuerza si era necesario. Estaba dejando los ansiolíticos y después de todo aceptó tomar un par de vitaminas –Que igual salen con total soltura por el trasero, como cualquier otra cosa- pensaba él sin estar dispuesto a dejar de fumar. Era una grave posibilidad el terminar como su profesor de cine y literatura, aquel hombre que tanto había idealizado –Y que conste sobre mi cadáver muerto y mis horas sin comer, que me había prometido no idealizar a ningún hombre- les decía a sus amigos cuando se quejaba del escritor (reputado escritor) cuya visión del cine se remitía a Chaplin y Eisenstein, solía ser algo misógino, a tal grado de enunciar que Flaubert podía manejar la psicología femenina mucho mejor que las mismas escritoras.
-¿Sabes a quién me recordó? Al escritor ese inglés que dijo sobre las mujeres: las escritoras inglesas son como perros andando en dos patas, no lo hacen tan mal y se ven graciosas.
-Yo ni lo conocía- le dijo Hanna mientras se empolvaba su pequeña nariz y acomodaba sus perforaciones faciales.
-El problema fue que idealicé demasiado al profesor. Desde hace más de dos años busco la posibilidad de tomar clase con él y resulta que no sale de sus comentarios misóginos como “¡Ah! mujeres, caíste en tu femme fatale ¿eh?”
-Yo también pensé que te caería pues mínimo bien, por lo de ser o no ser escritor.
-Ser o no ser, deja a Hamlet que ya sé porqué adora a Ricardo III, ahí todas las mujeres son una plañideras.
-¡Ah!, mujeres shakespeareanas, ¿no son la forma astuta de la mujer renacentista y a la vez el retrato estúpido de la mujer medieval?
-Da igual, callaré, callaré mi boca y silenciaré mi conciencia.
-Y dejarás de leer a Shakespeare.

Y quizás también volvería a dejar de comer. Le asustaba llegar a tal grado de adicción hacia su querida nicotina que al final estaría como su profesor de cine y literatura, tosiendo cada dos segundos con aquellas mejillas color mantequilla, pero el hombre no era el problema, la verdadera razón es que ahora su cuerpo estaba teniendo secuelas… -Y no sólo las del tiempo- pensaba mientras en la madrugada verificaba las contundentes marcas de acné así como las estrías que su cuerpo iba adquiriendo por haber bajado de peso tan repentinamente. Las verdaderas secuelas es que aparentemente a su cuerpo se le había olvidado cómo debía comer sus tres comidas al día… no podía mantener nada adentro de él por muchas horas y cuando no vomitaba se enfermaba del estómago, “¿Es que ahora qué te pasa que ya no digieres?”, le preguntaba Alfi, sin siquiera saber contestar a la pregunta porque no entendía la negativa de su cuerpo ante el alimento.

-Bueno, es que yo no decidí dejar de comer, sólo pasó.
-No eres alérgico a la comida Leonard, fue tu elección- le decía Karen, una chica que había regresado repentinamente a la facultad y con quién solía charlar en las librerías.
-Son las clases, estoy somatizando todo. El estrés estudiantil y esas cosas…- dijo mientras señalaba a los alumnos de más bajo semestre.
-¿Esas cosas?
-Esas cosas.
-¿Esas cosas?- reiteró Karen.
-Sí, ¡caramba!, esas cosas de otros semestres donde se encuentra mi ex.
-Es normal que temas encontrártelo, pero los horarios son tan dispares que no…
-No lo encontraré ¿cierto?
-Sale del baño- susurró la chica- sale del baño.
-¿Él sale del baño?- quería creer que no era Orlando quién salía del baño, pretendía engañarse pensando que los horarios eran realmente dispares, en verdad lo deseaba, pero efectivamente del baño salía.
-Leo, ¿qué hay? No te había visto, pensé que te habías ido de intercambio o algo así.


Quisieras… ¿o eso yo quisiera?, pensó Leonard antes de contestar con total elegancia, soltura y jovialidad, pues si ya una mierda era sin haber comido lo suficiente, así como teniendo dolores de estómago, boca, garganta, mentales, emocionales y todas esas cosas que aquejan a todo el mundo pero que prefieren ocultar en pro de una actitud tan civilizada como si nada pasara, pavoneándose por los pasillos sin autoproclamarse la plañidera más grande del mundo.

