jueves, 13 de agosto de 2009

Golosinas, golpes, otra vez Golo y los supositorios de opio

No se pudo desprender del libro en el automóvil, sí que estaba desvelado pero tenía que terminarlo, era muy sencillo, muy vulgar y excitante, como quién se come un hot-dog, algodones de azúcar y después se sube a una montaña rusa para poderlo vomitar al bajar de ella; sabes que la experiencia podrá ser mala, tienes en mente que no terminará bien pero aún así lo haces.
Bajó del coche y ya había terminado con la novela, dentro de las subidas, bajadas, golpes y rasgaduras en el cerro, un lugar hermoso, realmente precioso nadie lo podía negar, no pudo dejar de pensar en Golo y su amante quienes se metían supositorios de opio en el trasero(Leonard jamás había escuchado tal menester hasta antes de la lectura) ¿era que el escritor hacía una burla a los sistemas del arte, la carnicería del medio, así como la “opulenta” vida sus protagonistas, o sólo estaba haciendo una oda?

–Una oda a los supositorios de opio- le decía a su primo, con el que mejor se llevaba y cuya novia odiaba.
-No sabía que existían ¿no serán dolorosos?, digo… es que los supositorios dejaron de usarse hace mucho y ahora que lo pienso, el último supositorio que me pusieron fue a los seis ¿cinco años?
-¿Y aún lo recuerdas?
-¿Te das cuenta de lo doloroso que fue? Además, creo que te hace daño leer tanto.
-Ah, no me vengas con eso, al rato me dirás que pensar lo es también.
-No lo es si te sirve para distraerte o desembocar lo que piensas en algo… útil, pero sí, pensar demasiado puede matarte, además, estamos en la cima de un cerro, solo tú piensas en el opio metido por el trasero en la cima de un cerro.
-Me pone a pensar el tipo…
-Creo que lo que menos importa es si él está o no de acuerdo con ese tipo de vida, el punto es si tú lo estás.
-Antes no…
-Y ahora- su primo no pudo dejar de mostrar una cara algo consternada.
-Creo que es otro tipo de subsistencia al cual quiero ingresar, claro, sin los supositorios de opio.
-Entonces quieres llevar una vida “alocada”.
-No es que quiera una vida alocada, por favor, es que tengo veinte años y siento que la vida se va, se va, se fue.
-Escribiste una antología de cuentos a los dieciséis, lograste que te publicaran en una revista a los dieciocho, también un pequeño articulo por aquí y por allá, también alguna reseña.
-Este semestre me hice amigo de un chico sólo para tener espacio en una Bienal.
-¿Y qué piensas exponer? ¿La hoja de sala? No pintas, ni fotografías, ni esculpes, ni nada, tú escribes, es lo que haces.
-Bueno… ahora que lo dices, no sé qué pensaba exponer, pensaba porque creo que no entraré a la mentada Bienal.
-Mejor así, cuando te facilitan demasiado las cosas no las aprecias, ya sabes, el proverbio de las abuelas, las madres y demás.
-Me tiemblas las piernas.
-Es el azúcar, come esto- le dio una paleta de uva, Leonard odiaba la uva en las paletas, igual se la comió, eso y una barra de fruta, unos chicles pasados y otros más empaques de golosinas, ¿comida de deportistas? Seguro es mejor que un supositorio de azúcar.

viernes, 7 de agosto de 2009

Golo

Leonard estaba desvalido, después de subir un sinfín de rocas austeras con el libro de “Opulencia” en su mochila (un libro muy grueso, por cierto) sus piernas le temblaban y la ropa que había seleccionado era más bien para ir a centros culturales en lugar de trotar en rocas “semi-paradisiacas”, se la estaba pasando bien, de bomba y no era sarcasmo… pero ¿por qué llevaba la biografía de María Antonieta en su mochila? ¿Era acaso un tipo de penitencia pro glamur que ni se saciaba con sus lentes de sol y sus jeans muy entallados? –Dónde coño se me vino a ocurrir traer pantalones tan apretados- bueno, quizá no se la estaba pasando tan bien.

-Y aquella ¿qué te parece aquella?
-Bonita, sí es bonita.
-No es cierto, no se te hace bonita.

Leonard estaba un poco cansado con eso de que sus primos vinieran a preguntarle si las mujeres eran o no bonitas. Las mujeres le obsesionaban, pero había renunciado a ellas por un largo rato, nada serio desde Cecelia, nada serio- ¿En verdad fue serio?- Leonard decía, sí, no, no, sí, a las mujeres en su haber.

