sábado, 1 de agosto de 2009

El segundo intento de huída, eso y una redacción algo ¿perra?

Después de pasar el fin de semana en el departamento rentado de su amiga Susana del Zuzu, poco le ayudó a recuperarse, pues en las mañanas debía ir al hospital con ella y aunque no hacía nada lo que pasaba es que veía demasiado a los pacientes, por eso cuando estudiaba química, biología y lo que fuera, se había desprendido de ello: el sufrimiento humano lo enfermaba.
Cuando laboraba en el laboratorio había ido a tomar muestras sanguíneas de personas con dengue, gonorrea y VIH, cualquier estrado que fuera imaginable dentro de la mente de un doctor. Siempre estaba el peligro de infectarse si no se es demasiado cauteloso; Leonard lo fue en su momento, pero ahora estaba decaído y no creía poder siquiera tomar una aguja para sacarle sangre a un paciente enteramente sano. Tenía el aclamado pulso de maraquero del cual tanto se había burlado, Susana lo notó.
-No tienes por qué sacarle sangre a nadie, sólo ve… viborea, yo que sé.
-Sue, me gustaba estar en los laboratorios porque me sentía útil, ahora soy una carga.
-Bueno, tiene mucho que ver con que no lo has practicado en dos años. Además, no es tu máximo en la vida.
-Si quieres saber la verdad, no sé cuál es mi máximo en la vida.
-Muy gracioso, siempre has dicho que quieres ser escritor.
-Es parte de lo que digo, es parte de lo que soy, no es realmente lo que quiero ser, me refiero en términos generales.
-Leonard, entonces ¿qué quieres ser?
-No creo que las cosas se solucionen sólo así, diciendo lo que se quiere o no ser, o lo que se propone…
-Pero nada vas a solucionar si te quedas esperando, debes hacer algo para que… pase algo, sino pues no pasará nada.
-Me complicas más de lo que estoy.
-No entiendo cuál es la complicación. Terminas esta semana el semestre, tienes tiempo libre ¿qué deseas hacer con ese tiempo?

La verdad era que Leonard no sabía qué hacer con su tiempo fuera de la facultad, los tontos almuerzos , las falsas intenciones, todas esas mascaradas que implicaban ir de una exposición a otra para después meterse a un par de librerías y comprar como loco, esos días estaban pasando ¿estaba madurando o sólo envejeciendo?
Diana le había dicho que se recuperara, pero se lo había dicho con tal cara como si no creyera que no lo lograría.
-Me lo dijo como su tuviera cáncer o algo por el estilo, y pues no tenía más remedio que sentir lástima por mí- decía Leonard a Alfred en uno de los últimos días de entrega de trabajos finales.
-Pues es que parece que tienes cáncer o algo por el estilo…- Alfred solía ser una persona muy recatada en ese aspecto, el cinismo no se le daba y más que nada era un artista cibernético muy dedicado que bien podía rozar el autismo cuando se lo proponía.
-No hombre, no tienes cáncer ni nada que se le parezca- dijo Steve, un gran pintor, humilde realmente y con grandes preocupaciones sobre las artes plásticas que para muchos iba perdiendo terreno ante el discurso de la obra- lo que te pasa es que necesitas unas verdaderas vacaciones, no un viaje a la clínica más cercana.
-Mira que hasta el novio se Susana se veía a gusto con mi presencia. Siento que desperté tanta lástima en él que poco interés tuvo en los celos que yo podría despertar.
-Es que das un poquito de lástima- Alfred habló y después puso cara de arrepentimiento, al parecer se le había olvidado que estaba tratando con una persona, no con una máquina.
-No das lástima Leonard- Steve intentó arreglar las cosas- te ves cansado y ese intento de Bienal con el Hollin-lo-que-sea te está matando, a ti y a tu reputación… aunque pensándolo bien, esto es la facultad de artes y la reputación poco importa… bueno en ese aspecto de con quién te acuestas o…
-Si te depilas el área del biquini- dijo Edgard entrando en al aula y a la conversación- claro que importa con quién duermas, ¿de quién estamos hablando?
-De mí, y ahora de Nick, aunque sabes que no tenemos nada, apenas dejo que me tome de la mano.
-Ese hombre, mujer, hombre no deja de buscarte, así que ponle buena cara, la semana pasada salí con él, como amigos dejo en claro, y me parece una persona ligeramente insoportable.
-¿Te lo pareció?- dijo Steve a quién por ende le caía mal las personas muy opulentes.
-Creerás que él y yo nos llevaríamos bien por el simple hecho de ser homosexuales, pero no, nada tiene que ver eso…
-No- le interrumpió Steve- creí que se llevaría bien por snobs.
Edgard sonrió con total descaro –Te veo afuera Leonard- salió del aula.
-Te estás dejando influenciar por las locas del rodeo, necesitas vacaciones de todo esto, créeme.

¿Y si Steve tenía razón después de todo? Era probable que el ambiente artístico lo estuviera matando, eso y su relación amistosa con Nick. El semestre se había acabado y ahora el fulanito debía escoger los dos artistas para la Bienal. A Leonard no le interesaba en lo más mínimo el lugar, así que decidió con el total descaro del mundo, escribirle un correo a su “amigo” Nick, que más bien decía así:

Hola Nick, te escribo porque me voy de vacaciones con mi familia. Fue algo inesperado, ni siquiera yo lo tenía planeado, salgo la siguiente semana, bueno, dentro de tres días. El semestre ya terminó, por el momento ya no tengo ninguna razón para ir a la universidad y la verdad es que no estoy de humor. Sé muy bien que te vas también la siguiente semana. No podré asistir a tu fiesta de despedida pero igual me dio gusto conocerte. Suerte con tu Bienal, me agrada tu obra y creo que al público también le gustará.
Recibe mis mejores saludos. Leonard.