-Hola- dijo y enmudeció.
-Vamos a comer ¿te parece?
-Sí, ya como- comentó Leonard sin la menor elegancia, soltura o jovialidad. Arruinó el momento, pero ¿qué deseaba? Si vomitar era lo único que le salía bien últimamente.
-Luego nos vemos- se despidió Orlando con todas las características de su encanto, el ángel mortecino que aún consciente de su muerte se conduce por los caminos más felices de la existencia.
-Supongo que el amor no es amor cuando con algo lo alteras ¿verdad?- le preguntó Leonard a Karen ya de camino al comedor.
-No Shakespeare, es una marca indeleble que enfrenta tempestades y jamás se debilita… ¿sigues enamorado de él?
-No lo sé, pero quisiera que esa incertidumbre no me matara.
-Ignóralo, la próxima vez que lo veas sólo ignóralo.
-No podría, no está en mí.
-¿Cómo el comer?

-Creo que ya sé porqué no me encanta Ricardo III, todas son una plañideras, como yo.

jueves, 4 de febrero de 2010

La caída del héroe

-¿Te sientes mal? ¿Comiste algo?- preguntó su padre algo tajante pero sin intención de ofender a su hijo.
-¿Me veo mal?-preguntó Leonard con aparente ingenuidad.
-Traes esa cara como cuando te sientes morir- comentó Carlota, quién también se encontraba en el estudio de su padre.
-Ah…- dijo Leonard con un hilo de voz- no, no, estoy bien- profirió y se sintió al instante como la loca de Virginia que baja por la estantería al estudio de Leonard Woolf quién le pregunta “¿Dormiste bien? ¿Tienes dolor de cabeza?”, “Estoy bien” contesta ella igualmente con un hilo de voz, “¿Comiste algo ya?”, “No, pero seguro lo haré más tarde”, “Nada de eso, le diré a Nelly que te suba algo para el desayuno”…. decía Leonard con una pipa en la mano ¿o quizá era un puro o un cigarro? Su padre estaba fumando un cigarro, “No es necesario, estoy bien”, “Entonces será un desayuno como debe ser, sopa, pudín y todo. Si es necesario a la fuerza” ¿Cómo salir de la autoridad de quién te da de comer? ¡Ah, Virginia lo sabía!, por el corazón, “Creo que al fin tengo una primera frase” profiere ella con extrema tranquilidad y estoicismo

En verdad se está muriendo por dentro, pues aunque durmió casi cinco o seis horas, ¿quién las cuenta?, la mayor parte de ellas tuvo una gama de terribles sueños de un modo particular, de aquellos que solamente torturan a la persona en específico ya que nacen de su inconsciente, y sin embargo al despertar nada cambia pues las voces están ahí, las voces que le dicen valer nada, ni ella ni su vida, porque cuando se despierta a pesar de haberse extinto el dolor de cabeza se manifiesta instintivamente dentro de la misma conciencia ¿para qué salir al mundo? ¿Por qué no quedarse aquí en la habitación propia? Dormir, dormir hasta no despertar jamás. Su esposo lo sabía, le leía la mente tan fácilmente, por ello le obligaba a comer, pero con su escritura no se metía, con su espíritu creativo ni tocarlo, si tenía la primera frase para su nueva novela la intención era intocable, que fuera ella misma y la escribiera, sí, como la señora Dalloway comprando las flores con su propia autonomía, viendo a la reina pasar en su gran carro, presintiendo los pensamientos de aquellos que le rodean envueltos en la estela de las avionetas que surcan el cielo, es ahora una “U”, o una “L”, o una “C”, o lo que les mande el entendimiento…