En sus noches de hotel se dedicaba a leer. Su familia era recatada y realmente lo agradecía, ya suficiente tenía con tanta congoja y dolor en su mente y corazón como para que el resto de su entorno retozara libertad y pulsión, pero la verdad también indicaba otras cosas: Leonard quería salir de noche, quería ir a un bar o al menos a un centro donde la gente lee malos poemas y el público en lugar de aplaudir chasquea los dedos frenéticamente, él pertenecía el chasquido frenético de los dedos.
-Pero cuánta melancolía- suspiraba Leonard pasada las tres de la madrugada. Acaba de terminar la biografía sobre María Antonieta, la Toinette, la “Opulencia”, todo desde que entraba a Francia y moría en la guillotina –Bailad, bailad malditos- pensaba Leonard, él era un Toinette condenado por su mismo protocolo adusto, no se permitía mayor fervor que la nada pululante… una página, otra página y no podía dormir, ahora que ni la cabeza de la última reina de Francia se encontraba sobre su cuerpo ¿era que la de él tampoco se encontraba ahí? Sacó el libro de repuesto, uno muy ligero que hablaba sobre el arte, las cuestiones ligeras de las relaciones y la homosexualidad, se llamaba “Temporada de caza para el león negro” de Tryno Maldonado, lo abrió y olió las páginas. Anotó dos cosas, debía dejar de cargar infinidad de libros a los viajes (pues no sólo le hacían mucho bulto, sino también que ya había comprado otros tres que debía trasladar hasta su casa) y que siempre disfrutaría con oler las páginas de los libros nuevos, viejos, usados, cuasi usados y desusados.
El libro se presentía demasiado corto e iniciaba: “Una vez interrogué a Golo sobre sus tenis…” –Zapatos- bufó Leonard, le faltaba comprar zapatos nuevos.
Si realmente se lo hubiera propuesto habría acabado el libro aquella misma madrugada, pero tenía que dormir, además, el libro exudaba libertad por todos los poros, hablaba sobre tener sexo y coger, así como ser cogido, rozaba lo vulgar (para su tipo de lectura) aunque recordó a la insidiosa mujer, de quién ya había leído sus tres libros sobre mujeres exitosas, sexo impudente y hombres por montones, aquí la cosa era similar, sólo que los bolsos caros estaban exentos y los trajes aún más caros de tal o cual marca resonaban con intenso estupor.
-Manido Tryno- se dijo- me pregunto si tiene algo de autobiográfico- Leonard se puso a reír como frenético, al menos lo más alto que le permitía la penumbra de las cinco de la madrugada – ¿pero qué clase de enfermo se retrataría en sus escritos?

Cerró el libro y fue a dormir. Le esperaba un día interesante y ferviente (porque no podía negarlo, le intrigaba la idea del día siguiente, o la continuación del día en transcurso) pero también muy cansado, y él sólo dormía en el carro.

jueves, 6 de agosto de 2009

Y ¿cuál es tu tipo? ¿Los borderline?

-No más depresiones- se dijo Leonard cuando entraba a su cuarto de hotel muy bien ornamentado, no esperaba tener mucho ajetreo, compartiría la habitación con tres primos más quienes eran enteramente educados, bien perfumados más no estilizados, todos y cada uno de ellos comprometidos con novias que conservaban desde hacía más de dos años, uno ya iba a cumplir los cuatro años con la misma mujer. Sus primos era de sus misa edad, bueno, un año menos un año más, lo que le llevaban a circular entre los diecinueve y veintitrés años. No esperaba alboroto de su parte, además, todos se notaban sumamente respetuosos con él, se olían que algo andaba mal, pero Leonard consideraba que tenía que dejar el mal en casa, en la universidad, en las ciudades que visitaba con todo su glamur y su elitismo mundano, estaba ahí… para ver rocas.
El lugar que visitaba era famoso por sus sitios arqueológicos, grandes construcciones hechas por grandes antepasados y llena de turistas cuya piel era blanca color leche, blanca color transparente y amarilla… pero estoy a punto de ser blanca ictérica. Leonard no encajaba en esa descripción, él era de tez ligeramente clara, pero nadie diría que era blanca desde ninguna perspectiva. Además, él hablaba un perfecto español (o uno que entendía la mayoría de los lugareños) mientras los demás “blancos” hablaban inglés, francés, alemán, ¿escuchó algún ruso por ahí, era eso o un ladrido?
Se había ido con un par de tíos, tías y primos, nada de padres o de su hermana Carlota, mejor así. El problema era que sus primos, aunque intento de recatados, no dejaban de ver el trasero de las turistas, si eran güerotas o güeritas, o si quizá eran un daño a la pupila. Leonard no podía reprenderlos ¿no era él una de las personas más cínicas y criticonas que de hecho él mismo conocía? –Pero en qué mal concepto me tengo- la verdad es que las turistas no le interesaban, le parecían insípidas, bonitas pero de belleza sobada, donde lo “bonito” es “aburrido”, las lugareñas tenían más intención en sus rostros y en sus gestos, pero aún así él no sabía cuál era su tipo de mujer ¿qué le había gustado de Cecelia? –Me manipulaba, maltrataba y ofendía, siempre decía que tenía que ser más culto y leer más, ¿mi tipo de mujer es la agresiva? No, Cecelia es, fue y será una mosquita muerta, eso, o yo soy, fui y seré un hombre ardido.
Como primera actividad asistirían al “Gran evento cultural” que nadie debía perderse, todos los turistas asistían al evento, era en una de las grandes plazas del centro y todos se aglomeraban para ver absolutamente nada. Eran mujeres y hombres bailando al unísono alguna canción regional con sus trajes regionales y sus caras regionales –Me pregunto si yo tengo algo de regional- murmuraba Leonard mientras un chico extremadamente delgado, moreno (sin ser blanco, sin ser negro, sin ser regional) y con una nariz algo prominente le dirigió la palabra.

