miércoles, 16 de septiembre de 2009

“La sociedad de las escritoras vivas” por la cual todas mueren por entrar.

Si algo existía en aquella ciudad en la cual Leonard rentaba un departamento era que nadie que fuera competencia era invitado a un evento para el que fuera muy competente, por eso mismo Leonard era invitado a exposiciones de pintura, clases de danza y uno que otro curso de fotografía, pero jamás en la vida le consideraban a los grupos de lectura y redacción.

-Te tienen miedo- decía Steve mientras terminaba uno de sus grabados. Él y Leonard estaban en su estudio.
-No lo creo, a ti te invitan a cursos de grabado y todo eso, eres el rey del medio, nadie te omite y eso que tu trabajo es muy bueno, es de temer.
-Lo hacen porque esperan que los invite a mi taller y así tomemos la tacita de café o té, compartamos ideas, les ayude a vender su obra y al final los corone con mi bendición- Steve era uno de los alumnos más grandes de la facultad, estaba a punto de terminar la carrera, pero aparte de eso era un poco mayor a los de su generación.
-Pues que se mueran de envidia, yo estoy aquí, ¡yuju!
Steve, quién era una persona muy alegre, empezó a reír a carcajadas.
-En parte estás aquí porque lo tuyo no es el grabado.
-Steve, me ofendes, quiere decir que por ser escritor y no grabador puedo entrar a tu taller.
-No es eso, quiero decir que si fueras grabador tu interés por mi obra sería distinto… un poco fingido.
-¿Qué te hace sentir que no estoy fingiendo?- Leonard rió –creo que juzgas mal a tus contemporáneos.
-Confiaba mucho en ellos, tanto que uno terminó por robarme una estupenda idea, la propuso como suya, se llevó la beca, se fue de viaje y ahora no sé nada de él porque vive una vida eurocentrista.
-Es malo juzgar a todo el mundo por una sola persona.
-No juzgo a todo el mundo, sólo a los artistas que hacen grabado y buscan robarse las ideas de los demás.
-Ya veo porque no me invitan a sus círculos de escritores y lectores, sienten que les quito las ideas.
-No, sienten que haces menos sus ideas.
-¿Soy tan arrogante?
-Un poco, pero más que arrogante eres un juzgón- Steve volvió a reír por lo alto –seguro sienten que vas a criticar tu trabajo.
-Pero ellos pueden criticar mi trabajo también.
-Leo, no necesitas esos talleres, ahí les enseñan técnica, tú lo que tienes es talento. Por mejor que sepan poner las comas, los puntos, la metáfora no funciona si “el espíritu creador” no toca sus cabezas. Ganaste un par de premios, eso intimida a la gente.
-Yo creo que exageras, ni soy tan bueno y mucho menos intimido a alguien, sencillamente no les agrado.
-Pues no les agradas y ya- Steve se quedó pensativo- ¿me ayudas? Necesito tu opinión.

Cual fuera la razón de no ser invitado a los eventos que deseaba ser invitado, Leonard no podía dejar de lado que Pepa Lee seguía dando sus lecturas con los lentes de botella y su nariz tapada: “El amor, siempre el amor como algo que lo descifra todoooo”, lo imaginaba, recordaba sus textos trillados sobre el amor con su tono nasal, con la nariz constipada y la voz mormada; si al menos la cosa no era muy interesante al menos debía ser divertida.

Estaba de paseo por la ciudad, como si no tuviera una carga extra de trabajo por terminar, cuando entró a una librería del centro, una muy pequeña pero interesante, más concurrida por el hecho de estar ligada a una cafetería, cuando vio a una de las guionistas más prestigiadas de la facultad. “Flavia”, porque realmente su nombre no contaba mucho a pesar de ser una gran escritora, era conocida por su relación con Flavio, uno de los chicos más influyentes/acomedidos de la facultad, que producía infinidad de cortometrajes, unos muy buenos, otros malos, algunos caros y otros sencillos y baratos. Aunque Flavio era buen director y productor, además de ser un excelente novio según los comentarios más usuales en los pasillos, Leonard no podía dejar de sentir un poco de desdén por él, pues no le interesaba que conocieran a su novia como Flavia, y que dicha confirmación fuera la exhibición de un acto machista donde contaba más el trabajo de él que el de ella. Pero intentaba no pensar en eso, a Flavia no parecía importarle.

-Leonard- dijo ella con total sequedad.
-Hola- Leonard no sabía si decirle FLAVIA.
-Perdón que no pueda hablar contigo, estoy en un curso, nos vemos.
Así sin permitirle decir adiós pudo percatarse que Flavia se alejaba para poder sentarse en una amplia mesa con otras cinco mujeres de distintas edades, pero ella era la más joven, entonces una empezó a leer:
“Lo que me deslumbró cuando llegué a París en 1929 fue primeramente mi libertad…”
Leonard conocía esa frase, era la primera oración del libro “La plenitud de la vida” de Simone de Beauvoir, lo sabía porque le encantaba el libro, sentía que parte de lo que él solía vivir era similar a lo que le había ocurrido a la autora, y por más utópico que fuera el sentimiento, sabía que a ella también le había causado problemas sus aspiraciones de entrar a ciertos círculos intelectuales.
Entonces la cosa se tornó risible, ahí estaba él viendo media docena de mujeres que leían sobre la discriminación intelectual, sobre el feminismo y él no estaba incluido por ambas razones. Así que decidió acercarse a la mesa, pero cuando Flavia notó sus intenciones se levantó y lo interceptó en su andanza.