Una vez enviado el correo, Leonard no pudo dejar de sentirse como Berguer, uno de los novios de Carrie Bradshaw en la serie de “Sex and the city”, el hombre que en la quinta temporada la corta por medio de un post-it. La diferencia era que aquí no habían tenido un noviazgo ¿o sí? De hecho ni siquiera eran amigos, sólo que se sintió más miserable de lo normal. Se habían utilizado mutuamente, Leonard tomó a Nick como boleto de asistencia para una Bienal en la cual nunca asistiría, mientras Nick había tomado a Leonard como un deporte difícil de practicar, o al menos así prefería verlo Leonard… para no sentirse tan mal.
-En efecto- pensó Leonard- si fuera gay o perteneciera a su sociedad sería una reverenda perra.

viernes, 17 de julio de 2009

La huída

Repuesto y dispuesto a patera traseros, Leonard aún estaba débil y convaleciente, pues a pesar de que gran parte de su confianza en la vida había regresado, se sentía algo intranquilo. Aún deseaba tirarse por la ventana, ¿Cuándo se había convertido en una persona tan débil?
-Debes venir conmigo- dijo Susana del Zuzu, su amiga que estudiaba medicina y que de hecho hacía servicio (o internado, o residencia, o prácticas, o lo que fuera) hasta en fines de semana –Será interesante, como los viejos tiempos, burlándonos de los ineptos del hospital, intentando ser buenos con los pacientes y experimentar con otros tantos, mira, te consigo una bata y ya, además, tenemos cupo en el departamento para que llegues a dormir.
-Sue, ¿estás segura, qué hay de tu novio?
-Somos amigos desde antes de que él y yo saliéramos, no tiene problema con eso.
-Pues por eso, porque me conoces desde antes que él y no quiero que piense mal.
-No pensará mal si tú no piensas mal.
-Eso es tan sofista.
-Mira que siempre dices eso, así que eso de ser sofista es mero pleonasmo del argumento, porque eres sofista al decirme que soy sofista.
-Bien, bien, vas hacer que me de migraña.
-No sufres de eso… otra vez, ¿verdad?
-No, claro que no- Leonard estaba mintiendo, la verdad es que la migraña le había regresado desde hacía un par de semanas, un poco antes de enfermarse del estómago.

Y ahora estaba ahí, otra vez en la calle, como queriendo tener una vida algo atractiva o que se jactara de ser respetada. Estaba a punto de conocer a un montón de postulados a doctores y deseaba lucir un aspecto digno.

-¿Leo?- dijo una voz femenina justo antes de introducirse al edificio que la había indicado su amiga Susana del Zuzu.
-Sí, sí, soy yo- dijo Leonard cuando apenas se volteaba para saber quién era aquella persona que le hablaba desde la calle.
-No te reconocí- dijo aquella mujer con la cual Leonard había cursado el bachillerato y que era muy comunicativa, demasiado para una vida social aceptable.
-Pues ya ves, cambié…
-Es que te ves tan cansado, demacrado y pálido. Bajaste de peso ¿verdad?
-Un poco- un poco y también se murieron mis neuronas, algunas, también mi intenso amor por la amistad, eso es lo que realmente quería decir Leonard.
-Ah, se nota muchísimo. Pero cuéntame ¿qué haces aquí?
-Vine a ver a Sue.

Una vez adentro, en el supuesto cuarto privado de la doctora Susana del Zuzu, ambos sentados en la cama porque no existían ni sillas o sillones (no es que fuera malo, sólo un poco incómodo) Leo habló con Sue.
-Diana, ¿vives con Diana?, la misma arpía cazadora que recorta a la gente por montones- decía Leonard en tono bajo pero muy concreto.
-Ya déjala en paz, la verdad es que no te ves bien.
-¡Oh!, gran deducción, para eso sólo necesito un espejo.
-Y el espejo del mundo es Diana.
-Para nada, Diana es una retorcida interpretación del mundo.
-No menos torcida que la tuya.
-Corrección, no menos retorcida que la mía.

Con unas horas en aquel lugar Leonard pudo darse cuenta que su amiga vivía en una especie de infierno subarrendado, lo que era peor, pues indicaba que eso era lo que ella había elegido.
Vivía con seis personas en un departamento algo pequeño, Susana parecía ser la madre de “El país de nunca jamás”, donde todos eran niños perdidos que pedían un cuento al momento de irse a la cama… a tener sexo. Susana toleraba todo, los ponía en orden, trabajaba en equipo (o eso intentaba) formaba grupos de estudio y también limpiaba, mandaba, gruñía e intentaba no toparse con los condones usados de sus compañeros, Susana era una santa.
Las habitaciones estaban divididas en cuatro habitaciones, tres grandes (más bien eran cuartos habitables) y una última habitación que se llamaba “el cuartito del amor”.
-Es donde ellos fingen que nadie sabe que tienen sexo- decía Sue mientras terminaba de limpiar la mesa después de la cena. Leonard le hacía compañía, ayudaba más escuchando.
-No sé si es muy sucio o muy maduro.
-¿Maduro?, ¿maduro que tengan sexo como conejos mientras al día siguiente tenemos que inocular gente y evitar que se desangren mientras convulsionan los pacientes, hoy lo viste en el hospital, son muy lentos.
-No puedo juzgarlos, yo no fui de mucha ayuda.
-Hace dos años que no hacías nada clínico, ellos apenas pueden quedarse despiertos durante la guardia.
-Si son tan malos ¿por qué los ayudas? Sue, les haces todo, eres como su madre, deberías dejarlos.
-No los voy a dejar cuando soy yo quién los elevó hasta el primer puesto de asistencia en el área de clínica. Mi grupo es el mejor de toda nuestra generación- Sue tomó aire mientras veía la consecuente mirada de Leo- tienes razón, podría dejarlos, cualquier equipo muere por tenerme y no es que aquí yo sea la líder de todo este asunto, porque también podría llegar a pedir el liderazgo en otro grupo y lo lograría, pero la verdad es que, que…
-Los quieres- dijo Leonard tranquilamente.
-Diablos, sí, los quiero, me caen bien.
-Pero ellos no te quiere a ti. Bueno, su forma de mostrar amor es tan desbordante que eres tú quien tiene que recoger su líquido seminal en bolsas y después limpiar todo.
-Suena a que soy una pervertida.
-No, suena a que eres muy solvente y estoica, mira que te lo digo yo que puedo llegar a ser muy conservador.
-Y un maldito desgraciado. Leo, te conozco, me conoces, nos llevamos bien porque somos muy similares. Sabes tan bien como yo que me gusta tener el control de las cosas, pero quizá ahora las cosas son excesivas.
-Un poco, digo ¿”el cuartito del amor”?, suena a película mexicana en la que podría aparecer Silvia Pinal.
-Claro, una película fichera del cine mexicano- ambos rieron.