-Tienes que comer algo- dijo su padre sin mirarlo a los ojos, siguió en lo suyo, cual Leonard Woolf acomodando los papeles para Hogarth Press. En ese momento Leonard esperaba que su padre levantara su cabeza y le dijera “Ni un escritor nuevo, mira lo que escriben, tres errores de ortografía y cinco de estilo… y eso que voy en la página número tres, escucha: el caballero que no puede sentir jamás volver… ¿no es sublime dentro de lo grotesco? “Sí, sí Leonard, contestaría Virginia”.
-No tengo hambre, estoy bien…
-Te llamó Susana, pero le dije que estabas durmiendo- apuntó Carlota igual en lo suyo con la mirada puesta en los papeles.
-No quiero contestar las llamadas de nadie.
-¡Oh!, por supuesto señorito- bufó su hermana- estamos aquí para atender sus necesidades.
-No tiene importancia, después de la lluvia el teléfono se volvió a averiar, la última llamada que entró fue la de Susana- su padre sacó el humo por la nariz y después con dos ligeros toques sacudió la ceniza en su pequeño cenicero de cristal.
- Es verdad, no tiene importancia- igual creía que era absurdo lo del teléfono, ya que en pleno siglo XXI no era la única forma de contactar a las personas, pero lo absurdo era aquello que tenía importancia para él, no quería ver a ninguno de sus amigos más antiguos, hablarían de sus “depresiones exprés” de cuatro meses… “muy exprés”, y la única forma con la cual se contactaba con aquellas amistades era mediante el teléfono. Él realmente adoraba las llamadas por teléfono.
-Deberías hablarle, se oía un poco preocupada.
¿Por quién se sentirá preocupada?- examinó en su interior Leonard- importa poco y al demonio, se acabó la amistad incondicional, si quieren algo tendrán que buscarlo en otra parte, no estoy para nada, hoy no, para nada serio, es oficial que no sostendré la mano de nadie, tantas manos he sostenido como ojos llorado mi hombro y aún así nadie hace eso cuando es mi turno, bien, que la naturaleza sea mi aliada en estos días nublados.
-Ya me llamará al celular si es tan urgente- dijo él y se retiró.
-Come algo- le insistió su padre ya a lo lejos. La verdad es que no podía obligarlo, hacía tiempo que no lo obligaba a nada porque Leonard hacía todo lo que se podía hacer bien delante de sus ojos.
-Más tarde, cuando deje de llover- canturreó Leonard con un sublime eco en el pasillo.

martes, 2 de febrero de 2010

Non -ficción

Estoy jodido, estoy cansado, estoy enojado, ahora sí va que esto no es ficción, estoy cansado que las personas me pregunten si estoy o no en el closet, estoy cansado de que me inciten a salir de él, estoy cansado de que me gusten las mujeres y los hombres, estoy enojado, pero muy muy encabronado ahora sí, por ceder ante el mundo, ante todo y sobre todo, a que mis gustos sean una mera masa contextual, estoy harto y hasta la madre, sí, hasta la mera madre, NUNCA USO ESAS PALABRAS porque soy tan recatado, pero ahora sí estoy hasta la madre, estoy cansado de quererme dar un tiro de vez en vez, de querer tirarme por la ventana y después que caiga mi campana de cristal sobre mí estúpida cabeza, NO, NO, NO, NO CARAJO no vivo en un clóset, ni en un armario, lo mío, lo mío, lo mío es la mera y puta campana de cristal, ahí donde esté yo sentado siempre me removeré en mi mismo aire viciado, JODER, que no se puede ni escribir esto de forma que no se sea autocompasivo, me irrita que mis amigos hagan como si nada sucediera, que no pasa nada, que mis amigos más cercanos vivan con esa imagen de que en algún momento regresaré al buen camino, que todo se olvidará, sólo porque les confesé de mi amor por un hombre que me rompió el corazón en mil pedazos y aún así lo sigo amando, al carajo con ello, pero igual que el baile sigua, que la corte siga danzando, la vida es un teatro ¿no?, ¿no me dice eso siempre la ficción? Estoy en un momento de mi vida que no sé quién soy. Siempre poniéndome a prueba, siempre inferior, oh, oh, oh, oh la gente no deja de decirme que tengo problemas, oh, oh, oh, la gente no deja de decirme que mi vida es perfecta, aquí o allá al parecer no sé ya qué pasa, odio vivir de la opinión pública, me odio, uff ya lo dije, me odio a radiar, hoy de camino a casa me di cuenta de una sola cosa: he perdido mi identidad, veinte años, ya casi a los veintiún años y no tengo ni pizca de identidad

miércoles, 13 de enero de 2010

El tercer sexo

Bajó las escaleras con el mayor decoro que su atuendo le podía prestar, a la mitad de la escalinata de una lujosa madera barnizada supo al instante que no encajaría en la supuesta “fiesta” que ni era un baile estirado y mucho menos una junta amistosa, era el campo de guerra.