-¿Tienes algo qué decirme?
-¿Puedo unirme a su lectura?- dijo Leonard en tono cauto.
-Es sobre mujeres, para mujeres y por mujeres- dijo ella de tajo.
-¿Entonces si soy hombre no puedo entrar?
-Eso mismo, además, si fueras mujer tendrías que presentar una solicitud, no sólo presentarte de la nada a una de nuestras reuniones.
-No sabía nada de sus reuniones ¿entonces debo ponerme falda o algo así?
-Por eso no aceptamos hombres, son unos infantiles y cínicos en cuanto a cierta literatura.
-No todos los hombres.
-Lo sé, no todos los hombres lo son, pero tú sí lo eres.
-No me conoces, no puedes decir eso de mí.
-Leí el guió que escribiste para un cortometraje, donde las mujeres eran maltratadas y una de ellas se imponía, el argumento era un cliché, algo totalmente oportunista si me lo permites mencionar.
-¿Pero qué importa lo que permita? Ya lo dijiste, y es una opinión válida.
-Entonces apelo a tu razonamiento para que te marches de una vez. Vamos a leer textos de cada una de nosotras y es privado.
-¿En una cafetería pública?
-Leonard, no lo hagas más obvio, si te quedas sabremos que es para espiarnos, a ellas no les importaría pero a mí sí. No te quiero cerca.
-Muy bien Flavia.
-Me llamo Sofía.
-No lo sabía, de hecho nadie lo sabe, te llaman Flavia por tu novio Flavio, porque su identidad sobrepasa a la tuya.
-Eres un lerdo- Flavia Sofía le dio la espalda, fue a sentarse y así la lectura continuó no sin que antes las mujeres de la mesa lo voltearan a ver con interés.
Leonard les dedicó una reverencia y se sintió por primera vez discriminado por el único grupo social del cual no estaba dispuesto a ser desdeñado: las feministas.

-Que se pudran, que se pudran las muy malditas- decía Edgard en una hora libre.
-Pues no sé si juzgarlas ¿no acaso van conforme a su pensamiento?
-No Leonard, si lo ves así entonces el ser feminista se queda en algo muy sesgado: el desprecio a los hombres. Y eso no se queda ahí. Pero no te creas, las muy malditas también despreciaron mi solicitud.
-¿Metiste solicitud para el grupo de mujeres escritoras?
-Sí, y me dijeron que el hecho de ser gay no me hacía mujer y mucho menos me hacía pensar como ellas o vivir como ellas, el punto del taller era el compartir vivencias, lecturas, anhelos, si entraba un hombre entonces el círculo de intimidad se rompería. Como si pudieran ser íntimas las muy traidoras, como si Cukor no las hubiera retratado bien en “Las mujeres”, todas ellas usurpadoras de poder, maridos y posesiones.
-Creo que ya sé porqué no aceptan a los hombres, sea cual sea el caso nadie puede verlas de modo imparcial… de la forma como ellas se ven.
-Lo dices como si no fueran humanas.
-Es que antes no creía en la fiera distinción de los sexos, pero ahora ya no sé qué pensar.
-Mi Lenny, me vienes con eso de que los hombres y las mujeres son iguales.
-No me digas Lenny.
-Yo no fui, fue Nick.
-Así que ya viste el reportaje del chico mórbido que lo tentó, entusiasmó y terminó con el por correo electrónico.
-No puedo creer que terminaras con él por correo electrónico.
-No terminé con él porque no éramos nada, sólo amigos.
-Pues por eso, amigos y le dijiste por la Web, “Ya no quiero tu amistad”, fuiste una perra.
-Lo mismo pensé, pero la verdad no me sentía bien.
-Sin importar la relación que tienes con las personas es mejor hablarlo de frente, sino hacen un retrato tuyo que exponen a nivel mundial diciendo: “Aquí está el promiscuo adulador, tengan cuidado con él”.
-¿Crees que alguien más lo sepa… o lo note?
-Pues no lo sé, el chico del retrato es muy apuesto para ser tú. Si así te veía él ya sé porqué se entusiasmaba tanto contigo.
-Búrlate todo lo que quieras.
-Lo haré mi querido Lenny.

Edgard se encontraba un poco más mordaz de lo usual, Leonard se percató que ni las feministas ni los homosexuales querían tener algo con él, así pues ¿qué le quedaba? Los sujetos de su mismo sexo y sus preferencias sexuales -¿Es que todo en este siglo se refiere al sexo y la sexualidad?- se preguntaba Leonard –Aquí está la distinción de sexos que es para mí siempre algo oscura, creo que la culpa es mía, primero por inspeccionar campos de la literatura que para muchos no me corresponde según mi sexo, y otra por usurpar las posibles parejas de los demás y en las cuales yo no estoy interesando de forma sexual.
-Sexo, sexo, sexo- dijo Leonard en voz baja mientras salía de sus clases.
-Sólo existen dos sexos, que no se te olvide, el hombre y la mujer- dijo Emily quién le había escuchado decir tres veces sexo.
- Ya no lo sé Em, si Simone de Beauvoir escribió “El segundo sexo”, creo que yo estoy por inventar el tercer sexo.
-¿Y cuál es ese?
-El asexual.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Cerf volant Dalí

Fue difícil para Leonard decirle adiós, de hecho no le había podido decir adiós con total dignidad, había sido más de medio año que no lo veía, los doctores y el mismo profesor no lo permitían, la última vez su rostro estaba deformado, producto de la enfermedad que le aquejaba.
Cuando se enteró Leonard no tuvo más que encender un cigarro y fumarlo rápidamente, no lo degustó, ni paladeó, ni siquiera creyó estar fumando uno así que tuvo que fumar dos o tres, un par de cigarrillos no lo matarían, no como lo hicieron con su amigo; amistad muy superficial y en otras ocasiones algo profunda, pero ahora estaba muerto y Leonard no había podido decir adiós, era parte de su cinismo y las vueltas del destino.
Aquella mañana, antes de enterarse de la defunción de su amigo, se encontró con una de sus instructoras.

-Leonard, hoy no me voy a presentar ¿puedes decirle al resto del grupo? Voy de salida- dijo ella con su tono habitual de voz.
-Claro, no hay problema.
-Es que tuve un deceso personal, alguien muy cercano- dijo ella cambiando el tono de su voz por uno más serio.
-¿En verdad?, qué horror- dijo Leonard en pro de la mentira. La verdad era que el asunto no le conmovía en lo más mínimo, el punto era que sentía la obligación de mostrar alguna reacción, y como él estaba acostumbrado a las poses sociales, buscó dentro de su repertorio de lo digno e indigno, aceptable e inaceptable, y ahí se encontraba la reacción más “adecuada”: se había llevado la mano a la boca y dicho: “Qué horror”, con un hilo de voz.
A lo cual la mujer prosiguió:
-En verdad fueron… ¿dos?, no, fueron tres- su voz seguía teniendo un tono solmene.
Leonard pensó que debía reafirmar el asunto con otro: -Pero qué horror- como si la muerte realmente le asustara o interesara. Después de pensar en su propia muerte todo el verano la defunción ajena le parecía algo inevitable pero fría, quizá liberadora, pero aquí no era el caso, las muertes que se presentaban en boca de su instructora, fueran dos, tres o cinco, no le interesaban ¿era que se estaba convirtiendo en una persona insensible?
-Qué horror- repitió Leonard al escuchar lo de las tres defunciones, tenía tan practicada la pose que su rostro mostró conmoción.
-Bueno querido- dijo la mujer cambiando su rostro de afligido a lo habitual, una sonrisa inmensa traspasó su rostro- le avisas al resto, nos vemos, bye.
Así Leonard y su instructora se besuquearon de modo muy europeo, un beso de esta mejilla y uno de la otra. El asunto no dejaba de parecerle un poco falso a Leonard cuando la muerte vino de una boca más certera.