Leonard dormía en el sillón de la pequeña salita de estar. Le habían ofrecido “el cuartito del amor” para dormir, pero no quería que los inquilinos se molestaran por crearles abstinencia. Además, con unos tapones en los oídos los gemidos externos eran erradicados y se podía dormir muy bien en terreno neutral, y a la par podía pensar si en verdad dicha huída le serviría de algo.

lunes, 6 de julio de 2009

La nueva enfermedad y el nuevo mito.

Para nadie le es fácil enfermarse, pero para Leonard era un deporte, cada tercer mes y fin de semestre le aquejaba alguna enfermedad, y ahora sin necesidad de ser el tercer mes era fin de semestre. El semestre anterior había tenido dengue (nada hemorrágico) pero le había quitado una semana y media de vitalidad. Antes del dengue tuvo gripa, después del dengue le dio gripa. Poco después se alivió y ahora era una infección estomacal, pero lo que más le perturbaba era su sentimiento made in: Sylvia Plath
-No puedo comer, no puedo dormir, no puedo leer, no puedo escribir- había dicho el personaje principal de la única novela de la Plath, titulada “La campana de cristal”. Hacía unos meses que Leonard había leído el libro, pero era hasta ahora que entendía con todas sus letras las palabras de aquella mujer.
-Pero es que estoy igual- pensaba Leonard aún con náuseas y con los labios partidos. Todos los días como reloj se despertaba, vomitaba jugo gástrico y después se metía en la cama con las esperanza de no saber nada de sí mismo hasta muy entrada la tarde, momento en el que Carlota le decía que era tiempo de comer. Pero Leonard no comía, ya había pasado una semana sin comer mucho más que pollo con verduras, más bien, tres bocados de pollo y una verdura. Nada funcionaba dentro de sí. Por las noches le entraba una insaciable ansiedad que le hacía imaginar cosas e incluso le incitaba a tirarse por la ventana.
-Cuando quieras sacarte todas esas imágenes de la cabeza con un desarmador o un taladro me llamas por favor- le había dicho su hermana, la sacrosanta Carlota, quien soportaba todos sus ataques de histeria.
En efecto Leonard no podía leer. Tomaba su ejemplar de “Días memorables” escrito por el genial Michael Cunningham pero no pasaba de leer dos líneas. –Seguro fue el libro, seguro este maldito libro me puso mal- se decía el enfermo.
Los “Días memorables” era un libro bastante deprimente y Leonard era un depresivo en potencia, así que por ello creía que la novela le estaba sacando la cordura con cada palabra que leía, quizá Leonard tenía demasiada empatía. El libro hablaba a las minorías (y Leonard se sentía parte de las minorías) que explotaban en la calle por alguna locura supuestamente bien fundamentada. La culpa de todo eso la tenía Walt Whitman, poeta estadounidense en el cual se había inspirado el Cunningham para escribir su libro. Whitman decía: “Todos volvemos a la hierba”, Leonard sentía: “Mis entrañas vuelven al drenaje”… estaba cansado de vomitar.

El semestre aún no terminaba y debía entregar un ensayo sobre un libro que ya había leído. El libro era sobre distintas ciudades y Leonard no pasó de escribir: “El autor es rizomático, empalma la ciudades de modo verbal, literal y metafórico, aquí están en la imaginación y después se postran sobre el papel…” después de escribir la palabra p-a-p-e-l, Leonard salió corriendo al baño para sacar el poco pollo que tenía en el estómago.
No creía que fuera a morir, la verdad es que ya había pasado por más enfermedades de las que cualquier chico de su edad pudiera citar, quizá si la lepra siguiera vigente ya le hubiera dado y carecería de una ojera o no tendría alguna ceja, la verdad es que estaba agotándose y temía no tener la fuerza suficiente para terminar el semestre, y fue ahí cuando sucedió.

Leonard se molestó, aún con sus ataques de pánico, el vómito y sus ocasionales ganas de llorar a pulmón abierto, Leonard se molestó, ya estaba lo suficientemente agotado como para soportar otra enfermedad y aparte tener que asistir a las últimas clases donde “todo se definía”, en las cuales había que entregar trabajos finales aún con ganas de volver el estómago frente al profesor. Escribir y leer, releer y anotar, contestar, justificar y sonreír; de repente le pareció una pesadilla extravagante, un maldito sueño difícil de solventar, ¿Qué acaso no estudiaba arte porque… amaba al arte?, ¿Qué no estaba sufriendo demasiado? Bien decía la Biblia con eso de que el amor es sufrido… aunque se deducía que también era benigno. La verdad es que más allá del Evangelio Leonard se estaba quemando la cabeza, no valía la pena tanto sufrimiento.