Le parecía pomposa la afirmación, pero él sabía reconocer el ambiente en el cual se estaba sumergiendo de forma repentina, no por mera casualidad había sobrevivido a todos sus eventos con Nick o las fiestas de coctel al lado de algunos de sus amigos más snobs así como entramados sociales bohemios junto con sus colegas de la facultad; temió por su integridad no sólo al involucrarse nuevamente en aquel ecosistema de hombres con traje y alguna que otra personalidad contestataria que pretendía escandalizar a alguien con el simple hecho de usar un par de sandalias, una playera negra y su melena negra al descubierto, nada de eso le daba miedo, lo que realmente le atemorizaba era que podía discernir e identificar la conducta de cada cual ¿era que a tantos eventos había asistido que ya todo parecía una copia mundana? –Todas las fiestas son iguales, todas la inauguraciones de arte, las presentaciones del libros, los eventos culturales, los eventos sociales, las parrandas nocturnas- se descubrió pensando Leonard al darse cuenta que era una barbarie aquello que se presumía tan obvio. No todos los eventos eran iguales ya que la variantes de los elementos eran muy claras, y aunque estereotipadas, no podía dejar de asegurarse que no conocía todos los tipos de juntas posibles, ni a toda la gente que existiera –Aunque crea que la sociedad es como un molde- repitió mientras verificaba su cabellera en el espejo que se encontraba en el descanso de la escalera –entras a una fiesta como esta y se conoce a una persona muy agradable que comenta sobre el cine Hollywoodense y la importancia de la rentabilidad en el cine, también se puede hallar a un descarado ególatra sin sentido que adora el cine de culto, después asistes a una reunión de los chicos más ilustres de la facultad y te topas a una ególatra del cine Hollywoodense ignorante de toda su autoalabanza y a la vez estrechas la mano de la persona más espontánea, grácil y agradable del lugar que se aficiona al cine de culto y tiene sus propios cortometrajes- terminó de bajar la escalera- sí, sí Leonard, las personas parecen ser iguales aquí y allá, producto de la globalización, supongo, me pregunto cuál será mi doble justo ahora allá en la ciudad donde se encuentre mi familia, será como “La doble vida de Verónica”, aquí “La doble vida de Leonard” y veré a mi contraparte y moriré después de verla ¿será más arrogante?, ¿humilde tan siquiera?, lo que sí es que será una persona segura de sí misma, dispuesta a obtener lo que quiera y enteramente heterosexual, claro, si hablamos que tenemos un ser contrario en nuestra vida.

Se deslizó por el salón hasta llegar a la barra de bebidas. No debería tomar alcohol, las píldoras y el alcohol no se mezclan –Bueno, sí se mezclan, es la única forma con la cual muchas personas adquieren un poco de diversión, absorben todo aquello que lejos de energizar a su cuerpo, sólo lo sacan de su estado natural, pues lo natural aburre, lo natural agobia, nadie quiere ser una santa persona que no toma, bebe o ingiere pastillas por amor a su felicidad, en fin, los humanos estamos aquí para la autorrealización- terminó de sermonearse queriendo sentirse un poco mal por todo lo que había pensado. Él pertenecía a una familia muy conservadora y conocía infinidad de personas que ni fumaban, ni bebían, ni ingerían ningún tipo de droga, que llevaban su vida con una naturalidad envidiable. Pidió un ruso blanco sintió como el cinismo se apoderaba de su ser. Cuán patético se sentía por no haber superado lo de Orlando a ya casi un mes de su ruptura, la mayoría de los homosexuales que conocía eran infieles y fáciles de congratular, conseguían un tipo al cual llevarse a la cama y asunto solucionado, a la mañana siguiente tiraban a sus parejas nocturnas como pañuelos desechables y seguían con su vida. Era cierto, no podía tener garantía en un mundo como lo era “el mundo gay” (si es que existía alguno y si acaso se llamaba así) siendo un niño inocentón, romántico empedernido. Para sobrevivir debía ser una persona más seca, menos emocional, más intuitiva, menos fiel a los demás y más a sí mismo. Terminó su trago, pidió otro y se dispuso a socializar, sólo que no sabía con qué cliché estaba dispuesto a intercambiar palabra.