-¿Qué pasó mamá?- contestó Leonard su teléfono móvil aquella misma mañana.
Fue cuando se enteró de la muerte de uno de los intelectuales que, por mucho que Leonard lo negara, le habían influido en la escritura. Leonard se llevó la mano a la boca y dijo: “Qué horror”, pero en ese instante el sentimiento era verídico y la frase expresaba aquello que debía expresar: horror.

El profesor que había fallecido nunca le había dado clase, Leonard lo frecuentaba porque tenían algunas ideas en común y porque su madre era amiga suya, y al igual que su hijo ella también negaba que aquel hombre le hubiera influido de alguna manera, aún así ambos estaban en el velorio.
Los funerales no eran muy comunes para Leonard, a pocos había asistido y hasta el momento gozaba del ferviente optimismo de morir antes que sus allegados; él deseaba morir joven y prefería verse muerto antes que soportar la muerte de los demás, pero aquel hombre se le había adelantado, se lo suponía, tenía mucho con aquella enfermedad y la última vez que lo vio le había dicho: “De algo me he de morir”.
Dalí, así le decía la gente pues el profesor adoraba al pintor español y porque de hecho él mismo se llamaba Salvador pero no permitía que las personas le dijeran “Chava”, era una persona muy cínica y sarcástica, ácida hasta la médula que gustaba de hacer retobar a otros profesores de su misma rama: La ética.
Dalí enseñaba ética y gustaba decirle: “Torpe narizona” a la profesora que le daba ética a Leonard, y aunque en efecto la mujer era narizona, el calificativo de “torpe” se quedaba corto, aún así el asunto no era muy ético. Eso había sido cuando se conocieron poco menos de una década atrás, y aunque Leonard era un mocoso Dalí no tenía el menor problema en sentarse a conversar con él por un par de horas, largas horas que discurrían de modo apacible.

Entre todas las mujeres llorosas y las no tan sufridas, de esas que evitan derramar un par de lágrimas por temor a lucir desalineadas, Leonard no podía llorar, aunque la muerte de Dalí le dolía a la par no podía dejar de sentir un poco de furia en su contra, se había muerto y ni siquiera le había permitido irlo a visitar.

-Es mejor que lo recuerdes como era, no como murió, deteriorado- le había dicho su madre de camino al funeral.
-Nada le costaba recibirme por última vez en su casa.
-Estaba inconsciente, el último mes lo pasó muy mal.
-Ya nada se puede hacer.

No tardó mucho cuando Leonard se dio cuenta que los funerales no distaban mucho de otros eventos sociales con sus protocolos y encuentros inesperados. Se encontró con Cecelia, quién sí había sido alumna ejemplar de Dalí, por la cual Dalí se inclinaba por su astucia aunque siempre señalaba que por pertenecer a una familia acomodada su intelecto se rendía ante su condición fantaseada de aristócrata, donde el “ser” valía más que el “hacer”, en otras palabras: para Cecelia las cosas eran más fáciles.

-No sabía que Salvador te había dado clase Leonard.
-Hola Cecelia- Leonard no podía evitar un poco de mordacidad en sus voz.
-Siempre se juntaba con gente culta- Cecelia sonrió y tomó un sorbo de su taza con café.
-No era muy culto cuando nos conocimos pero creo que eso le agradó de mí.
-Ser un alma para moldear, tan típico de Salvador, un utópico de corazón, dime Leonard ¿lo logró?
-Sería muy injusto decir que él logró que yo fuera una persona ligeramente más culta.
-Te has convertido en un egocéntrico algo pedante, decir que eres más culto es una afirmación muy arriesgada. Cuando te conocí sólo leías libros de fantasía made in Harry Potter, ¿lo sigues haciendo? En aquel entonces no habías leído ni una sola obra de Shakespeare.
-Sigo sin leer a Shakespeare, si él fuera mujer quizá ya me habría leído todas sus obras- él sonrió amablemente- la gente bromea diciendo que sólo leo obras escritas por mujeres, sea lo que sea.
-Oh- exclamó Cecelia tenuemente- así que lees a Simone de Beauvoir y te sientes feminista- Cecelia entornó los ojos- supongo que te apasiona la frase de “No se nace sino que se deviene mujer”, eso te hace pensar que un día serás mujer, ¿qué despertarás como el “Orlando” de Virginia Woolf usando vestidos, encajes y miriñaques? Siempre fuiste un poco afeminado pero esto es el límite.
-¿Te sucede algo Cecelia? Estás siendo muy descortés en el funeral de una persona que ambos admiramos.
-Mira Leonard, cuando terminamos nuestra relación no pensé que tiraras para el otro lado, jamás creí que tuvieras esas costumbres, pero ¿qué sucedió? ¿Te dejé de atraer y entonces te convertiste en un maricón?
-¿De qué hablas Cee?
-Nada de “Cee”- dijo ella entre dientes- supe de la Bienal de Nick Hollinghurst, es pintor ¿no?
-Sí, es pintor, fue alumno de intercambio en mi escuela pero no sé cuál es el punto.
-¿No has visto su obra? Presentó en la Bienal una serie de cuadros, una oda a su sufrimiento y sus relaciones amorosas del pasado, todos cuadros muy bellos pero aburridos, bonitos como ellos solos, algo grotescos, prácticamente hiperrealistas, claro a excepción del tuyo.
Leonard seguía sin entender el asunto.
-Por Dios Leonard, ¿en verdad que no sabes nada?
-No, no fui invitado a la Bienal, si quieres saber la verdad me hice amigo de él para poder entrar pero nada más, después me dije que era algo innadecuado.
-Pues el muy maricón europeo metió un último cuadro de su última pareja, el cuadro se llama “Lenny” y tiene toda tu cara, sólo que con un par de kilos menos, sin acné y sin tu horrible brillo facial.
-Gracias Cee, eso quiere decir que no soy yo- la cosa le estaba indignando un poco a Leonard.
-Ofreció una entrevista y dijo que era el cuadro más importante de toda la colección, la crítica se lo aplaudió, lo llamaron “El más visceral”. Lo que me molesta Lenny es que no me dijeras que eras puto.
-Mira Cee, no es el momento ni el lugar para explicarte mis muchos rodeos sociales, pero entre Nick y yo no pasó nada.
-Pues lo sé, en la entrevista dice que lo tentabas sexualmente y él siempre se iba con la propuesta de un mañana porque tú no te acostabas con él, piensa que lo engañabas con tu mejor amigo.
-Cee, eso es difamación, no me he acostado con nadie de la universidad…
-¡AH!- gritó ella- resulta que ahora eres tan virgen con la Bolena, como la puta Bolena.
Las personas en la habitación guardaron silencio, la madre de Leonard se acercó para preguntarle si todo estaba bien.
-Sí mamá, Cecelia ¿la recuerdas? Está un poco conmocionada, ahora mismo vamos al jardín.