-Pero hombre, que soy un sufrido- le decía a Edgard por teléfono, la voz de Leonard era débil y estaba a punto de quebrarse, de hecho no podía ni sostener el teléfono, su mano le temblaba, tenía otro ataque de ansiedad. Los doctores (esa bola de victorianos bien pagados) le habían dicho que no podían darle nada para los nervios, que más valía se calmase.
-No lo creo. El problema es que te sometes a demasiada presión, una presión que no existe- Edgard del otro lado sonaba tranquilo y parte de él fingía no reconocer que su amigo estaba a punto de tirarse por la ventana, era cuestión de comprensión. Edgard sentía que a Leonard no le faltaban más preocupaciones como para agregarle el hecho de que tu amigo sabe que estás a punto de cometer suicidio.
-Pues no lo sé, no quiero saber nada de mí.
-Eso será difícil porque vives contigo mismo.
-Es verdad, ya ni quiero verme al espejo, estoy demacrado, mal parido, esbelto, parezco una momia salida de alguna catacumba austriaca pre a la revolución francesa.
-¿Existían catacumbas en Austria?
-¡Sabes a lo que me refiero!
-Sí, sí, ser llamado “Austriaco” antes de la revolución francesa era como ser llamado Nazi en la actualidad.
-Y ahora soy una momia.
-Nick no para de buscarte, quiere saber dónde vives y quiere llevarte flores.
-Dile que las guarde para el día de mi muerte.
-¡Cálmate Sylvia Plath!, creo que te ha hecho daño leer “Lady Lazarus”
-Lo logré otra vez, especie de fantasmal milagro…
-Sí, menudo fantasmal milagro volverte a enfermar. Ya en serio Leonard, la vida no es tan mala, son sólo los parásitos que traes en el estómago lo que te hace pensar que la vida es algo vacía.
-Yo no dije que la vida fuera “algo vacía”, sólo dije que LA VIDA ERA VACÍA. En serio, no encuentro razón para levantarme todos los días, nada más allá de ir a vomitar al baño.
-Es porque estás enfermo, no necesitas tener otra razón de vida más que sobrevivir.
-Me doy asco, quiero morirme.
-Deja de decir bobadas, ¿con quién recortaré gente sino estás tú?
-Con el chico nuevo…
-Es un mito, un mito como lo fue el Nick.
-¿No sabes nada del chico nuevo?
-Sí, que viene de intercambio de otra escuela dentro del país, que sabe inglés, francés, italiano y escribió un poemario en nuestra lengua madre que es el español. A parte de eso vi una foto suya con una playera de Kitty, era una playera rosa, lo que lo hace o un fan muy arraigado de Kitty o una loca cualquiera.
-Lo dices porque parte de ti desea ser el único gay a la redonda que sepa moverse con clase.
-¿Quién dice que “el nuevo” sabe moverse con “clase”?
-¡Sabe francés!, yo lo llevaría a Francia si me sirviera de intérprete.
-Tu problema Leonard es que no tienes escrúpulos, sigues engañando al Nick como si fuera a pasar algo, y tú, yo, Emily, Lady Di y Ana Bolena saben que no va a pasar nada.
-Edgard… te dejo, voy a vomitar.

Leonard colgó.

miércoles, 1 de julio de 2009

El fin del trayecto y el espíritu Woolfiano

La Woolf escribió novelas que se daban en un solo día, ahí estaba “La señora Dalloway” y “Entre actos” en el librero de Leonard, también “Las olas” (obra que no contenía ni un solo diálogo, sólo pensamientos) que englobaba la vida de seis personas según sus experiencias vividas: primero el amanecer, el atardecer, el ocaso, la penumbra.
Leonard se sentía en una novela de la Woolf… bueno, en una imitación bastante mala, donde el personaje pasaba por muchísimas actividades el mismo día antes de llegar a su casa y desplomarse entre las almohadas, y después: “La señora Dalloway pensó que no le hacía falta ni grandeza , ni belleza, sino algo que lo impregnara todo”. –Algo que lo impregne, sumerja y cambie el contexto de la vida misma- pensaba el chico una vez encaminado a esa tonta exposición de desnudos.
Él, porque el artista era un hombre, retrataba a sus amantes desnudas en el lienzo. Era de los filósofos que no estudiaban ni arte ni filosofía, estudiaban psicología, así que desde Freud, Foucault, Fromm, Marx, Hegel, Heidegger e infinidad de hombres ilustres, nada de mujeres, eran sus íntimos amigos de cabecera, de aquellos (como alguna vez había leído Leonard en el texto de un chico algo perturbado) que hablaban de Marx como si fuera su tío, de Hegel como vecino y Freud un compañero de habitación, así era Manu.
Manu, amigo (ex novio) de la amiga de la hermana de Leonard, era un poco egocéntrico y poco comunicativo de la forma “verbal adecuada”, con ello se refiere a que le gustaba ser rimbombante en cada palabra que profería de sus labios, para nada podía ser una hombre banal.
En la entrada de la galería se encontraba Carlota, la hermana de Leonard, quién había estudiado psicología, trabajado con ancianos, niños, jóvenes y no tan jóvenes, era una mujer que mantenía una amplia variedad de pacientes nada pacientes que seguía especializándose en su carrera no por placer, sino por supuesta necesidad.

-Llegas tarde-dijo Carlota no en son de regaño, ni de aprensión, sólo como reafirmación de una verdad innegable.
-Lo sé, lo sé, soy un fraude, ni qué hacerle.
-Nada qué ver. Estoy muriéndome de ganas por ver las pinturas, Manu también es mi amigo.
-Ah, sí, el sobrino de Marx, el vecino de Hegel y el compañero de habitación de Freud.
-Te faltó lo más importante. El hijo de Nietzsche.
-Uf, mejor aún- dijo Leonard con sarcasmo.

Entraron a la galería, la exposición era un mal montaje de obras paridas sin pies ni cabeza, no existía una lectura afortunada, nada más allá de un par de traseros y senos, la cuestión se revelaba abusivamente ofensiva –Un asunto medio misógino- pensó Leonard.
Las primeras pinturas eran copias de algunos cuadros clásicos de fulano de tal y menganito de tal, nadie demasiado famoso como para exponer alguna dificultad al momento de ser copiado, pero claro, los traseros y las medias lunas delineadas por los mismos seguían presentes.

-Es ella- dijo Carlota señalando el cuadro de una chica algo voluptuosa de cara abultada y mirada perdida. La mujer se encontraba postrada en la cama boca abajo, con el trasero al descubierto y el seno derecho muy bien delineado, pero de ahí en fuera su rostro carecía de fuerza.
-¿Es Minerva?, el retrato no le favorece.

Minerva era una de las amigas más íntimas de Carlota. Tenían algo de dicotomía, mientras Carlota era un poco más hogareña y ensimismada en sus labores de lectura, escritura, dibujo y sesiones frente al televisor para ver tanto programas favoritos y películas de amores imposibles; Minerva salía como voluntaria de todo lo que se pudiera ser voluntario, tenía un modesto restaurante que ella y su actual novio (Ernesto) habían levantado desde la nada, aparte de eso cuidaba de sus dos hermanos y ahorraba todo lo posible para así poder salir de casa. A Leonard le recordaba un poco a su amiga Samantha, quién vivía por la zona de Minerva, en aquel lugar las mujeres tenían como cinco hijos, del cual le encargaban al hermano mayor la responsabilidad para que así ellas pudieran seguir con su vida laboral; Samantha tenía tres hermanos menores (considerablemente menores) que ella misma había cuidado durante tardes eternas, al más pequeño prácticamente lo había criado, así que a su escasa edad de veinte años ya había sido un intento poco certero de madre, lo mismo que pasaba con Minerva.