-Ves algo desde aquí- el chico se estiraba una y otra vez para poder ver… lo que fuera.
-Nada, pero la verdad no me importa.
-¿Entonces qué hace aquí?
-Huyendo- ¡diablos!, ahí estaba otra vez la sinceridad nada sincera, que dice lo que no debiera ser dicho y sobre todo, que quiere llamar la atención de un extraño con el simple hecho de platicar, porque no encontraba nada más qué hacer- ¿Tienes fuego, encendedor, cerillos?- Leonard deseaba fumar un buen cigarro, tenía mucho que no lo hacía, y como su familia no sabía que fumaba había esperado el momento indicado para zamparse uno, el problema era que no tenía cómo encenderlo.
-No, no fumo, hace tiempo lo hice con el simple hecho de que mi madre dejara de hacerlo.
-Suena muy pedagógico el asunto, ¿dejó de hacerlo?
-Claro, cuando me arriesgo por algo así, lo hago porque sé que ganaré.
-Suena muy honesto aunque ególatra de tu parte.
-¿Por qué la gente cree que el ego es malo?
-No lo sé ¿Por qué se sienten agredidos?
-Te agredí, lo siento, no era mi intención. Por cierto, soy Petter.
-Yo Leonard, y no me ofendiste en absoluto.
-Es un fraude, no veré nada. ¿Vienes solo?
-No, mi familia está por allá, la familia que no sabe que fumo.
-¡Ah!, por eso la urgencia del fuego, por un momento pensé que me coqueteabas.
-No eres mi tipo.
-¿Y cuál es tu tipo?
-De las que usan falda.
-¿Te gustan las locas?
Leonard echó a reír.
-No, me refiero a las mujeres, las mujeres son mi tipo.
-Ah, pues es una pena.
-Tampoco soy tu tipo, créeme.
-Ni siquiera me conoces, ni te conozco.
-Lo sé, soy sarcástico, es lo mejor que hago.
-Es un método de protección, todas las personas tienen uno para protegerse- Petter se alejó un poco de la multitud y Leonard lo siguió.
-¿Y cuál es el tuyo?
-La disociación, eso y finjo que nada me hace daño.
-Mira nada más- dijo Leonard con completo toque de sarcasmo- pero tienes el cinismo de venir y decirlo, no eres como esas personas que viven en su fantasía, las que se engañan incluso a sí mismas…
-No, yo vivo al borderline.
-No es bueno ir diciendo que tienes un trastorno de personalidad estilo Winona Ryder en “Inocencia interrumpida”.
-¡Ah!, pero es mi película favorita, ¿y la tuya?
-“Las Horas”
-¡Ah!- dijo Petter y después suspiró con gran ahincó- un suicida deprimido por naturaleza, dime ¿siempre estás melancólico?
-No- dijo Leonard a la defensiva- no siempre.
-Ya, seguro eres piscis, los piscis son melancólicos.
Leonard no podía creer que se topara en medio de la nada a otro de esos chicos que creían tener todas las respuestas sobre alguien que apenas conocían, pero por un cono y un moño, o sea coño, piscis era su signo.
-Sí, soy piscis pero no creo en eso.
-No tienes que creer para que sea verdad.
-Sí, claro- sarcasmo y más sarcasmo en la voz de Leonard.
-¿Quieres ir por un encendedor a la farmacia?
-No, tengo que ir con mi familia, fumado o sin fumar.
-Bueno, luego nos vemos. Adiós.

¿Luego nos vemos? ¿Acaso los eventos culturales y las ruinas prehispánicas eran tan pequeñas que se lo volvería a encontrar? –No, por favor, no- se sorprendió diciendo Leonard.

sábado, 1 de agosto de 2009

El segundo intento de huída, eso y una redacción algo ¿perra?

Después de pasar el fin de semana en el departamento rentado de su amiga Susana del Zuzu, poco le ayudó a recuperarse, pues en las mañanas debía ir al hospital con ella y aunque no hacía nada lo que pasaba es que veía demasiado a los pacientes, por eso cuando estudiaba química, biología y lo que fuera, se había desprendido de ello: el sufrimiento humano lo enfermaba.
Cuando laboraba en el laboratorio había ido a tomar muestras sanguíneas de personas con dengue, gonorrea y VIH, cualquier estrado que fuera imaginable dentro de la mente de un doctor. Siempre estaba el peligro de infectarse si no se es demasiado cauteloso; Leonard lo fue en su momento, pero ahora estaba decaído y no creía poder siquiera tomar una aguja para sacarle sangre a un paciente enteramente sano. Tenía el aclamado pulso de maraquero del cual tanto se había burlado, Susana lo notó.
-No tienes por qué sacarle sangre a nadie, sólo ve… viborea, yo que sé.
-Sue, me gustaba estar en los laboratorios porque me sentía útil, ahora soy una carga.
-Bueno, tiene mucho que ver con que no lo has practicado en dos años. Además, no es tu máximo en la vida.
-Si quieres saber la verdad, no sé cuál es mi máximo en la vida.
-Muy gracioso, siempre has dicho que quieres ser escritor.
-Es parte de lo que digo, es parte de lo que soy, no es realmente lo que quiero ser, me refiero en términos generales.
-Leonard, entonces ¿qué quieres ser?
-No creo que las cosas se solucionen sólo así, diciendo lo que se quiere o no ser, o lo que se propone…
-Pero nada vas a solucionar si te quedas esperando, debes hacer algo para que… pase algo, sino pues no pasará nada.
-Me complicas más de lo que estoy.
-No entiendo cuál es la complicación. Terminas esta semana el semestre, tienes tiempo libre ¿qué deseas hacer con ese tiempo?