Una vez afuera Cecelia parecía excitada por el café, si nunca la había visto ebria esto debía asimilarse aunque fuera un poco, pues estaba desinhibida y era algo poco común en ella, la señora de la discreción y el recato.
-Yo no corté contigo Cee, fuiste tú la que se fue con Akenatón.
-Eso no quita tu condición de marica.
-No soy marica.
-¿Entonces por qué no sales con alguna chica?
-¿Cómo sabes eso?
-¡Porque lo sé y ya!
-Porque no quiero estar con nadie por el momento, nadie me atrae, nadie me hace sentir bien ni seguro, no estoy bien, no estoy para una relación.
-Yo quería regresar contigo y tú nunca me buscaste.
-Cee, estás loca, te busqué y rebusqué, no sólo eso, esperé por mucho tiempo, es absurdo que vengas ahora después de tantos años a decirme esas cosas.
-No son tantos años. Eres un puto de porquería por no pelear por mí.
-¿Sabes? No estoy de humor, ni para pelear por ti ni contigo. Esto no es una reunión del bachillerato, es un funeral de alguien muy querido y respetado por los dos, así que toma tu pútrida taza de café, recobra la dignidad que hay en ti, entra y llora por un rato o lo que se te antoje hacer, pero déjame en paz, por eso terminamos, porque eras muy indecisa y yo lo era aún más, pero hoy no lo seré. Adiós.
Leonard volvió a entrar a la pequeña habitación donde estaban los amigos y familiares de Dalí, se acercó a su madre y le pidió que se fueran.
-No puedo, aún no hablo con la madre de Salvador, si quieres vete, no te preocupes, luego llego a la casa. Además, mañana tienes escuela.
-Está bien.

Leonard salió sin acercarse al ataúd de Dalí, no sentía resentimiento contra él por no querer ser visto en sus últimos días de vida, de cualquier modo era su vida y había terminado. Por un momento sintió que Salvador era muy afortunado, al fin había dejado de sentir lo que fuera. En ese momento Leonard quería dejar de sentir, dejar de sentirse como uno de los personajes de “La confusión de los sentimientos” de Stefan Zweig, porque después de todo la pregunta seguía dándole vueltas “¿Entonces por qué no salía con ninguna chica?” La cuestión no se refería al sexo de la persona, por al contrario, Leonard se enamoraba de las cualidades y virtudes de las personas, de su forma de pensar y actuar, de sentir y expresar lo sentido, pero por lo que podía apreciar después de Cecelia no había existido nadie más, y eso que ahora ni siquiera sabía porque se había fijado ella.
-Qué horror- pensó Leonard.

jueves, 3 de septiembre de 2009

De regreso a la deducción del arte

De regreso en su habitación Leonard no sabía qué pensar… sobre todo y cualquier cosa. Las vacaciones habían tenido un énfasis adulador, había tomado su tiempo para pensar al lado de la naturaleza pero ahora debía regresar a la escuela. Había tomado un par de materias algo masoquistas, entre ellas relucía un taller en televisión y la semiótica del arte. La mayoría de los días entraba muy temprano y salía tarde, muy tarde.
Estaba más confundido que de costumbre, tenía sólo dos verdades bajo el brazo (quizá una verdad bajo cada brazo) una era que el semestre sería duro, sudaría sangre (según la instructora de tv) y la otra era que ya no tenía más dinero, sus pocos ahorros se habían ido en el viaje y sus compras exhaustivas de libros que aún no había leído, lo peor es que apenas se había editado una antología de TODOS los poemas de Sylvia Plath –Bonito momento para no tener dinero- se refutó Leonard.
La cosa es que se sentía raro, sentía que había regresado ese espíritu de adolescente de secundaria que no quiere ir a la escuela ¿la razón? No lo entendía ¿era porque las clases le resultaban absurdas? Lo que había tomado (porque eligió lo que deseaba ver en dicho semestre) era un conjunto de teoría y práctica unificada por el hecho de querer ser escritor, pero recordaba que al momento de tomar materias le había llamado por teléfono a Samantha para decirle que no encontraba un taller en el cual acomodarse.