-Sí, no le favorece, se ve rara… ella es más una… guerrera, y aquí parece más…
-Una vaca- Leonard creía estúpido sacar la vaca que yacía en el interior de la diosa de la sabiduría, la guerra… y el tejido, muy importante era el tejido, que no se olvide.
-Pero bueno, creo que a Minerva le gustó.
-¿Por qué salía con Manu? Él es un completo asno misógino y ella la voluntariosa demostración de que la mujer no ha nacido única y exclusivamente para parir hijos.
-Bueno pues, ya no salen juntos.
-Pero lo hicieron, por mucho, mucho tiempo, no sé qué le vio la Manu.
-Pues supongo que le parecía intelectual.
-Un asno muy intelectual… no dejará de ser un asno.

Al lado del retrato de Minerva se encontraba la ficha técnica, y tanto Leonard como su hermana se percataron que el cuadro decía “Colección particular”. Existían otros tantos que tenían precio, algunos más contenían la misma leyenda que anunciaban no estar a la venta, pero era curioso que casi todos los cuadros eran desnudos de mujeres en la cama, en una silla, con mucho busto, con mucho trasero, sin rostro, de espaldas ¿era acaso que el hijo de Nietzsche también creía que las mujeres eran del demonio?

-Te das cuenta, sólo las mujeres más importantes para él son de su colección personal, las que no pues tienen precio- ahora a Leonard no sólo se le hacía oscura y fría la homosexualidad, sino también la heterosexualidad era igualmente perversa.
-Es que en la vida de Manu así son las cosas- le apuntó Carlota.
-¿Paga por tenerlas?
-Algunas, otras no, muchas son aventuras de una noche, chicas fáciles que después el pinta y les pone precio. Otras fueron sus novias, y como Minerva, pues son de colección personal.
-Así que el tipo colecciona mujeres, y las que no, pues las vende.
-Lo pones de un modo muy frío.
-El asunto es frío, apenas me irrité porque quisieron tratarme como a un vibrador a domicilio, ¿cómo no voy a molestarme por esto?
-Bueno, tus conocidos son raros.
-Uy, Manu es el hombre más normal del mundo.
-Nadie es normal y nadie es lo suficientemente raro, tú que sabes.

A Leonard le irritó la idea como pocas ideas llegan a causarle escozor mental; que un intento de artista como lo era Manu, quién no había estudiado ni arte, ni filosofía y que lejos de eso, se tomaba demasiado en serio a Nietzsche como para llamarlo padre, pintara mujeres como bultos de carne. Después de que muchas de ellas, si bien vendidas, otras no, eran hermanas que debían mantener la casa a cuestas de una madre abusiva o un padre ausente. No se imaginaba a Samantha como un bulto de carne, ella que tanto luchó en el bachillerato y pateó traseros por obtener uno de los mejores lugares, y después entrar a su internado de mujeres selectas sólo para regirse por alguna clase de “ley selvática” donde las jovencitas deciden dónde dormir, con quién, a quién le ceden una manta y a quién podían destruir socialmente. Después de criar a su tercer hermano y cuidar a los tres como si fuera su madre, atender el negocio de su madre, aguantar la holgazanería de su padre y los malos tratos de los clientes de su padre (quién vendía fertilizantes para el campo). No era justo que un hombre como Manu viniera a decir que las mujeres no merecían ser retratadas de frente y con una expresión digna.

Leonard se pregunto, como algún día lo había hecho la Woolf, ¿por qué no darle la misma importancia a la mujer que hace pasteles y cuida a los niños como se le da a los hombres que hacen la guerra? Luego sintió nauseas, y ahí en pleno apogeo de la supuesta lucidez, tuvo un ataque de angustia. Él no había hecho mucho con su vida y mucho menos lo haría si se quedaba pensando en que Manu era un misógino. Las piernas le temblaron, le pidió a Carlota regresar a casa.

lunes, 22 de junio de 2009

Las horas… bueno, una hora en el autobús, ¿una eternidad en el matrimonio?

Antes de caer enfermo durante una semana Leonard tuvo dos experiencias, la primera fue sobre el autobús y las relaciones amorosas, la segunda sobre las relaciones amorosas y las mujeres… también el desnudo de las mujeres.

Dando tumbos compró el boleto, subió al autobús y ahí estaba la verdad opulenta de las parejas felices que iban a pasar su fin de semana feliz, dos jóvenes (un él y una ella) viéndose apasionadamente. Mucha gente le consideraba pareja de Nick, cuando menos no como pareja amorosa, sí como amigo inseparable. Pero todo era plena apariencia, Leonard no quería a Nick ni como amigo y Nick pretendía algo más allá con Leonard, nada de amistad, nada de romance. Por un momento indeseable la homosexualidad le pareció despiadada.
Leonard no se sentía en auge para criticarla, pero ahora que era víctima del acoso constante del Hollinghurst pues qué más le quedaba que sentir dicha atracción como algo frío y distante. Nick sólo le deseaba como un trofeo digno de ser empolvado en una repisa, Nick coleccionaba gente, les decía amigo, les decía un ligue, les decía un pasatiempo. Leonard lo sentía como un vago oportunismo de que en cualquier momento querría llevárselo a la cama, para Nick, Leonard no era más que una fantasía con ansias de ser consumada.
Es divertida cuando se gesta dentro de la imaginación y se proyecta en el plano terrenal, se persigue a la persona y después se juega con ella como un gato que le pisa la cola a un ratón, y en efecto Leonard era el ratón. Una bienal no lo valía, una exposición ni un pedazo de papel que dijera “Participó en tal o cual lugar…” servía, no era un platillo que se sirve caliente cuando alguien teclea el teléfono o se conecta a la Web agregando amigos al “Chat privado” para después averiguar si querían o no tener sexo. El mundo se estaba convirtiendo en algo muy frío.