¿Por qué le preocupaba tanto el ser o no ser homosexual? -¿Será que no se nace sino que se deviene gay?- pensó y empezó a reír. Aquella tarde había regresado de pasear con los pies mojados y completamente adoloridos, tanto que le recordaron a la primera vez que patinó en hielo, subió a su habitación, ordenó algo caliente para comer (aunque no comió nada) y después se puso a leer “El segundo sexo”. Aunque la gente le tachaba de feminista, él no se consideraba así. Que le agradara Virginia Woolf, que leyera en su mayoría obras escritas por mujeres y así como considerar al sexo femenino más hábil en muchas cosas, como pensar, donde los hombres hacen la guerra y las mujeres algo más edificante, eso no quería decir ni por asomo que fuera feminista. Pero le inquietaba la visión de Simone de Beauvoir cuando hablaba sobre el devenir de la mujer, el tener que decir “nostras” sin estar sujetas el hombre, sin ser la hija o la esposa, sin ser “lo Otro”, como ella misma enunciaba en su primer tomo. Quizá todo se refería a que él era hombre y había nacido en aquella mayoría sexual dada por los genitales, fácilmente viviría menos pero con mayor salud (según Simone, pero seguro que si la mujer lo hubiera conocido tendría que hacer mínimo una observación sobre lo enfermizo que era) no obstante él era hombre, así sin más MACHO, no un peyorativo HEMBRA, no debía ni recitar, reclamar, recobrar o retobar sobre su esencia, la cultura, la ciencia y la teología le decía que su sexo predominaba y que disfrutara del éxito, pero Leonard no creía en la superioridad del sexo masculino ni mucho menos en el orgullo sexual atribuido a su propio sexo, lo habían educado con el pensamiento de la igualdad sexual, pero más allá de su educación familiar, mientras leía el libro de Beauvoir pensó que su situación conformista sobre la aparente igualdad de sexos provenía de su sexo, en efecto, hombre era y no mujer.
Jamás, por más libros sobre mujeres y de mujeres, para mujeres y por mujeres, que leyera, entenderá ni vería el mundo como una mujer, era sólo una alucinación, un juez y parte de ello, dudosos eran los monólogos interiores que les había dado a sus personajes femeninos en su novela.
Entonces entendió a la filósofa e intelectual francesa, porque de la ignorancia había nacido la comunión, tuvo que hacer un símil. Ahora como intento de homosexual fallido debía pensar si era o no era gay, si quería o no continuar en ello, era un devenir de la homosexualidad, pues aunque lo más probable es que hubiera nacido gay, era necesario coronarse como tal. No pertenecía a una mayoría ya que se remitía a su naturaleza de chico de clóset y eso le incomodaba e inquietaba –Porque no sólo se nace, sino que también se deviene gay- pensó para sus adentros. Por lo mismo Simone de Beauvoir se encontraba tan inmersa en la feminidad y el feminismo, por ello tenía que aseverar la existencia de LA MUJER como tal y no como LO OTRO, nacer y reafirmarse, congratularse o aceptarse, dejarse llevar por aquello que yace en el interior o exteriorizar lo que estaba enclaustrado. Comprendió que a ella le preocupaba su posición sexual, el lugar que se le había dado ¿qué de malo tenía con ser mujer?... ¿qué de malo tenía en su caso con ser gay?, ¿por qué entonces debía vivir en una sociedad homofóbica que lo condenaba y discriminaba sin temor alguno? Y lo que era peor ¿por qué no conocía ni un solo homosexual que fuera enteramente fiel, agradable y hasta cierto punto recatado?, ¿tenía que ver que homosexual era sinónimo de transgresión?, ¿era él el único que deseaba seguir siendo una persona como cualquier otra , UNA PERSONA (como diría Simone, no mejor, no peor, ni mayor o menor, no hombre o mujer, sólo persona) que le gustaran los hombres? Porque él, la persona llamada Leonard, no era lo que le gustaba, no le definía el ser gay, ¿pero por qué la sociedad lo tomaba así?, ¿por qué incluso sus mismos conocidos homosexuales lo tomaban así? Alguna vez había entablado una conversación con un chico muy estrafalario que gozaba de romper las reglas, a tal grado que pensó sólo prefería a los hombres porque iba en contra del régimen social.