-¿Se trata de que no te interesan los talleres que se ofertan, o no se ajustan tus habilidades a los talleres?- dijo ella en su tono habitual, uno muy duro, directo pero sin intenciones de ofender.
-Pues las dos cosas, no me interesan los talleres y al mismo tiempo sería un inútil en cualquiera de ellos, y como no me llaman la atención pues no estoy dispuesto a sufrir.
-Leonard, siempre estás dispuesto a sufrir, es lo que mejor se te da- decía con sarcasmo- ya en serio, se deduce que te enseñan en los talleres ¿no?
-Claro, claro- canturreo él por el auricular- se deduce que así debería ser, se deduceeeee- remarcó la “e” con sentido risible- pero cuando llegas a los talleres lo único que te dicen es: “SE DEDUCE que deben tener un bagaje al respecto” ¿te das cuenta que ellos también deducen que nosotros sabemos?
-Pues sí que es una carrera muy deductiva eh.
-Es lo que me fastidia, al menos me fastidia un poco. Eso que entras y todos creen que eres un pequeño artista desde los cinco años de edad, que iniciaste tu carrera como pintorcito a los ocho y te consagraste a los diez, y que ahora sencillamente llegas a pulir tus habilidades.
-Leo, corazón, todos pintamos a los cinco, el punto es que lo dejamos de hacer a los ocho, nos consagramos en otras cosas, además, tu escribes desde los dieciséis.
-Sylvia Plath lo hacía desde los ocho.
-Y murió a los treinta- Samantha usó aquel tono que tintineaba en la oreja de Leonard significando: “¡Leonard es obvioooo!”
-Lo que digo es que no quiero tomar ningún taller, no soy bueno en nada… ¿qué tomaré, arte sonoro?- dijo él con ironía.
-Pues no se que hagan en ese taller, ¿por qué no entras en algo de redacción? Qué sé yo, algo para escribir historias, lo que es tuyo.
-Me siento como Debra Messing en “The starter wife”, solo e incomprendido, intentando luchar por un no-sé-qué y al final terminaré escribiendo sobre mí mismo.
-La serie no está basada en la novela de un tal Gigi Levangie, es medio ridículo el nombre. No te frustres, escribe, es tu modo catártico de vivir.
-Meteré el taller de guión, supongo. Dicen que no te enseña a escribir un guión pero te hace buenas críticas.
-Fuimos autodidactas en el bachillerato, algo debiste aprender y eso es que nadie te va a enseñar nada de forma voluntariosa, porque cuando lo hace todo se viene abajo.

Leonard tomó el taller de guión y el de televisión, pero ninguna de las dos clases le entusiasmaba demasiado ¿es que había dejado de sentir? Era imposible, un cosquilleo de ansiedad le recorrió el cuerpo cuando la instructora de tv les describió el estrés, la locura y adrenalina que tendrían en el foro de la televisora, “Desde ahora van a trabajar en la televisión, no van a recibir paga, su pago va a ser la calificación, y no se permite faltar”
Leonard firmó con su golosa voz que no tenía problema alguno con todas esas cosas, fue hasta que la instructora dijo “El taller dura un año”, fue cuando sintió que había hecho algún pacto con el diablo, “Somos la perrada, a dónde diga que vayamos vamos”, concluyó aquella mujer que adoraba la creación en televisión.

-¿La perrada? Suena muy orgánico- Susana rió sin tapujos.
-Sí, la perrada, ahora pertenezco a la perrada.
-Pues siempre te han gustado los perros, es buen momento para ser uno de ellos.
-No sé si voy a soportar la presión…
-Soportamos manejar pruebas de VIH a mil por hora y después decírselo a los pacientes con total encanto, si pudiste con un año de eso, pues claro que puedes con “la perrada”
-No te burles Sue, esto es serio- Leonard pestañó y después empezó a reír- bueno, la verdad es que me parece una estupidez, siento que la profesora exageró las cosas, supongo que será pesado pero no como para volverse loco, es un reto ¿qué más nos puede pasar?
-Tenemos veinte años, cualquier cosa puede pasar.

jueves, 27 de agosto de 2009

Dos bailarines bien cimentados, cincuenta tutus mal logrados y otra oportunidad de arribismo cultural

“La casa de la cultura” era un lugar donde los jóvenes y niños, también adultos y algunos ancianos, bueno, cualquier ser humano, podía ir a tomar un curso “Cultural” que englobaba el canto, la pintura, las artes marciales, la danza folclórica, la danza clásica, el baile absurdo de brinco, trota, arrástrate y otros cursos más que daban cauce a la ocupación veraniega de todas aquellas personas que, o bien buscaban aprender algo útil en vacaciones o quizá sólo deseaban salir de casa, deshacerse de sus padres, hijos o lo que fuera, para algunos los cursos de ballet eran la perfecta guardería con tutus.
Después de su viaje Leonard asistió a la clausura de TODOS esos talleres, su amiga Mariana iba a cantar y le había invitado a la clausura, el problema es que no sabía la hora de su momento y la espera fue un poco larga… un poco en sentido nada figurado.
Inició el programa y pasó un grupo de niñas entre los cinco y los ocho años, un número realmente encantador que cualquier padre de familia atesoraría más allá de ser el producto de deshacerse de su hija en verano. Pero después de ese número hubo otro más de “supuesto ballet” donde las niñas se paseaban en semi puntitas con sus tutus rosas bellamente ornamentados, sin embargo después del quinto número de niñitas tontas (y corporalmente desequilibradas) la cosa no parecía muy entretenida, ni los tutus eran bonitos, y si lo eran, eran de esas cosas bonitas pero aburridas, aburridísimas.
Leonard se enteró que para las personas que organizaban el evento TODOS los números de ballet equivalían a UN SÓLO número, y al enterarse que su amiga entraría en el número diez, Leonard se preguntó cuántos tutus valían su amistad con Mariana.
Después de los tutus, pasó un muchacho muy delgado (tanto que Leonard se sintió más gordo de lo usual) e hizo un “solo” impresionante. Movió sus pies fluidamente, su torso, cabeza, manos, era ballet pero con un poco de regodeo contemporáneo, la danza clásica yacía en él como mero pretexto de expresión, pues tomó lo que le servía y desechó el resto. Leonard se deleitó porque era la única persona que hasta el momento sabía bailar o expresarse mediante la danza… clásica o como fuera.
Pasó el bailarín, pasaron los niñitos de artes marciales, pasaron bailes datados en los años cincuenta con chicas cuyas faldas eran lustrosas, dentro de tanta niña en aquel baile inspirado en la película “Vaselina” sólo había un chico que bailase y no era el bailarín de ballet; este era una cosa rara, conjunción de encanto y pena, pues bailoteaba torpemente dentro del escenario, daba saltitos y se sentía John Travolta, al menos en lo delgado – ¿Qué tenían los bailarines con ser delgados?- se preguntaba Leonard quién veía número tras número, las chicas de ahí no eran muy esbeltas, las bailarinas de árabe, tahitiano y todo aquello que representara mover el bule bule, no eran más que un par de muchachas algo regordetas o semi famélicas ¿cuál era la razón de hacer el ridículo? El chico que se sentía Travolta no era más que el precursor de la pena ajena y algunas chicas que bailaban sólo se exponían cual pedazo de carne al que se le podía chiflar, aullar o ronronear. Leonard no hacía eso, su pasión tanto por las mujeres como por los hombres había muerto, más bien por la humanidad, había perdido su confianza en la humanidad.
Después de un baile de los setentas, otros dos folclóricos, una rondalla, tres coros, unas niñas que fingían hacer gimnasia, unos chicos de kick boxing, karate y más y más jovialidades llegó el turno de Mariana y el sonido terminó por arruinar su canción, la acústica del lugar era mala, las bocinas terribles, de cualquier modo ella no se desanimó.
-Lo volveré a hacer, siempre puedo hacerlo- dijo ella con jovial encanto.
-Me alegra que así lo veas.
¿Qué más podía decir Leonard? Qué realmente deseaba tener su entusiasmo y decisión. La espera había valido la pena.