Pero aún así sentía pena por sí mismo, aún así se deprimió cuando vio a una pareja de jóvenes en el autobús besándose impasiblemente. Él ya no podía sentir amor, no de ese amor estúpido que lastima y hiere pero después de dos minutos te coquetea la pasión y todo se enciende, después se desespera el alma por poder besar al amado, al final todo colapsa en la unión de los cuerpos. NO, ya no había amor en el mundo. El cataclismo, la confusión de los sexos, el oscurantismo y las prohibiciones se notaban truncos por la falta de autenticidad. No podía negar que en alguna ocasión había visto a dos personas tener relaciones sexuales en un autobús y que eso le pareció grotesco. Pero la pareja dijo, casi en voz alta, que lo hacían porque se amaban. ¿Pero qué clase de amor? ¿Pero qué era el amor? Ya no entendía si era el amor una sujeción de rituales.
“Algunas cosas son mero ritual” le había dicho su amigo Alfi, a quién veía poco y con quién se escribía mucho. “Yo no quiero pertenecer a esos rituales, yo quiero una relación de verdad sin importar el empaque”
Pero ¿y las relaciones de verdad?, ¿dónde se puede conseguir una?- Leonard, sentado en su cómodo asiento de autobús se preguntaba la probabilidad de encontrar a alguien que lo amara y le tomara como una relación de verdad, alguien con quién existiera alguna especie de reciprocidad carnal que le llevara al éxtasis, dejando de lado lo terrenal. Podría ser que pedía mucho. Podría ser que en la vida no encontraría a alguien para pasar el resto de su vida, y quizá como decía la actriz Natalie Portman, “El amor en el matrimonio es una moda muy actual”. Lo que se decía era que a la par de los años se casaría con alguien a quién no amaría, seguramente eso pasaría.
La actriz tenía razón, ella había interpretado a la Bolena que se casaba con un hombre al que amaba, sí, pero él en verdad no la quería tanto como a su futuro hijo. Las mujeres en la época Tudor no eran más que una pieza de cambio. Así se sintió Leonard, como un objeto de la época Tudor. Eso o como la protagonista de “El velo pintado”, alguien que sin opción había sido criado bajo un régimen social, siendo ni más ni menos que la proyección de dichos cánones.
Se casaría, sí, se divorciaría, no lo sabía. ¿Tendría hijos? ¿Podría ser feliz? –Jane Austen- dijo Loenard en voz baja –“La felicidad en el matrimonio depende enteramente de la suerte”. Pues a tirar los dados, ¿no será que mi idea del matrimonio es demasiado vieja?

Leonard se dejó llevar, aún le quedaba una exposición en el centro de su provincia que deseaba visitar.

martes, 16 de junio de 2009

La diferencia entre la mierda y el estiércol (parte II)

Tres cuadras, veinte estrujamientos estomacales y muchas gotas de lluvia sobre el cabello de Leonard después. El chico de provincia que había dejado la palabra con “M” en el chico que se acostaba con cualquier hombre andante se encontraba en una exposición diferente… ¿de qué diablos venía el asunto? ¡La selva!, pero qué cliché, ¿no era acaso que la clasificación geográfica se había quedado en la escuela elemental para dar paso a lo liminal y los nuevos roles…? Sería que después de todo nadie se puede sentir tan excéntrico como para llamarse Orlando y apellidarse Woolf, quizá nadie puede ser hombre y levantarse al día siguiente siendo mujer, pero ante toda duda de que el universo puede cambiar a solo tres cuadras de distancia, ahí se encontraba la selva, los cuadros estilo Paul Gauguin pero sin nadie que se burlara sobre si el perro era morado y la zorra azul, para nada, más bien era lo contrario, si Gauguin viviera seguro le cortaba la otra oreja a van Gogh; bien se lo imaginaba Leonard:
El chisme del arte, o será que “las mucamas dicen…” que Gauguin y van Gogh se encontraban solos en una galería, con las pinturas de ambos puestos en los muros de aquel cubo blanco, pero más allá de lo expuesto entre una pared y otra, dos locos se hallaban en el centro del lugar, uno estaba loco de atar (medio depresivo el pobre), el otro loco de ego (medio bipolar, a la vez, el pobre) y finalmente a fuera de la galería llovía a cántaros (algo similar a lo que le ocurría a Leonard en aquel momento). No podían salir… bueno… sí podían pero no lo deseaban, querían un enfrentamiento… y entonces según algunos testigos inexistentes (como de aquellos que cuentan las historias donde “nadie sobrevivió”) dicen que Gauguin le cortó la oreja a van Gogh, o al menos lo intentó.
-Me suena al chisme de cuando Siqueiros cerró su taller en Nueva York y fue Pollock (uno de los estudiantes de dicho taller) quien quiso ahorcarlo debajo de una mesa- pensó Leonard- pero bueno, no parece tan absurdo, ¿será que Pollock no solía estar sobrio? En efecto, ambos eran de humor made in piroxilina... más bien inflamable. Pero ahora somos más sofisticados, el arte nos ha domesticado ¿no?
Después de ver a medias los estruendosos cuadros sobre “La selva”, Leonard pudo ver al pintor, quién vestido como pordiosero, grababa al su público, el cual era inmenso. El pintor en auras de reconocimiento, era un pastiche mal vestido, mal oliente y supuestamente abstraído en sí mismo, seguramente contaba la historia de vivir en una casucha desde que tenía memoria y después un día inesperado deseo ir a la selva ¡PUM! El pincel en mano, ahí está la selva con sentido inocentemente brutal… inocente por la inexperiencia, brutal por el cinismo que evocaba la mentira sustentada en la inocencia. Ambas cosas bebían de lo mismo. ¿Qué pensaría Edgard de todo ello? Seguramente diría que era una mierda y punto, las cosas las simplificaba en una sola palabra, que aunque vulgar, remitía a la sensación de estar en lo cierto.
Pero la obra no era tan mala, era la faramalla que se armaba al entorno, en sí el marco social con el cual se revestía la exposición era lo importante. La gente que en su mayoría eran extranjeros, gente rubia, bella, esnob por naturaleza (porque ya habían nacido con esa cara ¿para qué desperdiciarla?) bufaba de alegría, cacareaban de excitación. Mientras el otro tipo de público venía al casting de “La feria de las vanidades”, donde tenías que saber a quién, con quién y cómo quién debías relacionarte. Vio inmediatamente al embutido rodeado de un sinfín de chicos que estudiaban en la facultad, algunos eran viejos lobos de mar, otros, pequeñas abejas que zumbaban en torno a la ¿flor? que pretendían polinizar… no es que le gustara pensar en el embutido como una flor.
Identificó a los dos corredores más ágiles, aún con la tela y la mantilla, los zapatos y los zarcillos, el miriñaque y los grandes abanicos, los dos hombres (porque eran hombres) se inclinaban y reverenciaban al embutido como su él fuera el gran aristócrata de la época georgiana y ellos dos mujeres que debían someterse a sus mandatos, ¿deseaban ser su amante o sólo quería que los amamantara?
Píxel y Marckoo (con doble “o” al momento de ser pronunciado, así como una “k” prominente en el nombre) adulaban y se saludaban con el hombrecillo de la camisa a cuadros. El primero decía hacer arte digital, arte que nadie había visto pero que a la par nadie deseaba ver; era un ente insoportable e hipócrita hasta la última cutícula, siempre sonriente con esa figura tan esbelta tipo Don Quijote de la Mancha y unos dientes amarillos más no por ello proyectaban una sonrisa poco perfecta. Era el amaestramiento de la técnica frente al espejo lo que le había dado a Píxel su dulzura y el contraste con la vida cotidiana, podía parecer un lindo corderito que al momento de querer ser trasquilado se revelaba como una quimera indefinida, siempre decía “Qué bien, qué agradable, me parece una buena idea”, pero finalmente no prestaba atención al entorno o a la opinión ajena y hacía lo que quería. Nadie deseaba trabajar con él, nadie que tuviera un poco de creatividad propia, sentido común y ganas tener una independencia mental. Pero Píxel tenía un grave error, era un controlador poco creativo, usaba la misma técnica una y otra vez para manipular a la gente, así que si habías caído una vez en sus fauces pues nunca existiría una segunda vez… nadie era tan estúpido ¿o si?
Marckoo era distinto, más astuto, más camaleónico. Podías encontrar un par de posters de él en la universidad con su cara puesta en ellos. Patrocinaba alguna clase de beca. Igual de delgado pero con unos dientes mucho más perfectos, Marckoo se erigía como una persona inocente y agradable, cambiaba la táctica según su presa, las personas solían caer más rápido ante sus fauces, y al lado de Píxel parecía un santo. Pero si no te dejabas seducir, como era el caso de Leonard, no dejaba de intentarlo de formas cada vez más sutiles, la única forma de ahuyentarlo era siendo prepotente o indiferente, lo que venía siendo la mera realidad, a Leonard le parecía una pérdida de tiempo, por más becas que patrocinara y por muy bella sonrisa que tuviera, era un ser indeseable que una vez clasificado perdía todo su veneno, ambos atacaban de forma sutil, nada grave, únicamente se requería mantener distancia.