La sexualidad le estaba dada. Los heterosexuales no tenían que gritar “SOY HETERO” para poder conseguir pareja, los homosexuales debían dar señales de humo y juntarse en grupos aparentemente selectos para poder conocer gente. Fue ahí donde comprendió la verdadera razón por la cual despreciaba aunque fuera un poco a Orlando, después de todo lo seguía amando, no de la misma manera pero si con gran anhelo. Lo despreciaba porque lo asociaba con toda esa confusión, Orlando le había dicho que estaría a su lado, con sus problemas o sin ellos, reprimido o sin reprimir, pero al final le había dejado solo. Entendía que Orlando superara las relaciones sin problemas, que pasara de un falo a otro, que no lloriqueara ni se sintiera culpable o creyera que su antigua pareja se había quedado en un bucle existencial, sabía que Orlando ya lo había superado, que no le hablaba y que le enviaba todos sus buenos deseos de donde quiera que estuviera, porque Leonard le daba importancia a todo y Orlando no, pues ya tenía más tiempo en el medio.

Despreciaba que no tenía mucha oportunidad de encontrar justo lo que estaba buscando. Sí, él debía ahora gritar sus preferencias sexuales para ser escuchado así como Simone tuvo que escribir un enorme ensayo sobre la importancia de ser mujer, de ser igual sin nada más que añadir. El problema es que Leonard no sabía dónde buscar a su nueva pareja, ¿en bares, antros, juntillas de la socialité justo como esas? Pero si estaba harto de todo lo que representaban esos lugares, le hostigaban, le abrumaba la idea de ir a un antro gay y toparse con la desilusión de saber que todos eran en gran medida como Edgard o Gil, u Orlando o incluso Murat, que podían ser una breve epifanía disuelta en una ardiente besuqueo y luego ¿qué?, ¡¿QUÉ?!, cuando la pasión entre dos hombre se acaba pues sencillamente… se acaba, como en toda historia se tiene un final y saber que sus historias nocturnas en bares con personas que tenían su misma preferencia sexual no llegarían a nada era algo terriblemente deprimente -Se requiere ser más cínico, menos caritativo, amar más de otra manera… ¿pero no es amor el mismo amor que se da entre un sexo y el otro?, ¿entonces por qué debo envilecer mi persona para buscar pareja?

Como era su costumbre estaba arruinando la aparente fiesta con pensamientos de más, así que dio un paso desprevenido vertiendo toda su bebida en el vestido de una muchachilla quizá un año o dos menor que él, quién se sonrió en lugar de enfadarse.