Una vez que se despidió de Mariana se dispuso a salir del evento, y afuera se encontró con Martina, una chica que no se llamaba así, pero su padre era Martín, uno de los empresarios más “prometedores” de la pequeña ciudad, y con prometedor se puede decir fielmente que era un estafador. El nombre de la mujer no importaba, todos le decían Tina.
-¿Tina?- dijo Leonard cuando ella se acercó sigilosamente.
-¿Leo?- la mujer echó una risotada- pequeño bastardo ¿qué haces aquí? Que jodida coincidencia.
Leonard sentía que Tina era lo que Amalita fue para Carrie Bradshaw. Porque cuando Amalita (la mujer cazadora de hombres italianos) se topaba con Carrie, le decía “Carrie, perra, ven y siéntate con nosotros”. Lo mismo pasaba con Tina.
-Pero ven Leo bastardo, quiero presentarte a unas personas jodidamente interesantes.
Leonard suspiró –Tina, acabo de salir del evento ¿estuviste ahí? Fue muy cansado
-Pero mi pequeño bestia, claro que estuve ahí, Fernando bailaba como una diosa del ballet, aunque no le digas que le dije diosa, ya ves que todo mundo cree que es gay porque baila, pero hasta donde sé tiene una relación muy estrecha con su novia, tan estrecha que…
-También lo vi bailar, es muy bueno- le interrumpió.
-Entonces pequeño bastardo hijo de poca tienes que conocerlo, les hablé de lo jodidamente buen escritor que eres, tú y tus jodidos logros por aquí y por allá.

Una vez en el círculo de las vanidades –De regreso a la feria de las vanidades- como le llamaba Leonard a su pequeño condado, porque ya se sabía que el pueblo chico era un infierno grande, uno muy grande con mascaradas y grandes vestuarios, al igual que María Antonieta, todos se regían por el mismo protocolo arcaico, pero el lujo que evocaba la Francia de la reina mártir era aquí con Leonard el protocolo de lo jodidamente banal.

-Ferrrr, mi diosa, te presento a Leo.
-Leo, él es Ferrrrr, ella Juneeee y esta otra es Mariceee
El panel que se le ofrecía al joven escritor era el de un bailarín, una víctima de la moda y al final una chica que misteriosamente parecía “normal”.
-Leo ¿eh?- dijo June- ¿desde qué hora estás aquí?
-Desde que el primer tutu tocó la parcela.
-Son niñas encantadoras pero torpes, no saben cuál es su mano izquierda y cuál su derecha, lindo trabajar con ellas, pero estúpidas hasta la coronilla- dijo Fernando.
-Son niñas muy pequeñas- replicó Leonard con tono mesurado.
-Entiendo que quieran mostrar lo que hicieron en verano pero sólo tú valiste la pena Fer- alegó June.
-Tu padre Marcie, toda la culpa es de tu padre.
-No la jodas Ferrrrrr, Marcieeeee no tiene la culpa de ser la hija del director de “La casa de la cultura”, mírala Ferrr ¡JODER! ¡MÍRALA! ¿Puedes creer que tenga culpa de algo?
-No creo que tenga la culpa de algo- soltó Leonard con total desfachatez, estaba algo embobado.
-Gracias, qué galante- Marcie había sido total y reverencialmente sarcástica- no necesito que me defiendan chico escritor, además Fernando, no niegues que mi padre te abrió las puertas del instituto… cualquiera diría que te hiciste mi novio para llegar allí.
-Craso error- pensó Leonard- Ferrrrrrrr y Marcieeeee salen juntos- se canturreo en su interior. No estaba dispuesto a pelear por una mujer… no otra vez.
-Bueno chicos, tengo que dejarlos, estoy muy cansado, ayer dormí poco, me desperté temprano y creo que si digo la palabra con dos “t” y dos “u” voy a vomitar.
-¡TUTU!, ¡TUTU!- gritó Tina- bien bastardo miserable, lárgate y déjanos en paz- rió por lo alto la afamada Tina, más alto de lo que cualquier oído podía oír o deseaba oír.
-Gracias cariño, adiós.
-Adiós chico escritor- dijo Marice.
-¡JODER!, tendrás que venir a una de mis jodidas fiestas de verano. Bueno ¿qué verano? Se acabó el verano, igual haré una jodida fiesta.
Leonard asintió con la cabeza y se fue.

jueves, 13 de agosto de 2009

Golosinas, golpes, otra vez Golo y los supositorios de opio

No se pudo desprender del libro en el automóvil, sí que estaba desvelado pero tenía que terminarlo, era muy sencillo, muy vulgar y excitante, como quién se come un hot-dog, algodones de azúcar y después se sube a una montaña rusa para poderlo vomitar al bajar de ella; sabes que la experiencia podrá ser mala, tienes en mente que no terminará bien pero aún así lo haces.
Bajó del coche y ya había terminado con la novela, dentro de las subidas, bajadas, golpes y rasgaduras en el cerro, un lugar hermoso, realmente precioso nadie lo podía negar, no pudo dejar de pensar en Golo y su amante quienes se metían supositorios de opio en el trasero(Leonard jamás había escuchado tal menester hasta antes de la lectura) ¿era que el escritor hacía una burla a los sistemas del arte, la carnicería del medio, así como la “opulenta” vida sus protagonistas, o sólo estaba haciendo una oda?