-Hola Leo- dijo Marckoo, mientras Leonard se preguntaba cómo demonios se le había acercado tan precipitadamente, se angustió un poco por eso de “mantener distancia”.
-Hola Marck- a Leonard le daba un poco fe flojera dar la doble “o”.
-Vi tus videos, sobre las lecturas, los poemas, me gustan más que la hormiga.
-Mmmm- rumió Leonard- pues quería hacerlos y nada más, no pretendía nada más allá de satisfacer mi supuesto impulso creativo.
-Pues quedaron bien, se ven bien.
-Gracias- Leonard fingía que veía los cuadros selváticos colgados sobre la pared, con un poco de suerte Marckoo perdería el interés.
-Bueno Leo, voy por un vinito tinto ¿quieres uno?
-No gracias, tengo un horrible dolor de estómago.

Marckoo fue con su novia (una chica alta, de cabello y ojo claro) y con Píxel a tomarse un “vinito tinto” con el embutido. Las carnes frías y el vino. Después de todo se puede acompañar al alcohol con algo más que el queso. Leonard se sintió inmensamente solo, aún estando hasta la mierda dentro del estiércol, necesitaba compañía. Y entonces apareció Nick.
-Leo, Leo mentiroso- dijo en tono pícaro- dijiste que estarías en la otra exposición con tus amiguitos.
-Pues estuve ahí pero me sentí mal, voy camino a tomar mi autobús, voy a pasar el fin de semana en casa, después regreso.
-¿Y las maletas?- parecía que Nick no le creía.
-No importan mucho, me temo que tengo demasiada ropa en el armario de aquí y allá como para tener que llevarme un par de maletas en pleno transporte público.
Nick rió por lo alto –No será que aparte de la ropa dejas algo más en el clóset.
-¿Qué insinúas?- preguntó ya algo irritado el chico de provincia.
-¿Por qué no me dejas acompañarte a tu casa para que así pueda conocer a tus padres?
-Nick, déjame ponerte algo en claro. Somos amigos y nada más, no hay nada en el clóset que tenga que ser sacado a relucir, no hay ni malos pensamientos ni ropa sucia que lavar, así que mantente a distancia por el fin de semana. No me llames, no me busques, sal con tus amigos de la sección de “gente bien” y diviértete.
-La verdad es que no te entiendo, yo pensé que te caía bien… (bla, bla, bla, bla, bla, empezó a escuchar Leonard, tenía náuseas)
-Tengo que irme- dijo y salió corriendo hacia el baño de la galería. Se inclinó a vomitar en un baño público ¿existía algo más denigrante? Sí, que Nick lo siguiera, pero por suerte eso no sucedió. Tenía que terminar su relación “Bolena” de amigo por conveniencia, no le agradaba su presencia, no le satisfacían sus comentarios, debió seguir con su carrera de modelo y dejarlo en paz.
Salió de la galería dando tumbos caminó hacia la estación de autobús y después no se supo nada de él durante una larga semana.

miércoles, 3 de junio de 2009

La diferencia entre la mierda y el estiércol (parte I)