La verdad era que Leonard no sabía qué hacer con su tiempo fuera de la facultad, los tontos almuerzos , las falsas intenciones, todas esas mascaradas que implicaban ir de una exposición a otra para después meterse a un par de librerías y comprar como loco, esos días estaban pasando ¿estaba madurando o sólo envejeciendo?
Diana le había dicho que se recuperara, pero se lo había dicho con tal cara como si no creyera que no lo lograría.
-Me lo dijo como su tuviera cáncer o algo por el estilo, y pues no tenía más remedio que sentir lástima por mí- decía Leonard a Alfred en uno de los últimos días de entrega de trabajos finales.
-Pues es que parece que tienes cáncer o algo por el estilo…- Alfred solía ser una persona muy recatada en ese aspecto, el cinismo no se le daba y más que nada era un artista cibernético muy dedicado que bien podía rozar el autismo cuando se lo proponía.
-No hombre, no tienes cáncer ni nada que se le parezca- dijo Steve, un gran pintor, humilde realmente y con grandes preocupaciones sobre las artes plásticas que para muchos iba perdiendo terreno ante el discurso de la obra- lo que te pasa es que necesitas unas verdaderas vacaciones, no un viaje a la clínica más cercana.
-Mira que hasta el novio se Susana se veía a gusto con mi presencia. Siento que desperté tanta lástima en él que poco interés tuvo en los celos que yo podría despertar.
-Es que das un poquito de lástima- Alfred habló y después puso cara de arrepentimiento, al parecer se le había olvidado que estaba tratando con una persona, no con una máquina.
-No das lástima Leonard- Steve intentó arreglar las cosas- te ves cansado y ese intento de Bienal con el Hollin-lo-que-sea te está matando, a ti y a tu reputación… aunque pensándolo bien, esto es la facultad de artes y la reputación poco importa… bueno en ese aspecto de con quién te acuestas o…
-Si te depilas el área del biquini- dijo Edgard entrando en al aula y a la conversación- claro que importa con quién duermas, ¿de quién estamos hablando?
-De mí, y ahora de Nick, aunque sabes que no tenemos nada, apenas dejo que me tome de la mano.
-Ese hombre, mujer, hombre no deja de buscarte, así que ponle buena cara, la semana pasada salí con él, como amigos dejo en claro, y me parece una persona ligeramente insoportable.
-¿Te lo pareció?- dijo Steve a quién por ende le caía mal las personas muy opulentes.
-Creerás que él y yo nos llevaríamos bien por el simple hecho de ser homosexuales, pero no, nada tiene que ver eso…
-No- le interrumpió Steve- creí que se llevaría bien por snobs.
Edgard sonrió con total descaro –Te veo afuera Leonard- salió del aula.
-Te estás dejando influenciar por las locas del rodeo, necesitas vacaciones de todo esto, créeme.

¿Y si Steve tenía razón después de todo? Era probable que el ambiente artístico lo estuviera matando, eso y su relación amistosa con Nick. El semestre se había acabado y ahora el fulanito debía escoger los dos artistas para la Bienal. A Leonard no le interesaba en lo más mínimo el lugar, así que decidió con el total descaro del mundo, escribirle un correo a su “amigo” Nick, que más bien decía así:

Hola Nick, te escribo porque me voy de vacaciones con mi familia. Fue algo inesperado, ni siquiera yo lo tenía planeado, salgo la siguiente semana, bueno, dentro de tres días. El semestre ya terminó, por el momento ya no tengo ninguna razón para ir a la universidad y la verdad es que no estoy de humor. Sé muy bien que te vas también la siguiente semana. No podré asistir a tu fiesta de despedida pero igual me dio gusto conocerte. Suerte con tu Bienal, me agrada tu obra y creo que al público también le gustará.
Recibe mis mejores saludos. Leonard.

Una vez enviado el correo, Leonard no pudo dejar de sentirse como Berguer, uno de los novios de Carrie Bradshaw en la serie de “Sex and the city”, el hombre que en la quinta temporada la corta por medio de un post-it. La diferencia era que aquí no habían tenido un noviazgo ¿o sí? De hecho ni siquiera eran amigos, sólo que se sintió más miserable de lo normal. Se habían utilizado mutuamente, Leonard tomó a Nick como boleto de asistencia para una Bienal en la cual nunca asistiría, mientras Nick había tomado a Leonard como un deporte difícil de practicar, o al menos así prefería verlo Leonard… para no sentirse tan mal.
-En efecto- pensó Leonard- si fuera gay o perteneciera a su sociedad sería una reverenda perra.

viernes, 17 de julio de 2009

La huída

Repuesto y dispuesto a patera traseros, Leonard aún estaba débil y convaleciente, pues a pesar de que gran parte de su confianza en la vida había regresado, se sentía algo intranquilo. Aún deseaba tirarse por la ventana, ¿Cuándo se había convertido en una persona tan débil?
-Debes venir conmigo- dijo Susana del Zuzu, su amiga que estudiaba medicina y que de hecho hacía servicio (o internado, o residencia, o prácticas, o lo que fuera) hasta en fines de semana –Será interesante, como los viejos tiempos, burlándonos de los ineptos del hospital, intentando ser buenos con los pacientes y experimentar con otros tantos, mira, te consigo una bata y ya, además, tenemos cupo en el departamento para que llegues a dormir.
-Sue, ¿estás segura, qué hay de tu novio?
-Somos amigos desde antes de que él y yo saliéramos, no tiene problema con eso.
-Pues por eso, porque me conoces desde antes que él y no quiero que piense mal.
-No pensará mal si tú no piensas mal.
-Eso es tan sofista.
-Mira que siempre dices eso, así que eso de ser sofista es mero pleonasmo del argumento, porque eres sofista al decirme que soy sofista.
-Bien, bien, vas hacer que me de migraña.
-No sufres de eso… otra vez, ¿verdad?
-No, claro que no- Leonard estaba mintiendo, la verdad es que la migraña le había regresado desde hacía un par de semanas, un poco antes de enfermarse del estómago.