–Una oda a los supositorios de opio- le decía a su primo, con el que mejor se llevaba y cuya novia odiaba.
-No sabía que existían ¿no serán dolorosos?, digo… es que los supositorios dejaron de usarse hace mucho y ahora que lo pienso, el último supositorio que me pusieron fue a los seis ¿cinco años?
-¿Y aún lo recuerdas?
-¿Te das cuenta de lo doloroso que fue? Además, creo que te hace daño leer tanto.
-Ah, no me vengas con eso, al rato me dirás que pensar lo es también.
-No lo es si te sirve para distraerte o desembocar lo que piensas en algo… útil, pero sí, pensar demasiado puede matarte, además, estamos en la cima de un cerro, solo tú piensas en el opio metido por el trasero en la cima de un cerro.
-Me pone a pensar el tipo…
-Creo que lo que menos importa es si él está o no de acuerdo con ese tipo de vida, el punto es si tú lo estás.
-Antes no…
-Y ahora- su primo no pudo dejar de mostrar una cara algo consternada.
-Creo que es otro tipo de subsistencia al cual quiero ingresar, claro, sin los supositorios de opio.
-Entonces quieres llevar una vida “alocada”.
-No es que quiera una vida alocada, por favor, es que tengo veinte años y siento que la vida se va, se va, se fue.
-Escribiste una antología de cuentos a los dieciséis, lograste que te publicaran en una revista a los dieciocho, también un pequeño articulo por aquí y por allá, también alguna reseña.
-Este semestre me hice amigo de un chico sólo para tener espacio en una Bienal.
-¿Y qué piensas exponer? ¿La hoja de sala? No pintas, ni fotografías, ni esculpes, ni nada, tú escribes, es lo que haces.
-Bueno… ahora que lo dices, no sé qué pensaba exponer, pensaba porque creo que no entraré a la mentada Bienal.
-Mejor así, cuando te facilitan demasiado las cosas no las aprecias, ya sabes, el proverbio de las abuelas, las madres y demás.
-Me tiemblas las piernas.
-Es el azúcar, come esto- le dio una paleta de uva, Leonard odiaba la uva en las paletas, igual se la comió, eso y una barra de fruta, unos chicles pasados y otros más empaques de golosinas, ¿comida de deportistas? Seguro es mejor que un supositorio de azúcar.

viernes, 7 de agosto de 2009

Golo

Leonard estaba desvalido, después de subir un sinfín de rocas austeras con el libro de “Opulencia” en su mochila (un libro muy grueso, por cierto) sus piernas le temblaban y la ropa que había seleccionado era más bien para ir a centros culturales en lugar de trotar en rocas “semi-paradisiacas”, se la estaba pasando bien, de bomba y no era sarcasmo… pero ¿por qué llevaba la biografía de María Antonieta en su mochila? ¿Era acaso un tipo de penitencia pro glamur que ni se saciaba con sus lentes de sol y sus jeans muy entallados? –Dónde coño se me vino a ocurrir traer pantalones tan apretados- bueno, quizá no se la estaba pasando tan bien.

-Y aquella ¿qué te parece aquella?
-Bonita, sí es bonita.
-No es cierto, no se te hace bonita.

Leonard estaba un poco cansado con eso de que sus primos vinieran a preguntarle si las mujeres eran o no bonitas. Las mujeres le obsesionaban, pero había renunciado a ellas por un largo rato, nada serio desde Cecelia, nada serio- ¿En verdad fue serio?- Leonard decía, sí, no, no, sí, a las mujeres en su haber.

En sus noches de hotel se dedicaba a leer. Su familia era recatada y realmente lo agradecía, ya suficiente tenía con tanta congoja y dolor en su mente y corazón como para que el resto de su entorno retozara libertad y pulsión, pero la verdad también indicaba otras cosas: Leonard quería salir de noche, quería ir a un bar o al menos a un centro donde la gente lee malos poemas y el público en lugar de aplaudir chasquea los dedos frenéticamente, él pertenecía el chasquido frenético de los dedos.
-Pero cuánta melancolía- suspiraba Leonard pasada las tres de la madrugada. Acaba de terminar la biografía sobre María Antonieta, la Toinette, la “Opulencia”, todo desde que entraba a Francia y moría en la guillotina –Bailad, bailad malditos- pensaba Leonard, él era un Toinette condenado por su mismo protocolo adusto, no se permitía mayor fervor que la nada pululante… una página, otra página y no podía dormir, ahora que ni la cabeza de la última reina de Francia se encontraba sobre su cuerpo ¿era que la de él tampoco se encontraba ahí? Sacó el libro de repuesto, uno muy ligero que hablaba sobre el arte, las cuestiones ligeras de las relaciones y la homosexualidad, se llamaba “Temporada de caza para el león negro” de Tryno Maldonado, lo abrió y olió las páginas. Anotó dos cosas, debía dejar de cargar infinidad de libros a los viajes (pues no sólo le hacían mucho bulto, sino también que ya había comprado otros tres que debía trasladar hasta su casa) y que siempre disfrutaría con oler las páginas de los libros nuevos, viejos, usados, cuasi usados y desusados.
El libro se presentía demasiado corto e iniciaba: “Una vez interrogué a Golo sobre sus tenis…” –Zapatos- bufó Leonard, le faltaba comprar zapatos nuevos.
Si realmente se lo hubiera propuesto habría acabado el libro aquella misma madrugada, pero tenía que dormir, además, el libro exudaba libertad por todos los poros, hablaba sobre tener sexo y coger, así como ser cogido, rozaba lo vulgar (para su tipo de lectura) aunque recordó a la insidiosa mujer, de quién ya había leído sus tres libros sobre mujeres exitosas, sexo impudente y hombres por montones, aquí la cosa era similar, sólo que los bolsos caros estaban exentos y los trajes aún más caros de tal o cual marca resonaban con intenso estupor.
-Manido Tryno- se dijo- me pregunto si tiene algo de autobiográfico- Leonard se puso a reír como frenético, al menos lo más alto que le permitía la penumbra de las cinco de la madrugada – ¿pero qué clase de enfermo se retrataría en sus escritos?

Cerró el libro y fue a dormir. Le esperaba un día interesante y ferviente (porque no podía negarlo, le intrigaba la idea del día siguiente, o la continuación del día en transcurso) pero también muy cansado, y él sólo dormía en el carro.

jueves, 6 de agosto de 2009

Y ¿cuál es tu tipo? ¿Los borderline?