lunes, 11 de enero de 2010

Belle de jour

No tendré al final de enero una pepita de oro que pueda envolver con celosa jovialidad entre los paños de la experiencia para así poderla trasladar a casa, al cuarto propio- Leonard apagó su cigarro, el último de la cajetilla, al menos las pastillas seguían a su disposición así como el desinterés de sus compañeros de hotel; eso creía hasta que le llegó a la habitación una invitación con membrete y sello entregada en mano por uno de los botones del lugar.
-Se requiere su contestación- dijo el joven que incluso podría ser mayor que el mismo Leonard.
-¿Se me permite leer la carta?- expresó Leonard con petulante ironía.
-Así suele funcionar- chisporroteó el botones.
Leonard se sonrojó, las cosas de “etiqueta” le fallaban, se pasaba más tiempo leyendo sobre cortes europeas que moviéndose en ellas, así que al llegar una invitación que exigía inmediata contestación no dejó de creer que Elizabeth Tudor entraría por el balcón exclamando “Dudley querido, asistirás ¿verdad?, debemos bailar una volta”, volviéndose a sonrojar por la ridícula naturaleza de su pensamiento leyó el contenido del sobre, el cual era una atenta invitación (que seguramente se había hecho a todos los hospedados en el hotel) para una cena ofrecida por el político en turno del condado –bien- pensó Leonard- será como una especie de baile muy estirado- estuvo tentado a declinar la invitación, sin embargo recordó que no deseaba abrir un nuevo libro, la última novela de Thomas Mann le había dado náuseas, una sobre un mago con guiños a Mussolini y una familia que pasaba unas malas vacaciones en una Italia hiperpatriótica, si acaso “La muerte en Venecia” le había parecido “tóxica” (de forma literal y literaria, como diría la Woolf) por aquellos anhelos de perfección, donde lo perfecto es mediocre según su instructora de escultura, entonces el mago, hipnotizador, farsante, bebedor de coñac que se veía retratado en la segunda novela que había leído de Mann era tan imperfecto como poco atractivo. Las nauseas le invadieron y tomó asiento en su cama.
El botones carraspeó con la garganta, no sólo esperaba la contestación, sino también su propina.
-No es necesario que escriba una contestación ¿verdad?, será suficiente con que bajes a recepción y digas que asistiré- Leonard se puso en pié y dio un billete al botones, el último que tenía, oficialmente estaba quebrado, más le valía dejar de gastar tanto en libros y escribir un poco más, su último pago lo venía esperando desde hacía dos semanas, no iba a llegar antes del término vacacional, se estaba haciendo a la idea, pero no toleraba pedir dinero a sus padres. -Terminaré prostituyéndome- pensó con descaro -pero ¿cómo aguantar el tiempo determinado?
Cerró la puerta y empezó a reír, era verdad, conocía un par de chicos y chicas que se prostituían, pero no eran sus íntimos amigos e incluso les había censurado, aunque siendo honesto consigo mismo después de haber visto la película de Buñuel “Belle de jour” había sentido una extenuante necesidad de prostituirse –El problema es que ya no existen esas casa de citas tan elegantes y recatadas… y que yo no soy Sévérine, tan elegante y recatado.
Volvió la mirada a su ropero. No tenía nada que ponerse para la ocasión y por suerte o desdicha, tampoco existía alguna tienda cerca. Se reprendió al no haberle preguntado al botones sobre el atuendo que debía usar. Después pensó que como el botones le odiaba (a pesar de haberse llevado lo último de su recurso en efectivo) seguro le habría dicho que la fiesta era de disfraces. Suspiró, no tenía por qué preocuparse. Salió a pasear con su abrigo color verde olivo que estaba dispuesto a encarnarse con su cuello alto que le cubría de perfil la mitad de la cara, también escondía su cabello, aquellos rizos que con tanto ahínco pretendía conservar hasta que la situación lo demandase. Solía cambiar de imagen, hacía dos años realizó un performance con cabello largo atándose a una silla en plena plaza de su ciudad con un texto Luterano en las manos frente a la máxima iglesia católica del lugar; una amiga le ayudó a atarlo dejándole las tijeras al lado por si requería evacuar el lugar, ella documentaría la escena. Poca cosa surgió, las personas le miraban sin entender mientras otros tantos curiosos le tomaban fotografías, después de desatarse fue cuando la gente se le acercó para preguntarle sobre aquel acto, y explicando la analogía sobre lo protestante contra lo católico una mujer (algo anciana) lo golpeó con su paraguas. Los golpes no habían sido muy fuertes pero sí representativos, nunca en la vida había recibido una agresión física por una mujer de esa edad, pero la cosa no paró ahí, pues cada vez que Leonard pasaba frente a la máxima iglesia, si la mujer le veía (quien aparentemente se la vivía por ahí, al menos en la fachada) lo insultaba y gritaba, o golpeaba con su bastón (fuera turno del bastón o el paraguas) así decidió cortarse el cabello y resultó que la mujer no le había reconocido con el cabello a ras.