Y ahora estaba ahí, otra vez en la calle, como queriendo tener una vida algo atractiva o que se jactara de ser respetada. Estaba a punto de conocer a un montón de postulados a doctores y deseaba lucir un aspecto digno.

-¿Leo?- dijo una voz femenina justo antes de introducirse al edificio que la había indicado su amiga Susana del Zuzu.
-Sí, sí, soy yo- dijo Leonard cuando apenas se volteaba para saber quién era aquella persona que le hablaba desde la calle.
-No te reconocí- dijo aquella mujer con la cual Leonard había cursado el bachillerato y que era muy comunicativa, demasiado para una vida social aceptable.
-Pues ya ves, cambié…
-Es que te ves tan cansado, demacrado y pálido. Bajaste de peso ¿verdad?
-Un poco- un poco y también se murieron mis neuronas, algunas, también mi intenso amor por la amistad, eso es lo que realmente quería decir Leonard.
-Ah, se nota muchísimo. Pero cuéntame ¿qué haces aquí?
-Vine a ver a Sue.

Una vez adentro, en el supuesto cuarto privado de la doctora Susana del Zuzu, ambos sentados en la cama porque no existían ni sillas o sillones (no es que fuera malo, sólo un poco incómodo) Leo habló con Sue.
-Diana, ¿vives con Diana?, la misma arpía cazadora que recorta a la gente por montones- decía Leonard en tono bajo pero muy concreto.
-Ya déjala en paz, la verdad es que no te ves bien.
-¡Oh!, gran deducción, para eso sólo necesito un espejo.
-Y el espejo del mundo es Diana.
-Para nada, Diana es una retorcida interpretación del mundo.
-No menos torcida que la tuya.
-Corrección, no menos retorcida que la mía.

Con unas horas en aquel lugar Leonard pudo darse cuenta que su amiga vivía en una especie de infierno subarrendado, lo que era peor, pues indicaba que eso era lo que ella había elegido.
Vivía con seis personas en un departamento algo pequeño, Susana parecía ser la madre de “El país de nunca jamás”, donde todos eran niños perdidos que pedían un cuento al momento de irse a la cama… a tener sexo. Susana toleraba todo, los ponía en orden, trabajaba en equipo (o eso intentaba) formaba grupos de estudio y también limpiaba, mandaba, gruñía e intentaba no toparse con los condones usados de sus compañeros, Susana era una santa.
Las habitaciones estaban divididas en cuatro habitaciones, tres grandes (más bien eran cuartos habitables) y una última habitación que se llamaba “el cuartito del amor”.
-Es donde ellos fingen que nadie sabe que tienen sexo- decía Sue mientras terminaba de limpiar la mesa después de la cena. Leonard le hacía compañía, ayudaba más escuchando.
-No sé si es muy sucio o muy maduro.
-¿Maduro?, ¿maduro que tengan sexo como conejos mientras al día siguiente tenemos que inocular gente y evitar que se desangren mientras convulsionan los pacientes, hoy lo viste en el hospital, son muy lentos.
-No puedo juzgarlos, yo no fui de mucha ayuda.
-Hace dos años que no hacías nada clínico, ellos apenas pueden quedarse despiertos durante la guardia.
-Si son tan malos ¿por qué los ayudas? Sue, les haces todo, eres como su madre, deberías dejarlos.
-No los voy a dejar cuando soy yo quién los elevó hasta el primer puesto de asistencia en el área de clínica. Mi grupo es el mejor de toda nuestra generación- Sue tomó aire mientras veía la consecuente mirada de Leo- tienes razón, podría dejarlos, cualquier equipo muere por tenerme y no es que aquí yo sea la líder de todo este asunto, porque también podría llegar a pedir el liderazgo en otro grupo y lo lograría, pero la verdad es que, que…
-Los quieres- dijo Leonard tranquilamente.
-Diablos, sí, los quiero, me caen bien.
-Pero ellos no te quiere a ti. Bueno, su forma de mostrar amor es tan desbordante que eres tú quien tiene que recoger su líquido seminal en bolsas y después limpiar todo.
-Suena a que soy una pervertida.
-No, suena a que eres muy solvente y estoica, mira que te lo digo yo que puedo llegar a ser muy conservador.
-Y un maldito desgraciado. Leo, te conozco, me conoces, nos llevamos bien porque somos muy similares. Sabes tan bien como yo que me gusta tener el control de las cosas, pero quizá ahora las cosas son excesivas.
-Un poco, digo ¿”el cuartito del amor”?, suena a película mexicana en la que podría aparecer Silvia Pinal.
-Claro, una película fichera del cine mexicano- ambos rieron.