-No más depresiones- se dijo Leonard cuando entraba a su cuarto de hotel muy bien ornamentado, no esperaba tener mucho ajetreo, compartiría la habitación con tres primos más quienes eran enteramente educados, bien perfumados más no estilizados, todos y cada uno de ellos comprometidos con novias que conservaban desde hacía más de dos años, uno ya iba a cumplir los cuatro años con la misma mujer. Sus primos era de sus misa edad, bueno, un año menos un año más, lo que le llevaban a circular entre los diecinueve y veintitrés años. No esperaba alboroto de su parte, además, todos se notaban sumamente respetuosos con él, se olían que algo andaba mal, pero Leonard consideraba que tenía que dejar el mal en casa, en la universidad, en las ciudades que visitaba con todo su glamur y su elitismo mundano, estaba ahí… para ver rocas.
El lugar que visitaba era famoso por sus sitios arqueológicos, grandes construcciones hechas por grandes antepasados y llena de turistas cuya piel era blanca color leche, blanca color transparente y amarilla… pero estoy a punto de ser blanca ictérica. Leonard no encajaba en esa descripción, él era de tez ligeramente clara, pero nadie diría que era blanca desde ninguna perspectiva. Además, él hablaba un perfecto español (o uno que entendía la mayoría de los lugareños) mientras los demás “blancos” hablaban inglés, francés, alemán, ¿escuchó algún ruso por ahí, era eso o un ladrido?
Se había ido con un par de tíos, tías y primos, nada de padres o de su hermana Carlota, mejor así. El problema era que sus primos, aunque intento de recatados, no dejaban de ver el trasero de las turistas, si eran güerotas o güeritas, o si quizá eran un daño a la pupila. Leonard no podía reprenderlos ¿no era él una de las personas más cínicas y criticonas que de hecho él mismo conocía? –Pero en qué mal concepto me tengo- la verdad es que las turistas no le interesaban, le parecían insípidas, bonitas pero de belleza sobada, donde lo “bonito” es “aburrido”, las lugareñas tenían más intención en sus rostros y en sus gestos, pero aún así él no sabía cuál era su tipo de mujer ¿qué le había gustado de Cecelia? –Me manipulaba, maltrataba y ofendía, siempre decía que tenía que ser más culto y leer más, ¿mi tipo de mujer es la agresiva? No, Cecelia es, fue y será una mosquita muerta, eso, o yo soy, fui y seré un hombre ardido.
Como primera actividad asistirían al “Gran evento cultural” que nadie debía perderse, todos los turistas asistían al evento, era en una de las grandes plazas del centro y todos se aglomeraban para ver absolutamente nada. Eran mujeres y hombres bailando al unísono alguna canción regional con sus trajes regionales y sus caras regionales –Me pregunto si yo tengo algo de regional- murmuraba Leonard mientras un chico extremadamente delgado, moreno (sin ser blanco, sin ser negro, sin ser regional) y con una nariz algo prominente le dirigió la palabra.

-Ves algo desde aquí- el chico se estiraba una y otra vez para poder ver… lo que fuera.
-Nada, pero la verdad no me importa.
-¿Entonces qué hace aquí?
-Huyendo- ¡diablos!, ahí estaba otra vez la sinceridad nada sincera, que dice lo que no debiera ser dicho y sobre todo, que quiere llamar la atención de un extraño con el simple hecho de platicar, porque no encontraba nada más qué hacer- ¿Tienes fuego, encendedor, cerillos?- Leonard deseaba fumar un buen cigarro, tenía mucho que no lo hacía, y como su familia no sabía que fumaba había esperado el momento indicado para zamparse uno, el problema era que no tenía cómo encenderlo.
-No, no fumo, hace tiempo lo hice con el simple hecho de que mi madre dejara de hacerlo.
-Suena muy pedagógico el asunto, ¿dejó de hacerlo?
-Claro, cuando me arriesgo por algo así, lo hago porque sé que ganaré.
-Suena muy honesto aunque ególatra de tu parte.
-¿Por qué la gente cree que el ego es malo?
-No lo sé ¿Por qué se sienten agredidos?
-Te agredí, lo siento, no era mi intención. Por cierto, soy Petter.
-Yo Leonard, y no me ofendiste en absoluto.
-Es un fraude, no veré nada. ¿Vienes solo?
-No, mi familia está por allá, la familia que no sabe que fumo.
-¡Ah!, por eso la urgencia del fuego, por un momento pensé que me coqueteabas.
-No eres mi tipo.
-¿Y cuál es tu tipo?
-De las que usan falda.
-¿Te gustan las locas?
Leonard echó a reír.
-No, me refiero a las mujeres, las mujeres son mi tipo.
-Ah, pues es una pena.
-Tampoco soy tu tipo, créeme.
-Ni siquiera me conoces, ni te conozco.
-Lo sé, soy sarcástico, es lo mejor que hago.
-Es un método de protección, todas las personas tienen uno para protegerse- Petter se alejó un poco de la multitud y Leonard lo siguió.
-¿Y cuál es el tuyo?
-La disociación, eso y finjo que nada me hace daño.
-Mira nada más- dijo Leonard con completo toque de sarcasmo- pero tienes el cinismo de venir y decirlo, no eres como esas personas que viven en su fantasía, las que se engañan incluso a sí mismas…
-No, yo vivo al borderline.
-No es bueno ir diciendo que tienes un trastorno de personalidad estilo Winona Ryder en “Inocencia interrumpida”.
-¡Ah!, pero es mi película favorita, ¿y la tuya?
-“Las Horas”
-¡Ah!- dijo Petter y después suspiró con gran ahincó- un suicida deprimido por naturaleza, dime ¿siempre estás melancólico?
-No- dijo Leonard a la defensiva- no siempre.
-Ya, seguro eres piscis, los piscis son melancólicos.
Leonard no podía creer que se topara en medio de la nada a otro de esos chicos que creían tener todas las respuestas sobre alguien que apenas conocían, pero por un cono y un moño, o sea coño, piscis era su signo.
-Sí, soy piscis pero no creo en eso.
-No tienes que creer para que sea verdad.
-Sí, claro- sarcasmo y más sarcasmo en la voz de Leonard.
-¿Quieres ir por un encendedor a la farmacia?
-No, tengo que ir con mi familia, fumado o sin fumar.
-Bueno, luego nos vemos. Adiós.

¿Luego nos vemos? ¿Acaso los eventos culturales y las ruinas prehispánicas eran tan pequeñas que se lo volvería a encontrar? –No, por favor, no- se sorprendió diciendo Leonard.