Cuando realizó otro performance sobre el cierre de un museo en la ciudad donde estudiaba, donde sus compañeros le ayudaron a representar un muro, todos vestidos de blanco y con una obra personal sobre el pecho, tenía el cabello corto. Recordaban el evento, pero no al organizador, quién ahora tenía cabello largo y era, al menos, diez kilos más delgado. Eso era lo que le agradaba de lo colectivo, que lo olvidaran pero recordaran la obra, mínimo la experiencia.
Se puso una boina del mismo color que el abrigo, tenía mucho frío y la hierba mojada le recordaba que era friolento, no obstante disfrutaba ese instante con extrema felicidad, se estaba recobrando de todo lo malo, eso o que al fin tanta pastilla estaba cobrando efecto en su organismo. Aunque le preocupaba su falta de recursos económicos así como la precaria comunicación que tenía con su familia o amigos, le agradaba la aparente independencia que había adquirido en el refugio campirano entre la hierba y el agua. Alzó la vista y vio una vereda, le pareció la mar del mismo idilio cual si hubiese sido pintada por Corot, ahora pertenecía a un cuadro, era el personaje del cuadro, la mínima importancia del contenido humano entre tantos árboles y verduzco esplendor, temía por lo bello, temía por lo sublime, se sentía mareado y débil, algo nervioso pero aparentemente normal en aquellos días. No se resistió y recitó a plena voz su poema favorito de Walt Whitman: “En adelante no esperaré la suerte; yo mismo seré la suerte. En adelante, no lloriquearé más, no tendré más necesidad de nada. Estoy harto de las dolencias que huelen a cuartos cerrados, de bibliotecas y críticas fastidiosas. Alegre y fuerte recorro la vía pública. La tierra y basta. No deseo que las constelaciones estén más próximas. Sé que están muy bien allá donde están. Sé que ellas bastan a aquellos a quienes pertenecen”.
Se volvió y vomitó poca cosa porque seguía sin comer mucho –Bueno, tenía que arruinar el momento- sonrió pensativo mientras se incorporaba entre la hierba- ¿qué diría Whitman del vómito sobre las hojas de hierba?... diría “Aquí hay sitio para la manifestación de una gran personalidad… aquí se pone a prueba la sabiduría”- recogió su boina del suelo pero no se la volvió a poner, se había arruinado con el lodo, sus zapatos también ¿y así pretendía asistir a la pomposa cena? Sería mejor que no asistiera más no tenía remedio, dijo que iría y eso haría, aunque ¿de qué y con quién hablaría? Las personas del hotel podían ser mezquinas así como extremadamente aburguesadas, él no ingresaba a ninguno de sus clubes campiranos ya que no pagaba ninguna mensualidad y desdeñaba todas y cada una de las cortesías. Ni el golf, ni el tenis, ni la absurda piscina y todas esas cosas que podían darle urticaria eran permisibles en su pensamiento. Estaba ahí para tener paz, pero no lo lograba, cuando obtenía el buen momento entonces vomitaba, y ni toda la literatura, la escritura o los ansiolíticos que podría ingerir le quitaban el deseo de encontrar otro lugar “Aquí se pone a prueba la sabiduría. La sabiduría no se pone a prueba en las escuelas. La sabiduría no puede ser transmitida por el que la posee al que no la posee. La sabiduría es el resorte del alma, no es susceptible de prueba, ella misma es su propia prueba. Se aplica a todos los grados, objetos, cualidades y permanece satisfecha. Es la certidumbre de la realidad y de la inmortalidad de las cosas, es la excelencia de las cosas. Hay algo en el móvil espectáculo del mundo que le hace emerger del alma” –Diablos- dijo mientras su mundo le daba un par de vueltas, una sensación parecida a los días sin dormir y con muchas tazas de café encima- no lloriquearás más- decía mientras se tallaba los ojos con las manos- ya cuando empiezas a escuchar a Whitman es que tienes problemas- de pronto el paisaje dejó de moverse.


Se presentaría con un pantalón negro que había llevado, su camisa roja favorita y sus zapatos recién entintados, era todo lo que tenía, esperaba que bastara, eso y su cabello bien acomodado.