Leonard dormía en el sillón de la pequeña salita de estar. Le habían ofrecido “el cuartito del amor” para dormir, pero no quería que los inquilinos se molestaran por crearles abstinencia. Además, con unos tapones en los oídos los gemidos externos eran erradicados y se podía dormir muy bien en terreno neutral, y a la par podía pensar si en verdad dicha huída le serviría de algo.

lunes, 6 de julio de 2009

La nueva enfermedad y el nuevo mito.

Para nadie le es fácil enfermarse, pero para Leonard era un deporte, cada tercer mes y fin de semestre le aquejaba alguna enfermedad, y ahora sin necesidad de ser el tercer mes era fin de semestre. El semestre anterior había tenido dengue (nada hemorrágico) pero le había quitado una semana y media de vitalidad. Antes del dengue tuvo gripa, después del dengue le dio gripa. Poco después se alivió y ahora era una infección estomacal, pero lo que más le perturbaba era su sentimiento made in: Sylvia Plath
-No puedo comer, no puedo dormir, no puedo leer, no puedo escribir- había dicho el personaje principal de la única novela de la Plath, titulada “La campana de cristal”. Hacía unos meses que Leonard había leído el libro, pero era hasta ahora que entendía con todas sus letras las palabras de aquella mujer.
-Pero es que estoy igual- pensaba Leonard aún con náuseas y con los labios partidos. Todos los días como reloj se despertaba, vomitaba jugo gástrico y después se metía en la cama con las esperanza de no saber nada de sí mismo hasta muy entrada la tarde, momento en el que Carlota le decía que era tiempo de comer. Pero Leonard no comía, ya había pasado una semana sin comer mucho más que pollo con verduras, más bien, tres bocados de pollo y una verdura. Nada funcionaba dentro de sí. Por las noches le entraba una insaciable ansiedad que le hacía imaginar cosas e incluso le incitaba a tirarse por la ventana.
-Cuando quieras sacarte todas esas imágenes de la cabeza con un desarmador o un taladro me llamas por favor- le había dicho su hermana, la sacrosanta Carlota, quien soportaba todos sus ataques de histeria.
En efecto Leonard no podía leer. Tomaba su ejemplar de “Días memorables” escrito por el genial Michael Cunningham pero no pasaba de leer dos líneas. –Seguro fue el libro, seguro este maldito libro me puso mal- se decía el enfermo.
Los “Días memorables” era un libro bastante deprimente y Leonard era un depresivo en potencia, así que por ello creía que la novela le estaba sacando la cordura con cada palabra que leía, quizá Leonard tenía demasiada empatía. El libro hablaba a las minorías (y Leonard se sentía parte de las minorías) que explotaban en la calle por alguna locura supuestamente bien fundamentada. La culpa de todo eso la tenía Walt Whitman, poeta estadounidense en el cual se había inspirado el Cunningham para escribir su libro. Whitman decía: “Todos volvemos a la hierba”, Leonard sentía: “Mis entrañas vuelven al drenaje”… estaba cansado de vomitar.

El semestre aún no terminaba y debía entregar un ensayo sobre un libro que ya había leído. El libro era sobre distintas ciudades y Leonard no pasó de escribir: “El autor es rizomático, empalma la ciudades de modo verbal, literal y metafórico, aquí están en la imaginación y después se postran sobre el papel…” después de escribir la palabra p-a-p-e-l, Leonard salió corriendo al baño para sacar el poco pollo que tenía en el estómago.
No creía que fuera a morir, la verdad es que ya había pasado por más enfermedades de las que cualquier chico de su edad pudiera citar, quizá si la lepra siguiera vigente ya le hubiera dado y carecería de una ojera o no tendría alguna ceja, la verdad es que estaba agotándose y temía no tener la fuerza suficiente para terminar el semestre, y fue ahí cuando sucedió.

Leonard se molestó, aún con sus ataques de pánico, el vómito y sus ocasionales ganas de llorar a pulmón abierto, Leonard se molestó, ya estaba lo suficientemente agotado como para soportar otra enfermedad y aparte tener que asistir a las últimas clases donde “todo se definía”, en las cuales había que entregar trabajos finales aún con ganas de volver el estómago frente al profesor. Escribir y leer, releer y anotar, contestar, justificar y sonreír; de repente le pareció una pesadilla extravagante, un maldito sueño difícil de solventar, ¿Qué acaso no estudiaba arte porque… amaba al arte?, ¿Qué no estaba sufriendo demasiado? Bien decía la Biblia con eso de que el amor es sufrido… aunque se deducía que también era benigno. La verdad es que más allá del Evangelio Leonard se estaba quemando la cabeza, no valía la pena tanto sufrimiento.