-Esto es tan técnico…- dijo Leonard postrándose una vez más frente al infinito monitor de la computadora. En tiempos anteriores se habría sentido orgulloso, aquí una cuartilla que se llena con quinientas palabras de pura verdad visceral, expulsada desde las entrañas con sabor salado, con calado a sangre, porque así lo sentía, en aquel entonces (como cuatro años atrás) la escritura le costaba muchísimo trabajo, y no es que a la fecha le costara menos, pero simplemente en la actualidad una cuartilla podía obtener las quinientas palabras sin intención de remover nada, la hoja de papel, el libro (según el concepto de Leonard) debía llevarte a un mundo alterno, una realidad paralela, como alguna vez nos mostró Diane Arbus, “Hay un mundo dentro de este mundo”, así de sencillo, sin problemas, no querría citar a grandes escritores franceses que se soterraron en su habitación escribiendo sobre el tiempo perdido y sus miles de protagonistas sólo porque al parece la sodomía les había afectado un poco la cabeza. No, no se podía efectuar de tal modo, aquí era el siglo postmodernista que clamaba una renovación de conceptos e ideas, un emplazamiento, un rizoma, una zona autónoma de satisfacción mental que explosionara en mil pedazos, y si la sangre no quería fluir de modo normal tendría que ser a la par con el pellejo, caer sobre el cráneo del compañero y decirle: “¡Ahí están mis ideas, ahí está mi intelecto, tómalo pues es lo que ahora estoy produciendo!”
Quinientas palabras no eran nada, quinientas palabras eran la representación del índice de mortandad del intelecto. Mil palabras en una cuartilla, cinco mil, novecientas mil en una cuartilla, eso era la representación del embarazo mental, meter más palabras dentro de un texto porque gracias a la sabiduría que en él se proyecta se puede leer entre líneas… las cosas entre líneas… los textos, la supuesta desjerarquización del concepto… una porquería.

-Esta exposición es una mierda- había dicho Edgard mientras terminaba de acomodar sus fotografías en un amplio y supuestamente blanco muro –Una mierda, y bien sabes que detesto la palabra mierda.
Leonard recordaba la exposición del día anterior. Hoy estaba frente al monitor preguntándose hasta dónde llegaría como escritor, mientras ayer Edgard usaba la palabra con “M” cada vez que podía. A la par era lo mismo, Edgard se preguntaba su futuro como fotógrafo.
-Pero mira esta mierda, es que la curaduría es una mierda.
-Ya estuvo bien con esa palabra, di estiércol, desecho, copro, no lo sé- Leonard no quería asistir a la exposición, al menos no a la inauguración, las inauguraciones lo enfermaban. Era irónica la cosa, cuando estuvo becado para escribir una breve recopilación de cuentos, su tutora le había invitado a varias inauguraciones, pero la cosa a él le seguía enfermando… el problema es que ahora asistía a dos o tres inauguraciones por semana con Nick, y eso era lo irónico. Desperdició su oportunidad de ir con una mujer poderosa a lugares “supuestamente importantes”, mientras que ahora corría al lado de un chico rubio viéndose como si fuera un bolso de mano.
-Bien, estiércol, la exposición huele estiércol. Pero eso es aparte, huele así porque la tonta de Sho metió su instalación con paja y pasto, y dentro de toda esa maleza se vino un poco de estiércol de perro- dijo Edgar un poco enojado.
Era verdad, Leonard podía olerlo todo. Al menos en esta exposición no tendría que negarse a tomar vino, porque no habría, no se quedaría al pequeño espectáculo.
-Pero es una mierda- recalcó Edgard- porque no la realizamos en el tiempo adecuado, porque no he dormido, porque mis fotografías no están donde deberían estar y porque gasté mucho dinero en los marcos. Bien sabes que pude haber expuesto en un lugar mejor, pero ¡NO!, al diablo, me meto con novatos.
-No es que seas la gran aureola del saber y el exponer.
-Pero al menos tengo más exposiciones en mi historial.
-Pero no más que Jalil.
-Jalil es otra mierda, otro asunto.
-Ya, será mejor que te calles…

-La mesan, la mesa, ¡la mesa!- dijo un hombre más bien gordo, algo calvo, el poco cabello que tenía era cano, se veía ajustado en una camisa a cuadros y un pantalón de mezclilla, era el dueño de la galería, conocido en algunos mundos como el “Embutido” –La mesa, la necesito, debo firmar unos papeles- seguía vociferando dentro de la minúscula galería.
En el mundo del arte se tenían dos opciones, o se ignoraba o se amaba al embutido, odiarlo era fácil, sencillamente lo ignorabas; pero amarlo consistía en lamerle las botas… o los zapatos.
-¡Mis zapatos!, ¡¿quién metió toda esa mierda?!- dijo el embutido.

-Ahí lo tienes, alguien más que piensa que las obras son una mierda- Edgard caminó hacia el embutido, quién después de firmar sus papeles se dirigió a Edgard y Leonard, que venía atrás de él
-Me vinieron a traer unos papeles, ¿sabían que tengo una editorial?, desde España madre mía (dijo con acento español) será cuestión de ver si podemos hacer algo entre su universidad y mi editorial.
-Sí, claro- dijo Leonard con poco interés. Parte de él quería vociferar, ¡Soy escritor!, pero no quería lamerle los zapatos, ya sabía de qué estaban llenos.

Se tranquilizó e hizo calmar a Edgard, quién estaba a punto de comerse a Shoy de un solo bocado. Después Jalil se les acercó, al parecer no estaba de acuerdo con la presencia de Leonard antes de la inauguración.
-Ya le dije a Yark que busque el martillo- dijo Jalil y después empezó a reír- ¡hey Yark!, por qué no escribes sobre tu cuadro “¿alguien vio el martillo?”- Jalil volvió a reír.
La verdad es que Leonard estaba consciente de la paciencia que albergaba Yark, primero había recibido una crítica mal intencionada de un alumno de octavo semestre sobre si su obra valía o no la pena ser expuesta. Yark decía que no quería vivir de su obra, que sería mejor hacer cualquier otra cosa pues del arte no se vive… al menos no del modo monetario. Pero el chico de octavo no dejaba de insistir, y ahora con Jalil encima no dejaba espacio para respirar, Leonard le ayudó a colgar algunos cuadros, nadie estaba dispuesto a ceder un poco de tiempo a pesar de ser un colectivo. La curaduría se había hecho en dos días, las obras se hallaban apenas en su lugar desde hace dos horas y las fichas técnicas no existían… quizá el asunto sí era una mierda.
Leonard huyó, estaba mareado, el estómago le dolía. Se despidió de sus compañeros de ambiente, incluido Jalil, y pensó en asistir a la otra exposición que estaba a dos cuadras, la de un artista “intento de reconocimiento” en una galería de mayor talante, pero no sabía si sobreviviría, ya había olido demasiado estiércol y hablado con demasiada mierda…