-Pero hombre, que soy un sufrido- le decía a Edgard por teléfono, la voz de Leonard era débil y estaba a punto de quebrarse, de hecho no podía ni sostener el teléfono, su mano le temblaba, tenía otro ataque de ansiedad. Los doctores (esa bola de victorianos bien pagados) le habían dicho que no podían darle nada para los nervios, que más valía se calmase.
-No lo creo. El problema es que te sometes a demasiada presión, una presión que no existe- Edgard del otro lado sonaba tranquilo y parte de él fingía no reconocer que su amigo estaba a punto de tirarse por la ventana, era cuestión de comprensión. Edgard sentía que a Leonard no le faltaban más preocupaciones como para agregarle el hecho de que tu amigo sabe que estás a punto de cometer suicidio.
-Pues no lo sé, no quiero saber nada de mí.
-Eso será difícil porque vives contigo mismo.
-Es verdad, ya ni quiero verme al espejo, estoy demacrado, mal parido, esbelto, parezco una momia salida de alguna catacumba austriaca pre a la revolución francesa.
-¿Existían catacumbas en Austria?
-¡Sabes a lo que me refiero!
-Sí, sí, ser llamado “Austriaco” antes de la revolución francesa era como ser llamado Nazi en la actualidad.
-Y ahora soy una momia.
-Nick no para de buscarte, quiere saber dónde vives y quiere llevarte flores.
-Dile que las guarde para el día de mi muerte.
-¡Cálmate Sylvia Plath!, creo que te ha hecho daño leer “Lady Lazarus”
-Lo logré otra vez, especie de fantasmal milagro…
-Sí, menudo fantasmal milagro volverte a enfermar. Ya en serio Leonard, la vida no es tan mala, son sólo los parásitos que traes en el estómago lo que te hace pensar que la vida es algo vacía.
-Yo no dije que la vida fuera “algo vacía”, sólo dije que LA VIDA ERA VACÍA. En serio, no encuentro razón para levantarme todos los días, nada más allá de ir a vomitar al baño.
-Es porque estás enfermo, no necesitas tener otra razón de vida más que sobrevivir.
-Me doy asco, quiero morirme.
-Deja de decir bobadas, ¿con quién recortaré gente sino estás tú?
-Con el chico nuevo…
-Es un mito, un mito como lo fue el Nick.
-¿No sabes nada del chico nuevo?
-Sí, que viene de intercambio de otra escuela dentro del país, que sabe inglés, francés, italiano y escribió un poemario en nuestra lengua madre que es el español. A parte de eso vi una foto suya con una playera de Kitty, era una playera rosa, lo que lo hace o un fan muy arraigado de Kitty o una loca cualquiera.
-Lo dices porque parte de ti desea ser el único gay a la redonda que sepa moverse con clase.
-¿Quién dice que “el nuevo” sabe moverse con “clase”?
-¡Sabe francés!, yo lo llevaría a Francia si me sirviera de intérprete.
-Tu problema Leonard es que no tienes escrúpulos, sigues engañando al Nick como si fuera a pasar algo, y tú, yo, Emily, Lady Di y Ana Bolena saben que no va a pasar nada.
-Edgard… te dejo, voy a vomitar.

Leonard colgó.

miércoles, 1 de julio de 2009

El fin del trayecto y el espíritu Woolfiano

La Woolf escribió novelas que se daban en un solo día, ahí estaba “La señora Dalloway” y “Entre actos” en el librero de Leonard, también “Las olas” (obra que no contenía ni un solo diálogo, sólo pensamientos) que englobaba la vida de seis personas según sus experiencias vividas: primero el amanecer, el atardecer, el ocaso, la penumbra.
Leonard se sentía en una novela de la Woolf… bueno, en una imitación bastante mala, donde el personaje pasaba por muchísimas actividades el mismo día antes de llegar a su casa y desplomarse entre las almohadas, y después: “La señora Dalloway pensó que no le hacía falta ni grandeza , ni belleza, sino algo que lo impregnara todo”. –Algo que lo impregne, sumerja y cambie el contexto de la vida misma- pensaba el chico una vez encaminado a esa tonta exposición de desnudos.
Él, porque el artista era un hombre, retrataba a sus amantes desnudas en el lienzo. Era de los filósofos que no estudiaban ni arte ni filosofía, estudiaban psicología, así que desde Freud, Foucault, Fromm, Marx, Hegel, Heidegger e infinidad de hombres ilustres, nada de mujeres, eran sus íntimos amigos de cabecera, de aquellos (como alguna vez había leído Leonard en el texto de un chico algo perturbado) que hablaban de Marx como si fuera su tío, de Hegel como vecino y Freud un compañero de habitación, así era Manu.
Manu, amigo (ex novio) de la amiga de la hermana de Leonard, era un poco egocéntrico y poco comunicativo de la forma “verbal adecuada”, con ello se refiere a que le gustaba ser rimbombante en cada palabra que profería de sus labios, para nada podía ser una hombre banal.
En la entrada de la galería se encontraba Carlota, la hermana de Leonard, quién había estudiado psicología, trabajado con ancianos, niños, jóvenes y no tan jóvenes, era una mujer que mantenía una amplia variedad de pacientes nada pacientes que seguía especializándose en su carrera no por placer, sino por supuesta necesidad.

-Llegas tarde-dijo Carlota no en son de regaño, ni de aprensión, sólo como reafirmación de una verdad innegable.
-Lo sé, lo sé, soy un fraude, ni qué hacerle.
-Nada qué ver. Estoy muriéndome de ganas por ver las pinturas, Manu también es mi amigo.
-Ah, sí, el sobrino de Marx, el vecino de Hegel y el compañero de habitación de Freud.
-Te faltó lo más importante. El hijo de Nietzsche.
-Uf, mejor aún- dijo Leonard con sarcasmo.

Entraron a la galería, la exposición era un mal montaje de obras paridas sin pies ni cabeza, no existía una lectura afortunada, nada más allá de un par de traseros y senos, la cuestión se revelaba abusivamente ofensiva –Un asunto medio misógino- pensó Leonard.
Las primeras pinturas eran copias de algunos cuadros clásicos de fulano de tal y menganito de tal, nadie demasiado famoso como para exponer alguna dificultad al momento de ser copiado, pero claro, los traseros y las medias lunas delineadas por los mismos seguían presentes.

-Es ella- dijo Carlota señalando el cuadro de una chica algo voluptuosa de cara abultada y mirada perdida. La mujer se encontraba postrada en la cama boca abajo, con el trasero al descubierto y el seno derecho muy bien delineado, pero de ahí en fuera su rostro carecía de fuerza.
-¿Es Minerva?, el retrato no le favorece.

Minerva era una de las amigas más íntimas de Carlota. Tenían algo de dicotomía, mientras Carlota era un poco más hogareña y ensimismada en sus labores de lectura, escritura, dibujo y sesiones frente al televisor para ver tanto programas favoritos y películas de amores imposibles; Minerva salía como voluntaria de todo lo que se pudiera ser voluntario, tenía un modesto restaurante que ella y su actual novio (Ernesto) habían levantado desde la nada, aparte de eso cuidaba de sus dos hermanos y ahorraba todo lo posible para así poder salir de casa. A Leonard le recordaba un poco a su amiga Samantha, quién vivía por la zona de Minerva, en aquel lugar las mujeres tenían como cinco hijos, del cual le encargaban al hermano mayor la responsabilidad para que así ellas pudieran seguir con su vida laboral; Samantha tenía tres hermanos menores (considerablemente menores) que ella misma había cuidado durante tardes eternas, al más pequeño prácticamente lo había criado, así que a su escasa edad de veinte años ya había sido un intento poco certero de madre, lo mismo que pasaba con Minerva.

-Sí, no le favorece, se ve rara… ella es más una… guerrera, y aquí parece más…
-Una vaca- Leonard creía estúpido sacar la vaca que yacía en el interior de la diosa de la sabiduría, la guerra… y el tejido, muy importante era el tejido, que no se olvide.
-Pero bueno, creo que a Minerva le gustó.
-¿Por qué salía con Manu? Él es un completo asno misógino y ella la voluntariosa demostración de que la mujer no ha nacido única y exclusivamente para parir hijos.
-Bueno pues, ya no salen juntos.
-Pero lo hicieron, por mucho, mucho tiempo, no sé qué le vio la Manu.
-Pues supongo que le parecía intelectual.
-Un asno muy intelectual… no dejará de ser un asno.

Al lado del retrato de Minerva se encontraba la ficha técnica, y tanto Leonard como su hermana se percataron que el cuadro decía “Colección particular”. Existían otros tantos que tenían precio, algunos más contenían la misma leyenda que anunciaban no estar a la venta, pero era curioso que casi todos los cuadros eran desnudos de mujeres en la cama, en una silla, con mucho busto, con mucho trasero, sin rostro, de espaldas ¿era acaso que el hijo de Nietzsche también creía que las mujeres eran del demonio?

-Te das cuenta, sólo las mujeres más importantes para él son de su colección personal, las que no pues tienen precio- ahora a Leonard no sólo se le hacía oscura y fría la homosexualidad, sino también la heterosexualidad era igualmente perversa.
-Es que en la vida de Manu así son las cosas- le apuntó Carlota.
-¿Paga por tenerlas?
-Algunas, otras no, muchas son aventuras de una noche, chicas fáciles que después el pinta y les pone precio. Otras fueron sus novias, y como Minerva, pues son de colección personal.
-Así que el tipo colecciona mujeres, y las que no, pues las vende.
-Lo pones de un modo muy frío.
-El asunto es frío, apenas me irrité porque quisieron tratarme como a un vibrador a domicilio, ¿cómo no voy a molestarme por esto?
-Bueno, tus conocidos son raros.
-Uy, Manu es el hombre más normal del mundo.
-Nadie es normal y nadie es lo suficientemente raro, tú que sabes.

A Leonard le irritó la idea como pocas ideas llegan a causarle escozor mental; que un intento de artista como lo era Manu, quién no había estudiado ni arte, ni filosofía y que lejos de eso, se tomaba demasiado en serio a Nietzsche como para llamarlo padre, pintara mujeres como bultos de carne. Después de que muchas de ellas, si bien vendidas, otras no, eran hermanas que debían mantener la casa a cuestas de una madre abusiva o un padre ausente. No se imaginaba a Samantha como un bulto de carne, ella que tanto luchó en el bachillerato y pateó traseros por obtener uno de los mejores lugares, y después entrar a su internado de mujeres selectas sólo para regirse por alguna clase de “ley selvática” donde las jovencitas deciden dónde dormir, con quién, a quién le ceden una manta y a quién podían destruir socialmente. Después de criar a su tercer hermano y cuidar a los tres como si fuera su madre, atender el negocio de su madre, aguantar la holgazanería de su padre y los malos tratos de los clientes de su padre (quién vendía fertilizantes para el campo). No era justo que un hombre como Manu viniera a decir que las mujeres no merecían ser retratadas de frente y con una expresión digna.

Leonard se pregunto, como algún día lo había hecho la Woolf, ¿por qué no darle la misma importancia a la mujer que hace pasteles y cuida a los niños como se le da a los hombres que hacen la guerra? Luego sintió nauseas, y ahí en pleno apogeo de la supuesta lucidez, tuvo un ataque de angustia. Él no había hecho mucho con su vida y mucho menos lo haría si se quedaba pensando en que Manu era un misógino. Las piernas le temblaron, le pidió a Carlota regresar a casa.